martes, 12 de noviembre de 2013

Sabactani. En el final era el verbo
Editorial Pronombre
por Eliana Gilmartin

Porque no hay otro espacio sagrado que la vida, Sabactani presenta una espiritualidad que asume nuestra intemperie sin atenuarla ni enmascararla con religión. Toda la humanidad – creyente o no – puede oírse en el Sabactani de Jesús, en el grito de aquel que reveló su fragilidad incardinado en lo humano. Sabactani es Jesús sufriendo la contradicción de la existencia, viviendo nuestra vida y muriendo todas nuestras muertes. En su ¿Por qué me has abandonado?, Jesús es la herida abierta al cielo. Él no es una respuesta, no es ninguna respuesta. Es una pregunta, todas nuestras preguntas resumidas en esta: ¿Dónde está Dios en el mundo? "Sabactani, en el final era el verbo" no es una teodicea. Ni siquiera una algodicea que justifique el dolor como dotador de sentido. Sabactani está compuesto de pequeñas antropodiceas tejidas en diálogo con la poeta argentina Olga Orozco y el teólogo alemán ejecutado por el nazismo, Dietrich Bonhoeffer.

INTEMPERIE
Cuenta la historia que, en época de Galileo, los obispos se negaban a mirar, tan siquiera, por su telescopio. Preferían quedarse al amparo de sus dos o tres mezquinas certezas o aparentes certezas, que descubrirse a merced de la más absoluta intemperie que les mostraba el espacio abierto del universo. Lo que temían era ese estruendoso contraste entre la inmensidad del universo desconocido y su escandalosa finitud, entre el amparo de no saber y la fragilidad de saberse un punto infinitesimal en el universo, sin abrigo, sin seguridad, sin techo: en la INTEMPERIE.
Es más fácil la vida si tenemos la existencia resuelta. Es más fácil la vida si la redimimos con paraísos perdidos, cielos esperados, explicaciones cerradas y dioses que reaseguran la incertidumbre y le dan sentido a vivir.
Pero la vida no tiene un sentido último, omniabarcador, único, universal y útil para todos. La vida puede tener muchos pequeños sentidos diversos, aplicables una vez, mudables, frágiles, cambiantes de persona a persona y de minuto a minuto.
Para calmar la incertidumbre, el vacío de sentido o el agujero que se siente justo ahí, en el estómago —para calmar la urgencia de vivir sin certezas, el vértigo de saber que somos y que no hicimos nada para ser; para calmar la consciencia de que la línea entre ese ser y el dejar de ser no la trazamos nosotros— en general se acude a una fe-muleta que narcotiza el dolor, o una fe-certeza, la del salto kierkegaardiano, que posterga las urgencias pero no las resuelve, ni las analiza, ni las asume.
La hipótesis-de-trabajo-dios, como diría Dietrich Bonhoeffer, actuará como la solución mágica a todas las aporías vitales. Porque no es fácil darse de cara con el dios de ausente proximidad, como magistralmente lo describirá Michel de Certeau. Y no es fácil darse de cara con la existencia, así como es sin enmascarar.
En síntesis, no es fácil reconocerse en las palabras de Olga Orozco cuando llora así:
Mi soledad es todo cuanto tengo de ti.
Aúlla con tu voz en todos los rincones.
Cuando la nombro con tu nombre
crece como una llaga en las tinieblas.
Mi soledad está hecha de ti
Lleva tu nombre en su versión de piedra,
en un silencio tenso donde pueden sonar todas las melodías del infierno;
camina junto a mí con tu paso vacío.

“Sabactani. En el final era el verbo” nace del mismo sentir de algunos teólogos y teólogas, filósofos y filósofas que reflexionaron durante y después de las guerras mundiales y del nazismo, como Dietrich Bonhoeffer y Dorothee Solle.
·       El primero, comprometido hasta su ejecución con la resistencia antinazi, hablaba de un mundo mayor de edad y de vivir etsi deus non daretur: como si dios no se nos diera.
·       La segunda, se preguntaba cómo hablar de dios después de Auschwitz
Ambos se sentían confrontados con una realidad donde reinaba la muerte, y ella no podía validarse con un dios omnipotente, omnisapiente y controlador de la historia. El tiempo de las TEODICEAS al estilo de Leibniz llegaba a su fin: ¿Cómo poder justificar el mal con un bien mayor? ¿Qué bien sigue siendo bien cuando, para llegar a él, el camino está sembrado de mal?

