lunes, 9 de marzo de 2020

En los 99 años del genio del tango


Resultado de imagen de astor piazzolla imagenes
ASTOR PIAZZOLA EL GENIO QUE REVOLUCIONO EL TANGO
Víctor Rey
Personalmente no me gustaba el tango.  Recuerdo  que cuando era niño veía a mi padre escuchando  en una vieja radio, todos los domingos en la tarde un programa de tangos que se extendía hasta el anochecer.  Creo que se llamaba: “Compases al atardecer”.  Por eso para mí el tango tenía esa tristeza que canta Víctor Heredia: “Tengo una nostalgia de domingo por llover.”, yo digo: una nostalgia de domingo al atardecer.

Más tarde en la universidad encontré un libro de Ernesto Sábato titulado: Tango Discusión y Clave.  Lo leí con sospecha, pero me ayudó a entender  este arte y me dejó pensando una de sus frases: “El tango es eminentemente metafísico”.  Estaba estudiando filosofía  así que le puse atención a las letras, música y baile.  Mi impresión por el tango fue cambiando.  Pero cuando escuché por primera vez a Astor Piazzola comprobé que el tango es metafísica, más aún después de haber escuchado, “Balada para un Loco”.

También agradecí la música que puso a la película chilena sobre el Golpe de Estado, de Helvio Soto: “Llueve sobre Santiago”, donde destaca el tango dedicado a Salvador Allende.

Ástor Pantaleón Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921 en Mar del Plata, y en sus 71 años de vida alcanzó una inigualable obra con alrededor de mil composiciones originales. A los 8 años de edad, su padre le regaló un bandoneón con el que inició sus estudios en Nueva York, donde residía su familia, y desde entonces emprendió un camino lleno de aventuras.

Allí en la Gran Manzana tuvo un temprano y mitológico encuentro con Carlos Gardel, durante la filmación de la película “El día que me quieras”, donde Piazzolla interpretó a un canillita. El joven Ástor sacó a relucir su bandoneón detrás de escena y mereció una recordada frase del "Zorzal", quien le sentenció: "Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego".

El gran Ástor, que emergió del mejor linaje de la tradición tanguera formando fila en la orquesta de Aníbal Troilo, fue educado sin embargo en la música erudita y entrenado en el lenguaje del jazz. Así es como dio al tango una nueva faceta, más rica y compleja, que le valió la crítica de la vieja guardia y hasta de Borges, con quien tuvo varios desacuerdos por el disco que grabaron juntos en 1965,”El tango”.

“Mi audacia está en la armonía, en los ritmos, en los contratiempos, en el contrapunto de dos o tres instrumentos, que es hermoso y buscar que no siempre sea tonal, buscar la atonalidad”, dijo el propio músico sobre su arte. A través de los diversos conjuntos que formó, entre ellos el Octeto Buenos Aires, Piazzolla impulsó una transformación que lo alejó del reconocimiento inicial hacia otras formas musicales para, finalmente, volver al canon que ocupa en la actualidad.

Su legado trasciende los géneros y hoy es una referencia obligada a la hora de componer tangos, a la vez que representa un desafío para quienes desean seguir sus pasos, por cuanto logró un estilo muy personal con el que fusionó el lenguaje culto y el popular, algo novedoso para su época y que aún es muy difícil imitar en el presente.

Entre sus trabajos más reconocidos se cuentan los álbumes "Libertango" y “Adiós Nonino”. Sus últimos años, acaso los de mayor difusión de su música, los dedicó a una mayor exploración en la música sinfónica. Murió el 4 de julio de 1992 afectado por una trombosis cerebral. 

