martes, 12 de marzo de 2013

LA FUENTE DE LA FELICIDAD

 

 PatriciaMay

En la vorágine de movimiento en que habitualmente estamos inmersos, ya sea por las actividades propias de la vida en la ciudad, o por algo mucho más sutil e invisible, la fluctuación permanente de nuestros estados emocionales y mentales, es importante saber que es posible contactar con un centro personal de quietud y serenidad que está siempre presente, podríamos decir, esperándonos.
A este centro sereno, sabio, desapegado, amoroso le podemos llamar alma. No se trata de un concepto que tenga que ver con una creencia determinada, sino de un estado de conciencia que es posible experimentar en la medida que acallamos el ruido psíquico. Las prácticas de relajación física, emocional y centración mental son una gran ayuda para ello. La idea es parar el movimiento de las ideas y emociones para darle espacio a ese sol central, radiante y amplio que siempre ha estado allí, pues es el centro mismo de nuestra psiquis, lo que nos define como seres únicos y al mismo tiempo conectados con las grandes dinámicas del cosmos.
El contacto con este centro de serenidad interior provoca cambios vitales en el modo en que nos entendemos a nosotros mismos y la vida, y por ello suscita con el tiempo una transformación radical en relación a nuestro sentido de vida, nuestras prioridades, el modo en que educamos a los hijos, la distribución del tiempo, cómo ganamos y gastamos el dinero. Quizás muchos de nosotros hayamos tenido chispazos de esta vivencia en que nos hemos sentido unidos a todo, en paz, en plenitud y confianza hacia la vida, si estos chispazos pasan a ser experiencias cada vez más constantes, nos percataremos que el universo es una red de la cual formamos parte, y se abrirá una cálida vivencia de amor por todos los seres.Con ello, la necesidad de dar, de aportar, de darle un sentido más amplio a la vida, un sentido que tenga relación con el bien mayor, aún cuando nuestros actos sean locales surge el imperativo de donarlos para el bien del todo. Me doy cuenta, por ejemplo, que si todo está interrelacionado, hasta los actos más simples del vivir cotodiano van a afectar a todo el planeta, los gestos, las motivaciones, los pequeños y grandes actos importan, todo importa, puesto que todo se transmite a la red total.
Al sentirnos conectados con la vida podemos vivir los períodos de soledad como etapas plenas, nutricias en que estamos solos, pero no por ello aislados o desconectados, sino que en profundo contacto con nosotros mismos y con todo.
Desde la vivencia del alma la vida deja de ser percibida con tanto dramatismo y nos damos cuenta que muchas cosas a las cuales damos gran importancia, tanto como para desequilibrarnos, y llevarnos a euforias o depresiones, en realidad son parte de un proceso de evolución, dejamos de identificarnos con el drama del momento para vivirlo con mayor comprensión y con ello, con paz y sabiduría. Aquello que veíamos como algo catastrófico o terrible es integrado como una etapa, fuerte quizás, pero como un período que pasará dejándonos una experiencia más, un aprendizaje. Así podemos decidir mejor y actuar con claridad.
En el centro de nuestra psiquis hay una fuente de paz, sabiduría y amor, esperando que acallemos el ruido, que trabajemos nuestras disonancias, dolores y contradicciones para que podamos llegar a beber de esa agua de vida.

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