SABACTANI

Sabactani es el grito arameo de Jesús en la cruz. Un Jesús que es mucho más que el dios-hombre que nos impusieron los Concilios y mucho más hombre de lo que la ortodoxia religiosa está dispuesta a aceptar. Jesús, acotado al mínimo espacio de una cuna y de las manos femeninas de María, fue tan hombre como cualquiera que sabe que va a morir. Jesús en la cruz no pregunta. Afirma: Dios, me abandonaste. Porque vivir en este mundo es estar condenados a vivir con dios como si dios no estuviera, es estar condenados a la ausencia de dios, al abandono de ese dios que se creyó garantía máxima. El Jesús que bailó, el Jesús que comió y durmió, el Jesús que se enojó y el que invalidó la ley y las reglas siempre a favor de las personas, gritaba desesperado frente a la muerte inevitable. Aquella de la que ni ese que él llamaba Padre iba a salvarlo.
Por eso, Sabactani es una herida expuesta. Carne viva y humana desgarrada. Es mi dolor, es tu dolor, es el dolor de muchos. De todos los que sentimos, de todos los que nos sentimos, de todos los que sentimos a los otros. Sabactani es el grito de Jesús hecho nuestro. Y es el grito nuestro hecho Jesús.

No hay solución al dolor. Ni panaceas. Hay dolor, y Jesús fue testigo con su propia vida de ello. Por eso Sabactani no es una respuesta al dolor, sino una exposición del dolor, tal cual la vivió y sintió Jesús.
Así como el tiempo de las teodiceas al estilo Leibniz ya ha caducado, tampoco nos satisfacen las algodiceas de Sloterdijk. Es inútil intentar darle un sentido al dolor. Porque el dolor es el sinsentido mismo. Cuando alguien muere, cuando ocurre una desgracia, por instinto intentamos adscribirla a un plan mayor que le dé sentido: para que no vuelva a ocurrir, dice la madre que denuncia la muerte de un hijo. Como ya no se puede poner la razón en Dios (teodiciea), se la pone en el dolor mismo (algodicea). Pero el dolor no tiene justificación. Es dolor a secas.

DESESPIRITUALIDAD SABACTANI
Sin embargo, con Sabactani no procuro un libro pesimista, ni formular una guía de espiritualidad para tiempos de crisis. Tampoco pretendo ser esperanzada o desesperanzada: solamente me entrego a un ejercicio de vigilia y constato la vida como se presenta. Mi intención es descorrer un velo, mirar la vida y afrontarla, sin huir con narcóticos y explicaciones. Con Sabactani me propuse una espiritualidad de existencia. Por eso mismo, de  ninguna manera me esforcé por evadir lo que nos condiciona, nos aflige, nos enferma o nos mata. Porque ese es el gran tema de la vida.
Por el contrario, esta otra espiritualidad asume la experiencia del dolor, del mal y del sinsentido como parte ineludible de la existencia.
La espiritualidad que presento, además, busca constituirse en otra espiritualidad. Junto con Miercea Eliade, Levi Strauss y más recientemente Luc Ferry, recupero lo religioso como estructura antropológica común a todas las personas, aun a las sin religión.
Y esa otra espiritualidad convoca a la alteridad: a lo Otro y a los otros. Cuando digo a lo Otro, me refiero, junto con Paul Tillich y Rudolf Otto a una alteridad que presuponemos absoluta y a la que llamamos Dios. Pero ese dios, esa divinidad, esa trascendencia no es la respuesta a todas las preguntas de la vida, ni el seguro para vivir en paz. Y cuando señalo a los otros hablo de una alteridad entre pares, complementando a Martín Buber y Emanuel Levinas, que quiebra el énfasis diferenciador entre las personas que las religiosidades concentradas en el templo establecieron.

