domingo, 18 de abril de 2021

"1984" en la semana mundial del libro

                                                                           


                                                                         

"1984" en 2020 y 2021

 "-El Hermano Mayor Existe? -Naturalmente, él existe.  El partido existe.  El Hermano Mayor es la personificación del Partido. -Existe de la misma manera que yo existo? -Usted no existe, dice O Brien." (1)

 (1) Orwell, "1984", Paris: Gallimard, Coll. Folio, 1983.

 Víctor Rey

 El año pasado en plena pandemia en un programa de literatura chileno realizado en podcast, preguntaron a los auditores: ¿Cuál es el libro que mejor representa la crisis sanitaria, ecológica, política, económica y social que estamos viviendo? Lejos ganó el libro de Orwell  el primer puesto seguido por “Un mundo feliz” de Aldous Huxley y “La Peste” de Albert Camus. Ya han pasado más de 30 años de que se cumplió la fecha del libro de Orwell, y 70 años de su publicación creo que tiene más vigencia que nunca, en especial por los grandes cambios que se han producido a nivel mundial en la política, la economía, las comunicaciones, los valores y las creencias.  En estos días he vuelto a encontrar  y a revisar este libro de una vieja edición argentina.  Lo volví a leer ahora, que ya no existe la "Guerra Fría",  en estos tiempos de pandemia, de coronavirus, globalización, neoliberalismo y postmodernidad.  He constatado con asombro que la vigencia que tiene y la importancia de volver a leerlo y estudiarlo, ya que da muchas luces sobre esta nueva crisis y cultura que nos ha tocado vivir.  Por su magnífico análisis del poder y de las relaciones y dependencias que crea en los individuos 1984 es una de las novelas más inquietantes y atractivas del siglo pasado.

 1984  es una novela política de ficción distópica, escrita por George Orwell entre 1947 y 1948 y publicada el 8 de junio de 1949. La novela introdujo los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano o Hermano Mayor, de la notoria habitación 101, de la ubicua policía del Pensamiento y de la neolengua, adaptación del idioma inglés en la que se reduce y se transforma el léxico con fines represivos, basándose en el principio de que lo que no forma parte de la lengua, no puede ser pensado.  Muchos analistas detectan paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de 1984, sugiriendo que estamos comenzando a vivir en lo que se ha conocido como sociedad orwelliana, una sociedad donde se manipula la información y se practica la vigilancia masiva y la represión política y social. El término «orwelliano» se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras como las representadas en la novela. La novela fue un éxito en términos de ventas y se ha convertido en uno de los más influyentes libros del siglo XX.  Se le considera como una de las obras cumbre de la trilogía de las distopías de principios del siglo XX (también clasificadas como ciencia ficción distópica), junto a la novela de 1932 Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (publicada originalmente en 1953).

 Corre el año 1948 y la tuberculosis avanza mientras George Orwell escribe un nuevo libro.  Sabe que será el último y quiere que sea el más combativo, el más explícito, el más convincente.  Su última obra describe una sociedad en la que la máquina y el Estado han triunfado sobre el hombre y la mujer individual.

 En esas páginas estarán las cosas que le ha tocado vivir.  El colonialismo inglés en la India y Birmania, los medios de comunicación convirtiendo la mentira en verdad y a los amigos en enemigos durante la Guerra Civil Española, las demencias lúcidas del nacismo, el fascismo, el stalinismo.

 A los cuarenta y cinco años, está viejo y enfermo.  George Orwell, cuyo nombre original era Eric Blair, nació en un modesto hogar anglosajón en Motihari, India.  El hombre que abandonó su nombre a los treinta años de edad, después de graduarse en Eton y patrullar con uniforme blanco y sombrero cucalón las calles de Rangoon, para emprender una carrera de proletario escritor.  Flaco y alargado, con aire de sacerdote, dos mechones de pelo bailando sobre la frente llena de arrugas.  George Orwell, individualista, agnóstico, maniático de la limpieza, carente de vanidad, eternamente mal vestido, ausente, de ademanes rudos.  Un rebelde más que un revolucionario, siempre consecuente, siempre coherente, siempre decente consigo mismo y con los demás.

