lunes, 30 de abril de 2018

En el séptimo aniversario de su fallecimiento

Ernesto Sábato: Resistiendo antes del fin


Por Víctor Rey, Chile y Ecuador

“No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí”
- La Resistencia

Ernesto Sábato 1911 - 2011
¿Quién es Ernesto Sábato? Me preguntó un joven hace algún tiempo y la respuesta brotó instantánea: ¡El que escribió El túnel! Efectivamente Sábato es el escritor de la famosa novela El túnel. Una novela que casi todos hemos leído en nuestra época de secundarios. Un libro excepcional escrito con una intensidad tal que da la impresión de ser un cuento. Pero Sábato no sólo es el autor de la trilogía: El túnel, Sobre héroes y tumbas, o Abbadon el exterminador. Es el ensayista que leímos en nuestra
época de universitario, que revela su relación con la ciencia y la filosofía en Uno y El universo. El que plantea la lucha con la idea del progreso y la deshumanización del hombre en Hombres  y Engranajes y más tarde en Heterodoxia. Y es el que cuenta del oficio de escribir en El escritor y sus fantasmas. Y es también el pintor.

Pero el escritor Sábato también es un ejemplo de autoridad moral. Nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1911 y falleció el 30 de abril de 2011. Sábato no es sólo un hombre cuyas obras recorren el mundo en millones de ejemplares traducidos a 28 idiomas sino uno de los personajes más buscados cuando es necesaria una opinión "calificada" sobre algún asunto ético.

Sábato que presidió la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) durante el gobierno militar en la Argentina (1976-1983) y produjo el famoso informe Nunca más, puede poner en tela de juicio al presidente del país, a las iglesias, a las Fuerzas Armadas, la ciencia, las corporaciones empresariales, pero siempre encuentra el apoyo de la opinión pública.

Reflejo de su autoridad es su vida austera y el auditorio masivo que convoca cada vez que repite por televisión sus viejas ideas sobre el corazón del hombre y la ausencia del progreso.

A lo largo de su vida, Ernesto Sábato fue militante del marxismo y representó a la Federación Juvenil Argentina en un congreso del partido comunista, en Bruselas; estudió filosofía en la Universidad de La Plata y como físico estudió radiación nuclear en el Laboratorio Curie de París, y en la década de los años 40 abandonó la ciencia "por temor a su futura utilización".

En la actividad literaria se convirtió en una de las máximas figuras de la literatura hispanoamericana, en 1984 ganó el premio Cervantes, en 1989 el premio Jerusalén y en 1997 el premio Menéndez Pelayo.

Sábato dice que abandonó el marxismo porque dejó de creer "En cualquier idea que repugne a los problemas sobrenaturales", y decidió afiliarse a la causa del hombre real, de la justicia social y de la dignidad humana. Hoy se declara "un anarquista cristiano", y agrega: "Yo empecé a luchar por la justicia social a los 16 años en el colegio y nunca he dejado de hacerlo. Creo que es un deber. No me gusta que los chiquititos se mueran de hambre. Eso me ha llevado muchas veces a cuestionar incluso la existencia de Dios, a pesar de que me considero un espíritu religioso, aunque anárquico. Como también lo era Cristo. Cristo insultaba a los fariseos y andaba con los pobres, con prostitutas...Ese es el verdadero Cristo. Lo demás son cuentos". También hace un ejercicio de autodefinición: "¡Yo soy un anarquista! Un anarquista en el sentido mejor de la palabra. La gente cree que anarquista es el que pone bombas, pero anarquistas han sido los grandes espíritus como, por ejemplo León Tolstoi". (Entrevista en el diario El Tiempo, Bogotá, 22 de junio de 1997)

En su penúltimo libro: Antes del fin, Memorias, (Seix Barral, 1999, 214 páginas), se destaca el hombre triste, melancólico que piensa en Matilde, su esposa fallecida y solloza. Que se ve a sí mismo inclinado hacia la tierra encorvado, cansado. Es el hombre que tiene pequeños momentos de dicha cuando su gatita se recuesta en sus rodillas o cuando despierta con el trinar de los pájaros al amanecer.