En la ciudad de Mar del Plata en la Plaza Bicentenario al lado de la gran pileta,  su ciudad natal lo ha honrado con una estatua a escala humana, donde Piazzola con su bandoneón  sigue tocando, ya sea con días de lluvia y de sol.  Cuando camino por esa plaza, siguiendo la ruta de los lugares donde vivió y se presentó, siempre lo paso a saludar y coloco mi brazo sobre su hombro y le digo al oído: gracias maestro.

miércoles, 4 de marzo de 2020

En el cumpleaños 93 de Gabriel García Márquez


Resultado de imagen para el amor en los tiempos del colera imagenes

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA O LA VIDA SIN LÍMITES

Víctor Rey

Mi encuentro con esta novela de Gabriel García Márquez, se produjo de forma casual. Había llegado hace algunas semanas a estudiar Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, y estaba aburrido de leer textos en francés.  Un amigo, médico costarricense que también estaba haciendo estudios de postgrado en esa universidad me prestó el libro con una condición: "solamente por una semana".  Primeramente me pareció rara la condición,  pero mi amigo me dijo: "Usted tomará este libro y no descansará hasta que lo termine" y así fue.  Lo leí en menos de una semana.  Hace un tiempo atrás a una amiga en Chile le comenté este hecho, hizo la prueba y le sucedió lo mismo.  No pudo dejar de lado la novela del Gabo.

"Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida".  Este consejo de Tránsito Ariza a su hijo Florentino pudo y puede ser la de cualquier nana al muchachito de casa acomodada o de mamá modesta a su propio vástago adolescente postrado en cama con mal de amores.

Florentino perdió el habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama.   La ansiedad se le complicó con dolores de estómago y vómitos verdes, perdió el sentido de orientación y sufría desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado ya no se parecía a los desórdenes del amor, sino a los estragos del cólera.

Pero el padrino, homeópata, al auscultar al ahijado, tras un examen al enfermo, ni afiebrado ni con dolor concreto, sino con una necesidad urgente de morir, comprobó, una vez más, que los síntomas del amor son los mismos del cólera.

Gabriel García Márquez, en "El amor en los tiempos del cólera" (Ed. Sudamericana, 1985), vuelve a armar historias con ternura, precisión, magia, sentido del humor y profundo conocimiento del alma, tripas, corazón, machismo, feminismo, miserias y sublimidades de un rincón latinoamericano del mundo.

Que la trama se teja en una ciudad oceánica y ribereña de la Colombia de García Márquez -como es el caso de la novela- o en cualquier punto del continente, que bien podría ser Chile, da exactamente lo mismo para sentirnos en familia con sus páginas.  Y tan orgullosos de los que por  allí transitan, como el poquita cosa de Florentino y su madre Tránsito Ariza- "una cuarterona libre con un instinto de la felicidad malograda por la pobreza".  Así, nada cuesta entender por qué al rey de Suecia se le reía sola la cara cuando le entregó el Nobel a Gabriel García Márquez, que vestía entero de blanco y con la clásica guayabera.  Tal cual como saliendo de Macondo o de esta actual ciudad junto al Magdalena y al mar, donde todo se sabía inclusive antes que fuera cierto.  La ciudad de los valses de Strauss con chicharrones y las batallas de flores con cuarenta grados a la sombra, donde hasta los ladrones podían resultar tan peculiares, que al despoblar toda una casa, mientras la propietaria hacía el amor con Florentino Ariza, dejaron escrito a brocha gorda en el muro del salón desierto: "Esto les pasa por andar tirando".

Porque Florencio- dado que los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos- hizo el amor clandestinamente con incontables pajaritas, durante los cincuenta y nueve años, nueve meses y cuatro días que transcurrieron desde el rechazo sin apelación de Fermina  Daza.  Pero no hubo olvido para ese amor platónico, largo, sostenido por correspondencia y miradas furtivas, aunque decisivamente contrariado.  Pese a que ella, también por carta, alcanzó a dar el sí, "siempre que no me hagan comer berenjenas", con una seriedad enamorada que tampoco se alteró cuando una cagada de pájaro cayó sobre la primera carta amorosa entregada bajo los árboles del parquecito que la novia solía cruzar camino del colegio.  Total aquello era de buena suerte, como dijo entonces Florentino, impasible a lo que no fueran sus sentimientos.  Tal como los concibió su padre, quien antes de nacer él escribió en un cuaderno: "Lo único que me duele de morir es que no sea de amor".  Sin embargo, apenas si vio al hijo ilegítimo de la mujer que lo inspiró tanto y que concibió sobre el escritorio de alguna oficina mal cerrada en una tarde de bochorno dominical, mientras la esposa del infiel oía en su casa los adioses de un buque que nunca se fue.  Familia de próceres fluviales, buques y corrientes, eran juguetes del antojo fantástico de los antecesores por el lado paterno de Florentino Ariza, al cabo de su casi sesenta años de espera amorosa, también pudo poner un buque, con bandera amarilla del cólera, a navegar toda la vida, llevando su anhelada Fermina Daza a bordo.

