domingo, 7 de febrero de 2021

50 años de la ciudad de Lovaina la Nueva




LA VIDA COTIDIANA DE UN ESTUDIANTE EN LA UNIVERSIDAD CATOLICA DE LOVAINA LA NUEVA


Víctor Rey



LA UNIVERSIDAD


Tuve el privilegio de estudiar en una de las universidades más prestigiosas del mundo y una de la más antigua en el ámbito académico, entre los años 1991 a 1993. En esa oportunidad obtuve mi master en Comunicación Social. Esta experiencia me permitió compartir con estudiantes venidos de casi todo el mundo y disfrutar de la vivir junto a mi familia en esta ciudad que es una de la más nueva fundada en el mundo. El 2 de febrero de 1971 el rey Balduino de Bélgica colocó la primera piedra de lo que sería la ciudad universitaria de Lovaina la Nueva.


La “Universitas Lovainensis” fue creada por edicto del Papa Martín V en el año de 1425. En aquel entonces Europa superaba el Cisma de Occidente, mientras Inglaterra y Francia se batían en la Guerra de los Cien Años. Hacía algo menos de dos siglos que se habían creado las primeras universidades, pero faltaban todavía veinte años para que Guttemberg inventara la imprenta y más de seis décadas para que el genovés Cristóbal Colón confundiera una isla caribeña con la costa india.


Casi seis siglos de vida son tiempo suficiente para que ocurran muchas cosas. Por los claustros de la Universidad circularon Erasmo de Rotterdam (ocupado por entonces en su Elogio a la Locura) y el célebre Jansenius. Un obispo acusado de herejía cuyos seguidores pasaron a la historia como matemáticos y linguistas. También Mercator, Vésale, Vives, Lemaitre, entre otros. En los convulsionados años que siguieron a la Revolución francesa, la por entonces tricentenaria Universidad de Lovaina fue clausurada y no volvió a abrir sus puertas hasta que los belgas conquistaron su independencia. En 1834 la institución es reabierta y funciona durante algo más de un siglo como una universidad bilingüe en donde confluyen la Bélgica francófona y la Bélgica flamenca.


El primero de julio de 1970 se pone en práctica una reestructuración que da lugar a la aparición de dos nuevas universidades: la Université Catholique de Louvain (UCL), de expresión francesa, con su asiento principal en la ciudad de Louvain-La Neuve (a escasos kilómetros de Bruselas) y la Katholieke Universitet te Leuven (KUL), de expresión flamenca ubicada en la antigua sede de Leuven.


La Université Catholique de Louvain consta de 10 facultades, renombrados institutos superiores de filosofía, teología y sociología. Varios centros, servicios e institutos y una decena de bibliotecas descentralizadas. Su estudiantado reúne algo menos de 25.000 personas, de las cuales una sexta parte proviene del extranjero. Considerando conjuntamente los diplomas intermedios y terminales, la Universidad tiene en la actualidad una oferta de aproximadamente, 350 títulos diferentes. La Universidad Católica de Lovaina cuenta con más de 150.000 diplomas distribuidos en el mundo entero.


LA CIUDAD

Louvain-la-Neuve es una ciudad única en el mundo. Situada en el corazón de la antigua región de Brabante, Louvain-la-Neuve es la más joven ciudad europea y la primera ciudad construida en Bélgica desde el siglo XVII. Se encuentra a 30 kilómetros de Bruselas y su población es de 23.000 habitantes, distribuidos en 700 hectáreas


Su origen tiene que ver con las peculiaridades linguisticas de un país como Bélgica, que encierra en sus escasos 30.000 kilómetros cuadrados unos doce millones de habitantes y dos grandes comunidades linguísticas: los valones que son francófonos y los flamencos que son neerlandófonos.


Hasta el año 1968 la antigua Universidad de Lovaina funcionó en el territorio flamenco, en la vieja ciudad de Leuven. Sin embargo, un agravamiento del tradicional conflicto lingüístico entre ambas comunidades condujo a una separación de la sección flamenca y la sección francófona, con la consecuente mudanza de esta última. La Université Catholique de Louvain encontró su nuevo hogar unos 30 kilómetros al sur, junto a la villa de Ottignies: un poblado pequeño pero un importante nudo ferroviario. En ese lugar, el 2 de febrero de 1971 el Rey Balduino pone la primera piedra fundamental de lo que será Louvain-La-Neuve. En octubre de 1972 la ciudad recibe sus primeros habitantes, constituidos por un grupo de estudiantes de ingeniería.