De sus épocas de adolescente recuerda su vinculación con grupos anarquistas y comunistas. Recuerda manifestaciones de obreros y estudiantes cobijados por banderas rojinegras. Recuerda que la revolución Rusa tenía aún el resplandor romántico y que los compañeros comunistas terminaron por convencerle (aunque luego haya manifestado que no compartió los criterios de los "comunistas de salón" y que "el anarquismo fue más fuerte en su interior")...Recuerda que huyo de casa y que era, a los 19 años, una especie de delincuente que luchaba en la clandestinidad contra la dictadura del general Uriburu. Esa militancia le llevó a participar en diversos congresos comunistas dentro y fuera de Argentina.

Más tarde cuando terminó su doctorado en Ciencias Físico-matemáticas, el profesor Houssay, premio Nobel de Medicina, le concedió una beca que anualmente otorgaba la Asociación para el Progreso de las Ciencias, y se fue a trabajar al Laboratorio Curie, en París: "durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dome y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando cadáveres exquisitos".

Un cuartucho en París, Matilde y su pequeño hijo, la ciencia y el trabajo con la propia Irene Curie..."Muchos, con perplejidad, me han preguntado cómo es posible que habiendo hecho el doctorado en ciencias físico-matemáticas, me haya ocupado luego de cosas tan dispares como las novelas con ficciones demenciales como el Informe sobre Ciegos, y finalmente, esos cuadros terribles que me surgen del inconsciente". Sábato no sabe contestar a esa pregunta. Trabajar en el Laboratorio Curie era una de las grandes metas a la que podía aspirar un físico. Y después de llegar a una meta, solo queda el vacío. Abandonó la ciencia a principios de la década de los cuarenta. El mundo de los teoremas quedó ahí, trunco, en plena crisis espiritual.

Entonces tomó otro camino: el del arte. Empezó a escribir en la revista Sur, en Teseo, a leer a Huxley, Faulkner, Michaux, a los clásicos, a Camus (con quién hizo amistad), Green, Thomas Mann. Brevemente habla de sus libros, de su oficio como escritor, de sus pinturas.

En la segunda parte del libro, Ernesto Sábato deja a un lado los recuerdos para escribir sus anotaciones: la reciente película que vio, el recorte de una noticia curiosa de un diario, las cifras de la pobreza en el mundo, la mujer sin patria, la preocupación de la guerra de Bosnia, el drama de los Sin Tierra en el Brasil, la crisis en todas partes, sus conversaciones con Cioran sobre estos temas trascendentales..."el mundo marchando hacia la desintegración, mientras la vida nos observa con los ojos abiertos, hambrientos de tanta humanidad".

La muerte de su hijo lo derrumbó. Sábato se define, al final del libro, como un tipo embriagado de dolor y entre ruinas. Un tipo que, en la soledad de su estudio escucha el quinteto de Schumann para cuerdas y piano en un atardecer de 1998. Tanta nostalgia le hace caminar un rato, hasta el Parque Lezama de Buenos Aires. Se sienta en un banco de la plaza. Se dice un náufrago. Se confiesa propenso al pesimismo y a la depresión. De repente, el abrazo de un niño lustrabotas es como un pacto de derrotados, pero que llama a la esperanza.

En su último libro: La resistencia (Seix Barral, 2000, 148 páginas) Sábato plantea que en este tiempo de globalización hay necesidad de establecer las bases de alguna resistencia que permita el equilibrio en el nuevo orden que se viene encima. De lo contrario el hombre sucumbirá ante cada avance, y seguramente moriremos en red, solitarios frente a una máquina que se esmera en reproducir la vida en la pantalla. Ernesto Sábato lo sabe muy bien y lo dice con la humildad y claridad que sólo los años otorgan a los hombres. En La resistencia, Sábato se esmera en hacer una radiografía sentida de los tiempos actuales, con nostalgia de cuando una conversación en un café valía más que un televisor encendido para acaparar la atención y evitar, en última instancia, que las miradas se crucen y se reconozcan lo que de seres humanos nos queda.

