lunes, 26 de julio de 2021

En el natalicio 238 de Simón Bolívar

                                                                                 


 

EL GENERAL EN SU LABERINTO UNA NOVELA ENTRE LA HISTORIA Y LA FICCIÓN

Víctor Rey

Acabo de terminar de leer la obra de García Márquez “El general en su laberinto”, justo el 17 de diciembre del 2018, es decir en el aniversario 188 de su muerte acaecida en el año 1830 en Santa Marta. Me demoré casi un año en leerla ya que lo hice lentamente disfrutando su lectura y aprendiendo de la vida de Simón Bolívar, ya que no tenía muchas noticias al respecto.  Esta novela que está en el cruce de la historia y la ficción es la obra posterior a “El amor en los tiempos del cólera” y la más alejada del registro real mágico que caracterizó a la producción de Gabriel García Márquez desde la década de 1960 hasta 1989 año de la publicación.  En “El general en su laberinto”, García Márquez se desprende de una buena parte de los artilugios estilísticos que acuñó en obras como “Cien años de soledad” y “El amor en los tiempos del cólera” para ofrecer un retrato descarnado de los últimos meses de vida del Libertador Simón Bolívar. Esta prosopografía del Libertador, en términos estilísticos, está emparentada con la economía de recursos que utilizó en “La hojarasca”, cerrando así un ciclo vital de escritura en el que García Márquez desplegó su talento como narrador para entregar obras a la altura del denominado canon occidental.

“El general en su laberinto” resalta el desconsuelo del Libertador por el naufragio de la empresa a la que consagró su vida, a saber: la unidad del continente desde el Río Grande hasta Patagonia. Las conjuras y consejas que concluyen con la muerte de su sucesor espiritual, Antonio José de Sucre, son ambientadas en medio de las fiebres tuberculosas que asaltan a Bolívar en su último viaje por champán a lo largo del río Magdalena y los hospedajes que habitó en Cartagena y Santa Marta. García Márquez, quien invirtió más de tres años en la novela, realizó una investigación minuciosa del contexto histórico del Libertador, pero, tal como lo afirmó en el prólogo, su interés radicó en narrar la travesía del Libertador por el Magdalena.  Así, la preocupación no era solamente histórica sino también estética ya que García Márquez utiliza al río para construir un retrato de época en las dos novelas que corresponden a la década de 1980: “El amor en los tiempos del cólera” y “El general en su laberinto”.

Como se ha mencionado, “El general en su laberinto” es una producción inusual en la obra de García Márquez. Por un lado, hay un desprendimiento de los recursos del realismo mágico para centrar el estilo en el retrato descarnado del Libertador Simón Bolívar; por otro, hay una elaboración consistente del río Magdalena en el campo de la construcción de un retrato veraz de la época, no exento de la utilización de recursos poéticos que vivifican la presencia natural del río como un personaje que acompaña al Libertador en pos de un buque que lo saque a Europa o, en su defecto, que lo conduzca hacia su última morada, cuando aún considera que puede liderar la toma de Riohacha y reiniciar la unidad del territorio de la América Grande —comprendido entre el Río Bravo y la Patagonia— en crisis por la acción política de las grandes familias beneficiadas por el caos institucional en los países colombinos.