Louvain-La-Neuve ha sido concebida no sólo como campus universitario sino también como centro urbano, inspirándose en las antiguas ciudades medievales. Cuatro barrios- cada uno de ellos situado sobre una de las colinas que dominan el pequeño valle de la Malaise- recuerdan los nombres de las granjas sobre cuyos terrenos se construyó la ciudad. Sus hermosos cascos de estilo brabanzón se conservan y han sido reciclados para ser centros de actividades locales y universitarias. Los cuatro barrios (Hocaille, Biéreau, Bruyéres y Lauzelle) confluyen hacia el centro de la ciudad, concebido como lugar de encuentro y animación. El centro está a una altura de tres pisos, levantándose sobre el valle como un puente que une los barrios. Debajo se sitúan los estacionamientos y una estación de trenes subterránea ubicada bajo el edificio central de la Universidad- Les Halles- que es la principal construcción del centro de la ciudad.


Toda la arquitectura lovainense- siempre coloreada en las gamas naranjas del ladrillo y las negras de los techos de pizarra- ha sido puesta al servicio de una concepción urbanística inspirada en las ciudades medievales, guardando siempre una escala humana. Calles estrechas (cuyos nombres recuerdan a pensadores y poetas), pequeñas plazas, escalinatas, constituyen una planta filigranada y compleja, a veces tortuosa para el recién llegado, pero juguetona y hasta amistosa para el peatón- el verdadero privilegiado de su urbanismo- que comienza a conocer sus quiebres, y se dispones a intimar con la ciudad más joven de la vieja Europa.


LA VIDA


Vivir en Lovaina-La-Nueva se asemeja mucho a viajar a través del tiempo. Los hábitos y rutinas de esa ciudad pequeña. Por cuyas calles intrincadas apenas circulan autos y en donde casi todo habitante tiene algún punto de contacto con la Universidad que es su centro, recuerdan en -efecto- a la vida cotidiana de las ciudades universitarias del medioevo.


Los parecidos empiezan a descubrirse desde el momento mismo de la llegada: la pequeña escala en que se mantiene la arquitectura, el dominio del ladrillo y de los techos empinados, el denso tejido de calles, pasajes, plazas y espacios verdes que se mezclan con las construcciones, reproducen el clima de una ciudad nordeuropea de los siglos XIV o XV. Sin embargo, estas semejanzas se hacen todavía más palpables cuando se descubre que, tal como ocurría hace quinientos años, toda la ciudad respira al ritmo de la vida universitaria.


El centro de la ciudad está definitivamente marcado por la presencia de los estudiantes. Negocios, escuelas para todas las edades, bibliotecas, mediatecas, oficinas de la Universidad, multicines, teatros, museos, piscinas, complejos deportivos, un lago artificial, decenas de bares donde se toma cerveza en grandes cantidades, son los territorios habituales de los grupos desordenados y bulliciosos que para nada recuerdan a la ordenada y tranquila Bélgica que sigue su vida a pocos kilómetros de distancia. La vida cotidiana de los estudiantes, que abandonan sus familias para residir durante todo el año lectivo en la ciudad universitaria, recrea (en parte inconcientemente, en parte de modo deliberado) el folklore de Francois Villon y los goliardos. En efecto, los cursos y períodos de exámenes se alternan con las fiestas, las competencias, o la actividad de los clubes que reúnen a gente extremadamente diversa en torno a alguna pasión común (que puede ir desde la música hasta los “comics”, ese orgullo nacional de los belgas).


Los estudiantes pueden alquilar apartamentos, pequeñas casas o “estudios”, pero sobre todo prefieren los “apartamentos comunitarios”. En este último caso, un número de estudiantes que puede oscilar entre ocho y los quince comparte un gran apartamento que tiene en común una cocina, un comedor común y una serie de baños. Los “apartamentos comunitarios” reúnen con frecuencia a una población convocada en torno a un interés concreto. Existen así “comunitarios” (o “kots” en la jerga lovainense) de cinéfilos, de amantes de la música coral o de entusiastas de la bicicleta, que agregan su nota particular a la vida social de la ciudad.