 No le gustaba el mundo y quiso cambiarlo.  Reclamó contra la deshonestidad y la ola de mentiras en todos sus ensayos y artículos periodísticos, combatió junto a los trotskistas en la Guerra Civil Española y defendió a los anarquistas en "Homenaje a Cataluña" (1938).  En plena Segunda Guerra Mundial denunció los desesperanzadores resultados de la revolución soviética, escribiendo la fábula satírica "Rebelión en la Granja", donde dijo: "Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros".

 Terminada la guerra, la paz no llegó.  Orwell advirtió los gérmenes del totalitarismo presentes en todas las sociedades del mundo.  Intuyó que el planeta se dividiría en bloques inexorablemente antagónicos, que la permanente pugna entre esos bloques justificaría todo tipo de atropellos a los derechos humanos, que el poder se concentraría cada vez más, que el mundo podía llegar a convertirse en una dictadura irreversible. Contra eso gritó, escribió y se comprometió.

 Su libro "1984" fue publicado siete meses antes de su muerte en Londres en 1949, y constituye más una advertencia que una profecía.  La novela señala un camino que no debemos recorrer.  Y como tal nunca perderá vigencia, mientras existan la humanidad y la tentación del poder.

 Este famoso libro escrito por el inglés George Orwell,  es una obra de ficción en la cual el autor se imaginaba el futuro.  Cuando él la escribió al finalizar la Segunda Guerra Mundial, no pensó que iba a transcurrir tan rápido el tiempo.  "1984" era una fecha lejana en la que todo iba a ser posible.  Lo que Orwell hizo fue tomar algunas tendencias de su época y mostrar como se iban a desarrollar en el transcurso del tiempo.

 Algunas de estas profecías se han cumplido, otras no.  Como algunas cosas horribles que parecían muy distantes, son ahora cosa de todos los días.  Son parte de la escena mundial que aceptamos con naturalidad.  Es una inquietante interpretación futurista basada en la crítica a los totalitarismos y la opresión del poder situada en 1984 en una sociedad inglesa dominada por un sistema de “colectivismo burocrático” controlada por El Gran Hermano.  Londres 1984: Winston Smith decide sublevarse ante un gobierno totalitario que controla cada uno de los movimientos de sus ciudadanos y castiga incluso a aquellos que delinquen con el pensamiento.  Consciente de las terribles consecuencias que pueden acarrear la disidencia Winston se une a la ambigua Hermandad por mediación del líder O Brien.  Paulatinamente, sin embargo, nuestro protagonista va comprendiendo que ni la Hermandad ni O Brien son lo que aparentan y que la rebelión, al cabo, quizá sea un objetivo inalcanzable.

 Quiero nombrar tres elementos del libro “1984” que me parecen importantes y que creo que de alguna manera esas profecías ya se han cumplido:

 Primero: Una cosa que Orwell da a conocer con insistencia, es lo referente a la manipulación de la historia.

 El Winston Smith, trabajaba en el "Ministerio de la Verdad" y una cosa que tenía que hacer cada día, era revisar la historia, leer los periódicos y libros, para acomodarlo a lo que el partido había dicho en esos días.  Existía un partido que dominaba la sociedad y había que demostrar que la ideología  que estaba escrita en los libros se cumplía en la realidad, y si no era así, había que cambiar la teoría, borrar los discursos, los periódicos y para eso se recurría a las técnicas modernas.  La función del personaje central era la de acomodar la historia a los intereses del partido.  Pero en América Latina hemos visto estos ejemplos con mucha frecuencia.  Una de las cosas que hoy particularmente se está dando en América Latina y en el mundo es justamente la revisión de la historia. Todo grupo que  se encuentra en el poder, no sólo tiene el poder de manejar la historia hacia delante, sino que también hacia el pasado.  En América Latina se está enseñando la historia desde una perspectiva en la cual se da primacía a lo económico por encima de otras áreas de la vida y todo aquello que no tiene trascendencia económica se deja de lado como poco importante.