DESESPIRITUALIDAD QUÁNTICA

Ya lo dije: vivimos en la intemperie. Como en las cosmogonías americanas, superadoras del ser esencialista heideggeriano, nuestro destino es apenas el estar. Y ese estar es frágil como un segundo.
No intento decir que estamos sujetos a un loco azar ni al caos. Porque tanto el azar como el caos responderían siempre a una lógica interna aunque la desconozcamos. Propongo que la vida, el mundo y en fin, la trascendencia a la que llamamos dios son quánticos. Es decir, se relacionan entre sí con múltiples entrelazamientos diferentes que escapan a la lógica tradicional de causa y efecto.

Por eso, Sabactani busca terminar con la idea del dios newtoniano de causa y efecto, razonable y previsible: si soy buena, me premia, si soy mala me castiga, si rezo me contesta, si espero viene.
En suma, Sabactani se instala de lleno en la idea del dios quántico, imprevisible e impredecible. Sabactani opta por el dios del por qué sí y el por qué no. Sin causas razonables y visibles.

Porque el mundo, la vida y la historia no se rigen por parámetros fijos y esperables. El mundo, la vida y la historia se resisten a la predictibilidad. En ese mundo quántico, en esa historia quántica y en esa vida quántica necesitamos una espiritualidad también quántica que escape a los moldes y los cánones consabidos y prefijados de antemano por otros. Porque la vida es fluyente y proteica, la espiritualidad también necesita serlo.
En un mundo secularizado, en el que la salida de la institucionalidad religiosa es un hecho, propongo una des-espiritualidad que ya no esté anclada en una pseudo seguridad existencial (Todo tiene su causa y su razón, hay un propósito para todo, todo tiene sentido), sino una que se entrega diariamente al ejercicio de
·       asumir la existencia sin seguridades
·       expresarse de nuevas formas, aun por fuera de la religiosidad institucionalizada, de la religiosidad como reguladora de cultura, de la religiosidad moral y social.
·       Experimentar una espiritualidad que nos atraviese comunitariamente, dejando por fin  aquella verticalidad de santos y no santos, elegidos y reprobados, buenos y malos, dignos e indignos.
·       Recuperar la trascendencia en la inmanencia: recuperar al gran Otro en los otros, porque todos somos próximos y aproximados, igualados por la limitación inmanente de un mundo en aflicción.
·       Recuperar la trascendencia en la humanidad, porque Jesús humanizó lo divino. Jesús desjerarquizó a dios y lo hizo humano, al poner su santidad al ras del suelo.
·       Hacer foco en la sacralidad de la vida y de lo humano. Sabactani sale de los templos de piedras y se enfoca en las personas: porque el fanum, el templo, es humano y está en lo humano. Porque lo sacer, lo sagrado, es la vida y está en el mundo.

La desespiritualidad sabactani es profana y sagrada. Porque no consagra a nadie ni se consagra a sí misma separada del mundo y dedicada al templo, sino que (contrariando el concepto de profanación de Giorgio Agamben), su consagración está  restituida en la vida aceptándola en todas sus manifestaciones.
No se basa en actividades ni actitudes que puedan calificarse de más o menos espirituales. Porque ya no hay otro espacio sagrado que la vida. Es en esta sacralidad con-vivimos todos sagrados y todos consagrados por la misma convocatoria a vivir.
Esta des-espiritualidad es la existencia misma de los que somos espíritu, a la imagen del que es espíritu.
No es una espiritualidad de huida, sino una de encarnadura humana y personal, que se sabe y se acepta nada más que humana: con todas las limitaciones, con todas las falencias, con todos los que la religión discriminatoria llama “pecados”.

Sabactani es la existencia y por eso digo que no es optimista ni pesimista. Y la espiritualidad sabactani es vivirla. Nos trae a primer plano el rostro brutal de la vida, el enmascarado por unas espiritualidades negadoras del dolor, la cobardía, las flaquezas, la enfermedad y las contradicciones. No sirve, por tanto, Sabactani como fórmula para luchar contra las dificultades y mucho menos la propongo como resignación. Ni siquiera pretendo expresarla como un consuelo. Sabactani se expide por la vida como la vida es. Sabactani se ubicó en la intemperie y sigue en la intemperie. Es Jesús: nuestra herida abierta al cielo.
Propongo, en suma, una nueva espiritualidad que asuma todas nuestras intemperies, sin intentar atenuarlas o enmascararlas, y que en esa asunción aprendamos a oír nuestra voz en el grito de Jesús. Propongo, también, al Jesús de la fe existencial y no al cristianismo de la fe utilitaria. A aquel que se deja ver en la fragilidad y se recupera en la comunidad del amor, a aquel que se incardinó en lo humano y sufrió la contradicción de la existencia sobre sí mismo. A aquel que está muriendo en todas nuestras muertes.
Propongo, en fin, clamar resurrección: que lo mortal sea tragado por la vida.