El uso de la prosopografía por parte de García Márquez es particular en El general ya que parece competir con la iconografía heroica que ha sido construida en torno a la figura del Libertador en casi doscientos años. En cierta forma, desmitifica al personaje de la cartilla para transformarlo en un ser humano, presa de fiebres tuberculosas pero dispuesto a entregar los restos de salud para rescatar la idea de la unidad del continente. Esta vulnerabilidad que provocaba fiebres, delirio y enajenación a Bolívar es el efecto que logra García Márquez para mostrarnos, a manera de deícticos, pasajes e impresiones de la vida de Bolívar que el autor rescata de archivos o de investigaciones coordinadas con estudiosos amigos —a los que tuvo bien retribuir en los agradecimientos finales del libro—. Así, el lector descubre la malquerencia entre Bolívar y Santander cuyo culmen se presenta en la conspiración septembrina, pero que venía sembrándose desde antes cuando Bolívar pondera los esfuerzos de los políticos venezolanos para apoyar los esfuerzos del Congreso de Angostura; también conoce de primera mano el carácter diplomático del mariscal Sucre, quien desiste a la grandeza de ser el unificador del territorio que había libertado Bolívar para dedicarse a retribuir al amor de su esposa y su hija; los odios que surgen por las rivalidades entre egos, promovidos por el mismo Bolívar, como el caso del citado Sucre y Urdaneta. La fuerza de los retratos psicológicos que García Márquez intercala a lo largo de la travesía del río introduce la acción narrativa en la obra. Acá es importante la fuerza de la introspección ejercida por un narrador omnisciente que utiliza los recursos de la tercera persona gramatical para descubrir estos casos de historia menuda que no son abordados por la historia oficial. De hecho, la ficción novelesca basa toda su potencia en este recurso. En ese sentido, García Márquez transforma las funciones del narrador omnisciente al utilizar los recursos de interiorización para hacer decir discursos a los personajes que un lector desprevenido podría considerar ciertos. Caso paradigmático son las últimas palabras del Libertador:

“¿Qué es esto?… ¿Estaré tan malo para que se me hable de testamento y de confesarme?… ¡Cómo saldré yo de este laberinto!” Que devienen en: “Carajos”, suspiró. “¡Cómo voy a salir de este laberinto!”

La suerte de Manuela, la Libertadora del Libertador, signada por lo trágico, adquiere un valor poético que la historia tradicional condensa en unas cuantas líneas, despojando de valor vivencial los actos que marcaron a una vida. Aunque las cartas están marcadas, los destinos que narra García Márquez encuentran una trascendencia que pareciera haber sido negada por la historia. El lector recorre estas “vidas cruzadas” mientras que asiste al deterioro de la figura de Bolívar, a quien le llegan señales de su decadencia a través de rumores o de noticias emitidas por los más cercanos.

“Una tarde, mientras el general yacía en el sopor de la fiebre, alguien en la terraza despotricaba a voz en cuello por el abusos de cobrar doce pesos con veintitrés centavos por media docena de tablas, doscientos veinticinco clavos, seiscientas tachuelas corrientes, cincuenta de las doradas, diez varas de madapolán, diez varas de cinta de manila y seis varas de cinta negra.”

José Palacios, el sirviente que dirá “lo justo es morirnos juntos” cuando el general le otorgue una cláusula irrevocable e irrenunciable de ocho mil pesos, es la voz que da el contratiempo al declive de Bolívar. Más adelante, cuando su destino, signado por el alcohol, concluya, García Márquez dejará a los lectores en el flujo del narrador omnisciente para llegar hasta la nada.

“De hecho fue así, pues manejó tan mal sus dineros como el general manejaba los suyos. A la muerte de éste se quedó en Cartagena de Indias a merced de la caridad pública, probó el alcohol para ahogar los recuerdos y sucumbió a sus complacencias. Murió a la edad de setenta y seis años, revolcándose en el lodo de los tormentos del delirium tremens, en un antro de mendigos licenciados del ejército libertador.”

La personificación de Palacios, tan distinguido y más presto a la confusión del pueblo que lo veía como el Libertador, es otro acierto narrativo de García Márquez. Palacios es trasunto de Bolívar en un plano de idealización subjetiva:

“Lo raro es que desde anoche no volvimos a tener fiebre […] ¿Qué tal si el curandero fuera mágico de verdad?”

Aunque la novela abarca una parte de dicha historia que, como lo asegura García Márquez, ha sido poco testimoniada, no es una recreación en regla de la época ni tampoco es una novela histórica. Es un artefacto de ficción que utiliza momentos históricos para cumplir con el cometido de narrar los últimos meses de Simón Bolívar, sus desengaños, amores, y su periplo vital, apoyado en los recursos descritos a lo largo de estas anotaciones.

