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Víctor Rey es Profesor de Filosofía, Universidad de Concepción, Chile. Licenciado en Ciencias Sociales, Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile. Master en Comunicación Social, Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Miembro fundador de la Comunidad de Reflexión y Espiritualidad Ecológica (CREE). Facilitador de URI (Iniciativa de Religiones Unidas), en Quito, Ecuador y Director del Servicio de Estudios de la Realidad (SER).
lunes, 18 de marzo de 2019
En el aniversario 140 de su nacimiento
sábado, 16 de marzo de 2019
En el aniversario 98 de su nacimiento
ASTOR PIAZZOLA EL GENIO
QUE REVOLUCIONO EL TANGO
Víctor Rey
Personalmente no me gustaba el tango. Recuerdo
que cuando era niño veía a mi padre escuchando en una vieja radio, todos los domingos en la
tarde un programa de tangos que se extendía hasta el anochecer. Creo que se llamaba: “Compases al
atardecer”. Por eso para mí el tango
tenía esa tristeza que canta Víctor Heredia: “Tengo una nostalgia de domingo
por llover.”, yo digo: una nostalgia de domingo al atardecer.
Más tarde en la universidad encontré un libro de Ernesto Sábato
titulado: Tango Discusión y Clave. Lo
leí con sospecha, pero me ayudó a entender
este arte y me dejó pensando una de sus frases: “El tango es
eminentemente metafísico”. Estaba
estudiando filosofía así que le puse
atención a las letras, música y baile.
Mi impresión por el tango fue cambiando.
Pero cuando escuché por primera vez a Astor Piazzola comprobé que el
tango es metafísica, más aún después de haber escuchado, “Balada para un Loco”.
También agradecí la música que puso a la película chilena sobre
el Golpe de Estado, de Helvio Soto: “Llueve sobre Santiago”, donde destaca el
tango dedicado a Salvador Allende.
Ástor Pantaleón Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921 en Mar
del Plata, y en sus 71 años de vida alcanzó una inigualable obra con alrededor
de mil composiciones originales. A los 8 años de edad, su padre le regaló
un bandoneón con el que inició sus estudios en Nueva York, donde residía su
familia, y desde entonces emprendió un camino lleno de aventuras.
Allí en la Gran Manzana
tuvo un temprano y mitológico encuentro con Carlos Gardel, durante la filmación
de la película “El día que me quieras”, donde Piazzolla interpretó a un
canillita. El joven Ástor sacó a relucir su bandoneón detrás de escena y
mereció una recordada frase del "Zorzal", quien le sentenció:
"Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego".
El gran Ástor, que
emergió del mejor linaje de la tradición tanguera formando fila en la orquesta
de Aníbal Troilo, fue educado sin embargo en la música erudita y entrenado en
el lenguaje del jazz. Así es como dio al tango una nueva faceta, más rica y
compleja, que le valió la crítica de la vieja guardia y hasta de Borges, con
quien tuvo varios desacuerdos por el disco que grabaron juntos en 1965,”El tango”.
“Mi audacia está en la armonía, en los ritmos, en los
contratiempos, en el contrapunto de dos o tres instrumentos, que es hermoso y
buscar que no siempre sea tonal, buscar la atonalidad”, dijo el propio músico
sobre su arte. A través de los diversos conjuntos que formó, entre ellos el
Octeto Buenos Aires, Piazzolla impulsó una transformación que lo alejó del
reconocimiento inicial hacia otras formas musicales para, finalmente, volver al
canon que ocupa en la actualidad.
Su legado trasciende los géneros y hoy es una referencia
obligada a la hora de componer tangos, a la vez que representa un desafío para
quienes desean seguir sus pasos, por cuanto logró un estilo muy personal con el
que fusionó el lenguaje culto y el popular, algo novedoso para su época y que
aún es muy difícil imitar en el presente.
Entre sus trabajos más reconocidos se cuentan los álbumes
"Libertango" y “Adiós Nonino”. Sus últimos años, acaso los de mayor
difusión de su música, los dedicó a una mayor exploración en la música sinfónica.
Murió el 4 de julio de 1992 afectado por una trombosis cerebral.
