martes, 9 de abril de 2013


Los nacionalismos son la nueva religión civil, según los estudiosos

Un seminario de la UIMP analiza las relaciones entre religión y politica


Su dios supremo es la patria y ante ella profesan su devoción. Sus santos son laicos, políticos con más o menos carisma. Y su biblia se escribe, en muchas ocasiones, en el día a día. Son los nacionalismos, que vuelven a emerger en este final de siglo. Y constituyen una religión civil y pública, mundana y no trascendental. Así los han definido los especialistas durante el seminario Religión y política en el mundo contemporáneo, que acaba de celebrarse en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander.
"La tentación del repliegue sobre una identidad secular de carácter nacional o religiosa", explicó Javier Valenzuela, director adjunto de EL PAÍS, "es la otra cara del rostro de Jano de la modernidad". "Para los indidividuos y colectivos más débiles", añadió, "la modernidad nacida del pensamiento del Siglo de las Luces y las revoluciones científicas y tecnológicas no se traduce tanto en libertad y prosperidad, como en inseguridad, angustia, falta de solidaridad, pérdida de las referencias tradicionales. Ello les lleva a buscar refugio en valores como la patria o la fe y adherirse a los integrismos nacionalistas o religiosos".El sociólogo Salvador Giner se concentró en el análisis de los integrismos nacionalistas. "Los nacionalismos se han convertido en una religión civil pública, con la patria como altar", sentenció el director del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del Centro Superior de Investigaciones Científicas en Barcelona.
La sentencia de Giner tuvo su propia bendición doctrinal católica en el marco del seminario. Fue el obispo de San Sebastián, José María Setién, quien la esbozó en su ponencia Nacionalismo y religión en el País Vasco. Para justificar su solidaridad de católico con los nacionalismos, el prelado echó mano de la encíclica Pacem in Terris (Juan XXIII, 1963) y su capítulo dedicado a las minorías étnicas. "La ética", citó, "debe decir algo en relación con la afirmación de la vitalidad y el desarrollo de las minorías y, en particular, en lo tocante a su lengua, cultura, tradiciones, recursos e iniciativas económicas. Cuanto se haga por reprimirlas viola gravemente los deberes de la justicia".

Estadística episcopal

Con una larga cambiada, Setién se sacó de encima una pregunta de Salvador Giner sobre la posible existencia de una oposición entre el universalismo de la Iglesia y los nacionalismos políticos. El prelado defendió a los nacionalismos y reiteró que no todos son violentos. Incluso echó mano de estadísticas de la Conferencia Episcopal Española para desvincular a los católicos nacionalistas del terrorismo de ETA.Así, dijo, con datos de abril de 1994, Herri Batasuna, brazo político de ETA, no tiene fieles entre sus electores. Ningún votante de HB, afirmó, es "muy buen católico"; alguno desperdigado se considera "católico practicante" (1,9%); unos pocos más son "no muy practicantes" (6,2%), y casi la mitad "no practican" (44,9%). Los agnósticos y ateos del electorado de HB representan el 34%.
Los devotos, de acuerdo con las estadísticas manejadas por Setién, están con el PNV, "los nacionalistas de la no violencia". Así, el partido de Xabier Arzalluz, tiene sólo un 1,8% de electores que se consideran ateos o agnósticos, frente al 32,9% de católicos practicantes y al 39,61% de aquellos que siendo católicos no van a misa.
Sentadas estas bases estadísticas, Setién indicó que los católicos vascos no están con la violencia del nacionalismo radical. Y es que el debate, se situó en muchos momentos en el vidrioso terreno que vincula la religiosidad católica a la violencia terrorista de los nacionalismos. "No encuentro explicación al hecho de que en Irlanda y en el País Vasco, que constituyen sociedades de raíces católicas, anide el terrorismo. Desde luego no es la religión y como prueba ahí tienen las estadísticas", zanjó.
Sea como fuere, tanto Giner y Valenzuela como José Casanova, profesor de la New School for Social Research de Nueva York, coincidieron en señalar que las relaciones entre nacionalismo y religión son tan reales como complejas. En ocasiones, como en el caso de los irlandeses y los polacos, el nacionalismo se identifica con una religión tradicional, subrayó Casanova. En otros, como el de la Turquía de Atatürk, el Egipto de Nasser o el Irán de la dinastía Palilevi, el nacionalismo se constituye como una nueva religión civil superadora de la fe religiosa tradicional, añadió Valenzuela.
El periodista y autor de El partido de Dios afirmó que el actual integrismo musulmán se ha construido "sobre las ruinas y contra los nacionalismos árabe, turco o persa". "Las élites occidentalizadas que conquistaron las independencias", explicó, "intentaron construir por métodos totalitarios Estados nacionales más o menos basa dos en los modelos europeos liberal o marxista. No dieron ni democracia ni progreso mate rial a las masas musulmanas e hirieron su sensibilidad cultural y religiosa. Los integristas propugnan ahora el abandono de esos nacionalismos laicos y el regreso a esa edad de oro en que los musulmanes de todo el mundo formaban un único Estado teocrático".

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