jueves, 27 de diciembre de 2018

En el aniversario 75 de su nacimiento


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"JOAN MANUEL SERRAT: SIN UTOPÍA LA VIDA SERÍA UN ENSAYO PARA LA MUERTE"

Víctor Rey

"Quieren ponerle cadenas
pero,¿quién es quién le pone puertas al monte?
No pases pena,
que antes que lleguen los perros, será un buen hombre
el que la encuentre
y la cuide hasta que lleguen mejores días.
Sin utopía
la vida sería un ensayo para la muerte".
(J.M. Serrat)


Es un referente obligado en la canción de autor.  A su historia ha entregado aportes fundamentales, como su obra sobre la poesía de Miguel Hernández, Rafael Alberti, Antonio Machado y Mario Benedetti.  Y títulos perfectos desde “Mediterráneo”, hasta “Utopía”, pasando por “Penélope”, “Lucía”, “Benito”, “Manuel”, entre otros. 

Joan Manuel Serrat nace el 27 de diciembre de 1943 en Barcelona, España,  en el barrio obrero de Poble Sec (Pueblo Seco) en la calle Poeta Calanyes.  Es el menor de dos hermanos.  Su padre Josep, es un catalán que se desempeñaba como chofer de taxi, mientras la madre, Angeles, oriunda  de Orgón, realizaba costuras para ayudar al presupuesto familiar.

El pequeño Joan Manuel estudia desde los tres hasta los diez años en las escuelas Pías de San Antonio, de los Padres Escolapios.  “El colegio me disgustó.  Creo que allí empezó a forjarse el “rebelde que llevo dentro” diría en cierta oportunidad.  Posteriormente continuó sus estudios en el Instituto Milá y Fontanela de Barcelona, en donde permanece hasta los trece años, edad en que se traslada como alumno interno a la Universidad Laboral de Terragona, lugar donde aprende el oficio de mecánico tornero y fresador.  Al terminar la instrucción, decide continuar sus estudios, eligiendo la profesión de Perito Agrícola.

Ya en aquel entonces le acompañaba una guitarra, de la cual comienzan a nacer sus primeras creaciones.  En 1961, junto a otros tres compañeros de estudio, forman un cuarteto, lo que fortalece la vena musical de Joan Manuel Serrat.

Quizá fue ahí cuando nació para muchos ese primer amor por su música y la poesía, por aquella magia que encerraba “Penélope”,  “Lucía” - la más bella historia de amor que tuve y que tendré- y cantar con todas las fuerzas “Mediterráneo” y “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.  Con “Tu nombre me sabe a yerba” y "La mujer que yo quiero" aparecerían los primeros amores, y con "Fiesta" y “Para la libertad”, las primeras luchas sociales.

A esa altura el cantante catalán se había convertido no solo en fuente inspiradora o en acompañante de amores, luchas y lecturas, sino también en un personaje que bien valía la pena descubrir.  Había que imaginarlo, cuando se negó a cantar en el festival de Eurovisión por el hecho de no aceptar que cantara en catalán, o cuando no soportó la presión que ejercía el general Franco y su régimen y decidió su autoexilio en México, y más tarde cuando decidió hacer canciones de los poemas de Miguel Hernández y Antonio Machado.

Alguna vez Joan Manuel Serrat se definió a sí mismo como “un latinoamericano nacido en Barcelona”.  Creo que no hay mejor definición y síntesis  de sus dos entornos más queridos.  Serrat es un tipo ampliamente informado sobre la vida política, deportiva, artística y cultural de cada país latinoamericano.  Ha atesorado la virtud de ser hombre de muchas patrias, sin renunciar a su condición de catalán.  Le ha sobrado inteligencia y generosidad para saber que encerrarse limita.

