lunes, 18 de marzo de 2019

En el aniversario 140 de su nacimiento


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ALBERT EINSTEIN, UN HOMBRE LIBRE Y HUMANISTA

Víctor Rey

Albert Einstein fue a todas luces un ser humano excepcional. Si revisamos la historia contemporánea con detenimiento, es probable que no encontremos una figura que se le asemeje o que se le acerque siquiera a él, en su actitud para proyectarse a las cumbres más altas de la creatividad intelectual y a la vez a las alturas más reconfortantes de la ética personal y del esfuerzo por dignificar la condición humana. 
La revista "Time" lo designó en el año dos mil, como la persona del siglo XX, y nadie se atrevería a poner en duda la legitimidad de esa elección. 
Barry Parker, uno de sus biógrafos más recientes, se arriesga a decir que Einstein fue tal vez, el más grande científico de la historia humana; luego de recordar que tenía apenas veinticuatro años, cuando enunció en 1905, hace algo más de un siglo, su Teoría de la Relatividad ("Energía, igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado"), que le cambió a los hombres, como tantas veces se ha dicho, la concepción tradicional del tiempo y el espacio. 
Parker nos recuerda que Einstein pasó sus últimos treinta años, tratando de reunir todas las fuerzas de la naturaleza, en una teoría del todo , tarea que dejó inconclusa, dice el biógrafo, pero que está de alguna manera contenida o anticipada en su espléndido legado científico y moral. 
Quienes han estudiado la trayectoria y la personalidad de Albert Einstein, aseguran que nadie en la historia llegó más lejos que él, en su afán por darle una dimensión de totalidad a la ciencia física, en su intento de diseñar una teoría unificada del universo. 
Cuando exponía sus avances en esa dirección, solía repetir una frase que ha circulado mucho y que los biógrafos han ido rescatando, en sus distintas aproximaciones a su vida. Una frase que resume claramente su pensamiento: "Dios no juega a los dados con el Universo". Qué otra frase más elocuente, más profunda, podría haber elegido para transmitirnos su certeza de científico, su confianza en la previsibilidad total del universo. 
Todos los biógrafos de Einstein parecen coincidir en que su genio intelectual, trasuntaba una concepción del mundo en la que confluían la verdad científica, el rumbo ético, la preservación obsesiva de la dignidad humana y hasta una pasión estética que no podía disimular. 
Por eso dijo este genio alguna vez, "lo más hermoso que el alma humana puede experimentar es el misterio", y agregó: "En la emoción que suscita el misterio, está el origen del verdadero arte y de la verdadera ciencia; quien no lo siente así, pierde para siempre su capacidad de asombro. Y quien ya no se asombra de nada, quien ya no experimenta sorpresa alguna, es como si estuviese muerto". 
Einstein tenía una idea clara del proceso de la mente humana y de su profunda integración con la totalidad, de los elementos que forman la trama psíquica y emocional del hombre. 
Por eso se preguntó en cierta ocasión "¿De qué modo surge una idea nueva en la mente del investigador o del científico?" y él mismo dio la respuesta con estas palabras: "La idea nueva surge casi siempre en forma repentina y de una manera más bien intuitiva. Eso significa que la idea no llega a nosotros como una conclusión lógica consciente; pero si más tarde repasamos el proceso que hemos vivido, no tardamos en descubrir las razones que nos fueron conduciendo inconscientemente a esa nueva idea, a esa nueva conclusión". 
Estas sabias palabras del maestro ayudan a entender el hecho admirable de que la primera revelación de la Teoría de la Relatividad le haya llegado a él, cuando sólo tenía veinticuatro años de edad. Creo que no está demás recordar que cuando Newton en 1666, formuló las leyes del movimiento y enunció la Ley de la Gravedad, tenía también esa misma edad. 
La creatividad intelectual y el talento visionario, labrado a golpes de intuición, se abrieron paso en lo más profundo de estos espíritus superiores, que creaban desde la conciencia, pero también desde la intimidad de sus almas en ebullición. 
Ese mismo proceso fue, seguramente, el que llevó a Einstein a postular, siendo aún muy joven, que la luz está compuesta de partículas, de la misma manera que la materia está compuesta de átomos. 
Su portentoso trabajo sobre el efecto fotoeléctrico, fue el que determinó que se le otorgara el Premio "Nobel" (1921). Es cierto, que por entonces, la Teoría de la Relatividad ya estaba elaborada y ya se tenía la seguridad de que iba a revolucionar el pensamiento científico, pues determinaba que las dimensiones espaciales y temporales no son absolutas, según las concebía la física clásica, sino relativas al movimiento de los sistemas en que se encuentran. 
Pero el "Nobel" le fue dado por su investigación sobre la luz, sobre el efecto fotoeléctrico, quizá, porque de las dos teorías, era la menos polémica, la que menos perturbaba o dividía a los científicos de la época. 