La resistencia es una carta escrita sin vanidad alguna. Y aunque suene a discurso en boca de un predicador barato no hay que olvidar toda la producción anterior de este escritor. Así que estamos hablando de alguien que conoce abismos humanos y sabe describirlos. Estamos hablando de quien se ha dado el lujo de entrar en depresiones profundas para salir airoso con toda la fuerza de la vida atrapada en la mirada. "El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria", dice Sábato en La resistencia. Nada tiene que hacer el desarrollo salvaje frente a este caso de fe. Sábato se refiere a muchos frentes de la vida humana en los momentos actuales pero siempre su mensaje de dirige a no perder de vista lo esencial: "Quienes se quedan con los sueldos de los maestros, quienes roban a las mutuales o se ponen en el bolsillo el dinero de las licitaciones no pueden ser saludados. No debemos ser asesores de la corrupción. No se puede llevar a la televisión a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes y tratarlos como señores delante de los niños.

Del Internet, del tiempo libre, de relaciones humanas, de los afanes que mueven el mundo; temas que salen a la luz en La Resistencia con suavidad de quien habla desde el amor a sus semejantes y no desde la vanidad de un nombre de letras de molde. Sábato está lejos de envanecerse por mirar su nombre en las librerías o en los diarios nacionales. De hecho se despoja de todos sus atributos literarios para que su "carta", como él mismo se refiere a este libro, no empantane entre figuras retóricas o giros inteligentísimos. La resistencia está escrita para todo el mundo y en lenguaje sencillo y elemental. Para advertirnos como en los siglos XVIII y XIX la dignidad de la especie estuvo cifrada en los adelantos tecnológicos, pero en este siglo que ahora muere, la tecnología se encargo de quitarnos la inocencia. Pese a todo Sábato señala que: "no podemos hablar del hombre como si fuera un ángel, y no debemos hacerlo. Pero tampoco como si fuera una bestia, porque el hombre es capaz de las peores atrocidades, pero también capaz de los más grandes y puros heroísmos".

Para quienes no leyeron nunca a Sábato. Antes del fin y La resistencia es una forma de acercarse a un hombre y una obra quijotesca, a un espíritu combativo. Para aquellos que leímos El túnel con ansiedad, que seguimos en medio de dolorosas reflexiones los párrafos de los ensayos como Uno y El universo, Hombres y engranajes, Heterodoxia o El escritor y sus fantasmas, que nos sumergimos en el complejo y terrible mundo de Sobre héroes y tumbas, que quedamos asombrados con su novela profética Abaddon el exterminador, donde se vaticinaba el subyugamiento de las fuerzas del mal y el derrumbe de la civilización contemporánea. Que disfrutamos maravillados de su libro de conversaciones con Carlos Catania: Entre la letra y la sangre o el libro de Diálogos con Borges. Antes del fin y La resistencia son dos libros obligatorios y necesarios para el hombre y la mujer de hoy.


Sobre el autor 
Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.
 

lunes, 23 de abril de 2018

En el tercer aniversario de su fallecimiento


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EDUARDO GALEANO Y SU RELACIÓN CON CHILE