Si se sale del centro, la vida bulliciosa de los estudiantes tiende a amortiguarse para dar lugar a barrios más tranquilos, familiares, de casas con jardín, en donde suelen vivir los profesores, funcionarios, o simples habitantes que han elegido vivir en Lovaina-La-Nueva. Los traslados desde estos barrios hasta el centro se realizan a pie o en bicicleta. El auto es un artículo de poco uso al interior de la ciudad.


Los tiempos de la ciudad son, a lo largo de todo el año, los tiempos de la propia Universidad. Al principio del año académico se realiza la fiesta de iniciación de los cursos, que incluye un “cortejo” en el que desfila toda la comunidad académica. Cuando los cursos terminan, en cambio, o también durante los fines de semana, la ciudad prácticamente se vacía, quedando a disposición de la población estable.


Como toda ciudad o villa europea, Lovaina-La-Nueva, tiene también su gran fiesta anual. Una carrera de bicicletas: “Las veinticuatro horas de velo”. En efecto, una vez al año se realiza en Lovaina-La-Nueva una competencia que consiste en una carrera de veinticuatro horas alrededor de la ciudad, en donde se enfrenta una multitud de equipos de ciclistas. Durante esos días confluyen en Lovaina-La-Nueva jóvenes universitarios de toda Bélgica y de diferentes países de Europa. La ciudad ve crecer en cuestión de horas una enorme cantidad de carpas y de puestos de ventas de comidas y bebidas, mientras las calles son cortadas por grandes fardos de paja que marcan la ruta a seguir por los competidores. La carrera se realiza sin interrupciones durante veinticuatro horas, y durante todo ese tiempo el público sigue los esfuerzos de su equipo favorito. Para combatir el cansancio y el frío se organizan algunas competencias paralelas (por ejemplo, el premio a la bicicleta más original y rara) al mismo tiempo que se da cuenta de enormes cantidades de cerveza.


En este marco de intensa vida social, de tradiciones muy vivas y de fuerte identidad local, se desarrolla la estadía de los estudiantes. En general, todos los estudiantes siguen cursos durante las mañanas y las horas siguientes del mediodía. A las cuatro de la tarde (prácticamente de noche, si es invierno) se terminan los cursos, quedando el resto del tiempo a disposición del estudiante. En general se estudia en la propia casa o en las bibliotecas, aunque los que realizan estudios de maestría y doctorados, suelen dispones de oficinas particulares. Por la noche se hace vida familiar o se asiste al teatro, al cine, a los centros deportivos, a los clubes o a los bares. Según el momento del año, la vida social se puede extender hasta tarde en la noche o, si es tiempo de exámenes, se puede volver casi inexistente.


La relación con la Universidad variará según las características de cada estudiante. Si se trata de un alumno que recién inicia sus estudios universitarios, lo más probable es que deba cursar un alto número de materias y que mantenga vínculos relativamente distantes con el cuerpo de profesores. Si, en cambio, se trata de estudios de post grado, el número de cursos se reduce radicalmente y se estrechan las relaciones de tipo personal con los docentes. En cualquiera de los casos, el estudiante se ve enfrentado a un etilo de vida universitario distinto al que estamos acostumbrado en América Latina, en el que se verá profundamente inmerso durante los años que dure su estadía.



domingo, 31 de enero de 2021

En un aniversario más del poeta costarricense

 

                                                     


 



JORGE DEBRAVO EL POETA HUMANISTA

Víctor Rey

Hace un tiempo me encontraba en San José, Costa Rica en el Café del Teatro Nacional donde estábamos saboreando el rico café “Rey” de este país y conversando con amigos “ticos” sobre poesía y una amiga comenzó a recitar el poema “Hombre” de Jorge Debravo. Fue la primera vez que escuché acerca de este gran poeta lamentablemente de corta vida. Luego descubrí su poema “Digo” y quedé sorprendido por la belleza y profundidad de sus frases e imágenes: “El hombre no ha nacido para tener las manos amarradas al poste de los rezos...Dios no quiere rodillas humilladas en los templos…”