Ninguna evocación acerca de Albert Einstein, estaría completa, sin una referencia a su condición de humanista, a su incansable militancia a favor de la paz. 
Desde muy joven, fue un enemigo implacable de las guerras y de la violencia. El se distinguió por ser un intransigente defensor de los sistemas que privilegian la protección integral de la dignidad de la persona humana. 
Si como científico anhelaba construir una teoría unificada del universo, cuanto más, quería incentivar una cultura fundada en la tradición del humanismo, quería contribuir a edificar un sistema de convivencia, que garantizara la paz duradera y trabajó siempre para llegar a construir una sociedad auténtica de hombres libres; tanto en su Europa natal como en Norte América, que fue finalmente su patria de adopción. 
No había dos Einstein, uno comprometido con la ciencia y otro con el humanismo y con la paz. Había un único hombre, en el que convivían sólidamente entrelazadas como raíces, todas las vertientes del saber y de la responsabilidad ética. 
Así como el universo podía y debía ser visto desde una perspectiva de unificación y de previsibilidad, la dignidad del hombre, como parte de ese mismo universo, debía tener asignada su mirada esencial y ser también un valor garantizado y previsible. El pacifismo de Einstein, fue transparente e indestructible, pero el ejercicio concreto de su militancia, estuvo sometido a duras presiones por las turbulencias trágicas del siglo XX. 
En 1921, publicó un lúcido escrito para expresar su oposición a todo acto de guerra y para sostener que sólo se lograría un auténtico progreso social, el día en que los hombres se organizaran a escala internacional, para rechazar toda convocatoria a un servicio armado. 
Más tarde, en 1930, pronunció un recordado discurso en el que afirmó que si sólo el 2% de los ciudadanos del mundo, convocados al servicio militar, proclamaran su negativa a enrolarse y exigieran que los conflictos internacionales, se resolvieran siempre en forma pacífica, los gobiernos quedarían impotentes para llevar a sus pueblos a la guerra. Ese noble discurso se publicó en el "New York Times", y alcanzó en su tiempo gran repercusión.  
En 1933, al llegar Hitler al poder determinó que Einstein se viera obligado a replantear en parte, su estrategia. Y cuando Bélgica afrontó la inminencia de la invasión del nazismo, no vaciló en firmar un texto que revisara su propia propuesta originaria, y escribió lo siguiente: "Bajo las condiciones actuales, si yo fuera belga no rechazaría el servicio militar, sino que lo abrazaría, para salvar a la civilización europea". El gran científico no renunciaba a sus principios, que se mantenían incólumes, pero comprendía que estaba llevando a los hombres libres, a una terrible encrucijada; les planteaba, paradójicamente, la necesidad de armarse, para defender a la paz. 
Un conflicto de conciencia parecido se le planteó en 1938 cuando existía la sospecha de que científicos alemanes, estaban ya trabajando en la fabricación de armas atómicas. Ese hecho determinó que un grupo de hombres de ciencia de los países libres dirigieran una carta al Presidente Roosevelt, para pedirle que los Estados Unidos se movilizara a fin de impedirlo, y hasta le pedían al presidente norteamericano que previera la posibilidad de que las naciones democráticas desarrollaran estrategias, para neutralizar esa amenaza. Einstein firmó algunas de esas cartas al presidente Roosevelt.  
Años después, cuando la guerra estaba concluyendo y los Estados Unidos lanzaron bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el gran científico manifestó públicamente su arrepentimiento, por haber firmado en alguna oportunidad esa petición. 
Los movimientos del alma, también se revelaban relativos y adquirían diferente valor moral, según los desplazamientos derivados, según las imposiciones crueles de la historia. Pero por encima de los horrores que el nazismo le impuso a la civilización en el siglo XX, los grandes sueños y los grandes ideales de Albert Einstein, siguieron siendo los mismos. 
El hombre de ciencia, el fervoroso defensor de la paz, el humanista inclaudicable y hasta el artista sensible, que encontró siempre su mejor refugio en el violín y en su amado Mozart, mantuvieron inclaudicables sus ideales hasta el fin de su vida. 
Albert Einstein había nacido en Ulm, Alemania, el 14 de marzo de 1879, se doctoró en 1905 en la Universidad de Zürich, y en 1909 fue nombrado profesor de la misma. Él se sentía orgulloso de ser judío, fue activo en el movimiento sionista y miembro del Consejo de Gobernadores de la Universidad Hebrea de Jerusalem, en cuyo acto de fundación participó (1918). En 1952, luego del fallecimiento de Jaim Weizman, él rechazó la proposición de Ben Gurion de ser presidente del Estado de Israel. 
A más de sesenta y dos años de su muerte, el 18 de abril de 1955, su ejemplo sigue siendo uno de los faros que iluminan la conciencia de los hombres libres.