El recurso del narrador omnisciente, característico en la obra de García Márquez, despliega en “El general en su laberinto”, un viaje a la conciencia moribunda de Simón Bolívar que empata con procedimientos realizados en novelas como “La hojarasca”.

miércoles, 21 de julio de 2021

En el aniversario 74 del guitarrista Carlos Santana

                                                                                   


CARLOS SANTANA Y SU ESPIRITUALIDAD

 

 

“Soy un músico por intercesión divina.  Solo a él rindo cuentas.  Soy un ángel enviado para hacer bailar a la gente.  Si no se tiene un contrato personal con Dios, no se puede tocar”.

(Carlos Santana)

 

 

Víctor Rey

 

El mismo día en que la primera mujer en Chile asumía la presidencia de la República, Carlos Santana y su Banda, ofrecían su segundo concierto en Santiago, en el velódromo del Estadio Nacional.  Por supuesto dedicó ese concierto a Michelle Bachelet y dijo: “Hoy todos los ojos del mundo están puestos en Chile, ya que ha comenzado a encenderse una luz.  Ustedes han elegido todo lo contrario a Bush”.  Pude estar presente ese sábado 11 de marzo del 2006 disfrutando de su música que nos trajo nostalgia de nuestra adolescencia, pero también comprobar la vigencia de su música y mensaje para las nuevas generaciones.  El miércoles 25 de febrero del 2009 se presentó por tercera vez en Chile, esta vez en el marco de los 50 años del Festival de la Canción de Viña del Mar.  En esta oportunidad asistí con unos amigos y mi hijo Felipe y a quién le encanta la música donde se fusiona el rock con la lo autóctono de América Latina y Africa.

 

En 1969, se realizó en Estados Unidos un festival de música que duró tres días.  Fue el famoso Woodstock.  En ese festival el grupo de Santana se destacó por la interpretación de su famosa "Sacrifice Soul".  Eran los tiempos de los “hippies”, de “hacer el amor y no la guerra” y de “prohibido prohibir”.   Más tarde apareció la película que mostraba las escenas de ese festival y los diversos músicos que participaron.  Entre ellos destacaba un grupo que estaba compuesto en su mayoría por latinoamericanos que combinaban las guitarras eléctricas, la batería, las congas, el rock con ritmo latinos.  Esa mezcla cautivó a los jóvenes de ese tiempo, como la ha vuelto a hacer nuevamente después de treinta años con “Supernatural” y “Shaman”.  Sobre ese tiempo el mismo Santana dijo: “La época de los 60 ha sido la más importante de este siglo porque nos enseñó a realizar una revolución sin violencia, con el alma”.  

 

Carlos Santana nació el 20 de julio de 1947,  en un pueblo de Jalisco (México), llamado Autlàn de Navarro.  Sus padres, José y Josefa tuvieron siete hijos, siendo Carlos el del medio.  Se crío dentro de una familia donde se respiraba y se comía música.  El padre era un músico respetado y queridos por todos.  Siempre  era el eje musical de bodas y bautizos, momentos esenciales de la vida mexicana junto con los ritos de la muerte.

 

José Santana, tocaba en bares y pequeñas orquestas hasta que formo una banda, llamada “Los Cardenales”, para interpretar mejor las canciones de la época.  El tocaba el violín, sacándoles notas que parecían voces humanas y esto lo transmitió a su hijo Carlos.

 

En los años cincuenta se puso de moda al norte del país, cerca de la frontera con Estados Unidos, la ciudad de Tijuana.  Era el boom turístico de la época.  Josefa, la madre, creyó que Tijuana era parte del otro país al que admiraba y animó a su marido a trasladarse a aquel pueblo próspero y distinto.  En 1954 José Santana y Los Cardenales se asentaron en aquel lugar, y ella con sus siete hijos le siguieron un año después.