En la ciudad de Mar del Plata en la Plaza Bicentenario al lado
de la gran pileta, su ciudad natal lo ha
honrado con una estatua a escala humana, donde Piazzola con su bandoneón sigue tocando, ya sea con días de lluvia y de
sol. Cuando camino por esa plaza, siguiendo
la ruta de los lugares donde vivió y se presentó, siempre lo paso a saludar y
coloco mi brazo sobre su hombro y le digo al oído: gracias maestro.
sábado, 9 de marzo de 2019
En el aniversario 92 del nacimiento de GGM
EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL
CÓLERA O LA VIDA SIN
LÍMITES
Víctor Rey
Mi encuentro con
esta novela de Gabriel García Márquez, se produjo de forma casual. Había
llegado hace algunas semanas a estudiar Comunicación Social en la Universidad Católica
de Lovaina en Bélgica, y estaba aburrido de leer textos en francés. Un amigo, médico costarricense que también
estaba haciendo estudios de postgrado en esa universidad me prestó el libro con
una condición: "solamente por una semana". Primeramente me pareció rara la condición, pero mi amigo me dijo: "Usted tomará
este libro y no descansará hasta que lo termine" y así fue. Lo leí en menos de una semana. Hace un tiempo atrás a una amiga en Chile le
comenté este hecho, hizo la prueba y le sucedió lo mismo. No pudo dejar de lado la novela del Gabo.
"Aprovecha
ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran
toda la vida". Este consejo de
Tránsito Ariza a su hijo Florentino pudo y puede ser la de cualquier nana al
muchachito de casa acomodada o de mamá modesta a su propio vástago adolescente
postrado en cama con mal de amores.
Florentino perdió el
habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la
cama. La ansiedad se le complicó con
dolores de estómago y vómitos verdes, perdió el sentido de orientación y sufría
desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado ya no se parecía
a los desórdenes del amor, sino a los estragos del cólera.
Pero el padrino,
homeópata, al auscultar al ahijado, tras un examen al enfermo, ni afiebrado ni
con dolor concreto, sino con una necesidad urgente de morir, comprobó, una vez
más, que los síntomas del amor son los mismos del cólera.
Gabriel García
Márquez, en "El amor en los tiempos del cólera" (Ed. Sudamericana,
1985), vuelve a armar historias con ternura, precisión, magia, sentido del
humor y profundo conocimiento del alma, tripas, corazón, machismo, feminismo,
miserias y sublimidades de un rincón latinoamericano del mundo.
Que la trama se teja
en una ciudad oceánica y ribereña de la Colombia de García Márquez -como es el caso de la
novela- o en cualquier punto del continente, que bien podría ser Chile, da
exactamente lo mismo para sentirnos en familia con sus páginas. Y tan orgullosos de los que por allí transitan, como el poquita cosa de
Florentino y su madre Tránsito Ariza- "una cuarterona libre con un
instinto de la felicidad malograda por la pobreza". Así, nada cuesta entender por qué al rey de
Suecia se le reía sola la cara cuando le entregó el Nobel a Gabriel García
Márquez, que vestía entero de blanco y con la clásica guayabera. Tal cual como saliendo de Macondo o de esta
actual ciudad junto al Magdalena y al mar, donde todo se sabía inclusive antes
que fuera cierto. La ciudad de los
valses de Strauss con chicharrones y las batallas de flores con cuarenta grados
a la sombra, donde hasta los ladrones podían resultar tan peculiares, que al
despoblar toda una casa, mientras la propietaria hacía el amor con Florentino
Ariza, dejaron escrito a brocha gorda en el muro del salón desierto: "Esto
les pasa por andar tirando".
Porque Florencio-
dado que los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los
alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí
mismos- hizo el amor clandestinamente con incontables pajaritas, durante los
cincuenta y nueve años, nueve meses y cuatro días que transcurrieron desde el
rechazo sin apelación de Fermina
Daza. Pero no hubo olvido para
ese amor platónico, largo, sostenido por correspondencia y miradas furtivas,
aunque decisivamente contrariado. Pese a
que ella, también por carta, alcanzó a dar el sí, "siempre que no me hagan
comer berenjenas", con una seriedad enamorada que tampoco se alteró cuando
una cagada de pájaro cayó sobre la primera carta amorosa entregada bajo los
árboles del parquecito que la novia solía cruzar camino del colegio. Total aquello era de buena suerte, como dijo
entonces Florentino, impasible a lo que no fueran sus sentimientos. Tal como los concibió su padre, quien antes de
nacer él escribió en un cuaderno: "Lo único que me duele de morir es que
no sea de amor". Sin embargo,
apenas si vio al hijo ilegítimo de la mujer que lo inspiró tanto y que concibió
sobre el escritorio de alguna oficina mal cerrada en una tarde de bochorno
dominical, mientras la esposa del infiel oía en su casa los adioses de un buque
que nunca se fue. Familia de próceres
fluviales, buques y corrientes, eran juguetes del antojo fantástico de los
antecesores por el lado paterno de Florentino Ariza, al cabo de su casi sesenta
años de espera amorosa, también pudo poner un buque, con bandera amarilla del
cólera, a navegar toda la vida, llevando su anhelada Fermina Daza a bordo.
