domingo, 30 de marzo de 2014

IGLESIA IMPERIAL

Al principio no fue así.  La Iglesia nació de unas experiencias profundas sobre Jesús que tenían poco que ver con los caminos que luego recorrería en su historia.

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Lo primero que va a proclamar Jesús es una Buena Noticia para los pobres: «Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»; los pobres, que no tenían nada que decir dentro del pueblo de Israel, tendrán mucho que decir dentro del Reino de Dios que está a punto de inaugurar en medio de su pueblo. Y a la vez tendrá una mala noticia para los ricos y poderosos del pueblo de Israel: «¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo»; los ricos no necesitan el Reino de Dios, ya se consuelan con su riqueza y con el dominio que tienen sobre los pobres.
A medida que transcurre la vida de Jesús, tiene que enfrentarse con los dirigentes de Israel, y, al fin, con los dirigentes del imperio, que son los que le condenan a muerte. Las primeras comunidades cristianas permanecen enfrentadas con los dirigentes tanto de Israel como del imperio porque siguen siendo fieles a lo que les enseñó Jesús por su preferencia por los más débiles y a su rechazo a los más ricos y poderosos de su tiempo.
Pero en el siglo IV se produjo un giro espectacular en la Iglesia de Jesús, por el que empezó a ser religión oficial del imperio romano, el mismo que mató a Jesús. El artífice de esta nueva actitud fue Constantino, y el «constantinismo» es el nombre que se da a este giro insospechado que se produce entre Iglesia e imperio.

1. El constantinismo

Constantino es el primer emperador romano que se hizo cargo de que la actitud de enfrentamiento con la Iglesia cristiana no era buena ante todo para el imperio romano. El imperio necesitaba la energía incontenible de la Iglesia para mantenerse en pie ante los peligros que se cernían sobre un imperio decadente. Fruto de esto fue el «edicto de Milán», en que se promulgaba la tolerancia religiosa que Constantino declaraba a la Iglesia cristiana.
Pronto se vio el favoritismo en que cayó el emperador frente a la Iglesia, y la postración en que se hundió la Iglesia frente al emperador, hasta el punto de no saberse si el imperio se eclesiastizó o la Iglesia se imperializó con la nueva situación.
Por de pronto, lo primero que aparece es la injerencia del emperador en los asuntos internos de la Iglesia, hasta que él mismo convoca el Concilio de Nicea para arreglar los problemas eclesiásticos.
El concilio de Nicea fue el primer concilio de la Iglesia que es convocado por el emperador, sin que contaran para nada los obispos ni siquiera el obispo de Roma. Los obispos se sienten muy a gusto en el palacio imperial, presididos por Constantino en el sillón dorado que estaba reservado para él, pudiendo usar para sus viajes las postas del imperio, de tal manera que los carruajes episcopales les convertían en funcionarios del Estado que habían llegado a ser por el mero hecho de participar en el concilio. En esas circunstancias, la Iglesia «recibía cartas, honores y donaciones de dinero por parte del Emperador».
Durante el siglo IV la Iglesia se «imperializa» en muchas de sus pretensiones, sobre todo de sus clases dirigentes.
  • Los obispos se convierten en grandes señores dentro de la Iglesia cristiana, hasta el punto de que ha podido hablarse de una cierta «faraonización» del ministerio episcopal, de modo que se han vuelto irreconocibles para muchos cristianos de a pie: vestidos con un ropaje espléndido, con el palio y la estola, con el anillo, báculo y mitra, como propias «insignias» que han llega-do hasta nosotros, son el testimonio de los personajes «insignes» en que se han convertido. Así, la Iglesia de Jesús, contra su misma esencia, comienza a funcionar con aires imperiales a lo largo de toda la Edad Media.
  • El clero pasa a ser el protagonista en la Iglesia, y dejan de serlo las comunidades locales, como lo habían sido hasta entonces. La «jerarquía» comienza a ser una realidad consistente en sí misma, con todos los privilegios que le vienen del imperio cristiano. Como en el imperio, surgen las órdenes «clericales» y comienza la separación entre el «clero» y los «laicos», que son ya el pueblo cristiano en general. El clero se concentra cada vez más en torno al altar, y en las «basílicas», que eran hasta entonces los palacios de los emperadores, se reserva un espacio para los laicos que empiezan a ser los «asistentes» a un espectáculo en que los «celebrantes» son clérigos.

