Víctor Rey es Profesor de Filosofía, Universidad de Concepción, Chile. Licenciado en Ciencias Sociales, Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile. Master en Comunicación Social, Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Miembro fundador de la Comunidad de Reflexión y Espiritualidad Ecológica (CREE). Facilitador de URI (Iniciativa de Religiones Unidas), en Quito, Ecuador y Director del Servicio de Estudios de la Realidad (SER).
viernes, 26 de abril de 2013
Viktor Frankl y el sentido de la vida
Aunque para el común de las personas la figura que más se asocia a la psicología es la de Sigmund Freud, como personaje con características casi míticas y novelescas; personalmente creo que aunque menos mediático, la figura de Viktor Frankl (1905-1997) debe ser hasta el día de hoy una de las más inspiradoras respecto al “sentido” de nuestra existencia.
La vida del fundador de la “logoterapia” (logo = sentido), realmente sorprende por la cantidad de situaciones que mezclan vivencias personales, contextos históricos, experiencias traumáticas y situaciones en que verdaderamente la ciencia queda “al debe” si se desea comprender el significado de variados simbolismos.
Frankl nació en una familia de origen judío en Viena, se recibió de psiquiatra y neurólogo, aunque siempre demostró su interés por la psicología y la terapia. Cuando las sombras del nazismo comenzaron a cubrir Europa y el panorama resultaba especialmente oscuro para los judíos, se encontró en la disyuntiva de emigrar a EE.UU. pero con el impedimento de llevar a sus padres debido a su avanzada edad. El sabía del terrible destino que les esperaba, por lo que caminando por las calles de su ciudad pedía a Dios le enviara una señal para decidir lo correcto, quedarse con ellos o escapar. Sin querer llegó a un lugar donde se encontraban unas ruinas religiosas, llamándole la atención un montículo de piedras. Al acercarse observó que se trataba de una representación de las tablas de la ley en que aparecían los mandamientos de Dios. Curiosamente sólo uno de los diez se podía leer claramente: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. El mensaje no podía ser más claro y decidió quedarse. Estuvo en cuatro campos de concentración, entre ellos Auschwitz, desde 1942 hasta su liberación en 1945, perdiendo a sus padres y a su esposa Tilly, con quién se había casado sólo un año antes. A pesar de los terribles sufrimientos, en entrevistas posteriores siempre expresó haber hecho lo correcto, lo que le entregaba a sí mismo una gran tranquilidad.
Entre las anécdotas que describe en sus libros, expresaba que la vida era tan dura en las barracas y en ocasiones hacía tanto frío, que la única manera de recibir un poco de calor era orinándose encima. En ese ambiente tan hostil, observó como muchas personas simplemente “se dejaban morir”, ya que su desesperanza resultaba tan grande ante las privaciones, el dolor, la humillación y las pérdidas de sus seres queridos, que perdían totalmente la perspectiva del sentido que tenía seguir viviendo. Pero también observó que otras se aferraban a pequeñas cosas, las que para quién no vivió este infierno terrenal parecerían insignificantes, pero que les permitían tener la esperanza que algún día el sufrimiento terminaría.
Los principios que Frankl estableció en la logoterapia son variados e interesantes, pero una de sus premisas más importantes es que más allá de las dificultades que encontremos en la vida, la decisión de cómo las enfrentamos sigue siendo completamente nuestra. Ante los muchos problemas que tenemos que resolver a diario, podemos adoptar una actitud agresiva, arribista y perturbadora tanto para los demás como para nosotros mismos; o podemos elegir la mesura, el respeto y la consideración ante los demás. Eso contribuye a un equilibrio espiritual que nos acerca a la humanidad y valoración del sentido real que tienen los elementos que nos rodean. El no es un filósofo de café ni un científico de escritorio, lo vivenció bajo condiciones inimaginablemente más terribles que las vividas por la mayoría de los seres humanos.
Hoy, en que el éxito y la felicidad parecen medirse por el poder, el dinero, el reconocimiento o las apariencias externas, Frankl parece estar más vigente que nunca en la búsqueda de lo verdaderamente esencial.
La vida del fundador de la “logoterapia” (logo = sentido), realmente sorprende por la cantidad de situaciones que mezclan vivencias personales, contextos históricos, experiencias traumáticas y situaciones en que verdaderamente la ciencia queda “al debe” si se desea comprender el significado de variados simbolismos.