 

Lo espiritual en Santana siempre ha estado presente.  No ha llegado al cielo interpretativo solamente por poseer una magnífica técnica y una energía desbordante.  Hay algo más.  Posiblemente algo escondido en su alma que es lo que le ha hecho distinto.  Cuando era muy joven, en Tijuana, ya se mezclaba de lleno en los ambientes más pobres para conocer de primera mano la desdicha de sus paisanos.  En aquella época no era una estrella millonaria y sólo podía ofrecer su música y su comprensión para aliviar la tristeza de aquella gente sin pedir nada a cambio.

 

El perdón ha sido su norma de vida.  Siempre ha comprendido a los que lo han traicionado, estafado o puesto zancadillas cuando veían que su fama iba en aumento.  Esta sensibilidad espiritual ya se hizo notar en su disco “Abraxas” del año 70 que, a pesar del éxito con “Supernatural” (1999), puede que sea la cumbre de su genialidad.  “Abraxas” es la bandera del éxito de Carlos Santana y de este otro estilo diferente de la banda de Santana.  La suavidad de sus notas nunca ha podido llegar a ser imitadas por nadie.

 

En una entrevista concedida al diario La Tercera en 2002 dijo: “Recuerdo a Chile y tengo palabras especiales para referirme a este país.  Tocamos en un parque (Intercomunal de la Reina), dos días después de Guns n’ Roses.  Fueron casi 90 mil personas y era la primera vez.  Eso llegó mucho a mi corazón.  Quisiera regresar, si me invitan, y ofrecer un concierto especial para las familias de los detenidos desaparecidos.  Así, ofrecerles una música para invitarles y decirles que lo que uno pierde en la Tierra, lo gana Dios en el cielo”.     Luego agregó: “No creo en las religiones, creo en ritmo espiritual.  Es el bien más alto para la gente, la vida, el planeta”.  Y concluye: “No hago lo que me da la gana, hago lo que me dice Dios y si El me dice que trabaje con gente, eso es lo que hago”.

 

El vive en una finca con su familia y ha creado otro lugar que llama La Iglesia.  En esta segunda construcción es donde medita y habla con sus ídolos;  Jimmy Hendrix o Miles Davis.  Aquí también conversa con su ángel particular, la abstracción, Metraton, con quien discute los problemas cotidianos y pide ayuda para solucionar las desdichas de los jóvenes que acuden a él en busca de ayuda. 

 

La espiritualidad de Carlos Santana se está haciendo notar ahora con inquietudes políticas.  El Movimiento Chicano, una especie de agrupación más que un partido político, está ocupando áreas en la vida norteamericana nunca hasta ahora conseguidas.  Los chicanos ya son muchos millones de personas que forman otra comunidad aunque siguen marginados.  El racismo es cruel y no admite las realidades.  Al respecto ha dicho: “Cuando las condiciones de vida de los chicanos en Estados Unidos respondan a una comunicación humana, muchos chicanos volverán a México”.

 

Los mexicanos, igual que otros latinos, que viven en USA, van creando una conciencia y con su innegable poder económico y su gran variedad de personas importantes, especialmente artistas, van intentando ocupar su merecido lugar en la sociedad.  Santana ha entrado a formar parte de ese grupo redentor de una cultura antigua.  Junto a Moctezuma Esparza, Treviño y otros  artistas han creado el movimiento “Chicanos 90”.  También ocupa sus energías para trabajar en causas de justicia, paz  y libertad con personas como Desmon Tutu, Nelson Mandela y Harry Belafonte.

 

Esperemos que el sentido común de Santana y sus Chicanos 90 no pequen de inocentes.  Tienen un alma desconocida para los grandes financieros.  Ellos tienen la fuerza del arte, de la música, del incipiente cine chicano y de la pintura.  Estas armas en manos de seres geniales son la gran sorpresa que pueden emplear para atacar el gran poder.

 

El arte llega a las almas de todas las razas y une mentes y religiones.

 

Es posible que Santana con un solo de guitarra, un prolongado sostenido de sus cuerdas sublimes gane más voluntades que los dólares y las tarjetas de crédito.