sábado, 16 de marzo de 2019

En el aniversario 98 de su nacimiento



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ASTOR PIAZZOLA EL GENIO QUE REVOLUCIONO EL TANGO
Víctor Rey
Personalmente no me gustaba el tango.  Recuerdo  que cuando era niño veía a mi padre escuchando  en una vieja radio, todos los domingos en la tarde un programa de tangos que se extendía hasta el anochecer.  Creo que se llamaba: “Compases al atardecer”.  Por eso para mí el tango tenía esa tristeza que canta Víctor Heredia: “Tengo una nostalgia de domingo por llover.”, yo digo: una nostalgia de domingo al atardecer.
Más tarde en la universidad encontré un libro de Ernesto Sábato titulado: Tango Discusión y Clave.  Lo leí con sospecha, pero me ayudó a entender  este arte y me dejó pensando una de sus frases: “El tango es eminentemente metafísico”.  Estaba estudiando filosofía  así que le puse atención a las letras, música y baile.  Mi impresión por el tango fue cambiando.  Pero cuando escuché por primera vez a Astor Piazzola comprobé que el tango es metafísica, más aún después de haber escuchado, “Balada para un Loco”.
También agradecí la música que puso a la película chilena sobre el Golpe de Estado, de Helvio Soto: “Llueve sobre Santiago”, donde destaca el tango dedicado a Salvador Allende.
Ástor Pantaleón Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921 en Mar del Plata, y en sus 71 años de vida alcanzó una inigualable obra con alrededor de mil composiciones originales. A los 8 años de edad, su padre le regaló un bandoneón con el que inició sus estudios en Nueva York, donde residía su familia, y desde entonces emprendió un camino lleno de aventuras.
Allí en la Gran Manzana tuvo un temprano y mitológico encuentro con Carlos Gardel, durante la filmación de la película “El día que me quieras”, donde Piazzolla interpretó a un canillita. El joven Ástor sacó a relucir su bandoneón detrás de escena y mereció una recordada frase del "Zorzal", quien le sentenció: "Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego".

El gran Ástor, que emergió del mejor linaje de la tradición tanguera formando fila en la orquesta de Aníbal Troilo, fue educado sin embargo en la música erudita y entrenado en el lenguaje del jazz. Así es como dio al tango una nueva faceta, más rica y compleja, que le valió la crítica de la vieja guardia y hasta de Borges, con quien tuvo varios desacuerdos por el disco que grabaron juntos en 1965,”El tango”.

“Mi audacia está en la armonía, en los ritmos, en los contratiempos, en el contrapunto de dos o tres instrumentos, que es hermoso y buscar que no siempre sea tonal, buscar la atonalidad”, dijo el propio músico sobre su arte. A través de los diversos conjuntos que formó, entre ellos el Octeto Buenos Aires, Piazzolla impulsó una transformación que lo alejó del reconocimiento inicial hacia otras formas musicales para, finalmente, volver al canon que ocupa en la actualidad.
Su legado trasciende los géneros y hoy es una referencia obligada a la hora de componer tangos, a la vez que representa un desafío para quienes desean seguir sus pasos, por cuanto logró un estilo muy personal con el que fusionó el lenguaje culto y el popular, algo novedoso para su época y que aún es muy difícil imitar en el presente.
Entre sus trabajos más reconocidos se cuentan los álbumes "Libertango" y “Adiós Nonino”. Sus últimos años, acaso los de mayor difusión de su música, los dedicó a una mayor exploración en la música sinfónica. Murió el 4 de julio de 1992 afectado por una trombosis cerebral. 
En la ciudad de Mar del Plata en la Plaza Bicentenario al lado de la gran pileta,  su ciudad natal lo ha honrado con una estatua a escala humana, donde Piazzola con su bandoneón  sigue tocando, ya sea con días de lluvia y de sol.  Cuando camino por esa plaza, siguiendo la ruta de los lugares donde vivió y se presentó, siempre lo paso a saludar y coloco mi brazo sobre su hombro y le digo al oído: gracias maestro.