De otra manera no habría sido posible aquel viaje lunático de dos abuelos percudidos que, saltándose el arduo calvario de la vida conyugal, parecieron haber ido sin más vueltas al grano del amor.  Un amor tranquilo y sano luego que Fermina antes de embarcarse fuera al cementerio de la Manga y reconciliarse con el marido muerto.  Frente a su cripta, soltó los justos reproches que tenía atragantados, contó pormenores del viaje y se despidió hasta muy pronto.

"Hace medio siglo me cagaron la vida con ese pobre hombre porque éramos demasiado jóvenes, y ahora nos la quieren repetir porque somos demasiados viejos", confidenció la entrañable Fermina a su nuera, para terminar de sacarse el veneno que le carcomía las entrañas.  "Que se vayan a la mierda.  Si alguna ventaja tenemos las viudas, es que ya no nos queda nadie que nos mande".

Y bien feliz- a su manera- que fue Fermina con el doctor Juvenal Urbino, tan enamorado de ella que en vísperas de la vejez y después de los casi sesenta años juntos oyéndola lamentar que "el inodoro tuvo que ser inventado por alguien que no sabía nada de hombres", porque al mojar los bordes dejaba el baño apestado a criadero de conejos, llegó a la solución final: orinaba sentado, como ella, lo cual dejaba la taza limpia, y además lo dejaba a él en estado de gracia".

Tan adorable como lúcida, Fermina había descubierto que el tan dotado médico que le cupo en suerte era un pobre diablo envalentonado por el peso social de sus apellidos. "Un hombre de mucho ruido", como lo definió la mulata con que en una oportunidad fue infiel, en visitas de tiempo justo para aplicar una inyección intravenosa en tratamiento de rutina.  Precauciones que naufragaron en el olfato de Fermina, desconcertada por el extraño olor de las ropas del marido y que a la postre resultó "olor a negra", como dijo con rabia.  Ira acrecentada porque él no le negó todo, "como un hombre".  Peleas peores hubo entre ellos, aunque por causas menos graves, como la falta un día de jabón -lo que era cierto- , aunque Fermina hirvió porque él no reconocía que había mentido a conciencia para atormentarla.  Unos resentimientos resolvieron otros y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores.  El llegó a proponer confesión abierta ante el señor arzobispo, para que Dios decidiera como árbitro final si había o no jabón en el baño.  Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:

"¡A la mierda con el señor arzobispo!"  Lo de histórico- más allá de que la zarzuela popular lo hiciera uno de sus estribillos- rige con Fermina Daza para bandera, efigie, monumento o hasta blasfemia sobre el material básico de que está hecha la mejor mujer de estos lados de América.  Las que confunden el amor con el cólera, como Tránsito Ariza, y que por encima de las Manuelitas, las Paulas o las Rosas de la historia grande, escriben la historia chica de vidas sin límites, pese al abrumo de sus limitaciones.

Mujeres y seres para quienes el amor sigue siendo el mismo que en los tiempos del cólera, como tantas ciudades- este "mordidero de pobres" como alguno llamó a la de Florentino Ariza y Fermina Daza- que permanecen iguales, al margen del tiempo, y las cuales nada ocurre con el paso de los siglos, salvo envejecer despacio.

Gabriel García Márquez las intuye, las conoce y las cuenta como nadie.