 Segundo: Otra cosa que nos advertía Orwell, es que iba existir una forma de lenguaje ambiguo.  En lo cual lo negro es blanco, la paz es guerra, libertad es esclavitud, ignorancia es fuerza, la verdad es mentira.  Se manipulaba el vocabulario.  Las palabras no significaban lo que significaban originalmente.  En nuestros días asistimos a una situación parecida, en la cual las palabras, verdad, libertad, igualdad, democracia, etc. Se manipulan de acuerdo al gobierno de turno que se encuentra en el poder.

 Tercero: Una expresión famosa del libro de Orwell era; "El hermano mayor te está vigilando".  El mundo de pesadilla que imagino Orwell, es un mundo en el cual la vida privada, la interioridad, la vida individual, ya no es posible.  Había todo un sistema de espionaje a través de la electrónica, de manera que las acciones de una persona estaban controladas por el estado, a través de una red de investigación.  El personaje de la novela de Orwell se da cuenta que no puede pensar por su cuenta.  Todo está vigilado.  Por todas partes el "Hermano mayor te está vigilando", por lo tanto debe autocensurarse.  Esta situación hoy es una realidad.  Vemos como las grandes potencias tienen información acerca de todos los países del mundo, a través de satélites y otros mecanismos sofisticados.

 En pensador francés, Jacques Ellul, dijo que la propaganda, la publicidad, es un fenómeno característico de nuestra época.  Dijo que la propaganda es una realidad porqué todo estado cualquiera que sea su signo, lo necesita.  Y hoy todas las instituciones utilizan ya sea políticas, religiosas, económicas la propaganda, el marketing, la influencia de los medios de comunicación, para transformar el mensaje solamente en una propaganda.  Esto da que pensar.

 Gracias a este libro "1984" no es "1984"... todavía. ¿O ya lo es?

lunes, 12 de abril de 2021

La urgencia de repensar la paz

                                                                             


 

REPENSAR LA PAZ CON UNA NUEVA LOGICA

Víctor Rey

La violencia producida por las religiones fue noticia durante el último tiempo. El balance anual de masacres producidas a nombre de Dios fue más alto que años anteriores. ¿Las religiones pueden realmente traer la paz?

En este evento pensamos en torno a la violencia que se genera en nuestro continente y lo que pueden hacer las iglesias para ayudar en la pacificación de los conflictos de nuestros países y como poner como agenda central el tema de la paz en la misión de los cristianos. Discernimos que es el modelo neoliberal el que produce las diversas formas de violencia.

Una dura paradoja. Los grupos extremistas que matan a nombre de Dios buscan imponer la fe en Dios, y con esa premisa asesinan a quienes no confiesan su misma religión. Sin embargo, esas acciones violentas lo único que consiguen es que las personas se alejen de las religiones.

Pero esa no es la única paradoja. La violencia contra los inocentes siempre conlleva una pregunta sobre Dios mismo: si Dios es bueno, ¿por qué permite que sufran las personas? ¿le importa a Dios las víctimas de la violencia?

El Papa Francisco en su homilía de inicio del año explicaba que el mensaje de la Navidad  “contrasta siempre con la dramática experiencia histórica”, pues cada día “nos encontramos con signos opuestos, negativos, que nos hacen creer que [Dios] está ausente”. La cercanía de Dios “parece desmoronarse ante la multitud de formas de injusticia y de violencia que hieren cada día a la humanidad”.

Una lógica que supera la lógica humana. La dureza de las consecuencias de la violencia perpetrada a nombre de una religión son innegables: sufrimiento, destierro, tortura y muerte. Ante esta patente realidad del dolor, parece que no existe un argumento racional para explicar por qué el mal no tiene la última palabra sobre la humanidad y su destino.