Frankl nació en una familia de origen judío en Viena, se recibió de psiquiatra y neurólogo, aunque siempre demostró su interés por la psicología y la terapia. Cuando las sombras del nazismo comenzaron a cubrir Europa y el panorama resultaba especialmente oscuro para los judíos, se encontró en la disyuntiva de emigrar a EE.UU. pero con el impedimento de llevar a sus padres debido a su avanzada edad. El sabía del terrible destino que les esperaba, por lo que caminando por las calles de su ciudad pedía a Dios le enviara una señal para decidir lo correcto, quedarse con ellos o escapar. Sin querer llegó a un lugar donde se encontraban unas ruinas religiosas, llamándole la atención un montículo de piedras. Al acercarse observó que se trataba de una representación de las tablas de la ley en que aparecían los mandamientos de Dios. Curiosamente sólo uno de los diez se podía leer claramente: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. El mensaje no podía ser más claro y decidió quedarse. Estuvo en cuatro campos de concentración, entre ellos Auschwitz, desde 1942 hasta su liberación en 1945, perdiendo a sus padres y a su esposa Tilly, con quién se había casado sólo un año antes. A pesar de los terribles sufrimientos, en entrevistas posteriores siempre expresó haber hecho lo correcto, lo que le entregaba a sí mismo una gran tranquilidad.
Entre las anécdotas que describe en sus libros, expresaba que la vida era tan dura en las barracas y en ocasiones hacía tanto frío, que la única manera de recibir un poco de calor era orinándose encima. En ese ambiente tan hostil, observó como muchas personas simplemente “se dejaban morir”, ya que su desesperanza resultaba tan grande ante las privaciones, el dolor, la humillación y las pérdidas de sus seres queridos, que perdían totalmente la perspectiva del sentido que tenía seguir viviendo. Pero también observó que otras se aferraban a pequeñas cosas, las que para quién no vivió este infierno terrenal parecerían insignificantes, pero que les permitían tener la esperanza que algún día el sufrimiento terminaría.
Los principios que Frankl estableció en la logoterapia son variados e interesantes, pero una de sus premisas más importantes es que más allá de las dificultades que encontremos en la vida, la decisión de cómo las enfrentamos sigue siendo completamente nuestra. Ante los muchos problemas que tenemos que resolver a diario, podemos adoptar una actitud agresiva, arribista y perturbadora tanto para los demás como para nosotros mismos; o podemos elegir la mesura, el respeto y la consideración ante los demás. Eso contribuye a un equilibrio espiritual que nos acerca a la humanidad y valoración del sentido real que tienen los elementos que nos rodean. El no es un filósofo de café ni un científico de escritorio, lo vivenció bajo condiciones inimaginablemente más terribles que las vividas por la mayoría de los seres humanos.
Hoy, en que el éxito y la felicidad parecen medirse por el poder, el dinero, el reconocimiento o las apariencias externas, Frankl parece estar más vigente que nunca en la búsqueda de lo verdaderamente esencial.
¡Guernica!, ¡Guernica!
27 de abril de 1937. 76 del bombardeo de esta ciudad española.
Contra la explicación neofranquista, el bombardeo pretendía destrucciones masivas
Este es el título de la edición en inglés, aparecida en 1977, de una obra clásica del historiador norteamericano Herbert R. Southworth. Recuerda el grito implícito en el famoso cuadro de Picasso. La edición española está agotadísima. En Iberlibro únicamente he visto disponibles tres ejemplares. Nada en Amazon.es.
Southworth destruyó sistemáticamente el denso entramado de mentiras sobre uno de los mitos estructurales del franquismo. Su análisis constituye una lección de historia y de crítica histórica ejemplar. Ha vuelto a impresionarme en el momento de preparar una edición revisada y ampliada.
En esta labor he constatado de nuevo cómo los historiadores neofranquistas han hecho y hacen todo lo posible por ningunear y/o desprestigiar a Southworth. Incluso un ilustre académico de la Historia que incide a la vez en grotescos errores de principiante. Un piadoso exministro entona preces al Señor por el alma de Southworth, pero continúa encastillado en el disparate. Un eminente historiador militar, que dice haber dedicado cuarenta años al tema, provoca rubor. Las obras de tan connotados autores pueden adquirirse fácilmente.
