viernes, 19 de diciembre de 2014

Soñar con otra Navidad

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Ha llegado otra navidad y, como dicen algunos, son bienvenidas las deudas y el estrés que se consiguen en estos días. La navidad sufre una gran distorsión en su sentido más real. Cuando pensamos en ella, inmediatamente vienen a nuestra mente  los regalos y toda la fiebre consumista que se genera a su alrededor. Todo esto nos produce una alta carga de nerviosismo y de angustia. Es necesario encontrar el verdadero sentido y compartirlo con las muchas personas que, en esta fecha, se encontrarán solas y deprimidas. Por otra parte, hay que vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que, en este momento, no albergan ninguna esperanza.
Seguimos asistiendo a una realidad en la que nuestras ciudades van empeorando, y en la que las expectativas y la situación de nuestro pueblo siguen estando marcadas por los signos de la anti-vida. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socioeconómicas y la desesperanza están marcando el paso en la vida cotidiana.
La experiencia de los pastores en la fría noche de navidad vuelve a ofrecernos una gran lección. Nuestro mensaje y nuestra acción deberían estar cargados de esperanza. La gente desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena. Queremos escuchar unas buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo.
Esta buena noticia no es sólo un sistema ideológico contrapuesto al que actualmente está en el mundo.  No es una ideología más en el supermercado intelectual del momento. Se trata de un poder, de una forma de vivir y de plantarse frente al mundo, de ser una comunidad que trasciende barreras.  Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida cristiano debemos arrebatar el Evangelio de las manos de los vendedores profesionales -que lo han convertido en un  inocuo producto comercial que se ofrece al mejor postor- y de los religiosos de turno que han sacado del centro de la navidad a Jesús. Dondequiera que un ser humano invoque el nombre de Cristo, éste se atreve a vivir por él; se esfuerza por practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento; alza sus ojos con esperanza y vence el temor; y es allí donde está avanzando el Evangelio.
La navidad nos recuerda y nos provoca a reflexionar sobre Jesús y el estilo de vida que vino a inaugurar. Este hecho nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos en deidades. Con él aprendemos a sospechar que también “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”; “No se puede servir a Dios y al dinero”.
Vivir el Evangelio y el espíritu de la navidad consiste, en primer lugar, en ser libres de la idolatría materialista de los apetitos económicos. Es hacer de Jesús el Señor y acceder a un tipo de vida que ve lo económico como un ámbito en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el humano posee. Cuando nos damos cuenta de que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y nuestras palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Jesús puede renovar nuestras vidas y purificarlas para que den fruto. El hombre nuevo con su hambre y sed de justicia ya empieza a manifestarse en la disposición a cambiarnos a nosotros mismos para que el mundo cambie.
Rescatar el verdadero sentido de la navidad es vivir el Evangelio sin caer en la trampa del mercado. El problema con la ideología del libre mercado es que nos lleva a aceptar su utopía como un axioma que no necesita demostración. Es decir, nos induce a aceptar como único camino aceptable el de la Economía de Libre Mercado. Nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada a menos que estén al servicio de esa ideología. Con ese mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia, la historia del mundo e incluso la de Jesús mismo.
Se trata de no caer en esa trampa, de no aceptar esa utopía, esa idolatría del mercado, como un axioma ni tampoco aceptar como “científico” un análisis que, por un lado se alimenta de la opresión de los más pobres y por otro reduce al hombre y a la mujer a ser únicamente sujetos de consumo.  Por lo tanto, y en primer lugar, debemos proclamar que la norma que juzga la vida y la acción de los hombres y de las mujeres no es el éxito ni la cantidad de cosas que se posean, sino el designio de Dios revelado en Jesús. Descubrimos también que, para tener valor y eficacia, las acciones humanas no necesitan ser exitosas. La vida es mucho más que la economía.  La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.