Nació en Guayabo, Turrialba, Costa Rica el 31 de enero de 1938, bajo el nombre de Jorge Delio Bravo Brenes. Sus padres fueron Joaquín Bravo Ramírez y Cristina Brenes, campesinos pobres. Ese mismo día del nacimiento de Jorge Debravo, fue decretado en Costa Rica como el Día Nacional de la Poesía. Es uno de los poetas más leídos y la figura más relevante de la poesía de ese país, no sólo por la sencillez de su verso, sino también por el intenso humanismo del contenido, que va desde la exaltación del amor sexual hasta esa obsesión tan suya del amor y la justicia para el prójimo. Fue declarado Beneméritos de las Letras Patria.

En Guayabo no había escuela y la más cercana, en Santa Cruz, estaba a cuatro horas de camino. En la escuela de Santa Cruz la maestra, doña Teresa de Albán, se movió y le consiguió una beca de la junta de educación para que fuera a terminar la primaria a Turrialba. Con 14 años entró en quinto grado; duró un mes y lo pasaron a sexto. Cursó la segunda enseñanza en el Instituto Clodomiro Picado.

Circunstancias económicas lo obligaron a dejar los estudios y buscar trabajo en la Caja Costarricense del Seguro Social, a los 17 años. Es por ese período que comienza a publicar en el periódico El Turrialbeño en compañía de varios jóvenes de su tierra.

Al año siguiente lo enviaron para Heredia, siempre en la Caja Costarricense del Seguro Social (C.C.S.S.). Ese oficio de inspector le permitió conocer de cerca muchas miserias. En Naranjo un eminente político tenía un beneficio con más de 200 trabajadoras, pero se negaba a pagarles un seguro. Además por miedo no le querían decir su nombre a Jorge. Vivían muy temerosas de que las despidieran. Él logró ganarse la confianza de una, que le dio todos los nombres. Y así logró asegurarlas a todas.

Ese año sus méritos como trabajador le permitieron ascender al puesto de inspector de la C.C.S.S., dicho puesto requirió que se mudara con su familia a San Isidro de El General, primeramente, después fue trasladado al Valle Central (Heredia y San José), donde fundó el Círculo de Poetas Costarricenses.

Todas estas actividades literarias vinieron a refrescar la literatura costarricense, dando paso a lo que algunos llaman Período de Vanguardia Literaria. En 1965 termina, por fin, sus estudios de secundaria. Estudió periodismo por correspondencia y otros estudios de manera autodidacta. Leía constantemente sus libros favoritos de autores como Pablo Neruda, César Vallejo, Amado Nervo, Miguel Hernández, Gustavo Adolfo Bécquer y Walt Whitman.

Hay una escuela en Hatillo, Costa Rica que lleva su nombre Centro Educativo Jorge Debravo. Existe también un instituto educativo en Turrialba con su nombre: Centro Educativo Jorge Debravo. Su poesía fue usada en la música del rockero José Capmany el cual también murió en un accidente automovilístico. Es por esto y por los trabajos que sufrió desde niño que su poesía está empapada de tanto humanismo, de ese amor al prójimo que convierte en Ley suprema para seguir adelante, para acabar con el hambre y la miseria.

Tenía 21 años en 1959 cuando contrajo matrimonio con Margarita Salazar y en 1960 tuvieron una hijita, Lucrecia, y al año siguiente Raimundo. Ese mismo año fundó el Círculo de Poetas Turrialbeños.

Murió el 4 de agosto de 1967 cuando acababa de matricularse en la Universidad. Recién había comprado una moto para movilizarse por asuntos de su trabajo y un conductor ebrio lo atropelló cegando así la vida del poeta de Costa Rica.

Su origen humilde le permitía acercarse a los trabajadores fácilmente en su puesto de inspector. De ahí que la poesía de Jorge Debravo se distinguió por una gran preocupación social, con varios tópicos recurrentes como la pobreza, la marginación y el armamentismo en el mundo.