De otra manera no
habría sido posible aquel viaje lunático de dos abuelos percudidos que,
saltándose el arduo calvario de la vida conyugal, parecieron haber ido sin más
vueltas al grano del amor. Un amor
tranquilo y sano luego que Fermina antes de embarcarse fuera al cementerio de la Manga y reconciliarse con el
marido muerto. Frente a su cripta, soltó
los justos reproches que tenía atragantados, contó pormenores del viaje y se
despidió hasta muy pronto.
"Hace medio
siglo me cagaron la vida con ese pobre hombre porque éramos demasiado jóvenes,
y ahora nos la quieren repetir porque somos demasiados viejos",
confidenció la entrañable Fermina a su nuera, para terminar de sacarse el
veneno que le carcomía las entrañas.
"Que se vayan a la mierda.
Si alguna ventaja tenemos las viudas, es que ya no nos queda nadie que
nos mande".
Y bien feliz- a su
manera- que fue Fermina con el doctor Juvenal Urbino, tan enamorado de ella que
en vísperas de la vejez y después de los casi sesenta años juntos oyéndola
lamentar que "el inodoro tuvo que ser inventado por alguien que no sabía
nada de hombres", porque al mojar los bordes dejaba el baño apestado a
criadero de conejos, llegó a la solución final: orinaba sentado, como ella, lo
cual dejaba la taza limpia, y además lo dejaba a él en estado de gracia".
Tan adorable como
lúcida, Fermina había descubierto que el tan dotado médico que le cupo en
suerte era un pobre diablo envalentonado por el peso social de sus apellidos.
"Un hombre de mucho ruido", como lo definió la mulata con que en una
oportunidad fue infiel, en visitas de tiempo justo para aplicar una inyección
intravenosa en tratamiento de rutina.
Precauciones que naufragaron en el olfato de Fermina, desconcertada por
el extraño olor de las ropas del marido y que a la postre resultó "olor a
negra", como dijo con rabia. Ira
acrecentada porque él no le negó todo, "como un hombre". Peleas peores hubo entre ellos, aunque por
causas menos graves, como la falta un día de jabón -lo que era cierto- , aunque
Fermina hirvió porque él no reconocía que había mentido a conciencia para
atormentarla. Unos resentimientos
resolvieron otros y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en
tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear
rencores. El llegó a proponer confesión
abierta ante el señor arzobispo, para que Dios decidiera como árbitro final si
había o no jabón en el baño. Entonces
ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
"¡A la mierda
con el señor arzobispo!" Lo de
histórico- más allá de que la zarzuela popular lo hiciera uno de sus estribillos-
rige con Fermina Daza para bandera, efigie, monumento o hasta blasfemia sobre
el material básico de que está hecha la mejor mujer de estos lados de
América. Las que confunden el amor con
el cólera, como Tránsito Ariza, y que por encima de las Manuelitas, las Paulas
o las Rosas de la historia grande, escriben la historia chica de vidas sin
límites, pese al abrumo de sus limitaciones.
Mujeres y seres para
quienes el amor sigue siendo el mismo que en los tiempos del cólera, como
tantas ciudades- este "mordidero de pobres" como alguno llamó a la de
Florentino Ariza y Fermina Daza- que permanecen iguales, al margen del tiempo,
y las cuales nada ocurre con el paso de los siglos, salvo envejecer despacio.
Gabriel García
Márquez las intuye, las conoce y las cuenta como nadie.
Hombre él mismo de
muchos amores pero en esencia fiel a su mujer, Mercedes, para quien dedica
"por supuesto" esta novela, y hombre políticamente controvertido, hay
en García Márquez un cierto parecido con Jeremíah de Saint-Amour, cuyo suicidio
da comienzo a "El amor en los tiempos del cólera": Jeremíah "era
un santo ateo. Pero esos son asuntos de
Dios".
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