sábado, 9 de marzo de 2019

En el aniversario 92 del nacimiento de GGM


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EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA O LA VIDA SIN LÍMITES

Víctor Rey

Mi encuentro con esta novela de Gabriel García Márquez, se produjo de forma casual. Había llegado hace algunas semanas a estudiar Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, y estaba aburrido de leer textos en francés.  Un amigo, médico costarricense que también estaba haciendo estudios de postgrado en esa universidad me prestó el libro con una condición: "solamente por una semana".  Primeramente me pareció rara la condición,  pero mi amigo me dijo: "Usted tomará este libro y no descansará hasta que lo termine" y así fue.  Lo leí en menos de una semana.  Hace un tiempo atrás a una amiga en Chile le comenté este hecho, hizo la prueba y le sucedió lo mismo.  No pudo dejar de lado la novela del Gabo.

"Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida".  Este consejo de Tránsito Ariza a su hijo Florentino pudo y puede ser la de cualquier nana al muchachito de casa acomodada o de mamá modesta a su propio vástago adolescente postrado en cama con mal de amores.

Florentino perdió el habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama.   La ansiedad se le complicó con dolores de estómago y vómitos verdes, perdió el sentido de orientación y sufría desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado ya no se parecía a los desórdenes del amor, sino a los estragos del cólera.

Pero el padrino, homeópata, al auscultar al ahijado, tras un examen al enfermo, ni afiebrado ni con dolor concreto, sino con una necesidad urgente de morir, comprobó, una vez más, que los síntomas del amor son los mismos del cólera.

Gabriel García Márquez, en "El amor en los tiempos del cólera" (Ed. Sudamericana, 1985), vuelve a armar historias con ternura, precisión, magia, sentido del humor y profundo conocimiento del alma, tripas, corazón, machismo, feminismo, miserias y sublimidades de un rincón latinoamericano del mundo.

Que la trama se teja en una ciudad oceánica y ribereña de la Colombia de García Márquez -como es el caso de la novela- o en cualquier punto del continente, que bien podría ser Chile, da exactamente lo mismo para sentirnos en familia con sus páginas.  Y tan orgullosos de los que por  allí transitan, como el poquita cosa de Florentino y su madre Tránsito Ariza- "una cuarterona libre con un instinto de la felicidad malograda por la pobreza".  Así, nada cuesta entender por qué al rey de Suecia se le reía sola la cara cuando le entregó el Nobel a Gabriel García Márquez, que vestía entero de blanco y con la clásica guayabera.  Tal cual como saliendo de Macondo o de esta actual ciudad junto al Magdalena y al mar, donde todo se sabía inclusive antes que fuera cierto.  La ciudad de los valses de Strauss con chicharrones y las batallas de flores con cuarenta grados a la sombra, donde hasta los ladrones podían resultar tan peculiares, que al despoblar toda una casa, mientras la propietaria hacía el amor con Florentino Ariza, dejaron escrito a brocha gorda en el muro del salón desierto: "Esto les pasa por andar tirando".

Porque Florencio- dado que los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos- hizo el amor clandestinamente con incontables pajaritas, durante los cincuenta y nueve años, nueve meses y cuatro días que transcurrieron desde el rechazo sin apelación de Fermina  Daza.  Pero no hubo olvido para ese amor platónico, largo, sostenido por correspondencia y miradas furtivas, aunque decisivamente contrariado.  Pese a que ella, también por carta, alcanzó a dar el sí, "siempre que no me hagan comer berenjenas", con una seriedad enamorada que tampoco se alteró cuando una cagada de pájaro cayó sobre la primera carta amorosa entregada bajo los árboles del parquecito que la novia solía cruzar camino del colegio.  Total aquello era de buena suerte, como dijo entonces Florentino, impasible a lo que no fueran sus sentimientos.  Tal como los concibió su padre, quien antes de nacer él escribió en un cuaderno: "Lo único que me duele de morir es que no sea de amor".  Sin embargo, apenas si vio al hijo ilegítimo de la mujer que lo inspiró tanto y que concibió sobre el escritorio de alguna oficina mal cerrada en una tarde de bochorno dominical, mientras la esposa del infiel oía en su casa los adioses de un buque que nunca se fue.  Familia de próceres fluviales, buques y corrientes, eran juguetes del antojo fantástico de los antecesores por el lado paterno de Florentino Ariza, al cabo de su casi sesenta años de espera amorosa, también pudo poner un buque, con bandera amarilla del cólera, a navegar toda la vida, llevando su anhelada Fermina Daza a bordo.