2. El «poder espiritual» y el «poder temporal»

Pero hay más todavía. La reforma de Gregorio VII en el siglo XI es un paso adelante en la Iglesia «imperial»: el poder espiritual de la Iglesia está muy por encima del poder temporal de que gozan los emperadores. Toda la intención de Gregorio VII va dirigida a entender el poder espiritual de la Iglesia totalmente centrado en el papa, o, más exactamente en la «monarquía papal» a la que debe subordinarse enteramente el poder temporal.
De aquí nacieron los «dictatus papae» que en sus 27 proposiciones, resumen todos poderes fundamentales del papa: la Iglesia romana, fundada por Cristo, es infalible, y, por tanto, es necesario estar de acuerdo con ella para ser considerado católico; el papa es santo automáticamente, una vez ordenado canónicamente; él es el único legislador, fuente y norma de todo derecho, juez supre-mo y universal que no puede ser juzgado por nada ni por nadie; al papa le es permitido destituir a los emperadores; sólo él puede usar insignias imperiales; es el hombre al cual todos los príncipes besan los pies.
Así pues, se trata aquí de una sublimación del papa, en virtud de su «poder espiritual», que le convierte en el mayor soberano de Occidente. No sólo tiene un poder «imperial» sobre todos los emperadores de la tierra, sino que todo el poder temporal de los mismos debe someterse a su poder espiritual. No sólo puede utilizar «insignias imperiales», sino que utiliza la tiara, que usaban los persas y que consta de tres coronas por las que el papa desempeña una autoridad que, como papa y obispo, tiene sobre reyes y emperadores que le da el ser representante de Dios y de Cristo en toda la tierra.
Por todo ello, el papa tiene «las llaves» del Reino, tanto la llave espiritual como la llave temporal, por las que puede imponerse al poder de todos los potentados de la tierra. La «plenitud de potestad» del papa alude a un poder absoluto, al cual todo está sometido en el cielo y en la tierra por la que puede considerarse como «señor de todos los bienes temporales».
De este modo, el papa se convierte en el gran señor de Occidente, y llegará a cumbres insospechadas, tanto en el siglo XIII como en la época del Renacimiento. Cuando, por ejemplo, Inocencio XIII, en el siglo XIII, decía que el papa «está a medio camino entre Dios y el hombre, es menos que Dios pero más que un hombre», está expresando la conciencia de ser, sin comparación, el mayor poder de la tierra, al que debe someterse cualquier otro poder. Así, este tipo de «monarquía papal» que comienza con Gregorio VII se prolonga a través del segundo milenio de la Iglesia hasta el siglo XX. [...]

3. La visión imperial

Está ya de moda en la actualidad exigir para la Iglesia un protagonismo en los problemas morales y religiosos que nadie puede ocupar en lugar suyo. Es decir, la jerarquía eclesiástica y más particularmente el Vaticano, se siente llamada a ocupar en la actualidad un puesto central en la historia de la humanidad que le otorga la hegemonía en asuntos importantes, como representante que es de la hegemonía de Dios en el mundo. Hay aquí una suerte de imperialismo que le da derecho al papa, y a los demás obispos como legados suyos, a decir cosas sobre el divorcio, el aborto, o los modelos de familia que concuerdan con lo que ha ense-ñado siempre la Iglesia, que sólo ellos pueden decir «en nombre de Dios».
Estoy convencido de que, tal como van las cosas, la visión imperial de la Iglesia tiene todavía mucho futuro por delante.
—Rufino Velasco. Teólogo español experto en eclesiología.

lunes, 24 de marzo de 2014

DIPLOMADO EN ESTUDIOS TEOLOGICOS INTERDISCIPLINARIOS DE CETI Y CREE

"La buena reflexión teológica no es exclusividad de los especialistas de la teología.  Los principales sujetos del quehacer teológico son las comunidades que buscan madurar su compromiso con Jesús y su reino de vida en contextos como la familia, el trabajo, la iglesia, la sociedad y la cultura.

La Comunidad de Reflexión y Espiritualidad Ecuménica (CREE) y  La Fundación kairós  a través de sus programas de formación: Servicio de Estudios de la Realidad (SER) y Centro de Estudios Teológicos Interdisciplinarios (CETI) están al servicio de este desafío y la singularidad de su aporte educativo es la integración del estudio bíblico y teológico con otras disciplinas del conocimiento humano como las ciencias sociales, el arte la literatura, la filosofía y con todas las dimensiones de la vida humana."

Fecha: Sábado 12 de abril 
Hora: 10 horas
Lugar: Casa de La Palabra. Gran Avenida 4064, metro San Miguel.
Costo: 20.000 pesos.

Más información:
Víctor Rey
Celular: 89887813

domingo, 23 de marzo de 2014

“Consejos al estudiante de Teología”, por Dietrich Bonhoeffer.

