jueves, 9 de abril de 2020

A 75 años de su asesinato



67 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DIETRICH BONHOEFFER (1906-1945 ...
DIETRICH BONHOEFFER Y LA RELIGION
Víctor Rey

Hace unos días atrás conversando con unos estudiantes del Servicio de Estudios de la Realidad (SER), opinábamos acerca de la vida cristiana y uno de ellos manifestó que el mejor ejemplo de un cristiano en este tiempo, era la vida y obra de Dietrich Bonhoeffer.  Y acto seguido cito su frase sobre la fe madura  y la relación con Dios: “Un Dios que existe, no es Dios”.    Esta afirmación nos hizo discutir e intercambiar muchas opiniones que nos enriquecieron y nos dimos cuenta de la pertinencia de su pensamiento y de cómo le haría bien a las iglesias conocer más su teología para así renovar la vida cristiana.  
Una de las cosas que más me atrae de Bonhoeffer es que no sólo se percata de la complejidad y ambigüedad de la realidad, sino que como buen protestante, desconfía de la religión, es decir, del esfuerzo por llegar a Dios con la ayuda únicamente de la razón y de la voluntad humana. Ya se ha percatado de la trampa en que incurre el hombre religioso al buscar un Dios todopoderoso que venga en su auxilio en el momento en que las dificultades le asedian y al que rechaza cuando se presenta débil y frágil.  Es, por tanto, un hombre que sabe que Dios no es aquel que cumple todos nuestros deseos, sino quien realiza todas sus promesas.
Dios, como hipótesis de trabajo, está siendo desplazado progresivamente de nuestro conocimiento y de nuestra vida en un mundo que se ha hecho mayor de edad. Cada vez es más cierto que las cosas marchan también sin “Dios” y, además, lo hacen tan bien como antes. “El mundo adulto es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto”. La cuestión que inevitablemente brota es aquella que pide clarificar cómo es posible hablar de Dios sin religión, es decir, sin las premisas temporalmente condicionadas de la metafísica, de la interioridad y de otras mediaciones clásicas.  
El recurso a las mismas cuestiones últimas (la muerte, la culpa) están dejando de serlo, a pesar de que los “retoños secularizados de la teología cristiana”, es decir, los filósofos existenciales y los psicoterapeutas se esfuerzan, inútilmente, por colocar los perniciosos temas de una supuesta desesperación interior allí donde hay salud, fuerza, seguridad y sencillez. Los mismos pastores han intentado conservar a Dios en el ámbito de lo personal, de lo íntimo y privado por entender que era el lugar en el que el adulto ilustrado era más vulnerable. La verdad es que el hombre normal – cuya vida transcurre entre el trabajo y el hogar y otras escapadas accesorias - no tiene tiempo para ocuparse de estos asuntos ni para considerar su felicidad, aunque sea modesta, como “miseria”, “inquietud” y “desgracia”. De igual manera, tampoco vale el reclamo -propio de la Edad Media- a la heteronomía y al clericalismo que le es anejo. Un retroceso de tal calado solo puede ser el resultado de sacrificar la honestidad intelectual.
Estas maneras de proceder contra la modernidad y su mayoría de edad -sentencia Bonhoeffer- le producen una vergüenza insuperable porque son absurdas, innobles y, también, no cristianas, además de un chantaje que solo sirve a los intereses de los mediocres. Dios, gritará desde la cárcel, no puede ser introducido de contrabando en cualquier lugar secreto de la condición humana. Jesús no empezó convirtiendo a cada hombre en un pecador y en una conciencia desdichada sino que, más bien, lo sacó de tal situación de postración. La posición correcta es aquella que, sencillamente, encuentra y ama “a Dios en aquello que nos da a cada instante”, ya sea el disfrute o la desgracia. “En los hechos mismos está Dios”. Por eso, les dice a sus padres en la navidad de 1943 que la miseria, el sufrimiento, la pobreza, la soledad, el desamparo y la culpa tienen un significado muy diferente ante los ojos de Dios que en el juicio de los hombres. ¿Dónde radica la diferencia? En que “Dios se vuelve precisamente hacia el lugar de donde acostumbra apartarse el hombre”.
 Esto es algo que un preso -prosigue un poco más adelante- lo comprende mucho mejor que cualquier otra persona.  Bonhoeffer irá descubriendo cómo es capital abandonar al Dios que él llama “tapagujeros” y que emerja otro imaginario más ajustado a lo que sabemos del Jesús histórico. El silencio religioso del mundo adulto: “ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios” Todas las constataciones aportadas hasta el presente no son más que indicios de un dato mayor, cada día más irrefutable: el tiempo presente está irremediablemente marcado por la adultez que ha alcanzado el ser humano y el mundo. El ilustrado se vale por sí mismo y no necesita de la hipótesis Dios. Es más, la autonomía del hombre y del mundo constituyen la meta del pensamiento. Esto es algo que se puede apreciar en los asuntos científicos, artísticos, políticos y éticos, pero también en los teológicos.
Si ésta es la situación actual ¿dónde queda sitio para Dios?, ¿cómo hay que relacionarse con Él? Bonhoeffer ve la dificultad de la empresa que se encierra en estas preguntas.  Sin embargo, la dificultad de la empresa no le sume en el silencio. Sabe, por lo menos, que la solución no pasa por usar la psicoterapia o la filosofía existencial como precursores de Dios. Tampoco pasa por desacreditar al hombre a causa de la “mundanidad” alcanzada, sino por confrontarle con Dios a partir de su lado fuerte. Pasa, más bien, por reinterpretar los conceptos teológicos de tal manera que no presupongan “¿Quién puede cultivar despreocupadamente en nuestro tiempo la música o la amistad, jugar y solazarse? No será por cierto el hombre ‘ético’, sino tan solo el cristiano”  Solo así se puede responder al reto que supone un mundo adulto y sólo así la misma fe será entendida mucho mejor, es decir, como un encuentro que significó la inversión de todos las valoraciones humanas.
La respuesta adulta pasa, en definitiva, por reconocer que hemos de vivir en el mundo aunque no existiese Dios. La mayoría de edad lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos”.
Sólo este Dios es el que puede ayudarnos ya que sólo Él es quien adquiere poder y sitio en el mundo gracias a su impotencia. Esta es, por tanto, la radical inversión que ha de experimentar el cristianismo y lo que le diferencia del paganismo ya que se pasa de pedir ayuda a un dios todopoderoso a ayudarle en su pasión, a sufrir con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios. Así pues, se ha de vivir “mundanamente”, es decir, sin Dios y participar, de esta manera, en su sufrimiento. Tal participación – y no el acto religioso – es lo que forja un cristiano. En definitiva, Jesús no llama a practicar una nueva religión sino a la vida: “si amas a Dios atente al mundo… Si queréis buscar la eternidad servid al tiempo”.
La elocuente palabra de un cristianismo “arreligioso”: espera activa y contemplación compasiva.  Bonhoeffer proclama con esta propuesta teológica su voluntad de encontrar a Dios no en los límites, sino en el centro mismo de la condición humana; no en las debilidades, sino en la fuerza; no en la hora de la muerte y de la culpa, sino en la vida y en lo bueno de los seres humanos; no en lo que se ignora, sino en lo que se conoce; no en lo irresoluble, sino en lo solucionado; no en la enfermedad, sino en la salud.