La historia de amores entre Serrat y América Latina se acerca ya a los 40 años.  En 1969 realizó la primera gira, que no sólo le permitió ganar el Festival de la Canción en Rio de Janeiro con la inolvidable “Penélope”, sino también hacer cantar a todo el público del  Festival de la Canción de Viña del Mar su celebre “Mediterráneo”, así  conquistó para siempre a argentinos y chilenos.  Serrat ha roto las fronteras en Latinoamérica es toda una institución, pero una institución no tradicional, algo que se identifica con lo que aflora de nuestros sentimientos.  El amor, los padres, los hijos, las novias, las personas simples y su medio ambiente, el terruño, el humor crítico a lo establecido y aparentemente inmutable, tantas cosas que no son fáciles de comprender, las cuales las hemos llorado o reído, son “Aquellas pequeñas cosas”, que forman parte de la vida.

En diciembre de 1986 el periodista Andrés Braithwaite de la revista ANALISIS le preguntó: ¿Cuándo vuelves a Chile?  La última vez se quedó mucha gente esperándote.  Joan Manuel Serrat respondió: “Hombre, agradezco mucho que se acuerden de mí, pero yo considero que el hecho de que los militares no me dejen entrar no es más una consecuencia mínima de un régimen despreciable y despreciado.  ¿Qué cuándo voy a volver?  Pues esperemos.  Con la democracia volverá mucha gente.  Entre ella, yo, a no ser que el general le dé por dejarme pasar antes.  Y, bueno, en ese caso, yo feliz de volver antes.  De cualquier forma, eso sí, prefería que mi debut coincidiera con su despedida”.

Después el cantautor catalán se iba a convertir en un símbolo de la libertad durante los regímenes militares que asolaron el Cono Sur.  En 1988, al saber que la dictadura del general Pinochet había prohibido su entrada a Chile, se introdujo en un avión y voló a Santiago, dispuesto a apoyar a los que iban a votar y apoyar la “Campaña por el NO” para el plebiscito de aquel año.  Los militares no lo dejaron entrar, ni bajarse del avión, pero Serrat logró introducir un mensaje que una emisora radial echó al viento: “Tengo que regresar a mi país.  Si hubiera podido entrar, les diría que vengo para contarles que la gente de España, como pocas veces, está sensibilizada por la lucha de su país por la recuperación de la libertad.  En las calles de España, en las casas, en el trabajo, en el bar, se siente a Chile y se identifican con Chile, porque el pueblo de España conoce su propia experiencia reciente.  Aunque solo hubiera sido por esto, ya habría valido la pena haber estado con ustedes esta mañana.  Además creo que la presencia de todos ustedes, los hombres y las mujeres que de diversos lugares del mundo se han acercado aquí para compartir sueños y luchas, pueden ayudar a esa alegría que todos esperamos y que ya viene.  Yo quiero que sepan que los estoy viendo, los escucho, que los siento y que quiero que ustedes también me vean y me sientan como uno más entre ustedes, con la seguridad de que muy pronto vamos a estar juntos, cuando Chile sea lo que siempre fue:  un país ejemplo de libertad, ejemplo de respeto mutuo y paz.  Compañeros, compañeras.  Amigos y amigas: La alegría ya viene”.

Su ilusión, que era la mayoritaria, acabó por cumplirse.  En abril de 1990, en la recién inaugurada democracia, ante un Estadio Nacional repleto y luego de 17 años de extrañamiento, Joan Manuel Serrat volvió a caminar por las “grandes alamedas, donde transita el hombre libre”, como dijera el presidente Salvador Allende, en su proclama de despedida.  Lo primero que hizo Serrat fue tomar una  guitarra prestada, visitar la cárcel de Santiago y cantar “Aquellas pequeñas cosas” y “Para la libertad” a un grupo de presos políticos, que lo escucharon en un silencio religioso.