En esta des-espiritualidad Sabactani, propongo un nuevo sermón de la montaña:

Bienaventurados

Dichosos. Felices. Bienaventurados. Los pobres, los que lloran, los tristes, los hambrientos, los perseguidos, los discriminados, las mujeres, los putos, las putas, los tullidos, los discapacitados, los carentes, los feos, los torturados, los oprimidos, todos los abandonados, los malamados, los deprimidos, los esclavos, los locos, los presos, y los internados, los desahuciados, los moribundos, los imperdonables, los paqueros, los marginales, los rechazados, los travestis, los transexuales, los fumadores, los fumados, los borrachos y los insultados, los desnudos, los mal vestidos, los iletrados, los débiles, los sin carácter, los manejados, los jóvenes, los sin rumbo, los malgastados, los pecadores, los sin remedio, los acotados, los pacientes, los impacientes, los drogones, los excluidos, los incluidos en listas mortales, los condenados, los claudicados, los rebeldes, los sumisos, los fusilados, los buenos para nada, los inútiles, los descartados, los desaparecidos, sus hijos, los que quedaron, los incomprendidos, los utópicos, los ilusionados, los valientes muertos, los cobardes muertos, los muertos a palos, los de casa de chapa, los de casa de aire, los descasados, los perros de la calle, los vagabundos, los amordazados, los presos en sus celdas, los de arrabales, los atormentados, los lúcidos en su muerte, los in conscientes, y todos los desgarrados, los sidosos, los leprosos, los desbarrancados, los sucios, desgraciados y desamparados, los desnutridos, los violentados, los sin futuro, los perseguidos, los azotados, los ultrajados. Bienaventurados.


El País más Feliz del Mundo

Armando Caicedo | 
El País más Feliz del Mundo
El País más Feliz del Mundo |
Para el almuerzo de este domingo después de misa, la tía Filomena se preparó un sancocho “trifásico” –a base de tres carnes y verduras- como para chuparse los codos. Mientras la parentela cuchareaba en respetuoso silencio, el tío Epaminondas presentó el informe de Naciones Unidas sobre “los países más felices del mundo”.
  • El estudio abarcó 156 países –aclaró el tío- ¿Alguien tiene idea cuál es el país más feliz?
La tía Filomena gritó: “La gente más feliz del mundo vive aquí, en Estados Unidos”.
Todos miramos al tío Epaminondas con la ilusión de confirmar la alegre sospecha de la vieja.
  • Lo lamento Filomena, Estados Unidos ocupa el puesto 17.
  • ¿17? No puede ser, cretino. Si millones de mexicanos cruzan la frontera hacia el norte en busca de felicidad.
  • Filomena, los trabajadores que cruzan la frontera buscan chamba, no felicidad. De acuerdo a este estudio, México es más feliz, que su vecino del norte, pues México ocupa el puesto 16.
  • Epaminondas querido, ¿no estarás leyendo ese informe al revés? Recuerdo que cuando eras bebé te desplomaste de la cuna. ¿No será que ese golpe en el coco te desarrolló una dislexia y ahora trastocas el orden de lo que lees?
  • La lista es clara. Los cinco países más felices del mundo están ubicados al norte de Europa: Dinamarca, Noruega, Suiza, Holanda y Suecia.
  • Mijo, pero frente a Estados Unidos, esos países son enanos. Los criaron con “chiquitolina”. ¿Cómo pueden ser felices con semejante tamaño?
  • Filomena, no estamos hablando de erotismo. El tamaño nada tiene que ver con la felicidad. Una Nación es feliz por el equilibrio de su economía, los ingresos de su gente, su acceso a los servicios de salud, la estabilidad política, la expectativa de vida saludable, la libertad de tomar decisiones y la solidaridad de su gente.
  • ¡Explíquese bien, joven!
-Filomena, hay Naciones grandes que son infelices, debido a la pobreza, la corrupción, la intolerancia política y racial, los bajos niveles de educación, el desempleo, la crisis económica persistente, la violencia, el difícil acceso a los servicios de salud y, en especial, por la prevalencia de enfermedades mentales.
  • ¿Y Estados Unidos podría ser la nación más feliz del mundo? –preguntó la prima Lastenia.
  • Claro, si recuperamos los valores que inspiran el “sueño americano”. Ese impulso que nos motiva a luchar en busca de mejores oportunidades… pero las inequidades raciales nos paralizan. La pasada Recesión nos castigó a todos, pero de manera desproporcionada. Los asiáticos perdieron el 54% de su riqueza, los negros el 53%, mientras nuestros paisanos hispanos se empobrecieron en el 66%, todo lo anterior en comparación con los blancos que solo perdieron el 13%. Querida Filomena ¿entendiste?
  • Positivo, cretino ¡Ya entendí! Está claro. Este país será el más feliz del mundo cuando nos gobierne “el partido del té”, cuando acaben con el Obamacare, le compremos a China su “Gran Muralla” para instalarla en la frontera sur, y cuando elijamos a Ted Cruz como nuestro monarca 