Pero la respuesta al mal no puede ser sólo teórica, meramente “lógica”. El problema se ubica en lo más profundo del ser humano y su existencia, ahí donde radica una “lógica” diferente que abarca la razón, la libertad, las emociones, el afecto, las acciones y el propio destino. El problema pues se encuentra en la dimensión espiritual de cada persona, y por eso requiere una respuesta diferente.

El Papa francisco también explicó que el hecho histórico del nacimiento de Cristo, que supone que Dios se ha hecho humano, nos empuja a cooperar con Dios en la construcción de un mundo más justo y fraterno, en el que todas las personas y todas las criaturas puedan vivir en paz.

En otras palabras, la fe cristiana no sólo explica el origen del mal (como oposición humana a los sabios mandatos morales de Dios), sino que predica que el verdadero amor nos empuja a buscar acciones que conlleven la paz.

Por eso, en palabras del Papa, “donde no puede llegar la razón de los filósofos ni los acuerdos de la política, llega la fuerza de la fe que lleva la gracia del Evangelio de Cristo, y que siempre es capaz de abrir nuevos caminos a la razón y a los acuerdos”.

La lógica espiritual para buscar la paz es el balance de la contemplación de las verdades divinas (que hablan de amar a Dios, al prójimo y así mismo) y la acción para buscar directamente la paz (el diálogo ecuménico, interreligioso, académico y político, la denuncia periodística, la atención a enfermos, desplazados y heridos, la justicia internacional y la persecución de los criminales de guerra, etc.). Entonces, para que venga la paz, necesitamos aprender a vivir la “lógica” de la fe con obras.

lunes, 5 de abril de 2021

Hace justo un año publiqué este articulo que todavía está vigente

 

                                  

LA LECTURA Y LOS LIBROS EN TIEMPOS DEL COVID 19

Víctor Rey

Recuerdo con exactitud el primer día de clases  cuando a los cinco años mi mamá junto a mi hermano mayor y otros amigos del barrio y sus mamás nos fuimos caminando por la calle Huérfanos hacia la Escuela Pública N 65 que quedaba a tres cuadras de mi casa cruzando la Plaza Brasil en Santiago de Chile.  Era mi primer día e ingresaría a kindergarden y mi hermano a primer año.



En esa escuelita había una pequeña biblioteca y solo dejaban entrar a los alumnos que sabían leer, pero yo me las ingeniaba para colarme junto a mi hermano y allí me encontraba con dos revistas que me marcaron, El Peneca y El Cabrito, como no sabía leer me entretenía viendo los dibujos y fotos.  Pero cuando llegaba a casa mi mamá nos leía El Condorito, Barrabases y Okey. Esperaba esas revistas como maná del cielo y las leía de principio a fin, incluidos los avisos. Creo que aprendí a leer con esas tres revistas y aprendí al mismo tiempo que mi hermano que me llevaba dos años de ventaja.

Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida y, por eso, siempre recuerdo con gratitud a las personas que me enseñaron este arte que me abrió mundos insospechados.  Debido a la lectura, ese mundo pequeñito de mí barrio se volvió el universo. Gracias a los signos que convertía en palabras y en ideas, viajaba por el planeta y podía, incluso, retroceder en el tiempo y convertirme en mosquetero, cruzado, explorador, o viajar por el espacio hacia el futuro en naves silenciosas. Mi mamá dice que era un niño que le gustaba entretenerse solo haciendo sus propios juguetes con cajas de fósforos, lápices de colores, hojas de diarios y envases  de productos vacíos. Y una tía me contó que le llamaba la atención que andaba leyendo todo, los letreros, las señales e incluso las hojas de los diarios que se encontraban en el suelo. Yo no lo recuerdo, pero sí las horas que me pasaba leyendo cada día, después de volver de la escuela me sentaba a disfrutar de las revistas de historietas y a soñar con ser Superman, El Llanero Solitario, Batman, Tarzán, El Zorro, Roy Rogers, más tarde El Estadio y toda la serie de revista que producía Walt Disney.