En los últimos años Serrat ha visitado en varias oportunidades Chile.  En cada una de ellas, la comunicación con el público ha sido admirable.  Serrat es parte de la historia de Chile y de América Latina, sus canciones son parte de nosotros, de los que fuimos y somos “soñadores de pelo largo”, como el protagonista de la canción “Señora”.






domingo, 23 de diciembre de 2018

Por una Navidad con Sentido


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COMO VIVIR LA NAVIDAD EN UNA SOCIEDAD DE CONSUMO

Víctor Rey


Hoy la Navidad sufre una gran distorsión en su real sentido.  Cuando pensamos en la navidad inmediatamente vienen a nuestra mente Santa Claus,  los regalos y toda la fiebre consumista que se forma en torno a esta festividad.  Todo esto nos produce una carga alta de estrés y también angustia.  Es necesario encontrar el verdadero sentido y compartirlos entre tantas personas que en esta fecha se encontrarán solos y deprimidos. Por otro lado hay que vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.

Seguimos viendo que la realidad en nuestras ciudades se van empeorando, las expectativas y la realidad de nuestro pueblo, siguen estando marcadas por los signos de la anti- vida.  Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socioeconómicas y la desesperanza están marcando el paso en la vida cotidiana.

La experiencia de los pastores en la fría noche de Navidad vuelve a convertirse en una realidad.  Nuestro mensaje y acción debe estar cargada de mucha esperanza.  La gente desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena.  Queremos escuchar las buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo.   

Esta buena noticia no es sólo un sistema de ideas que se contrapone a los sistemas de ideas de hoy vigentes en el mundo.  No es una ideología más en el supermercado intelectual y religioso del momento.  Es un poder, es una forma de vivir y plantarse frente al mundo, es una comunidad que trasciende barreras.  Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida cristiano hay que sacar el Evangelio de manos de los vendedores profesionales que lo han vuelto un  inocuo producto comercial que se ofrece al mejor postor y de los religiosos de turno que han sacado del centro de la navidad a Jesús.  Dondequiera un ser humano que invoca el nombre de Cristo se atreve a vivir por él; se esfuerza por practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento; alza sus ojos con esperanza y vence el temor, allí es donde está avanzando el Evangelio.

La Navidad nos recuerda y nos hace reflexionar sobre la vida de Jesús y el estilo de vida que vino a inaugurar.  Este hecho nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos en deidad.  Con él aprendemos a sospechar también: “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”, “No se puede servir a Dios y al dinero”. 

Vivir el Evangelio y el espíritu de la navidad es primero vivir la libertad de la idolatría materialista de los apetitos económicos.  Es hacer de Jesús el modelo de vida y entrar a un género de vida que ve lo económico como un campo en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el humano posee.  Cuando nos damos cuenta que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Jesús puede renovar nuestras vidas y purificarlas para que den fruto.  El hombre nuevo con su hambre de sed y justicia ya empieza a manifestarse en la disposición a cambiar nosotros mismos para que el mundo cambie.

Rescatar el verdadero sentido de la Navidad, es vivir el Evangelio, no cayendo en la trampa del mercado y de la sociedad de consumo.  El problema con la ideología del libre mercado es que nos hace aceptar su utopía como un axioma que no necesita demostración.  Es decir como el único camino que es aceptable hoy es el de la Economía de Libre Mercado.  Nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada a menos que estén al servicio de esa ideología.  Con ese mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia, la historia del mundo y aun Jesús mismo. 

No caer en esa trampa, no aceptar esa utopía, esa idolatría del mercado, como un axioma ni tampoco aceptar como “científico” un análisis, que por un lado se alimenta de la opresión de los más pobres y por otro reduce al hombre y la mujer a seres que solo sirven para consumir.  Por lo tanto debemos proclamar en primer lugar que la norma que juzga la vida y la acción de los hombres y las mujeres no es el éxito, ni la cantidad de cosas que se posean, sino el designio de Dios revelado en Jesús.  Descubrimos también que para tener valor y eficacia las acciones humanas no necesitan ser exitosas.  La vida es mucho más que la economía.  La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.