 

Guitarrista dueño de un sonido único y quizás de los más reconocibles del rock, relacionado íntimamente con lo espiritual y pionero en la fusión del rock con los ritmos latinos, este músico inagotable lleva más de cuatro décadas creando música original y energética.   Pocos músicos y en especial guitarristas han sido y serán tan influyentes, inspiradores y transmisores de una energía tan pura como Carlos Santana.

lunes, 19 de julio de 2021

En los 123 años de su nacimiento y los 42 de su fallecimiento

                                                                                                                                                           

                                                                         


 

                         HERBERT MARCUSE, UN FILOSOFO PARA ESTE TIEMPO

 Víctor Rey

 

“Leer a Marcuse es acceder a la imaginación crítica”

(R. Laureillard)

 

En el año 1973, cuando comencé mis estudios de filosofía en la Universidad de Concepción en el sur de Chile, circulaba entre un grupo de amigos dos libros que de algún modo eran considerados heterodoxos entre el pensamiento oficial del marxismo de ese tiempo, estos eran:  “El Hombre Unidimensional” y “Eros y Civilización”.  Conversábamos acerca de las revueltas estudiantiles en las universidades norteamericanas y europeas, sobre todo del “Mayo Francés de 1968”, y la influencia de su pensamiento en esos movimientos.  También se hablaba del “poder estudiantil” y de la fuerza que tenía en Europa y en Estados Unidos.  Por supuesto que nos sentimos atraídos por estos sucesos y por estos libros.  ¿Qué era el “poder estudiantil”?  Era el nombre que le daban los jóvenes norteamericanos al movimiento que empujaba a los adolescentes de todas las universidades del mundo a impugnar en sus propios fundamentos la sociedad que los rodeaba.  ¿Qué tenían en común?  Por lo menos dos cosas: eran jóvenes y rechazaban la sociedad de sus mayores.  ¿Qué deseaban?  Actuar de manera que la universidad no fuera más el bastión del conservadurismo, sino el foco de un nuevo radicalismo revolucionario.  Teníamos pocos años para cambiar el mundo: no se es estudiante por mucho tiempo.  Estábamos apurados.

 

Para comprender la virulencia de este rechazo, es necesario conocer a un autor que gran parte de los estudiantes más politizados reivindicaban para sí: el filósofo germanonorteamericano Herbert Marcuse.

 

¿Quién fue Herbert Marcuse?  Un hombre de un metro ochenta centímetros.  En California donde vivió fue conocido en primer lugar por su amor a la naturaleza y a los animales (fue miembro de zoológico de San Diego), por su horror al ruido, por su felicidad matrimonial (estuvo casado con su esposa Inge por 41 años), por su conocimientos de los idiomas (hablaba correctamente el alemán, su lengua natal, el inglés, su lengua de adopción, el francés y el ruso, comprendía el italiano y el español). 

 

Nacido en Berlín en 1898, y muerto en Estados Unidos en 1979, Herbert Marcuse perteneció a la inteligencia centroeuropea que sufrió, en carne propia o muy de cerca, los trastornos configuradores de la historia europea primero, y la historia mundial después.  De familia judía, vivió a sus veinte años la gran esperanza y el ulterior desengaño del fracaso de la revolución alemana.  Especialista en Hegel, reconoce posteriormente en su obra dos maestros con los cuales mantuvo siempre una provechosa discusión intelectual: Marx y Freud.  Después de unos años de quietud y trabajo-Marcuse abandonó la política activa tras el asesinato, en 1919, de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht-, en 1933 la subida al poder de Hitler lo fuerza a dejar su país y a establecerse, por poco tiempo, en Suiza y en Francia.  Finalmente algunas estancias como “profesor visitante” en universidades norteamericanas, fija su residencia en los Estados Unidos, donde ocupó varias cátedras.  Trabajo en el Instituto Ruso de Columbia y en el Centro de Investigación de Estudios sobre Rusia de Harvard, donde enseñó ciencias políticas y también enseñó filosofía política en la Universidad de California.  El enfrentamiento con la sociedad industrial norteamericana acabó de configurar sus intereses intelectuales, iniciados temáticamente –aparte los estudios sobre Hegel- con una colaboración al libro que se publicó en 1936 bajo la dirección de Max Horkheimer y con la intervención también de Theodor W. Adorno, titulado “Estudios sobre la autoridad y la familia”.  En efecto, si el tema central de la no-libertad en los hombres y las sociedades, especialmente en la sociedad, especialmente en la sociedad industrial avanzada.

