jueves, 15 de agosto de 2013

Religiones en crisis: ¿reforma o refundación?

Por:  
Por Juan Masiá Clavel  
El prelado remata su prédica con la retórica habitual: “¡Tan notorio  es , hermanos, el  declive de la fe en Europa!”... A la salida, la feligresía ironiza: “Con estas lamentaciones, espanta a la poquita gente que aún venimos los domingos”. Bromas aparte, el declive de la fe es un reto fuerte. Si abren los ojos, las religiones descubrirán raíces de irreligiosidad en su misma institución.  No sólo en Europa, ni en las iglesias cristianas; ni sólo es cuestión de números, descenso de afiliación o falta de vocaciones. Dos causas son destacables: el cambio cultural y la resistencia al cambio por parte de las religiones.
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Roma, durante el cónclave. Fotografía de Giuseppe Cacade/AFP
En la VIII Asamblea (Kyoto, 2006) de la WCRP (World Conference of Religions for Peace) era unánime el consenso interreligioso en dos puntos:
1) La traición de las religiones a la religiosidad.
2) El desfase entre el mundo actual y las religiones.
El Concilio Vaticano II pidió a la iglesia: “rejuvenecimiento” (ressourcement, retorno a lo originario) y actualización (aggiornamento,  adaptación actual). Hoy se respira ambiente de reforma, atribuible  al “efecto Francisco”. Pero ¿cómo supera un solo líder la endogamia de su institución?
Cuestionado, a fines del milenio, el futuro de la vida religiosa, la tendencia reformista  (Martini) contrastaba con posturas de renovación sin ruptura (Ratzinger). La Asamblea de Órdenes Religiosas (1998) apostaba por la “refundación” (con el título Refundar, editó su Presidente, C. Maccise, sus debates ).
Hoy no bastan remodelaciones de fachada para sobrevivir como museo. Las religiones confrontan su refundación. Como ejemplo, cuatro reconstrucciones:
- reinterpretar mitos,
- reinventar ritos,
- revisar tabúes
- redescubrir la espiritualidad.
 “Ni llegamos  a destruir viejos ídolos, ni a recrear nuevos símbolos”, formulaba Paul Ricoeur diagnosticando la crisis hermenéutica (De l’interpretation, 1965). Las religiones necesitan recrear su identidad adulta, ya pasados los tiempos pre-críticos. Ni el hinduismo puede seguir hablando de re-encarnación al pie de la letra; ni el judaismo narrar el Éxodo y paso del Mar Rojo como acontecimiento histórico; ni el cristianismo ignorar el carácter simbólico de los relatos bíblicos de revelaciones, milagros, apariciones o exorcismos. Reconocerá el budista lo legendario del relato sobre el nacimiento portentoso del Buda, por obra y gracia del elefante sagrado, y admitirá el católico el sentido metafórico de concepción y nacimiento virginales por obra y gracia de espíritu santo.

Pese a la demanda social de ritos de tránsito, ni la boda sintoísta, ni el funeral budista, ni el bautizo infantil y las primeras comuniones católicas, logran superar la contradicción entre lo significativo y lo obsoleto, lo relevante y lo anacrónico.
Pese a a sus justificaciones religiosas, las circuncisiones hebraicas o las mutilaciones genitales africanas y los tabúes católicos sobre sexualidad exigen revisión radical para desmontar las ideologías que los cimientan.
Estos ejemplos solo son punta de iceberg. Más acuciante es redescubrir la espiritualidad: la búsqueda de lo hondo de la vida y la realidad. Las religiones la iluminan, alimentan y aseguran; pero son ambivalentes. En nombre de lo divino se promovieron abrazos y se fomentaron violencias. En nombre de “un dios” mató el terrorista y en el mismo nombre se justificó guerra injusta para evitar  terrorismos.
Buda y Jesús invitaron a la humanidad a desengañarse, salir de sí y cuidarse mutuamente. Era un camino de lucidez cordial y liberación compasiva, común en la pluralidad de las religiones; olvidado luego por ellas a lo largo de la historia, lo anhelado hoy la humanidad, explorando el nuevo paradigma de espiritualidad más allá de las religiones.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Iglesia con apellido