lunes, 17 de diciembre de 2018

En el aniversario 188 de la muerte de Simón Bolívar



EL GENERAL EN SU LABERINTO UNA NOVELA ENTRE LA HISTORIA Y LA FICCIÓN
Víctor Rey
Acabo de terminar de leer la obra de García Márquez “El general en su laberinto”, justo el 17 de diciembre del 2018, es decir en el aniversario 188 de su muerte acaecida en el año 1830 en Santa Marta. Me demoré casi un año en leerla ya que lo hice lentamente disfrutando su lectura y aprendiendo de la vida de Simón Bolívar, ya que no tenía muchas noticias al respecto.  Esta novela que está en el cruce de la historia y la ficción es la obra posterior a “El amor en los tiempos del cólera” y la más alejada del registro real mágico que caracterizó a la producción de Gabriel García Márquez desde la década de 1960 hasta 1989 año de la publicación.  En “El general en su laberinto”, García Márquez se desprende de una buena parte de los artilugios estilísticos que acuñó en obras como “Cien años de soledad” y “El amor en los tiempos del cólera” para ofrecer un retrato descarnado de los últimos meses de vida del Libertador Simón Bolívar. Esta prosopografía del Libertador, en términos estilísticos, está emparentada con la economía de recursos que utilizó en “La hojarasca”, cerrando así un ciclo vital de escritura en el que García Márquez desplegó su talento como narrador para entregar obras a la altura del denominado canon occidental.
“El general en su laberinto” resalta el desconsuelo del Libertador por el naufragio de la empresa a la que consagró su vida, a saber: la unidad del continente desde el Río Grande hasta Patagonia. Las conjuras y consejas que concluyen con la muerte de su sucesor espiritual, Antonio José de Sucre, son ambientadas en medio de las fiebres tuberculosas que asaltan a Bolívar en su último viaje por champán a lo largo del río Magdalena y los hospedajes que habitó en Cartagena y Santa Marta. García Márquez, quien invirtió más de tres años en la novela, realizó una investigación minuciosa del contexto histórico del Libertador, pero, tal como lo afirmó en el prólogo, su interés radicó en narrar la travesía del Libertador por el Magdalena.  Así, la preocupación no era solamente histórica sino también estética ya que García Márquez utiliza al río para construir un retrato de época en las dos novelas que corresponden a la década de 1980: “El amor en los tiempos del cólera” y “El general en su laberinto”.
Como se ha mencionado, “El general en su laberinto” es una producción inusual en la obra de García Márquez. Por un lado, hay un desprendimiento de los recursos del realismo mágico para centrar el estilo en el retrato descarnado del Libertador Simón Bolívar; por otro, hay una elaboración consistente del río Magdalena en el campo de la construcción de un retrato veraz de la época, no exento de la utilización de recursos poéticos que vivifican la presencia natural del río como un personaje que acompaña al Libertador en pos de un buque que lo saque a Europa o, en su defecto, que lo conduzca hacia su última morada, cuando aún considera que puede liderar la toma de Riohacha y reiniciar la unidad del territorio de la América Grande —comprendido entre el Río Bravo y la Patagonia— en crisis por la acción política de las grandes familias beneficiadas por el caos institucional en los países colombinos.
El uso de la prosopografía por parte de García Márquez es particular en El general ya que parece competir con la iconografía heroica que ha sido construida en torno a la figura del Libertador en casi doscientos años. En cierta forma, desmitifica al personaje de la cartilla para transformarlo en un ser humano, presa de fiebres tuberculosas pero dispuesto a entregar los restos de salud para rescatar la idea de la unidad del continente. Esta vulnerabilidad que provocaba fiebres, delirio y enajenación a Bolívar es el efecto que logra García Márquez para mostrarnos, a manera de deícticos, pasajes e impresiones de la vida de Bolívar que el autor rescata de archivos o de investigaciones coordinadas con estudiosos amigos —a los que tuvo bien retribuir en los agradecimientos finales del libro—. Así, el lector descubre la malquerencia entre Bolívar y Santander cuyo culmen se presenta en la conspiración septembrina, pero que venía sembrándose desde antes cuando Bolívar pondera los esfuerzos de los políticos venezolanos para apoyar los esfuerzos del Congreso de Angostura; también conoce de primera mano el carácter diplomático del mariscal Sucre, quien desiste a la grandeza de ser el unificador del territorio que había libertado Bolívar para dedicarse a retribuir al amor de su esposa y su hija; los odios que surgen por las rivalidades entre egos, promovidos por el mismo Bolívar, como el caso del citado Sucre y Urdaneta. La fuerza de los retratos psicológicos que García Márquez intercala a lo largo de la travesía del río introduce la acción narrativa en la obra. Acá es importante la fuerza de la introspección ejercida por un narrador omnisciente que utiliza los recursos de la tercera persona gramatical para descubrir estos casos de historia menuda que no son abordados por la historia oficial. De hecho, la ficción novelesca basa toda su potencia en este recurso. En ese sentido, García Márquez transforma las funciones del narrador omnisciente al utilizar los recursos de interiorización para hacer decir discursos a los personajes que un lector desprevenido podría considerar ciertos. Caso paradigmático son las últimas palabras del Libertador:
“¿Qué es esto?… ¿Estaré tan malo para que se me hable de testamento y de confesarme?… ¡Cómo saldré yo de este laberinto!” Que devienen en: “Carajos”, suspiró. “¡Cómo voy a salir de este laberinto!”