Hombre él mismo de muchos amores pero en esencia fiel a su mujer, Mercedes, para quien dedica "por supuesto" esta novela, y hombre políticamente controvertido, hay en García Márquez un cierto parecido con Jeremíah de Saint-Amour, cuyo suicidio da comienzo a "El amor en los tiempos del cólera": Jeremíah "era un santo ateo.  Pero esos son asuntos de Dios".





miércoles, 26 de febrero de 2020

Ante la partida del filósofo Mario Bunge



Resultado de imagen para mario bunge imagenes
ADIOS AL MAESTRO MARIO BUNGE

Víctor Rey

Cuando estudiaba filosofía en la Universidad de Concepción en las clases de Filosofía de las Ciencias, Gnoseología, Epistemología e Historia de la Ciencia su nombre siempre aparecía.  Me sentía orgulloso de que este filósofo fuese latinoamericano, así sus argumentos se contrastaban con los pensadores europeos. Sus libros y artículos también se leían con mayor facilidad y no por eso dejaban de ser profundos. De alguna manera este autor con otro argentino como Ernesto Sabato, me animaron a entender en que consiste la ciencia a dejar de idolatrizarla como era común en la generación de ese tiempo. Así que su muerte a los 100 años al igual que Sabato, me ha conmovido.
Ser original y distinto --defender la perspectiva científica para oponerse a las seudociencias, entre las que cuestionaba al psicoanálisis-- no es moneda corriente. ¿Alguien logró “filosofar a la luz de la ciencia” como él? Mario Bunge, el físico, filósofo y epistemólogo argentino que murió a los 100 años en Montreal (Canadá), donde vivía desde hace más de cincuenta años, no es epígono de nadie en el rubro “gran polemista”; un ejemplo notable de cómo la polémica constituye un estímulo del pensamiento creador. El autor de más de un centenar de libros y medio millar de publicaciones sobre física teórica, matemática aplicada, teoría de sistemas, fundamentos de física, filosofía de la ciencia, semántica, epistemología y ontología, entre los que se podría destacar el voluminoso Tratado de filosofía (publicado en varios tomos), ha cultivado una honestidad intelectual excepcional. “Cuando era joven tenía esperanzas en el socialismo autoritario, en la revolución, en todo eso. Todas esas esperanzas se evaporaron. Mi actitud hacia la filosofía marxista ha cambiado mucho. Hice una crítica detallada de la dialéctica, núcleo de la filosofía marxista. La dialéctica es confusa y, en el mejor de los casos, falsa. En el peor de los casos, no se entiende”, planteaba Bunge en uno de sus últimos libros, Memorias: entre dos mundos, publicada en una coedición por Gedisa y Eudeba.
Bunge --que en esas memorias se define “socialista, democrático, participativo, cooperativo”-- advertía sobre los problemas del sistema capitalista. “El capitalismo ha tenido sus méritos históricos, pero es moralmente insostenible. Por ejemplo, la productividad de todos los sectores industriales se ha duplicado en los últimos 50 años, pero los salarios se han mantenido constantes. O sea, que se han beneficiado unos pocos. Los ricos se han hecho más ricos y los pobres se han quedado igual o peor. Por este lado los marxistas tienen razón, pero la alternativa que proponen no es viable porque confunden socialización con estatización y lo ideal no es que el Estado sea patrón, sino que los trabajadores sean los patrones, que los que trabajan posean y administren sus empresas, un poco lo que ocurre con la pyme familiar”.
El hombre que filosofó a la luz de la ciencia nació el 21 de septiembre de 1919. Su madre alemana fue enfermera de la Cruz Roja en China y en el hospital Alemán de Rosario. Su padre, Augusto Bunge, era médico y diputado por el partido Socialista. Bunge decía que había sido educado sin prejuicios y con respeto por las diferentes creencias. “La racionalidad no es incompatible con la religión, ya que hace a la forma y no al contenido de la argumentación”, postulaba el científico argentino. “Tomás de Aquino, el máximo teólogo de todos los tiempos, era racionalista y les advertía a sus correligionarios que, cuando disputasen con