Cuando vuelvo por Costa Rica y camino por San José u otra ciudad de ese bello país, siempre viene a mi mente Jorge Debravo, y su poesía siempre me acompaña. Pienso el gran poeta universal que sería si no hubiese partido tan temprano.

lunes, 25 de enero de 2021

Una novela para leer en tiempos de pandemia

                                                            


EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA O LA VIDA SIN LÍMITES


Víctor Rey


Mi encuentro con esta novela de Gabriel García Márquez, se produjo de forma casual. Había llegado hace algunas semanas a estudiar Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, y estaba aburrido de leer textos en francés. Un amigo, médico costarricense que también estaba haciendo estudios de postgrado en esa universidad me prestó el libro con una condición: "solamente por una semana". Primeramente me pareció rara la condición, pero mi amigo me dijo: "Usted tomará este libro y no descansará hasta que lo termine" y así fue. Lo leí en menos de una semana. Hace un tiempo atrás a una amiga en Chile le comenté este hecho, hizo la prueba y le sucedió lo mismo. No pudo dejar de lado la novela del Gabo.


"Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida". Este consejo de Tránsito Ariza a su hijo Florentino pudo y puede ser la de cualquier nana al muchachito de casa acomodada o de mamá modesta a su propio vástago adolescente postrado en cama con mal de amores.


Florentino perdió el habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama. La ansiedad se le complicó con dolores de estómago y vómitos verdes, perdió el sentido de orientación y sufría desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado ya no se parecía a los desórdenes del amor, sino a los estragos del cólera.


Pero el padrino, homeópata, al auscultar al ahijado, tras un examen al enfermo, ni afiebrado ni con dolor concreto, sino con una necesidad urgente de morir, comprobó, una vez más, que los síntomas del amor son los mismos del cólera.


Gabriel García Márquez, en "El amor en los tiempos del cólera" (Ed. Sudamericana, 1985), vuelve a armar historias con ternura, precisión, magia, sentido del humor y profundo conocimiento del alma, tripas, corazón, machismo, feminismo, miserias y sublimidades de un rincón latinoamericano del mundo.


Que la trama se teja en una ciudad oceánica y ribereña de la Colombia de García Márquez -como es el caso de la novela- o en cualquier punto del continente, que bien podría ser Chile, da exactamente lo mismo para sentirnos en familia con sus páginas. Y tan orgullosos de los que por allí transitan, como el poquita cosa de Florentino y su madre Tránsito Ariza- "una cuarterona libre con un instinto de la felicidad malograda por la pobreza". Así, nada cuesta entender por qué al rey de Suecia se le reía sola la cara cuando le entregó el Nobel a Gabriel García Márquez, que vestía entero de blanco y con la clásica guayabera. Tal cual como saliendo de Macondo o de esta actual ciudad junto al Magdalena y al mar, donde todo se sabía inclusive antes que fuera cierto. La ciudad de los valses de Strauss con chicharrones y las batallas de flores con cuarenta grados a la sombra, donde hasta los ladrones podían resultar tan peculiares, que al despoblar toda una casa, mientras la propietaria hacía el amor con Florentino Ariza, dejaron escrito a brocha gorda en el muro del salón desierto: "Esto les pasa por andar tirando".


Porque Florencio- dado que los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos- hizo el amor clandestinamente con incontables pajaritas, durante los cincuenta y nueve años, nueve meses y cuatro días que transcurrieron desde el rechazo sin apelación de Fermina Daza. Pero no hubo olvido para ese amor platónico, largo, sostenido por correspondencia y miradas furtivas, aunque decisivamente contrariado. Pese a que ella, también por carta, alcanzó a dar el sí, "siempre que no me hagan comer berenjenas", con una seriedad enamorada que tampoco se alteró cuando una cagada de pájaro cayó sobre la primera carta amorosa entregada bajo los árboles del parquecito que la novia solía cruzar camino del colegio. Total aquello era de buena suerte, como dijo entonces Florentino, impasible a lo que no fueran sus sentimientos. Tal como los concibió su padre, quien antes de nacer él escribió en un cuaderno: "Lo único que me duele de morir es que no sea de amor". Sin embargo, apenas si vio al hijo ilegítimo de la mujer que lo inspiró tanto y que concibió sobre el escritorio de alguna oficina mal cerrada en una tarde de bochorno dominical, mientras la esposa del infiel oía en su casa los adioses de un buque que nunca se fue. Familia de próceres fluviales, buques y corrientes, eran juguetes del antojo fantástico de los antecesores por el lado paterno de Florentino Ariza, al cabo de su casi sesenta años de espera amorosa, también pudo poner un buque, con bandera amarilla del cólera, a navegar toda la vida, llevando su anhelada Fermina Daza a bordo.