jueves, 31 de octubre de 2013

Todos con Woody Allen


 Víctor Rey 
“En realidad prefiero la ciencia a la religión.  Si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire.”  (Woody Allen)

La primera película que vi de Woody Allen fue allá por 1975  en el cine de la Universidad de Concepción. Inmediatamente me atrajo este multifacético director-actor que combinaba el humor, la reflexión psicológica, la religión, la relación de pareja, la crítica a la sociedad contemporánea, y la filosofía. Como enLa última noche de Boris Grushenko (1975), se suceden ciertos diálogos característicos del tipo: “Todos los hombres son mortales. Sócrates era mortal. Por tanto, todos los hombres son Sócrates. Lo que significa que todos los hombres son homosexuales”.
De esa época también se incluyen El dormilón (1973), Bananas (1971), censurada en varios países en su momento por su contenido político -Allen interpreta al líder revolucionario de una imaginaria república suramericana-, y Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (y nunca se atrevió a preguntar) (1972), estrenada con retraso, por la censura de nuevo. Se pueden conocer también sus guiones e interpretaciones de sí mismo en películas como la muy premiada Annie Hall (1977), con cuatro oscares: al mejor guión original, mejor director, mejor película y mejor actriz principal (Diane Keaton); y Hanna y sus hermanas (1986), también galardonada con tres estatuillas de Hollywood: guión, actor secundario (Michael Caine) y actriz secundaria (Diane Wiest).
También cabe destacar sus películas consideradas de culto, Sombras y niebla (1992) e Interiores (1978), inspiradas en sus idolatrados cineastas europeos Fellini y Bergman. Además se destacan en el cineasta Allen con todas sus obsesiones y en su constante viaje entre la comedia y el drama, sus eternas dudas, risas e incertidumbres en Delitos y faltas (1989), con la culpa como gran protagonista, o Alice (1990), donde Mia Farrow es una excusa para tratar la personalidad femenina.
Zelig (1983) o La rosa púrpura de El Cairo (1985) son otros de los títulos  que nos acercan al multifacético y premiado Allen.
En España lo admiran tanto, que el Ayuntamiento de la ciudad  de Oviedo le ha construido una escultura en bronce, 15 centímetros más alta que él, realizada por el artista asturiano Santarúa. “Es como yo, ha captado mi angustia vital”, dijo, atónito, el cineasta cuando conoció su réplica en bronce. Su otro yo, al que todas las noches le roban las gafas, rememora los paseos del cineasta por la ciudad “deliciosa, exótica, bella y peatonalizada” que piropeó Allen, quien, con “su irónica sensibilidad”, dijo el jurado, “ha establecido un puente de unión entre las cinematografías americana y europea, en beneficio de ambas”.
Su vida ha estado permanentemente desenfocada. Se empeñó en ser artista y de culto, se le metió en la cabeza escribir historias raras y jugar con los tabúes de una manera un tanto malabar, cambiarse el nombre y elegir uno más en concordancia con su espíritu de clown que de rabino. Así fue como Allen Stewart Konigsberg pasó a ser Woody Allen, el icono que en lugar de calmarnos los males nos los evidencia, si no con un ataque de hipocondría histérico, desnudándonos las vergüenzas con retratos descarnados de la especie, con ese sistema milimétrico de trabajo que tiene, y que alterna magistralmente el drama y la tragedia con su don innato para la comedia.