La suerte de Manuela, la Libertadora del Libertador, signada por lo trágico, adquiere un valor poético que la historia tradicional condensa en unas cuantas líneas, despojando de valor vivencial los actos que marcaron a una vida. Aunque las cartas están marcadas, los destinos que narra García Márquez encuentran una trascendencia que pareciera haber sido negada por la historia. El lector recorre estas “vidas cruzadas” mientras que asiste al deterioro de la figura de Bolívar, a quien le llegan señales de su decadencia a través de rumores o de noticias emitidas por los más cercanos.
“Una tarde, mientras el general yacía en el sopor de la fiebre, alguien en la terraza despotricaba a voz en cuello por el abusos de cobrar doce pesos con veintitrés centavos por media docena de tablas, doscientos veinticinco clavos, seiscientas tachuelas corrientes, cincuenta de las doradas, diez varas de madapolán, diez varas de cinta de manila y seis varas de cinta negra.”


José Palacios, el sirviente que dirá “lo justo es morirnos juntos” cuando el general le otorgue una cláusula irrevocable e irrenunciable de ocho mil pesos, es la voz que da el contratiempo al declive de Bolívar. Más adelante, cuando su destino, signado por el alcohol, concluya, García Márquez dejará a los lectores en el flujo del narrador omnisciente para llegar hasta la nada.
“De hecho fue así, pues manejó tan mal sus dineros como el general manejaba los suyos. A la muerte de éste se quedó en Cartagena de Indias a merced de la caridad pública, probó el alcohol para ahogar los recuerdos y sucumbió a sus complacencias. Murió a la edad de setenta y seis años, revolcándose en el lodo de los tormentos del delirium tremens, en un antro de mendigos licenciados del ejército libertador.”
La personificación de Palacios, tan distinguido y más presto a la confusión del pueblo que lo veía como el Libertador, es otro acierto narrativo de García Márquez. Palacios es trasunto de Bolívar en un plano de idealización subjetiva:
“Lo raro es que desde anoche no volvimos a tener fiebre […] ¿Qué tal si el curandero fuera mágico de verdad?”
Aunque la novela abarca una parte de dicha historia que, como lo asegura García Márquez, ha sido poco testimoniada, no es una recreación en regla de la época ni tampoco es una novela histórica. Es un artefacto de ficción que utiliza momentos históricos para cumplir con el cometido de narrar los últimos meses de Simón Bolívar, sus desengaños, amores, y su periplo vital, apoyado en los recursos descritos a lo largo de estas anotaciones.
El recurso del narrador omnisciente, característico en la obra de García Márquez, despliega en “El general en su laberinto”, un viaje a la conciencia moribunda de Simón Bolívar que empata con procedimientos realizados en novelas como “La hojarasca”.