Víctor Rey

Tuve la oportunidad de escuchar y conocer dos veces a Eduardo Galeano.  La primera vez fue en Santiago de Chile en el año 1988, meses antes del plebiscito que derrotaría a Pinochet.  Fue en una sala de la Universidad ARCIS, que estaba llena donde la capacidad del lugar fue sobrepasada y todos estábamos habidos de escuchar a este escritor  que lo habíamos comenzado a leer a través de la revista Análisis que fue justamente el medio que lo trajo a Chile  para participar en unas jornadas que se llamaron: Chile Crea y recibir el premio José Carrasco.  La segunda oportunidad fue el año 1995 en México.  Ahí fue el expositor que cerró el Congreso de la Asociación Mundial de Comunicadores Cristianos (WACC).  Su charla sobre la realidad latinoamericana y el periodismo, ha sido para mi uno de las exposiciones que más he valorado.   Justamente en ese país y en esa ocasión un amigo mexicano me regaló el libro: Las venas abiertas de América Latina.  Considero que Galeano ha sido uno de los intelectuales más influyentes del final del siglo pasado y de este siglo.  Su humor, la facilidad de su lectura, la ironía y la contextualidad son las características que a muchos nos han cautivado. 
Su muerte A los 74 años nos golpeó a muchos por lo prematuro de su partida.  Deja un gran vacío en la literatura latinoamericana, ya que ha sido uno de los escritores más relevantes del último tiempo.  Su obra fue traducida a una veintena de idiomas y su muerte causó diversas reacciones en el mundo. La política y la cultura también lo unieron con Chile, país que visitó por última vez en 2013.
“Quiero dedicar esta lectura a un gran amigo mío, y creo que de todos ustedes, que se llamó y se llamará por siempre jamás, Salvador Allende”. De este modo comenzaba Eduardo Galeano la presentación de su último libro, Los hijos de los días (2011), el 9 de enero de 2013, ante una repleta sala Antonio Varas, cuya capacidad fue ampliamente sobrepasada por la cantidad de personas que querían escucharlo.
Esa fue la última visita a Chile del escritor uruguayo, falleció el 15 de abril del 2015, debido a complicaciones de salud derivadas del cáncer de pulmón que se le diagnosticó en 2007.
Eduardo Germán María Hughes Galeano nació el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo y su obra ha sido traducida a una veintena de idiomas. Entre sus libros más influyentes se encuentra Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, y censurado por varias dictaduras latinoamericanas, entre ellas, la chilena.
Ese es uno de sus vínculos menos felices con Chile, un país que visitó en repetidas ocasiones y con el que mantenía lazos más perdurables. Los comenzó a construir cuando era un veinteañero, dirigía el diario Época y se hizo amigo de Salvador Allende, quien incluso lo visitaba en las oficinas del medio.
Fue el periodismo, de hecho, su primer contacto con la escritura. Cuando era un adolescente le vendió una caricatura al diario El Sol y en sus planes no estaba dedicarse a la literatura: “Siempre creí que iba a ser dibujante. También creí que iba a ser jugador de fútbol, santo, miles de cosas quise ser y no pude, pero jamás se me pasaba por la cabeza la idea de ser escritor, nunca. Eso ocurrió tarde en la vida, a partir del periodismo”, dijo al programa Vuelan las Plumas, durante esa última visita a Chile.
“Empecé a ejercer el periodismo como una manera de entrar en la realidad. Me apasionaba meterme en las noticias, de carne y hueso”, añadió en esa ocasión.
 “Yo podía hacer una crónica policial o de deportes -muchas veces hice de fútbol- y me apasionaba ese contacto directo con la realidad que te puede dar el periodismo. La ficción no me lo daba. Hice algunas tentativas de escribir ficción, pero no me entusiasmaba como esto, que provenía de la realidad. Era la realidad contándote sus secretos, sus misterios, desafiándote”, relató.
En 1973, luego del golpe de Estado en Uruguay, Eduardo Galeano se estableció en Argentina, donde fundó otro medio de comunicación, Crisis. Tres años más tarde, nuevamente la represión lo llevó a España. Solo volvería a Uruguay en 1985, con el retorno de la democracia en ese país.
Tres años después estuvo en Chile para recibir el premio José Carrasco Tapia, que concedía la revista Análisis. El 19 de enero de ese año, en su discurso, dijo palabras que bien podrían servir ahora para despedirlo: “Este es un homenaje a la pasión de vivir, iluminada por la viva memoria de un compañero asesinado, y ésta es una celebración de la alegría de creer en ciertas cosas que la muerte no puede matar”

domingo, 15 de abril de 2018

En el aniversario 38 de su fallecimiento

Mi filósofo preferido



Por Víctor Rey, Chile y Ecuador

Jean-Paul Sartre, 21 de junio de 1905 - 15 de abril de 1980
Estando de visita en la ciudad de Mar del Plata en Argentina, caminaba por sus calles y  encontré el local de La Alianza Francesa.  Me recibieron muy bien y me invitaron a conocer la biblioteca de esta institución. Al contemplar la maravilla de textos que reposaban en los estantes, lo primero que vino a mi mente fue buscar los libros del filósofo Jean Paul Sartre en su lengua original.  Ojeando uno de ellos me percaté que ese mismo día estaba de aniversario de nacimiento.  Sartre había nacido un 21 de junio y si estuviese todavía entre nosotros tendría 113 años. Pasé algunas horas revisando su obra y recordando los primeros textos que leí en la escuela secundaria, donde nuestro profesor de filosofía nos introdujo a su pensamiento.  Luego en la universidad ya en plena dictadura era difícil encontrar algún texto de él, pero nos ingeniábamos para compartir sus libros en forma clandestina.  Un profesor se animó o tuvo la osadía de dictar un curso sobre su pensamiento y el curso se llenó de postulante, fue alta la demanda, el salón de clase se desbordó.  Queríamos respirar un poco de libertad y de existencialismo.