Por:  
Por Mariano Blázquez
Coincidimos católicos, ortodoxos, protestantes y otros cristianos en que Jesús constituyó una sola Iglesia, de la que deriva el amplio abanico de iglesias cristianas de la actualidad. Cada una de ellas tiene un nombre compuesto y por ese nombre deberían ser citadas. Sin embargo, todavía, buena parte de la prensa española, incluido este diario, utiliza la expresión ‘la Iglesia’ cuando se refieren a la Iglesia católica. Opino que la mutilación del apellido trasciende de la semántica. A mi juicio, con nuestra forma de titular o de escribir, podemos contribuir bien a la pervivencia de un vestigio confesional, o bien afavorecer la visibilidad de la diferencia religiosa y la imagen propia de cada confesión. En definitiva, el uso correcto de la terminología también es importante en los medios no confesionales porque ayuda a dispensar un trato neutral a las confesiones religiosas.
Religiones mapa
Soy consciente de que mis palabras pudieran parecer exageradas. Posiblemente lo sean, pero es que muchos protestantes no aceptamos que, consciente o inconscientemente, se presente a una entidad como ‘la’ Iglesia y a las otras como una especie de deriva de la primera que, además, parece la‘verdadera’. Los primeros siglos de cristianismo, para bien o para mal, son comunes para todas las Iglesias cristianas que, por definición, hunden sus raíces en la doctrina de Cristo. Las diferencias se desarrollarán a lo largo de veinte siglos de historia, algunas más bruscamente como resultado de escisiones y expulsiones, y otras más lentamente, a través del progresivo establecimiento de los dogmas de fe.
Cuando me preguntan por las diferencias con los protestantes en ambientes católicos, suelo dar la siguiente respuesta: la Iglesia que Cristo fundó es una realidad espiritual que trasciende, o va más allá, de organizaciones y de nuestros criterios temporales. Forman parte de ella todas las personas que han creído, creen y creerán en el mensaje redentor del Evangelio. La Iglesia nació con Jesús, pero extiende sus efectos desde el principio al final de la especie humana. Es en ese inmenso río de fe donde se ubican las diferentes iglesias históricas que son como una parte, pequeña o grande, del cauce por el que en cada momento cronológico discurre el devenir de un gigantesco movimiento espiritual.
Ser fieles a los principios establecidos por Cristo, el fundador de la Iglesia, es la principal responsabilidad de cada una las Iglesias en su particular momento histórico. Ninguna organización es ‘la’ Iglesia, sino más bien parte de ella. Cada Iglesia interviene integrando, con mayor o menor acierto, elementos espirituales con otros materiales o culturales. No nos corresponde a nosotros emitir juicios o condenas, sino más bien dar explicación de porqué actuamos así, y de qué manera mejoramos en ajustar nuestra teología y nuestra práctica a los valores del Evangelio. Será el fundador quien juzgará nuestro grado de fidelidad.
No pretendo que esta concepción de la Iglesia sea pacífica. No lo es entre protestantes y posiblemente tampoco para algunos católicos que, ante la escisión en la Iglesia cristiana, defienden que la herencia del pasado es ‘propiedad’ de la Iglesia católica. La diversidad de opiniones es síntoma de normalidad. No lo es tanto que los medios de comunicación, y los representantes del Gobierno y la Administración sigan utilizando un lenguaje católico romanoexclusivo y excluyente para referirse tanto a esta Iglesia como a las demás. Sé que es difícil dejar atrás la interpretación confesional de la historia religiosa, pero ¿es tan difícil dejar atrás la terminología confesional? Podríamos comenzar añadiendo el apellido: Iglesia católica, Iglesia evangélica, Iglesia ortodoxa... pero ¡cuesta tanto!... ¿Seguro que tanto?

viernes, 9 de agosto de 2013

E l7: ¿Por qué es un número mágico?

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Desde la antigüedad, este dígito encerró un halo de misterio. Para Pitágoras era “el número perfecto”, Alighieri lo usaba en sus obras y la Biblia lo menciona con frecuencia. ¿Qué secreto oculta? De las siete maravillas a los siete pecados capitales, las claves de una cifra que tiene poder en sí misma.

