lunes, 13 de noviembre de 2017

El cristianismo es de izquierdas

Garcia Mauriño
Por José María García-Mauriño
España.
Si entendemos por Cristianismo la religión de Jesús de Nazaret, es decir, las enseñanzas que están en los Evangelios, no los dogmas, normas y ritos que predica la religión católica oficial, no es una religión equi-distante, no es ni puede ser de derechas y a la vez de izquierdas, no es ni puede ser neutral. Nadie es neutral.
Jesús tomó parte y partido por los pobres, Recordamos aquello de “dichosos los pobres… ay de vosotros los ricos… es más fácil que un camello pase por el ojo de una guja que un rico entre en el reino de Dios…. no se puede servir a Dios y al dinero… si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dalo a los pobres… parábola del rico epulón y el pobre Lázaro… La salvación vino a casa de Zaqueo cuando devolvió lo que había robado…el juicio final: tuve hambre, tuve sed, era extranjero, estuve enfermo… “
Eso está claro. Es una religión que tiene una clara preferencia por los pobres y excluidos, no está en contra de los ricos, sino de la acumulación de riqueza.
Ser de izquierdas supone al menos estas cosas:
  • Una clara opción por los pobres, una lucha constante contra toda injusticia, no aceptar la acumulación de riqueza en pocas manos, optar por la fraternidad, por el compartir con los más necesitados, o como decía Bobbio, considerar una aberración la desigualdad social.
  • Tener pensamiento crítico, lejos de la opinión visceral.
  • Estimar antes lo comunitario que lo individual, antes lo colectivo que lo privado.
  • La defensa de la mujer y lucha contra el patriarcado.
  • La defensa de los Derechos Humanos y del Planeta, como eje de su pensamiento,
Y ser de derechas significa, según el prestigioso sociólogo Bonaventura Souza Santos: “Entiendo por Derecha al conjunto de las fuerzas sociales, económicas y políticas que se identifican con los objetivos del capitalismo neoliberal y con lo que esto implica en términos de políticas nacionales, de aumento de las desigualdades sociales, de destrucción del Estado de bienestar, de control de los medios de comunicación y de estrechamiento de la pluralidad del espectro político”.
El Cristianismo verdadero, el del Evangelio, no puede ser a la vez de derechas y de izquierdas. Es clara y decididamente de izquierdas. + (PE/Atrio)
Foto. José María García-Mauriño, 87 años, ex jesuita.

jueves, 9 de noviembre de 2017

A 28 años de la Caída del Muro de Berlín y mi visita a esa ciudad.