Luego pasé por una época existencialista donde sus libros junto a otros autores me acompañaron en esos tiempos de duda, conjeturas, y reflexiones acerca de la vida, el sentido y la muerte.  Recuerdo que deboraba sus libros en la biblioteca de la Universidad y también pasaba largas jornadas leyéndolo en los parques y plazas de Concepción.

Creo que si alguna persona encarna lo que es un filósofo, este fue Jean Paul Sartre.  Sus lentes, su pipa, su voz pausada lo hacían recordar a Sócrates en esas interminables charlas con jóvenes estudiantes.  No fue perfecto y por supuesto tiene detractores y defensores fanáticos.  Su vida no dejó a nadie indiferente ya sea leyéndolo o a quien lo conoció.

Jean-Paul Sartre tuvo una infancia solitaria. Nació en París en 1905 y quedó huérfano de padre a los seis meses. Fue un niño sin apenas amigos, bajo de estatura, bizco y torpe para el juego físico. Tal como relata en su autobiografía Las Palabras, publicada en 1963, se refugió en la escritura para escapar de un mundo que lo rechazaba.

En 1929 se graduó en la prestigiosa Escuela Normal Superior, donde había conocido a Simone de Beauvoir, su única pareja estable hasta la muerte. Tres años después consiguió una beca para ampliar sus estudios en Berlín, lo que le permitió familiarizarse con la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Heidegger. Tras volver a Francia, publicó una serie de ensayos influidos por el pensamiento alemán que apenas tuvieron repercusión, pero la aparición en 1938 de su primera novela, La Náusea, convirtió a Sartre en un autor famoso y respetado.

Reclutado por el ejército francés en 1939, las tropas alemanas lo capturaron en 1940 y no consiguió volver a París hasta el año siguiente, cuando organizó junto a otros intelectuales una célula de la Resistencia. En 1943 publicó su obra filosófica medular, El Ser y la Nada, cuyas ideas principales quedarían recogidas en el panfleto El Existencialismo es un Humanismo, aparecido en 1946.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Sartre abandonó su trabajo como profesor de instituto para dedicarse únicamente a escribir. De esta época es su ambicioso proyecto Los Caminos de la Libertad, una novela en cuatro volúmenes que dejó inconclusa cuando se convenció de que el teatro era un medio más adecuado para la difusión de sus ideas. En 1943 había publicado Las Moscas, considerada como su mejor obra dramática, y en los años siguientes aparecieron A Puerta Cerrada, La Puta Respetuosa, Las Manos Sucias y El Diablo y Dios.
Hasta 1956, cuando los tanques soviéticos ahogan la rebelión de Hungría, fue un ardiente defensor del comunismo sin llegar nunca a militar en ningún partido. Sus objeciones al marxismo quedarían plasmadas en Crítica de la Razón Dialéctica, publicada en 1960, en la que también reconoce el valor innegable de esta doctrina.

Tras rechazar el Premio Nobel en 1964, dedicó más y más tiempo a la militancia callejera, convirtiéndose en un icono de la llamada generación del Mayo 68.

A partir de los años setenta se agravaron su ceguera y sus problemas de salud, dejando al escritor prácticamente imposibilitado. Un tumor pulmonar acabó con su vida un 15 de abril de 1980. Más de 25.000 personas asistieron a su funeral.

Sartre fue el último filósofo.  O sea, un escritor que escribía sobre realidades tenebrosas y misteriosas, burlescas para llenar el vacío, un explorador de lo que a veces se llama “destino”, “dios”, “el diablo” y luego terminar siendo en París el comunista de siempre.

Creo que es conveniente volver a leer a Sartre hoy cuando se ve en el horizonte las amenazas de integrismos y fundamentalismos que vienen del neonazismo, neo stalinismo, islamismo, cristianismo, cientificismo, la tecnología y el neoliberalismo.  Nos puede ayudar mucho volver a las páginas de este filósofo para aprender a ser más tolerantes, respetuosos y humildes.

Sobre el autor 
 Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.