Bonhoeffer.
Ante todo, sólo debe estudiar Teología cuando honradamente piense que no puede estudiar otra cosa. Pues el que muchos que habrían sido buenos teólogos sean en vez de eso buenos médicos o abogados, es más leve que el que haya un solo teólogo que no habría debido serlo. Toda floración de vocaciones es ambigua.
No debe pensar por eso que es más aventajado que los otros estudiantes. Ya verá cómo al ir estudiando se le van cayendo todas las razones que le impulsaron a estudiar Teología. Y si, al fin de una carrera bien hecha, persevera en su decisión, ya verá cómo es por razones distintas de las iniciales.
No debe esperar unas “experiencias” vocacionales. La única vocación a la Teología será el que ésta le haya captado y no le deje. Con tal que quien le haya captado sea verdaderamente la causa de la Teología: la disposición para reflexionar sobre la Palabra y la voluntad de Dios (Sal 1,2), para aprenderla y llevarla a la práctica.
Puede integrar en su estudio teológico todos sus desvelos humanos: filosóficos, éticos, pedagógicos, sociales, todo lo que le pertenece como hombre. Pues es siendo teólogo como ha de hacerse un hombre pleno. Pero debe saber que el motor de su vida y su pensamiento como teólogo no puede ser otro más que la pasión de Jesucristo, el Señor crucificado. La vitalidad de las mil aficiones no puede conquistar a la Teología, sino que el teólogo nace cuando el hombre, con todas sus preguntas y su búsqueda, se tropieza con la cruz de Cristo; y cuando en el dolor de Dios bajo el odio del hombre, descubre la condena de sus aficiones y de su vitalidad. Aquí se da una transformación que supone el comienzo de la objetividad teológica y que convierte el estudio teológico en una audición responsable de la palabra de Dios, en vez de ser un monólogo afirmador de uno mismo o una especie de autoerotismo religioso. Olvido de uno ante aquello que importa por encima de todo.
El joven estudiante ha de intentar ser teólogo en este sentido, o colgar los libros cuanto antes. No avergonzarse de su tarea teológica, ni tratar de disimularla con mil cosas ajenas. ¿Por qué ha de “quedar bien” el que hable despectivamente de la Teología o evite la compañía de teólogos sinceros desde Pablo y Agustín hasta Tomás y Lutero? Despreciar cuestiones que parecieron importantes para otros grandes hombres, ¿es algo más que ignorancia mal disimulada?, ¿no es mejor preguntarse si uno está en su sitio como teólogo y si no estaría mejor en algún lugar más atractivo, más visible, más impresionante, pero distinto?, ¿desde cuándo acredita a un teólogo el que, por su indiferencia ante la Teología, hable a la gente sólo con los labios? Y ¿desde cuándo acredita a un cristiano el hablar sobre cosas que no entiende ni de lejos?
El joven teólogo ha de saberse en servicio de la verdadera Iglesia de Cristo. Es desesperanzador que prefiera ser tenido por hombre de mundo que por teólogo. Con ello no ganará a los otros, sino que se ganará su desprecio y expondrá a la Teología a la risa fundada del mundo. Que no quiera ser una excepción entre los suyos: sepa que la mundanidad no es, sin más, un criterio decisivo para el teólogo, y que puede gastarle malas bromas.
Debe capacitarse mediante su estudio para hacer discernimiento de espíritus en la Iglesia: aprender cuál es la verdadera enseñanza del evangelio y qué es lo que son sólo enseñanzas o leyes o idolatrías humanas. Que aprenda a no llamar blanco a lo negro, sino a la verdad, verdad, y al error, error. Que sepa dar testimonio con objetividad, con modestia, con prudencia y en el amor, pero con valentía y con decisión. Que aprenda a descubrir dónde están las fuentes de vida de la Iglesia, y dónde se obstruyen y se envenenan éstas. Que sepa descubrir cuándo llega para la Iglesia la hora de la decisión y la necesidad de proclamar la fe.
Y si esta hora llega para su Iglesia, si se da cuenta de que el evangelio es falseado, debe decirlo claramente desde su sitio. Aunque como estudiante no pueda hacer más que preguntar, con atención, con objetividad y con amor, dónde está el verdadero evangelio.
Si llega esta hora, no debe ponerse patético, sino pensar y actuar con objetividad. No ha de querer jugar ningún papel, sino leer y estudiar la Biblia más que nunca, sabiendo que a su Iglesia y a la Teología sólo las servirá con la desnuda verdad y no con reflexiones tácticas. Hasta los compromisos mejor intencionados no hacen más que enmascarar. Él menos que nadie necesita ir con politiqueos: le basta con un trabajo teológico objetivo.
Si llegan tales tiempos, procure más bien controlarse que gritar mucho. Porque la falsa seguridad del que grita mucho, tampoco coincide con la certeza de la penitencia y del evangelio.
Y sepa, finalmente, que allí donde la verdad del evangelio le lleve a criticar los errores, sigue siendo corresponsable e intercesor ante los hermanos que critica: pues también él vive sólo del perdón, y no de la razón o la mayor sabiduría que tenga.
Finalmente, en tales tiempos de caos, hay que volver a empezar de nuevo, desde las Fuentes auténticas. Cada vez con menos susto y con más alegría. “Haciendo la verdad en el amor” (Ef 4,15).
El texto fue publicado originalmente en: “Was soll per Student per Theologie heute tun?”, En Gesammelte Schri f ten, Kaiser Verlag, München, 1966, III, 243-247. La traducción y selección es de Marcial Peña.
 El texto que he puesto en este blog fue tomado del sitio: Selecciones de Teología.