Ahora que, por culpa del coronavirus y el aislamiento forzoso a que estamos sometidos, leo a varias horas del día acompañado del sol y el cielo azul de Quito que entra por mis ventanas a raudales la luz de la Mitad del Mundo y pienso que serán unas cinco horas diarias en un estado de felicidad absoluta.

En la biblioteca con telarañas del Liceo Valentín Letelier donde curse mi enseñanza media  leí mis primeras novelas en especial de la literatura latinoamericana como El Túnel de Ernesto Sabato, Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, Conversaciones en la Catedral de Mario Vargas Llosa, Niebla de Miguel de Unamuno, Martín Rivas de Alberto Blest Gana, Palomita Blanca de Enrique Lafourcade y Rayuela de Julio Cortazar.

Nada me ha dado tanto placer y felicidad como los buenos libros; nada me ha ayudado tanto como ellos a sortear los momentos difíciles. Sin la literatura me habría suicidado en ese periodo atroz que fue la dictadura militar donde vi y viví la muerte, la persecución y la tortura, me hizo descubrir la soledad y el miedo. Erich Fromm me cambió la vida y me dio una nueva perspectiva de la vida en plena juventud; lo leí con lápiz y papel para identificar sus aportes y nuevas visiones que me cautivaron leyendo El Arte de Amar, El corazón del Hombre, Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea y luego El Miedo a la Libertad.

En la Biblioteca Central de la Universidad de Concepción  tenía reservado un escritorio cerca de la Hemeroteca con un gran ventanal para que entrara la luz del saber y los conocimientos filosóficos que estaba aprendiendo. Ahí conocí a Karl Marx, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, René Descartes, Emmanuel Kant, Merleau Ponty, George Orwell, Edmund Husserl, Martín Heidegger, Friedrich Nietzsche y por supuesto los clásicos de la filosofía griega Sócrates, Platón y Aristóteles y también fue la primera vez que leí la Biblia.

En Bélgica en la Universidad Católica de Louvain La Neuve el primer día que llegué, en enero de 1991, descubrí esas grandes bibliotecas temáticas donde uno podía tomar los libros directamente sin pedir a una persona que los fuera a buscar y podía llevar a la casa diez ejemplares. En ese ambiente tan cosmopolita descubrí la cultura francesa a través también de las mediatecas donde con mis hijos nos íbamos a disfrutar de los comics de lujos que editan en ese país, la música y el cine galo.  Así fue como redescubrí a los pensadores franceses entre ellos Jean Paul Sartre y Albert Camus y aprendiendo la lengua francesa me atreví a leerlos en ese idioma.  Fue para mí el más fructífero de los descubrimientos: gracias a ellos supe la persona que quería ser y el que no quería ser.

Las buenas lecturas no solo producen felicidad; enseñan a hablar bien, a pensar con audacia, a fantasear, y crean ciudadanos críticos, recelosos de las mentiras oficiales que vienen de la política, de las empresas, de los medios de comunicación y de las instituciones religiosas. La vida que no vivimos podemos soñarla, leer los buenos libros es otra manera de vivir, más libre, más bella, más auténtica. Esa vida alternativa tiene, además, la suerte de estar fuera del alcance de las plagas demoníacas que aterraron siempre a los seres humanos, porque en ellas veían a los diablos que, a diferencia de los enemigos de carne y hueso, eran difíciles de derrotar.

Un buen lector es el ciudadano ideal de una sociedad democrática: nunca se conforma con aquello que tiene, siempre aspira a más o a cosas distintas de las que le ofrecen. Sin esos inconformes sería imposible el progreso verdadero, el que, además de enriquecer la vida material, aumenta la libertad y el abanico de elecciones para ajustar la vida propia a nuestros sueños, deseos e ilusiones.

El coronavirus ha resucitado la barbarie en lo que creíamos la civilización y la modernidad. Hemos visto a través de los medios de comunicación y las redes sociales cosas horribles. Aun así, con toda la ruina económica y social que traerá esta plaga inesperada, si, luego de sobrevivir a ella, hay más personas, ganados a la buena lectura gracias a la cuarentena forzada, los demonios de la peste habrán hecho un buen trabajo.