Víctor Rey

En julio de 1991 la Asociación Mundial Para la Comunicación Cristiana por sus siglas en inglés WACC, me invitó a participar en un seminario que se realizó en Berlín en la parte oriental de esa ciudad. El tema era reflexionar sobre el papel que habían jugado los medios de comunicación en la Caída del Muro de Berlín y en la posterior caída de bloque socialista y de la Unión Soviética.  Yo en ese tiempo me encontraba haciendo estudios de post grado de Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.  Una de las ciudades que quería conocer era justamente Berlín, por lo que significaba en relación a su historia y a la Guerra Fría que se había vivido recientemente y todo lo que se había escrito, filmado y comentado en relación a este hecho histórico.
Hacer el viaje en tren, partiendo desde Bruselas, pasando por Liege, Aachen, Koln, Hannover y llegando a Berlín de noche a la oscura estación, ha sido para mí una de las experiencias más ricas de encontrarme con la historia contemporánea.  Salí caminando de la estación para acercarme al hotel donde se realizaría el seminario.  Cruzar el rio Spree a esa hora fue algo sobrecogedor.
Durante los días del seminario de la WACC pude salir a caminar y conocer esta ciudad recorriendo sus calles, iglesias, monumentos y museos.  Recuerdo su Catedral, el Reichstag, Alexanderplatz, el bulevar de Unter den Linder, Chekpoint Charlie, la Puerta de Brandeburgo, la Universidad de Humbold, la estatua de Carlos Marx y Federico Engels, el edificio del Partido Comunista y por supuesto el muro de Berlín.  Me faltaron días para recorrer la parte oeste y este de esta hermosa ciudad.
El 9 de noviembre de 1989, la gente de la Alemania Oriental ocupada tomó el control de su destino cuando literalmente derribaron a martillazos el Muro de Berlín.  Sucedió gracias a la presión de una muchedumbre que se movilizo en la búsqueda de la libertad.  La caída del muro de Berlín se transformó en el símbolo del fracaso y posterior desmantelamiento del régimen socialista instaurado por los soviéticos.
Es difícil revivir el drama apasionante de ese periodo en la Europa de hace 25 años.
Durante 1989 hubo señales claras de que el imperio soviético se desmoronaba. En Polonia, Hungría y otros lugares los movimientos populares desafiaron con éxito a los regímenes respaldados por los soviéticos que habían perdido su legitimidad desde hacía mucho.
Pero el drama fue más intenso en Alemania Oriental y Occidental, el epicentro de la Guerra Fría.
Desde el 13 de agosto de 1961, cuando Alemania Oriental erigió la terrible barrera que separó a Berlín Oriental de Berlín Occidental y de Alemania Oriental, el muro se volvió el temido símbolo del aislamiento y la desesperanza.
Las familias quedaron separadas, y durante el siguiente cuarto de siglo más de 100 alemanes murieron tratando de escapar al otro lado del muro.
Entonces, el 9 de octubre de 1989, más de 7.000 alemanes orientales se reunieron afuera de la iglesia Nikolai en Leipzig; llevaban velas que simbolizaban la paz y coreaban: wir sind das Volk! (¡somos el pueblo!).
A las manifestaciones siguieron protestas cada vez mayores, en Leipzig y en toda Alemania Oriental. Precisamente un mes después, cayó el Muro de Berlín.
El doble muro de concreto de más de tres metros de altura y de más de 150 kilómetros de extensión es en sí mismo un testimonio de las locuras que puede llevar el totalitarismo.  Su construcción se inició en agosto de 1961, después que 3,5 millones de alemanes emigraron del país.  Se hizo bajo la excusa de que se construía para evitar el ataque de la Alemania Occidental.
En Chile el año anterior habíamos derrotado en un plebiscito la dictadura de Pinochet y veíamos como una señal de los tiempos lo que veíamos a través de la televisión en Alemania y luego en el resto de Europa de Este.  Era la lucha por la libertad que se daba en todo el mundo y atisbábamos que era el inicio de una nueva época, de una nueva era de una nueva civilización para la humanidad.  Por eso creo que la historia contemporánea se divide en un ante y un después de la Caída del Muro de Berlín.  Doy gracias por el privilegio que he tenido de ser un testigo privilegiado de ese hecho histórico que pude ver en directo y por la televisión.
Sin embargo, 25 años más tarde, el 9 de noviembre de 2014, todos deberíamos festejar en conmemoración de lo que ocurrió en ese día crucial.  Se puede hacer un balance de estos años desde muchos puntos de vista.  Como en toda historia humana, en el período recorrido hay luces y sombras, éxitos y fracasos.  Pero quedan algunas verdades: Alemania del este se integró en la República Federal y recuperó la democracia.
Ese momento mágico es un recordatorio para toda la gente de todo el mundo, para los que vivían entonces, para los que viven ahora y para quienes vivirán en el futuro. La tiranía no puede suprimir la voluntad de quienes ansían la libertad y desean una vida mejor para sí y para sus hijos.

Las palabras del Papa Francisco en el aniversario de estos 25 años rezando el Angelus en la Plaza de San Pedro son la mejor lección que podemos aprender de este hecho histórico que ha marcado a la humanidad: “Que caigan todos los muros que todavía dividen al mundo y que exista una cultura del encuentro.  Que no vuelva a suceder que personas inocentes sean perseguidas y asesinadas a causa de sus creencias o religión.  Donde hay un muro hay una clausura del corazón.  Sirven puentes y no muros.”

martes, 7 de noviembre de 2017

En el aniversario 104 del nacimiento de este gran escritor y filósofo francés

Albert Camus, el absurdo y el existencialismo


Por Víctor Rey, Chile y Ecuador

Albert Camus, 1913 - 1960
A mediados de los 70 yo vivía y estudiaba filosofía en Concepción, ciudad al sur de Chile y trataba de ponerme al día con los clásicos de la literatura.  Había leído a los latinoamericanos, Vargas Llosa, García Márquez, Sábato, Donoso, Cortázar y gracias a ellos descubrí a Jean Paul Sartre,  Kafka, Herman Hesse y Albert Camus.  Esas lecturas hicieron que viviera esos veinte años convertido en un fervoroso existencialista que venía saliendo del marxismo.  Pensaba que la vida era un absurdo y que la verdadera filosofía consistía en saber  que cinco minutos después de estar muerto no quedaría nada de mí.  Veía lo absurdo y el existencialismo por todas partes, en el cine, las canciones, las conversaciones, la pintura, etc.