De otra manera no habría sido posible aquel viaje lunático de dos abuelos percudidos que, saltándose el arduo calvario de la vida conyugal, parecieron haber ido sin más vueltas al grano del amor. Un amor tranquilo y sano luego que Fermina antes de embarcarse fuera al cementerio de la Manga y reconciliarse con el marido muerto. Frente a su cripta, soltó los justos reproches que tenía atragantados, contó pormenores del viaje y se despidió hasta muy pronto.


"Hace medio siglo me cagaron la vida con ese pobre hombre porque éramos demasiado jóvenes, y ahora nos la quieren repetir porque somos demasiados viejos", confidenció la entrañable Fermina a su nuera, para terminar de sacarse el veneno que le carcomía las entrañas. "Que se vayan a la mierda. Si alguna ventaja tenemos las viudas, es que ya no nos queda nadie que nos mande".


Y bien feliz- a su manera- que fue Fermina con el doctor Juvenal Urbino, tan enamorado de ella que en vísperas de la vejez y después de los casi sesenta años juntos oyéndola lamentar que "el inodoro tuvo que ser inventado por alguien que no sabía nada de hombres", porque al mojar los bordes dejaba el baño apestado a criadero de conejos, llegó a la solución final: orinaba sentado, como ella, lo cual dejaba la taza limpia, y además lo dejaba a él en estado de gracia".


Tan adorable como lúcida, Fermina había descubierto que el tan dotado médico que le cupo en suerte era un pobre diablo envalentonado por el peso social de sus apellidos. "Un hombre de mucho ruido", como lo definió la mulata con que en una oportunidad fue infiel, en visitas de tiempo justo para aplicar una inyección intravenosa en tratamiento de rutina. Precauciones que naufragaron en el olfato de Fermina, desconcertada por el extraño olor de las ropas del marido y que a la postre resultó "olor a negra", como dijo con rabia. Ira acrecentada porque él no le negó todo, "como un hombre". Peleas peores hubo entre ellos, aunque por causas menos graves, como la falta un día de jabón -lo que era cierto- , aunque Fermina hirvió porque él no reconocía que había mentido a conciencia para atormentarla. Unos resentimientos resolvieron otros y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. El llegó a proponer confesión abierta ante el señor arzobispo, para que Dios decidiera como árbitro final si había o no jabón en el baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:


"¡A la mierda con el señor arzobispo!" Lo de histórico- más allá de que la zarzuela popular lo hiciera uno de sus estribillos- rige con Fermina Daza para bandera, efigie, monumento o hasta blasfemia sobre el material básico de que está hecha la mejor mujer de estos lados de América. Las que confunden el amor con el cólera, como Tránsito Ariza, y que por encima de las Manuelitas, las Paulas o las Rosas de la historia grande, escriben la historia chica de vidas sin límites, pese al abrumo de sus limitaciones.


Mujeres y seres para quienes el amor sigue siendo el mismo que en los tiempos del cólera, como tantas ciudades- este "mordidero de pobres" como alguno llamó a la de Florentino Ariza y Fermina Daza- que permanecen iguales, al margen del tiempo, y las cuales nada ocurre con el paso de los siglos, salvo envejecer despacio.


Gabriel García Márquez las intuye, las conoce y las cuenta como nadie.


Hombre él mismo de muchos amores pero en esencia fiel a su mujer, Mercedes, para quien dedica "por supuesto" esta novela, y hombre políticamente controvertido, hay en García Márquez un cierto parecido con Jeremíah de Saint-Amour, cuyo suicidio da comienzo a "El amor en los tiempos del cólera": Jeremíah "era un santo ateo. Pero esos son asuntos de Dios".