Una buena noticia para el mundo de hoy, que trae la presencia de Jesús en esta navidad, es que se acaba el temor.  Actualmente vivimos bajo el signo del miedo, y esta parece ser la característica más notoria de esta época. La mentalidad de los hombres y de las mujeres del siglo I estaba plagada de temores: a las potencias espirituales de los aires, a los principados y potestades, a los espíritus elementales…  En medio de ellos el Evangelio representaba el anuncio de la victoria cósmica de Dios, que ponía en evidencia la debilidad de estas fuerzas que aterrorizaban a las personas.
Hoy en día los temores tienen otros nombres, pero sus efectos son muy parecidos en el corazón de los hombres y de las mujeres. Los medios de comunicación modernos han  desarrollado una jerga que conjura el temor y la sensación de un fatalismo frente al cual el ser humano parece impotente. Hoy se tiembla ante las fuerzas oscuras que dominan el mercado de valores, ante los sistemas políticomilitares, ante las mafias de todo signo, que parecen obrar con impunidad y crecer como pulpos infernales.
El Evangelio que Jesús nos ha traído, y que recordamos en navidad, sigue siendo el Evangelio de la victoria de Dios sobre todo aquello que se opone a su designio, a saber, el amor, la justicia, la paz y la vida abundante para los hombres y las mujeres. Cierto que esa victoria pasó por el sufrimiento de la cruz, por la agonía, la soledad y lo que, a todas luces, parecía el fracaso y la impotencia del justo contra la maldad del mundo.
La buena noticia del Evangelio es negarse a permitir que los temores que sobrecogen a la humanidad nos atemoricen también a nosotros.  Es poner la mira en Dios, alzar la vista y vivir en obediencia a su ejemplo, con gozo y confianza en la victoria final, cualquiera que sea el curso de los acontecimientos.  Jesús, Pablo y Pedro nos enseñaron que esta manera de vivir el Evangelio no es la arrogancia insultante frente al verdugo ni la búsqueda casi masoquista del sufrimiento, sino que implica la desmitologización de todas las idolatrías modernas y poderes terrenos, entendiendo estas fuerzas dentro de su limitada dimensión humana, o incluso en su exageración demoníaca.  Pero esto implica también el propósito de seguir haciendo aquello que entendemos que es el bien, aunque nos acarree persecución o amenaza. Por esto, la buena noticia de la navidad y lo que le da sentido, es que nada nos puede separar del amor de Dios, y que ese amor ha triunfado para siempre.
Este tiempo nos debe llevar a pensar en la vida plena para todos y todas, a soñar en la realización de nuestra utopía y de todos nuestros deseos. Por eso, es necesaria una renovada toma de conciencia y tener presente que esta navidad nos recuerda que sigue siendo la hora de exigir y de cumplir todos los derechos humanos para todos. Algo que también haría Jesús en su Nazaret, actualmente mundializada.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La espiritualidad de la alegría

sonrisa
-del artículo “El Dios de la alegría y la alegría de los cristianos”, de José María Castillo-
La Espiritualidad de la Alegría
A primera vista, hablar de “espiritualidad de la alegría” puede parecer una frivolidad. ¿No es la espiritualidad un asunto demasiado serio que merece un respeto y no se debe trivializar con proyectos que la degraden? Ya el solo hecho de que haya quien se haga esta pregunta (o alguna semejante a ésta) nos está indicando hasta qué punto la experiencia del gozo y la alegría se percibe como algo que está casi en los antípodas de lo más hondo de la vida cristiana. Los cristianos suelen estar de acuerdo en que se hable de la espiritualidad del dolor y del sufrimiento, de la espiritualidad de la cruz y de la muerte, pero ¿de la espiritualidad de la alegría? ¿No suena eso casi a falta de respeto? ¿No es eso, por lo menos, rebajar las exigencias de la vida cristiana hasta convertirla en una forma de “contentar la conciencia”, para terminar haciendo lo que nos resulta más cómodo?