He quedado sorprendido que estos libros que yo leí en mi época de universitario, mis hijos los leyeron en francés en su tiempo de estudiantes secundarios en la Alianza Francesa.  Creo que no tenían la angustia existencial que yo tenía ni tampoco lucharon con las contradicciones existenciales que me devoraban.

Me movía entre Sartre y Camus y de alguna manera quería optar por uno de ellos.  Sartre estaba prohibido en la universidad y de Camus se decía muy poco.  Con algunos compañeros intercambiamos información y uno que otro libro. Recuerdo que La Náusea de Sartre me pareció una buena novela, con esas escenas  en las que Ronquentín descubre  la alienación de su propio cuerpo; sin embargo los ensayos de Sartre me parecían pantanosos y no podía terminarlos.  Pero con Camus me parecía todo lo contrario.  No entendí en mi primera lectura El Extranjero, pero Mersault me conmovía y me sentía interpretado, y en Los Carnets había momentos de belleza aterradora.  Los mismo que La Peste, que casi terminé enfermo después de la última página.

Después leí  El Hombre Rebelde y El Mito de Sísifo, que se convirtieron en mis libros de cabecera.  Con ellos descubrí que había diferencias entre el existencialismo de Sartre y de Camus.  El de Sartre no ofrecía salidas; el de Camus era una suerte de “buen nihilismo”, es decir que el absurdo no debería llevar al suicidio, sino más bien a la rebeldía.  Había que vivir la contradicción de una vida destinada a la muerte, asumirse como un Sísifo feliz de llevar a la cima una y otra vez esa roca que inevitablemente volvería a rodar hacia abajo.

Camus había nacido en Argelia, el 7 de noviembre de 1913, en el seno de una familia pobre – el padre muerto cuando él tenía apenas un año, la madre muda-, y nunca hizo de esa marginalidad una bandera.  La pasión por el fútbol lo marca en su niñez, donde fue arquero del Club Racing, de donde dice que sus primeras lecciones de ética vienen de esos partidos de fútbol.   Pensó de verdad, que Argelia  podía tener un lugar dentro de Francia.

Camus encarnó un modelo de intelectual que ya casi no existe: el del hombre comprometido con las grandes cusas políticas y sociales de su tiempo.  Luchó contra el nazismo uniéndose a la resistencia y creando el periódico clandestino Combat.  Fue uno de los primeros en denunciar las atrocidades del estalinismo, allá en los principios de los 50, cuando muchos intelectuales de izquierda minimizaban las purgas y el gulag; ante aquellos que decían que la violencia  era necesaria para lograr la sociedad comunista sobre la tierra, Camus señaló que ninguna ideología podía justificar la muerte de un solo hombre.  Durante la Guerra Fría, esas palabras podían sonar ingenuas y románticas, pero el tiempo ha demostrado que había lucidez en ellas, honestidad moral de alguien que supo ver antes que otros que hay valores humanos más importantes que el triunfo de una ideología bajo la premisa maquiavélica de que el fin justifica los medios.

El anarquista Andre Proudhommeaux lo presentó en 1948 por primera vez en el movimiento libertario, en una reunión del Círculo de Estudiantes Anarquistas.  Camus escribió a partir de entonces para publicaciones anarquistas, siendo articulista de Libertaire, Le Revolutian Proletairenne y Solidaridad Obrera. Camus junto a los anarquistas, expresó su apoyo a la revuelta de 1953 en Alemania Oriental.  Estuvo apoyando a los anarquistas en 1956 primero a favor del levantamiento de los trabajadores en Poznan, Polonia y luego en la Revolución Húngara.

Camus murió el 4 de enero de 1960 en un accidente de automóvil.  Sus restos fueron enterrados en Lourmarin, pueblo del sur de Francia.

Hoy el contexto es otro. Pero el ejemplo de Camus sigue vigente y más vivo que nunca.  Hay que volver a Camus no con el deseo nostálgico de que los intelectuales recuperen un lugar privilegiado en la esfera pública, sino con el deseo de aprender de un escritor para quien no había divorcio entre las palabras y las cosas. Camus fue un intelectual comprometido con la Humanidad, es decir fue un gran humanista.

Sobre el autor: 
Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.