De otra manera no habría sido posible aquel viaje lunático de dos abuelos percudidos que, saltándose el arduo calvario de la vida conyugal, parecieron haber ido sin más vueltas al grano del amor.  Un amor tranquilo y sano luego que Fermina antes de embarcarse fuera al cementerio de la Manga y reconciliarse con el marido muerto.  Frente a su cripta, soltó los justos reproches que tenía atragantados, contó pormenores del viaje y se despidió hasta muy pronto.

"Hace medio siglo me cagaron la vida con ese pobre hombre porque éramos demasiado jóvenes, y ahora nos la quieren repetir porque somos demasiados viejos", confidenció la entrañable Fermina a su nuera, para terminar de sacarse el veneno que le carcomía las entrañas.  "Que se vayan a la mierda.  Si alguna ventaja tenemos las viudas, es que ya no nos queda nadie que nos mande".

Y bien feliz- a su manera- que fue Fermina con el doctor Juvenal Urbino, tan enamorado de ella que en vísperas de la vejez y después de los casi sesenta años juntos oyéndola lamentar que "el inodoro tuvo que ser inventado por alguien que no sabía nada de hombres", porque al mojar los bordes dejaba el baño apestado a criadero de conejos, llegó a la solución final: orinaba sentado, como ella, lo cual dejaba la taza limpia, y además lo dejaba a él en estado de gracia".

Tan adorable como lúcida, Fermina había descubierto que el tan dotado médico que le cupo en suerte era un pobre diablo envalentonado por el peso social de sus apellidos. "Un hombre de mucho ruido", como lo definió la mulata con que en una oportunidad fue infiel, en visitas de tiempo justo para aplicar una inyección intravenosa en tratamiento de rutina.  Precauciones que naufragaron en el olfato de Fermina, desconcertada por el extraño olor de las ropas del marido y que a la postre resultó "olor a negra", como dijo con rabia.  Ira acrecentada porque él no le negó todo, "como un hombre".  Peleas peores hubo entre ellos, aunque por causas menos graves, como la falta un día de jabón -lo que era cierto- , aunque Fermina hirvió porque él no reconocía que había mentido a conciencia para atormentarla.  Unos resentimientos resolvieron otros y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores.  El llegó a proponer confesión abierta ante el señor arzobispo, para que Dios decidiera como árbitro final si había o no jabón en el baño.  Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:

"¡A la mierda con el señor arzobispo!"  Lo de histórico- más allá de que la zarzuela popular lo hiciera uno de sus estribillos- rige con Fermina Daza para bandera, efigie, monumento o hasta blasfemia sobre el material básico de que está hecha la mejor mujer de estos lados de América.  Las que confunden el amor con el cólera, como Tránsito Ariza, y que por encima de las Manuelitas, las Paulas o las Rosas de la historia grande, escriben la historia chica de vidas sin límites, pese al abrumo de sus limitaciones.

Mujeres y seres para quienes el amor sigue siendo el mismo que en los tiempos del cólera, como tantas ciudades- este "mordidero de pobres" como alguno llamó a la de Florentino Ariza y Fermina Daza- que permanecen iguales, al margen del tiempo, y las cuales nada ocurre con el paso de los siglos, salvo envejecer despacio.

Gabriel García Márquez las intuye, las conoce y las cuenta como nadie.

Hombre él mismo de muchos amores pero en esencia fiel a su mujer, Mercedes, para quien dedica "por supuesto" esta novela, y hombre políticamente controvertido, hay en García Márquez un cierto parecido con Jeremíah de Saint-Amour, cuyo suicidio da comienzo a "El amor en los tiempos del cólera": Jeremíah "era un santo ateo.  Pero esos son asuntos de Dios".