Voy a decirlo con toda claridad: la “espiritualidad de la alegría” es una de las formas más exigentes y difíciles que podemos presentar en esta vida, tal como normalmente funcionamos los seres humanos. Porque, cuando hablamos de este asunto, no se trata de que uno programe su vida para vivir siempre alegre y en continua diversión. Se trata, más bien, de que uno organice su vida de manera que, en el ambiente en el que viva y entre las personas con quienes conviva, haga todo lo que esté a su alcance para que los demás se sientan bien, vivan en paz, convivan a gusto y, sobre todo, sean personas tan felices que la alegría se transparente a todas horas en sus rostros. Más aún, se trata además de que uno afronte, en serio y con todas sus consecuencias, el abrumador problema del sufrimiento en el mundo, el problema del dolor, la angustia y la tristeza inmensa en que se ven hundidos tantos seres humanos. Es un hecho que, cuando pensamos en estos temas tan sombríos, nos ponemos serios, sentimos alguna preocupación y a lo mejor hasta nos apuntamos a una ONG o apadrinamos un niño… y con eso tranquilizamos nuestra conciencia, pensando que ya hemos hecho lo que estaba a nuestro alcance.
Por supuesto, todo eso es bueno. Pero nada de eso basta. Ni siquiera toca el fondo del problema. Vivir para hacer felices a los demás es mucho más duro y exigente que ser observante y cumplidor. Es también más duro y exigente que ser mortificado o incluso tener una vida intensa de piedad y oración. Vivir para conseguir que los demás se sientan más felices de haber nacido es lo mismo que renunciar a ser uno el centro. Porque es anteponer la alegría compartida a mi alegría particular. Y eso, se puede hacer alguna que otra vez.
Asumir eso como proyecto de vida, he ahí lo que supone y exige la espiritualidad de la que aquí estoy hablando.
Y es que, en el fondo, todo esto supone un cambio de mentalidad tan fuerte, que a muchos ni les cabe en la cabeza. La religión se suele asociar al deber cumplido, pero a la necesidad de los demás. Y la experiencia nos dice que, por cumplir con el deber, somos capaces de amargarle la vida a más de uno, de denunciar a quien sea o, simplemente, de imponerle nuestra particular forma de ver la vida y las cosas. Por el contrario, cuando lo que está en juego es hacer felices a los demás, las cosas cambian.
Y cambian tanto, que nos da miedo andar por ese camino.
No cabe duda que la religión y la espiritualidad ocultan, a veces, formas de egoísmo de un refinamiento insoportable. Por el contrario, la espiritualidad de la alegría es seguramente la expresión más clara y más fuerte de lo que significa la “humanización de Dios”. Lo que pasa es que, con demasiada frecuencia, anteponemos nuestra des-humanización a la incomprensible humanidad que se nos reveló en Jesús el Señor. En esto, si no me equivoco, radica el fondo del problema.

martes, 16 de diciembre de 2014

Festejar es afirmar la bondad de la vida

celebracionbajaVoces. Leonardo Boff. [Keinonia] El tema de la fiesta es un fenómeno que ha desafiado a grandes nombres del pensamiento como R. Caillois, J. Pieper, H. Cox, J. Motmann y al propio F. Nietzsche. Y es que la fiesta revela lo que todavía hay de mítico en nosotros en medio de la fría racionalidad. Cuando se realizó la Copa del Mundo en Brasil en junio y julio del presente año, se hicieron grandes fiestas en todas las clases sociales, verdaderas celebraciones. Incluso después de la humillante derrota de Brasil frente a Alemania, las fiestas no decayeron. En Costa Rica, que no fue campeona del mundo, pero mostró excelente fútbol, hasta el presidente salió a la calle a celebrar. No fue diferente en Colombia. La fiesta hace olvidar los fracasos, suspende la terrible cotidianidad y el tiempo de los relojes. Es como si, por un momento, participásemos de la eternidad, pues en la fiesta no percibimos el tiempo que pasa.