Por ambos caminos, por el trágico y el cómico, Allen ha conseguido su sueño, aunque éste delate un aspecto más de su estado de traspié permanente: “Por fin soy un cineasta europeo”. Sus tres últimos títulos componen la etapa londinense. En Match point y en Cassandra’s dream ha desarrollado la tragedia de aroma shakesperiano, mientras que en Scoop, ha dado rienda suelta a su vena cómica para contar la historia de un periodista que hace un alto en el camino en su viaje al otro mundo y regatea con la muerte para dar una exclusiva, de la que se entera después de su entierro, a una joven colega que debe aprovecharla. En la refrescante Scoop, todo un catálogo satírico sobre los tics británicos más dignos de guasa, vuelve a aparecer Allen como actor -interpretando a un mago- junto a la bellísima Scarlett Johansson. La actriz, en pleno auge de su carrera, le ha cogido gusto al estilo Allen y repite con el director después de su arrebatadora aparición en Match point. Ambos se entienden bien. “Me apetecía hacer una comedia con Scarlett”, asegura el cineasta.
Antes de comenzar su etapa londinense, Allen hizo dos películas más con productores independientes en Estados Unidos. Una de ellas, Melinda y Melinda, fue una auténtica vuelta de tuerca en su carrera. La historia de dos mujeres idénticas, una de ellas muy feliz y otra tremendamente desgraciada, representaba un alucinante desnudo creativo arriesgado, un experimento del que está orgulloso y que presagiaba la obra maestra posterior, la genial Match Point; otra etapa, otro camino que además le saca de donde no había salido en décadas. “Melinda y Melinda lleva dentro lo que para mí es una batalla creativa constante entre la comedia y la tragedia”. Pero no es la única dicotomía que todavía no ha resuelto. Otra es su identidad. Quizá por eso, su fascinación va en aumento, porque a los 77 años sigue sin encontrar respuestas. “Le decía que he conseguido lo que soñé, ser un cineasta europeo. Pero yo me siento al tiempo muy norteamericano. Me gustan los Hermanos Marx, el béisbol y el baloncesto, y también el jazz”.
Esa contradicción, otro de sus aspectos desenfocados, le convierte en una especie de marciano universal que nos observa y nos retrata con una precisión de rayo extraterrestre, a la altura de otros genios que él admira y que persigue, como Fellini o Ingmar Bergman -en Scoop hay un homenaje a El séptimo sello nada más empezar, cuando un muerto quiere sobornar a la dama de la guadaña-, o como Luis Buñuel, que también fue genial en su exilio mexicano. “Les admiro porque su arte es universal. La gente es la gente, y puedes hacer Match Point en Nueva York, en Londres y en París. Al fin y al cabo, las personas de hoy no son tan diferentes; sobre todo en las grandes ciudades, que tienen teatros, restaurantes, museos, donde viven a toda velocidad, son cosmopolitas, sofisticadas, como en Barcelona. Por eso intento que mis historias cuadren en todas partes”.
No crean que los grandes honores, los merecidos reconocimientos, alteran mucho la forma de vida tranquila y alejada de los bullicios que lleva Woody Allen desde siempre en Manhattan, esa isla que él ha retratado como un pintor expresionista y un poeta, como un escritor y un psicoanalista con habilidades para las descripciones sutiles, convirtiendo su ciudad en un fetiche y en una especie de meca para sus admiradores. Le cuesta vivir sin los lugares a los que acude regularmente, sus templos favoritos: “El Madison Square Garden, donde voy a ver el baloncesto; Central Park, el West Village [donde Allen, de joven, se ganaba la vida como cómico en los bares], la avenida Madison”.
Sea como sea, en Nueva York y fuera de allí, él siempre se ha sentido borroso, como ese personaje suyo que interpretaba Robin Williams en Desmontando a Harry, un poco fuera de lugar y como de otra época, fantasmal. “Todo el mundo que conozco desea haber vivido en otro tiempo y ser otra cosa de la que realmente es. Yo ahora pienso que hubiera sido un gran novelista en otro siglo”, dice el artista, sin que ese hecho tampoco parezca que le preocupe mucho.