 

El discurso de Marcuse es, pues coherente con su biografía y con la historia.  Probablemente por esta misma razón, fue apasionado y polémico, incisivo y provocativo.  El público lector tiene la posibilidad de descubrir que la obra de Marcuse le aporta una gran cantidad de sugerencias y planteamientos que, más que específicamente nuevos, resultan profundamente adecuados al momento histórico que estamos viviendo.

 

El núcleo central de la obra de Marcuse quedó constituido por la meditación sobre el pensamiento de sus tres grandes maestros- Hegel, Marx y Freud-, representada por los cuatro grandes libros de su época americana:  “Razón y Revolución” (1941), que lleva el subtítulo “Hegel y la aparición de la teoría social”, donde se configuran por vez primera, en un cuadro orgánico, las bases del pensamiento del autor; “Eros y Civilización” (1955), cuyo subtítulo es “Investigación filosófica sobre Freud”, su libro más original y creador y, a la vez con toda probabilidad, el más hondamente arraigado en Marx entre todos sus libros; “El Marxismo Soviético” (1958), crítica de la civilización totalitaria soviética y denuncia de la traición al pensamiento de Marx; y, finalmente, “El Hombre Unidimensional” (1964), con su subtítulo suficientemente esclarecedor: “Estudios sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada”.

 

Marcuse comenzó sus estudios universitarios de filosofía en Berlín y se licenció en la Universidad de Friburgo, en 1921.  En Friburgo conoció a Heidegger, quien por un tiempo influyó sobre él, guiándolo, a través de las corrientes de la época (neokantismo de Marburgo, fenomenología de Husserl, Dilthey, Simmel, etc.), hacia su orientación particular, o sea, las primeras formulaciones del existencialismo.  Pronto, sin embargo, Marcuse se desprendió de la influencia de Heidegger, y se sintió tentado por la problemática sociológica según el planteamiento de Max Weber.  Pero la obra que más influyó en su pensamiento inicial –y no solamente sobre él, sino en toda una generación- fue “Historia y conciencia de clase” (1923) de George Lukács, que lo indujo a trabajar sobre la base de la tradición hegeliana-marxista y más específicamente, sobre el pensamiento de Hegel, que se convirtió en “su” filósofo.

 

La obra de Marcuse es cuestionable, porqué en su esencia y por voluntad es una obra abierta, una sugerencia y un estímulo – más que una doctrina- que reclaman el diálogo y la discusión, la imaginación y la libertad, en la lucha contra el establishment y el sistema, contra la burocracia y el dogma, y contra la civilización represiva.  El discurso de Marcuse habla a favor de la libertad y de la felicidad, y hace falta no confundir la crítica intelectual que se le dirige desde el mismo punto de vista con la crítica cuyo objetivo es precisamente, perpetuar el sistema represivo contra el cual se alzó Marcuse.

 

Pensador reactivo, o sea, que obedece casi siempre a estímulos externos, Marcuse cuenta, entre sus contribuciones originales, la de haber sabido complementar –enlazándolos estrechamente –los pensamientos de Marx  y de Freud como no lo habían logrado otros pensadores amigos suyos de la “Escuela Filosófica de Frankfurt”, y el haber sabido también presentarlos sugestivamente es sus aspectos a la vez más auténticos y actuales, o sea, por la vertiente más revolucionaria y –si así se prefiere- más creadoramente libre de su espíritu.