En realidad, ni han recuperado la verdad de los hechos ni lo que hay detrás de ellos. No se han adentrado en la evidencia primaria de época, y en especial en la relevante. Han ofuscado con mucha que o no es relevante o es de calidad harto dudosa. Un truco volatinero. Han abandonado alguno de los postulados franquistas más absurdos (Guernica la volaron los propios vascos). Mantienen enhiestos los reductos: hubo muy pocos muertos; el mito de Guernica lo crearon los republicanos; el “mando nacional” no tuvo que ver nada con el bombardeo. Los culpables fueron los alemanes que actuaron según su libre albedrío.
Ha sido la investigación académica (María Jesús Cava, Carmelo Garaitaonandía, José Luis de la Granja, Morten Heiberg, Xabier Irujo, Manuel Ros Agudo, Stefanie Schüler-Springorum y, modestamente, quien esto escribe) la que ha sacado a la luz el tipo de evidencia necesaria y suficiente para enterrar los mitos de Franco y sacar las vergüenzas a sus denodados defensores.
Es difícil tener aprecio por la calidad científica y el contenido empírico de su historiografía. La puesta al día de la obra de Southworth ha excedido, sin embargo, todo lo que había visto y comprobado hasta el momento: la más tosca manipulación de la evidencia, la tergiversación documental, la cita amañada de la literatura secundaria y la desfiguración de las obras de los autores discordantes son rasgos consustanciales de tales especialistas y divulgadores, españoles o ¡ay! también de algún que otro extranjero, catedrático emérito de una Universidad norteamericana.
En breves palabras. Lo que en los últimos tres o cuatro años ha salido a relucir en alemán o en español es lo siguiente:
El contingente aéreo germano (Legión Cóndor) estuvo plenamente insertado, en cuanto dio comienzo a sus hazañas bélicas en España en noviembre de 1936, en los planes operativos de las fuerzas franquistas. De este nivel fue ascendiendo al táctico y al estratégico. En la campaña de Vizcaya, la interdependencia entre uno y otras alcanzó un elevadísimo grado de información, comunicación y control.
Se conservan documentos que lo demuestran con respecto a los generales en jefe de los Ejércitos del Sur (Queipo de Llano) y del Norte (Mola) para la conexión con las fuerzas de tierra. También, y de manera permanente, con el general Kindelán, jefe del Aire. Que Franco lo ignorase no es creíble. Uno de sus hombres, el coronel Juan Vigón, estuvo en el centro del dispositivo en el Norte.
En esta campaña, la aviación alemana se supeditó a las instrucciones de Mola y Kindelán. Arrojó octavillas anunciando arrasamientos, intervino en apoyo del avance en tierra sustituyendo a veces a la artillería y, no en último término, bombardeó ciudades. La afirmación solemnísima de un reputado general de aviación español de que esto se hizo en contra de instrucciones formales de Franco es un mero brindis al sol.
El bombardeo del 26 de abril de 1937 se hizo con propósitos de destrucción masiva. No fue para triturar un puentecillo de piedra (que resultó indemne) que enlazaba el núcleo urbano con el barrio de Rentería salvando el río Oca. Esta fue una intoxicación ulterior. Sobre Guernica se lanzaron exactamente 31 toneladas de bombas (mezcla de explosivas e incendiarias), amén de incontables bidones de gasolina. No lo digo yo. Es lo que informó, un mes después, el teniente coronel Wolfram von Richthofen, jefe de Estado Mayor de la Cóndor, a sus superiores en Berlín.
La creación del mito sobre la autoría vasca fue un reflejo inmediato, de corte pavloviano, del propio Franco para contrarrestar el efecto que en el extranjero pudieran tener las acusaciones del lehendakari José Antonio Aguirre contra aviadores alemanes al servicio de los rebeldes.
Tras su entrada en Guernica el 29 de mayo de 1937, los franquistas se dedicaron a eliminar la evidencia de la fechoría, que para entonces había saltado a la primera plana de numerosos periódicos de todo el mundo. Se amañaron las hojas de los registros o, simplemente, se arrancaron. Los alemanes hicieron desaparecer lo que quisieron, se ralentizó el desescombramiento. Es imposible saber a ciencia cierta el número de víctimas. Fijarlo en algo más de un centenar es el resultado de un proceder infame.
La propaganda franquista batió todos los récords de fantasía, vituperación y denigración. Duró hasta el final mismo del régimen, aunque ya agrietada. Su análisis constituye el núcleo de la obra de Southworth. Esta necesitaba ampliarse a una referencia, siquiera somera, de sus secuelas en la España de nuestros días, es decir, desde que en Guernica se levantó un inmenso clamor popular en abril de 1977 para aclarar la cuestión de las responsabilidades.
