EN
MEMORIA DE LOS 42
AÑOS DEL ASESINATO DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO
Víctor
Rey
Hace
cinco años atrás fui invitado por el Departamento de Teología de
la Universidad Evangélica de El Salvador para dictar algunos
cursos
a los alumnos de esta universidad centroamericana. Un día el decano
de la facultad de Ciencias Sociales el Licenciado Ricardo Rivas y el
Director del Departamento de Teología, Licenciado Marlin Reyes me
invitaron a visitar la Capilla donde fue asesinado Monseñor Romero,
lugar que queda cercano a la Universidad. También me invitaron a
visitar la Universidad Centroamericana (UCA) donde fueron asesinados
seis jesuitas y dos mujeres, en noviembre de 1989. Realmente es
impresionante recorrer este lugar sencillo que está dentro del
Hospital para cancerosos La Divina Providencia. En este mes de marzo
se cumplen treinta y ocho años de su asesinato ocurrido un 24 de
marzo de 1980,
que llegó en el momento justo, como a Jesús, después de haber
recorrido tres de pasión con su pueblo y como su pueblo de El
Salvador. Mientras celebraba el sacramento de la reconciliación,
una bala asesina atravesó la casulla y el corazón de Oscar Arnulfo
Romero. El único “delito” que se le conoce al arzobispo de San
Salvador es explicar el Evangelio, hacer oír su voz desde el
incómodo papel de profeta de la verdad, y eso es cosa que
forzosamente atrae la violencia de quienes no aceptan más soluciones
que las impuestas.
Su
“vida pública”, como arzobispo de San Salvador duró tres años,
como la de Jesús y no dejó a nadie indiferente. Unos lo
consideraban un profeta, un mártir, un luchador por la paz y el
diálogo, un hombre de Iglesia; otros, por el contrario, veían en él
a un revolucionario, un agitador de masas, un político frustrado que
promovía la crispación, un personaje en busca de notoriedad social.
Esta
figura emblemática de la Iglesia Latinoamericana sigue estando
especialmente presente en la memoria y el cariño de los más
humildes de El Salvador. El recuerdo de su asesinato trae a la mente
una forma equivocada de solucionar los conflictos políticos y
sociales, pero también atestigua la permanente tentación de
recurrir a la violencia para resolver los problemas molestos.
El
recuerdo de su asesinato, unido al de la muerte de Jesús proclama la
certeza y la fuerza de la esperanza que vence cualquier desesperación
e impotencia; desde la vida entregada del Señor Jesús pueden
mantener su dignidad los hombres y mujeres que sufren las injusticias
de los poderosos o la instrumentalización de quienes siguen
dominando los resortes religiosos de la vida de los pueblos.
El
Cristo crucificado iluminó la visión de Romero hasta que exhaló su
último aliento. El 24 de Marzo de 1980, dentro de la capilla del
Hospital de la Divina Providencia, dispararon sobre Oscar Romero y le
mataron mientras celebraba la misa. Imitando a la de Cristo, la misma
vida y muerte de Romero fue una expresión sacramental del amor
crucificado de Dios hacia el mundo, a favor del pueblo sufriente de
El Salvador y de otros muchos, más allá de ese pueblo. Su brutal
asesinato seguirá sembrando semillas de esperanza y de vida para
todos aquellos que luchan por una mayor justicia social y que
profesan la fe en un Dios liberador, cuyo amor no puede ser
extinguido ni siquiera por la muerte.
El
eje principal en torno al cual giró la vida de Romero fue la vida,
muerte y resurrección de Jesucristo. En ésa línea, él creyó que
había sido llamado a “sentir con la iglesia”, especialmente en
la medida en que ella sufre en el mundo. Romero creía que la misión
de la Iglesia consiste en proclamar el Reino de Dios, que es el reino
de “la paz y la justicia, de la verdad y el amor, de la gracia y de
la santidad… para conseguir un orden político, social y económico
que responda al plan de Dios”.
En
el fondo de estas palabras, él quiso encarnar la conversión que
predicaba. Una vez le visitó un funcionario eclesiástico y le hizo
saber que sus modestas habitaciones, en el Hospital de la Divina
Providencia, no eran “adecuadas” para un arzobispo. Él estuvo de
acuerdo y le explicó que, dado que la mayoría de sus fieles vivían
en chozas de cartón, sus habitaciones resultaban comparativamente
demasiado lujosas. Para Romero, la conversión significaba abrir la
propia vida a los pobres, viviendo en solidaridad con ellos, no como
alguien superior que les da limosnas, sino como un hermano o hermana
que camina en solidaridad con ellos.
Él
insistía en que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de
hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que
se cometen con ellos, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”.
Algunos percibían esa actitud como una deformación de la misión de
la iglesia y como una contaminación de la iglesia con la política,
pero Romero contestaba.