El 7 es considerado un número mágico porque se compone del sagrado número 3 y del terrenal número 4 estableciendo, así, un puente entre el cielo y la tierra. Si asociamos el número 4 a la tierra con sus cuatro elementos y sus cuatro puntos cardinales, con el sagrado número 3 que simboliza la perfección, llegamos al número 7, que representa la totalidad del universo en movimiento.
 “El número siete -dijo Hipócrates- por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas; es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días: este número influye en todos los seres sublimes”.
Su simbología se obtuvo, probablemente, a partir del cielo, donde los siete planetas clásicos forman un todo: el septenario. El Sol, la Luna y los planetas visibles: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. La inmensa mayoría de símbolos de siete elementos en el mundo entero derivan de este modelo celeste de las siete esferas.
Hay, además, una gran concordancia entre el número 7 y el 12: como 3 y 4 suman 7, tres veces 4 hacen 12, que son los planetas y los signos derivados de la misma raíz y  participan con el 3  por la divinidad y  con el 4 de la naturaleza de lo inferior.

El 7 está en todo
Vamos a encontrar tantas relaciones y aplicaciones del septenario (el nombre que se le da a los siete planetas clásicos en Astrología y, por extensión, a todo aquello que consta de siete elementos) que sería difícil enumerarlas todas. Veamos algunas: el número 7 está presente en la semana compuesta por siete días y en las fases lunares que duran siete días cada una y, a través de las cuales, surge el mes.
A la simbología del 7 pertenecen, por supuesto, los grupos de los siete elementos como los siete mares del mundo, las botas de las siete leguas y los siete enanitos.
En la Edad Media se conocían siete formas de arte y, desde el inicio de la humanidad, conocemos los siete milagros del mundo. Las siete columnas sobre las que se edificó Roma pertenecen al mismo tipo de simbología que las siete columnas sobre las que se construyó el Templo de la sabiduría de Salomón: en la casa de Dios sobre la tierra se unen el tres divino con el cuatro terrenal.
Al igual que el principio de Hermes, “Como es abajo, es arriba, como es arriba es abajo para que perpetúe el milagro de la Unidad”, así ocurre con el siete celestial, que tiene su correspondencia en el siete terrenal y en los siete metales que -a su vez- constituyen los siete pasos del proceso alquímico. La Lira, el instrumento sagrado de Apolo, consta de siete cuerdas que originaban los tonos de los siete planetas, los cuales elevaban el espíritu del hombre. Los siete colores del arco iris también nos muestran al septenario como regulador de vibraciones.
De acuerdo a Cornelio Agrippa, los siete ángeles que asisten ante la faz de Dios son:
-Para el Sol, el ángel de la Luz , Miguel.
-Para la Luna, el ángel de las aspiraciones y de los sueños, Gabriel.
-Para Mercurio, el ángel civilizador, Rafael.
-Para Venus: el ángel del amor, Anael.
-Para Marte, ángel exterminador, Samahel.
-Para Júpiter, el ángel dominador, Zadkiel.
-Para Saturno, el ángel de la solicitud, Zaphkiel.
Los pecados (o vicios capitales) también se pueden asociar con el septenario: la soberbia al Sol, la avaricia a Saturno, lujuria a Venus, la ira Marte, la gula Júpiter,  la envidia  a Mercurio, la pereza a la Luna. Como contrapartida, sucede lo mismo con las siete virtudes cardinales.

La dualidad del número siete aparece reflejada en la expresión bíblica “siete años de vacas flacas y siete años de vacas gordas”. Además, el 7 es frecuentemente empleado en la Biblia: en el candelabro de siete brazos, los siete espíritus reposando sobre la vara de José, los siete cielos donde habitan las órdenes angélicas y Salomón que construye el templo en siete años.


El 7 y los Astros
Para la Astrología, es bien conocido que el ciclo de siete suele ser un ciclo crítico por dos razones: o por el ángulo hostil que forma la Luna con el Sol cada siete días (llamados días críticos) o por el ciclo de Saturno que hace un aspecto hostil  con su posición inicial cada siete años. El 7 es el número, según se ha señalado, de la finalización de un ciclo y su renovación. El séptimo día el Creador dejó de trabajar y descansó e hizo de éste un día santo: el shabat no es, por ende, su reposo exterior sino su coronación, su finalización en la perfección, y no solamente el séptimo día, el séptimo año también es de reposo.
El número 7, por la transformación que inaugura, posee en sí mismo un poder: es un número mágico.