Es necesario comparar el comportamiento de los Gobiernos de la República Federal de Alemania con el de los españoles. Hoy puede hacerse porque en Berlín ya se han desclasificado los documentos de aquellos primeros años transicionales. Ello no obstante, debemos ser modestos. En fecha indeterminada se pusieron en marcha los temibles bichitos fibrófagos que solían pulular por los archivos españoles. Los documentos directamente relacionados con Guernica han desaparecido en gran medida. Una casualidad.
La desaparición, sin embargo, no ha sido total. Por fortuna quedan muchos que arrojan luz indirecta, y en ocasiones, casi directa. Quienes expoliaron los archivos no siempre sabían alemán. Se conserva algún que otro documento redactado en este idioma, pero traducido “creativamente” para acordarlo con los mitos franquistas. Al leer la traducción, los eliminadores se guiaron por ella y menospreciaron la versión original. Siempre hay alguien que mete la pata.
La tergiversación no se hizo en España únicamente. En la edición de bolsillo (Heyne-Bücher) de las memorias de uno de los ases de la Luftwaffe, Adolf Galland, que no participó en el bombardeo, se eliminó cuidadosamente todo lo que pudiese generar una mala impresión, incluida la referencia a los ensayos de la Cóndor con un napalm de medio pelo. La extrema derecha alemana sigue apartando el cáliz de Guernica.
Por la dignidad de las víctimas y de la HISTORIA es preciso recuperar el pasado y desenmascarar a quienes siguen desfigurándolo.
Southworth destruyó sistemáticamente el denso entramado de mentiras sobre uno de los mitos estructurales del franquismo. Su análisis constituye una lección de historia y de crítica histórica ejemplar. Ha vuelto a impresionarme en el momento de preparar una edición revisada y ampliada.
En esta labor he constatado de nuevo cómo los historiadores neofranquistas han hecho y hacen todo lo posible por ningunear y/o desprestigiar a Southworth. Incluso un ilustre académico de la Historia que incide a la vez en grotescos errores de principiante. Un piadoso exministro entona preces al Señor por el alma de Southworth, pero continúa encastillado en el disparate. Un eminente historiador militar, que dice haber dedicado cuarenta años al tema, provoca rubor. Las obras de tan connotados autores pueden adquirirse fácilmente.
En realidad, ni han recuperado la verdad de los hechos ni lo que hay detrás de ellos. No se han adentrado en la evidencia primaria de época, y en especial en la relevante. Han ofuscado con mucha que o no es relevante o es de calidad harto dudosa. Un truco volatinero. Han abandonado alguno de los postulados franquistas más absurdos (Guernica la volaron los propios vascos). Mantienen enhiestos los reductos: hubo muy pocos muertos; el mito de Guernica lo crearon los republicanos; el “mando nacional” no tuvo que ver nada con el bombardeo. Los culpables fueron los alemanes que actuaron según su libre albedrío.
Ha sido la investigación académica (María Jesús Cava, Carmelo Garaitaonandía, José Luis de la Granja, Morten Heiberg, Xabier Irujo, Manuel Ros Agudo, Stefanie Schüler-Springorum y, modestamente, quien esto escribe) la que ha sacado a la luz el tipo de evidencia necesaria y suficiente para enterrar los mitos de Franco y sacar las vergüenzas a sus denodados defensores.
Es difícil tener aprecio por la calidad científica y el contenido empírico de su historiografía. La puesta al día de la obra de Southworth ha excedido, sin embargo, todo lo que había visto y comprobado hasta el momento: la más tosca manipulación de la evidencia, la tergiversación documental, la cita amañada de la literatura secundaria y la desfiguración de las obras de los autores discordantes son rasgos consustanciales de tales especialistas y divulgadores, españoles o ¡ay! también de algún que otro extranjero, catedrático emérito de una Universidad norteamericana.
En breves palabras. Lo que en los últimos tres o cuatro años ha salido a relucir en alemán o en español es lo siguiente:
El contingente aéreo germano (Legión Cóndor) estuvo plenamente insertado, en cuanto dio comienzo a sus hazañas bélicas en España en noviembre de 1936, en los planes operativos de las fuerzas franquistas. De este nivel fue ascendiendo al táctico y al estratégico. En la campaña de Vizcaya, la interdependencia entre uno y otras alcanzó un elevadísimo grado de información, comunicación y control.