La fiesta en sí está libre de intereses y finalidades, aunque haya fiestas de negocios donde la fiesta se transforma en beber, comer y negociar. Pero en la fiesta que es fiesta, todos están juntos no para aprender o enseñar algo unos a otros, sino para alegrarse, para estar ahí, uno para el otro comiendo y bebiendo en amistad y concordia. La fiesta reconcilia todas las cosas y nos devuelve la saudade del paraíso de las delicias, que nunca se perdió totalmente. Platón sentenciaba con razón: «los dioses hicieron las fiestas para que pudiésemos respirar un poco». La fiesta no es solo un día de los hombres sino también «un día que el Señor hizo» como dice el Salmo 117, 24. Efectivamente, si la vida es un caminar trabajoso, necesitamos a veces parar para respirar y, renovados, seguir adelante.
La fiesta es como un regalo que no depende ya de nosotros y que no podemos manipular. Se puede preparar la fiesta, pero la festividad, es decir, el espíritu de la fiesta, surge gratuitamente. Nadie la puede prever ni simplemente producir. Solamente podemos prepararnos interior y exteriormente y acogerla.
A la fiesta más social (bodas, aniversario) pertenecen la ropa festiva, el adorno, la música y el baile. ¿De dónde brota la alegría de la fiesta? Tal vez Nietszche encontró la mejor manera de formularlo: «para alegrarse de alguna cosa, hay que dar la bienvenida a todas las cosas». Por tanto, para poder festejar de verdad necesitamos afirmar positivamente la totalidad de las cosas: «Si podemos decir sí a un único momento entonces habremos dicho sí no sólo a nosotros mismos sino a la totalidad de la existencia» (Der Wille zur Macht, libro IV: Zucht und Züchtigung, nº 102).
Ese sí subyace a nuestra decisiones cotidianas, en nuestro trabajo, en la preocupación por la familia, en la convivencia con los colegas. La fiesta es el tiempo fuerte en el cual el sentido secreto de la vida es vivido incluso inconscientemente. De la fiesta salimos más fuertes para enfrentarnos a las exigencias de la vida.
La grandeza de una religión, cristiana o no, reside en gran parte en su capacidad de celebrar y de festejar a sus santos y maestros, los tiempos sagrados, las fechas fundacionales. En las fiesta cesan los interrogantes del corazón y el practicante celebra la alegría de su fe en compañía de hermanos y hermanas que comparten sus mismas convicciones, oyen la misma palabra sagrada y se sienten próximos a Dios.
Viviendo de esta forma la fiesta religiosa, percibimos cuan equivocado es el discurso que sensacionalistamente anuncia la muerte de Dios. Se trata de un trágico síntoma de una sociedad saturada de bienes materiales, que asiste lentamente no a la muerte de Dios, sino a la muerte del hombre que perdió la capacidad de llorar, de alegrarse por la bondad de la vida, por el nacer del sol, por la caricia entre dos enamorados.
Nuevamente volvemos a Nietzsche que entendió mucho de la verdad esencial del Dios vivo, sepultado bajo tantos elementos envejecidos de nuestra cultura religiosa y de la rigidez de la ortodoxia de las iglesias: «la pérdida de la jovialidad, es decir, de la gracia divina (jovialidad viene de Jupter, Jovis) es la consecuencia fundamental de la muerte de Dios» (Fröhliche Wissenschaft III, aforismo 343 y 125).
Por haber perdido la jovialidad, gran parte de nuestra cultura no sabe festejar. Conoce la frivolidad, los excesos de comer y beber, las palabrotas groseras, y las fiestas montadas como comercio, en las cuales hay de todo menos alegría y jovialidad.
La fiesta tiene que ser preparada y solamente después celebrada. Sin esta disposición interior corre el riesgo de perder su sentido alimentador de la vida que llevamos. Hoy en día vivimos en fiestas. Pero por no saber prepararnos ni prepararlas, salimos de ellas vacíos o saturados cuando el valor de las mismas era llenarnos de un sentido mayor para llevar adelante la vida, siempre desafiante y para la mayoría, trabajosa.