Él
creía que “la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos
introduce en el mundo”. Aunque se enfrentó de lleno con los
desafíos políticos de su tiempo, él no fue simplemente un
activista social, sino también un hombre de honda oración y
meditación, que
le ayudaron a mirar más allá y debajo de la superficie de los
acontecimientos, descubriendo las verdades más profundas de la
realidad. A menudo, él suspendía las discusiones más intensas y
acaloradas con sus consejeros, a fin de orar sobre las decisiones que
debían tomar. Romero supo que sin Dios no es posible alcanzar la
verdadera liberación. Él fue un testigo de que la justicia debe
ocuparse de las dimensiones históricas de este mundo, pero nunca
perdió de vista la dimensión trascendente de la liberación. En esa
línea, él afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de
liberación. Ciertamente, “sin Dios se pueden alcanzar algunas
liberaciones temporales; pero las liberaciones definitivas sólo
pueden alcanzarlas los hombres y mujeres de fe”.
El
legado más importante de su vida fue el ofrecimiento de su propia
vida a favor del pueblo al que amaba. Romero pensaba que “el mayor
testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que
están dispuestos a dar su propia vida”. Poco antes de su muerte,
el afirmaba: El
martirio es una gracia que yo creo que no merezco. Pero, si Dios
acepta el sacrificio de mi vida, quiero que mi sangre sea semilla de
libertad y un signo de que esta esperanza se convertirá pronto en
realidad. Que mi muerte, si es aceptada por Dios, esté al servicio
de la liberación de mi pueblo y sea un testimonio de esperanza en el
futuro.
En
ese mismo tiempo, unos días antes de su muerte, Romero insistía en
lo siguiente: “Debo decirle que, como cristiano yo no creo en una
muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo
salvadoreño”. La fe Romero en el Dios de la vida, aunque rodeada
de amenazas de muerte, ha inspirado a innumerables personas que han
luchado a favor de la justicia, incluyendo a Ignacio Ellacuría y a
los otros cinco jesuitas y a las dos mujeres que fueron asesinados el
16 de noviembre de 1989 en las dependencias de la Universidad
Centroamericana. Actualmente el Centro Oscar Romero se encuentra en
el lugar donde ellos fueron asesinados.
Romero
había sido un piadoso hombre de Iglesia, un sacerdote culto, amigo
de la justicia, aunque alejado de la vida real de su pueblo. Pero
unas semanas después de haber sido nombrado arzobispo, el 22 de
febrero de 1977, uno de sus colaboradores, el P. Rutilio Grande SJ,
fue asesinado por los escuadrones de la muerte. Ese acontecimiento
transformó su vida y, desde ese momento hasta su muerte, a lo largo
de tres años de intenso compromiso episcopal se convirtió en la voz
de los que no tenían voz, denunciando los crímenes de la dictadura
económica y social de su pueblo y anunciando de una forma muy
concreta las exigencias y dones del evangelio, en sus homilías
radiadas cada domingo a todo el país. De esa manera puso de relieve
la presencia de Cristo en los pobres, empobrecidos y asesinados:
Romero
se enfrentó a los desafíos políticos de su tiempo, pero no fue
sólo un activista social, sino también un hombre de honda
espiritualidad, de manera que sus tres años de “vida pública”
vinieron a convertirse en sus años de “universidad cristiana”.
En ese tiempo, en contacto con los oprimidos de su pueblo,
denunciando la injusticia y violencia de los asesinos, pero siempre
desde la paz de Dios, fue descubriendo y expresando el verdadero
pensamiento cristiano. De esa forma vino a convertirse en testigo de
que la justicia debe ocuparse de las realidades históricas de este
mundo, manteniendo siempre la dimensión trascendente del evangelio.
Así afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación,
pero sin liberación no puede hablarse tampoco de Dios en sentido
cristiano.
A
lo largo de esos tres años intensos de episcopado liberador, Romero
intentó que la sociedad no cayera en manos de la pura violencia y,
sin embargo, en un sentido externo, él fracasó, pues le asesinaron
los poderes oficiales de la violencia. Más
aún, tras su muerte, el país por el que vivió (El Salvador) vino a
caer en una gran guerra civil. A pesar de eso o, quizá mejor, por
ello mismo (a través de su martirio), Romero ha ofrecido uno de los
testimonios mayores de vida cristiana en el siglo XX. Él mismo
afirmaba, poco antes de morir, sabiendo que podían asesinarle en
cualquier momento (pues nunca aceptó escoltas o medidas
extraordinarias de seguridad, que la gente del pueblo no podía
permitirse), que el
mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de
aquellos que están dispuestos a dar su propia vida.
Desde
esta perspectiva, Monseñor Romero aparece como uno de los grandes
pensadores cristianos del siglo XX. Así pudo decir: Como
cristiano, yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan,
yo resucitaré en el pueblo salvadoreño.