Se conservan documentos que lo demuestran con respecto a los generales en jefe de los Ejércitos del Sur (Queipo de Llano) y del Norte (Mola) para la conexión con las fuerzas de tierra. También, y de manera permanente, con el general Kindelán, jefe del Aire. Que Franco lo ignorase no es creíble. Uno de sus hombres, el coronel Juan Vigón, estuvo en el centro del dispositivo en el Norte.
En esta campaña, la aviación alemana se supeditó a las instrucciones de Mola y Kindelán. Arrojó octavillas anunciando arrasamientos, intervino en apoyo del avance en tierra sustituyendo a veces a la artillería y, no en último término, bombardeó ciudades. La afirmación solemnísima de un reputado general de aviación español de que esto se hizo en contra de instrucciones formales de Franco es un mero brindis al sol.
El bombardeo del 26 de abril de 1937 se hizo con propósitos de destrucción masiva. No fue para triturar un puentecillo de piedra (que resultó indemne) que enlazaba el núcleo urbano con el barrio de Rentería salvando el río Oca. Esta fue una intoxicación ulterior. Sobre Guernica se lanzaron exactamente 31 toneladas de bombas (mezcla de explosivas e incendiarias), amén de incontables bidones de gasolina. No lo digo yo. Es lo que informó, un mes después, el teniente coronel Wolfram von Richthofen, jefe de Estado Mayor de la Cóndor, a sus superiores en Berlín.
La creación del mito sobre la autoría vasca fue un reflejo inmediato, de corte pavloviano, del propio Franco para contrarrestar el efecto que en el extranjero pudieran tener las acusaciones del lehendakari José Antonio Aguirre contra aviadores alemanes al servicio de los rebeldes.
Tras su entrada en Guernica el 29 de mayo de 1937, los franquistas se dedicaron a eliminar la evidencia de la fechoría, que para entonces había saltado a la primera plana de numerosos periódicos de todo el mundo. Se amañaron las hojas de los registros o, simplemente, se arrancaron. Los alemanes hicieron desaparecer lo que quisieron, se ralentizó el desescombramiento. Es imposible saber a ciencia cierta el número de víctimas. Fijarlo en algo más de un centenar es el resultado de un proceder infame.
La propaganda franquista batió todos los récords de fantasía, vituperación y denigración. Duró hasta el final mismo del régimen, aunque ya agrietada. Su análisis constituye el núcleo de la obra de Southworth. Esta necesitaba ampliarse a una referencia, siquiera somera, de sus secuelas en la España de nuestros días, es decir, desde que en Guernica se levantó un inmenso clamor popular en abril de 1977 para aclarar la cuestión de las responsabilidades.
Es necesario comparar el comportamiento de los Gobiernos de la República Federal de Alemania con el de los españoles. Hoy puede hacerse porque en Berlín ya se han desclasificado los documentos de aquellos primeros años transicionales. Ello no obstante, debemos ser modestos. En fecha indeterminada se pusieron en marcha los temibles bichitos fibrófagos que solían pulular por los archivos españoles. Los documentos directamente relacionados con Guernica han desaparecido en gran medida. Una casualidad.
La desaparición, sin embargo, no ha sido total. Por fortuna quedan muchos que arrojan luz indirecta, y en ocasiones, casi directa. Quienes expoliaron los archivos no siempre sabían alemán. Se conserva algún que otro documento redactado en este idioma, pero traducido “creativamente” para acordarlo con los mitos franquistas. Al leer la traducción, los eliminadores se guiaron por ella y menospreciaron la versión original. Siempre hay alguien que mete la pata.
La tergiversación no se hizo en España únicamente. En la edición de bolsillo (Heyne-Bücher) de las memorias de uno de los ases de la Luftwaffe, Adolf Galland, que no participó en el bombardeo, se eliminó cuidadosamente todo lo que pudiese generar una mala impresión, incluida la referencia a los ensayos de la Cóndor con un napalm de medio pelo. La extrema derecha alemana sigue apartando el cáliz de Guernica.
Por la dignidad de las víctimas y de la HISTORIA es preciso recuperar el pasado y desenmascarar a quienes siguen desfigurándolo.
Ángel Viñas es historiador y catedrático emérito de la UCM. Ha actualizado La destrucción de Guernica de Herbert R. Southworth, que aparecerá próximamente en la editorial Comares.
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