infieles, debían recurrir a la razón, bien común, y no a la fe ni a las escrituras religiosas. Además, y esto es lo esencial, lo que compartimos ateos y religiosos de buena fe [...] es mucho más que lo que nos separa: nos une la aspiración a la paz y a la justicia, así como la protección de la naturaleza, que está siendo destrozada a gran velocidad con el beneplácito de muchos economistas. Sin ella se extinguiría la especie humana”. En 1938 ingresó a la Universidad de la Plata y empezó la carrera de Química porque su padre le advirtió que no podría ganarse la vida como físico. Cursó solo un año y convenció a su padre de que la química era aburrida y se pasó a Física, donde tuvo como profesor al escritor Ernesto Sabato. Por su cuenta estudiaría filosofía para alcanzar la meta que se había propuesto: “filosofar a la luz de la ciencia”.
El mismo año en que comenzó a estudiar fundó la Universidad Obrera Argentina (UOA), clausurada por la policía en 1943, en la que trabajadores de diferentes especialidades recibían capacitación técnica y sindical; un antecedente de la Universidad Obrera Nacional que crearía Perón en 1952. En 1944, junto a Risieri Frondizi, lanzó la revista Minerva, una publicación que defendía el racionalismo y que cerró al año siguiente por falta de recursos. En 1951 estuvo preso durante una semana por su oposición al peronismo y un año después aprobó su tesis de Doctor en Ciencias Físico Matemáticas. Fue profesor de Filosofía de la Ciencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires a fines de la década del 50, cuando construyó la teoría de “la verdad parcial o aproximada”: “Los lógicos y la mayoría de los matemáticos rechazan la idea misma de la verdad parcial, creen que la lógica contiene el principio de la bivalencia, según el cual toda proposición es verdadera o falsa. Pero esto no es verdad, la lógica no se ocupa de la verdad sino de la validez, de modo que es posible hablar coherentemente de verdades parciales, que es lo que suelen hacer los científicos y técnicos”, explicaba Bunge antes de iniciar un exilio que se fue prolongando en Estados Unidos (1963-1965), en Alemania (1965-1966) y en Canadá, desde 1966.
Su legado no se limita a la filosofía y a la ciencia, incluye también la metafísica, la teoría del conocimiento, la ética y la filosofía política. “Mi principal aporte es construir un sistema filosófico con algunas ideas nuevas que no se limitan a comentar las ideas de otros, que es lo que ocurre con los autores de filosofía. Es una filosofía nueva caracterizada, primero, por el realismo. El realismo filosófico tiene la tesis de que el mundo exterior no preexiste y existe de por sí, sin nuestra ayuda, excepto lo artificial, los artefactos humanos, y entre los artefactos incluyo a la sociedad, lo hecho por la gente y no por la naturaleza --aclaraba Bunge--. Segundo, es una filosofía materialista, es decir, la tesis de que no hay objetos inmateriales, sueltos, desencarnados, todo lo material es real. En particular, las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro. Tercero, el sistemismo, o sea, encarar los problemas gordos de manera sistémica y no fragmentaria, no contentarse con el análisis, sino hacer síntesis. Cuarto, cientificismo. La tesis de que todo lo que se puede conocer se puede conocer mejor usando el método científico, empezando por las ciencias sociales. Por ejemplo, hacer historia o sociología con números, estadísticas”.
La peor seudociencia para Bunge es la ortodoxia económica porque es “la que más daño ha hecho”. “La ortodoxia económica, en particular en el Tercer Mundo, proclama el libre comercio con lo cual impide el desarrollo de la industria nacional que no puede competir con la industria importada. Le siguen muy de cerca las seudomedicinas --como llaman a las medicinas alternativas--, como la homeopatía, la acupuntura, el psicoanálisis y demás macanas”. El filósofo curioso recomendaba “no leer porquerías”, entre las que incluía a filósofos como Hegel, Heidegger y a Nietzsche, “el más venenoso de todos”.