Su estilo no es de esta época tampoco.  El cine que hace, para que se comprenda bien la auténtica dimensión que lleva encima, hay que verlo más de una vez. “Entiendo eso, asumo que mis películas son muy densas. Tienen mucho diálogo, los personajes son auténticos neuróticos, las relaciones entre todos son muy complicadas”, afirma.  Es algo que ha tenido presente y que le ha marcado desde siempre o más, desde que pasó de sus hilarantes películas de gags y parodia, las de la primera época de Toma el Dinero y Corre, Bananas, El Dormilón o La Ultima Noche de Boris Grshenko, hasta la segunda etapa de su carrera, con Annie Hall y Manhattan, junto a esas películas de sombra oscura, como Interiores, Septiembre y Otra Mujer, y aquellas en las alcanza el climax de su estilo, como en Hannah y sus Hermanas o Maridos y Mujeres, para después renegar un poco de si mismo y buscar algo más en la mezcla de géneros, algo en lo que deslumbra y fascina con filmes como Balas Sobre Brodway; la tiernisima y desarmante Poderosa Afrodita, donde juega con el teatro griego, o la gamberra adaptación de su estilo al mundo del musical, en Todos dicen I love you.
Se acaba de estrenar su última palícula en Argentina y en solo cuatro días 150.000 espectadores vieron Blue Jasmine.  Este film se inscribe en la línea de volver a su venerado Ingmar Bergman.
Si en Interiores, la crisis de un matrimonio maduro pone en cuestión los valores de las tres hijas adultas, en Septiembre, a lo largo de un fin de semana en una casa de campo, el reencuentro de una madre avasallante con una hija apocada, desnudará un secreto guardado por años. La verdad tan temida se cuela por resquicios inesperados en La Otra Mujer.  Alguien escucha lo que no debe y comprueba que su delicado equilibrio se derrumba.  La protagonista de Blue Jasmine es ahora Cate Blanchett, una mujer de fortuna perteneciente a la clase alta neoyorkina, quien de pronto deberá enfrentar su bancarrota y el fracaso de su matrimonio.
En Crímenes y Pecados, Allen va más allá.  Se encarga de mostrarnos que en la vida real un asesinato puede quedar impune. Un célebre oftalmólogo, apremiado por su amante embarazada que amenaza con contarle todo a su esposa, contrata a un matón para que la despache.  Nadie lo descubre y el profesional sigue su vida como si tal cosa.  Antes, en diálogo con el personaje de Woody – un cineasta que pierde en todos los frentes- le ha subrayado que en la vida de todos los días, no llega la caballería para ordenar los tantos como en el cine.
Más de una vez, Allen ha apelado a la magía (Alice, Sombras y Niebla) para preservar a sus criaturas o a esa magía que es el cine, como En la Rosa Púrpura del Cairo. Más allá de sus travesusras habituales, cuando Woody Allen deja por un momento ese muñeco neurótico que le sale tan fácil y se sitúa detrás de la cámara para hablar en otro registro, lo que de veras muestra es el paraíso perdido y un entorno que no conoce la piedad.
Jasmine vuela de Nueva York a San Francisco y esas idas y venidas se narran también como un viaje en el tiempo. En el transcurso de ese itinerario la protaginista cambia y nadie mejor que Cate Blanchett para denotar esas inquietantes mutaciones. Es fácil asociar el cine de Allen con la comedia, pero en realidad, todo lo que expone en sus deliciosos divertimentos, es muy serio y va al fondo de la condición humana.  Cuando abandona la sonrisa, claro, se nota más.