lunes, 6 de abril de 2020


                                                        


LA LECTURA Y LOS LIBROS EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Víctor Rey

Recuerdo con exactitud el primer día de clases  cuando a los cinco años mi mamá junto a mi hermano mayor y otros amigos del barrio y sus mamás nos fuimos caminando por la calle Huérfanos hacia la Escuela Pública N 65 que quedaba a tres cuadras de mi casa cruzando la Plaza Brasil en Santiago de Chile.  Era mi primer día e ingresaría a kindergarten y mi hermano a primer año.
En esa escuelita había una pequeña biblioteca y solo dejaban entrar a los alumnos que sabían leer, pero yo me las ingeniaba para colarme junto a mi hermano y allí me encontraba con dos revistas que me marcaron, El Peneca y El Cabrito, como no sabía leer me entretenía viendo los dibujos y fotos.  Pero cuando llegaba a casa mi mamá nos leía El Condorito y Barrabases. Esperaba esas revistas como maná del cielo y las leía de principio a fin, incluidos los avisos. Creo que aprendí a leer con esas dos revistas y aprendí al mismo tiempo que mi hermano que me llevaba dos años de ventaja.
Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida y, por eso, siempre recuerdo con gratitud a las personas que me enseñaron este arte que me abrió mundos insospechados.  Debido a la lectura, ese mundo pequeñito de mí barrio se volvió el universo. Gracias a los signos que convertía en palabras y en ideas, viajaba por el planeta y podía, incluso, retroceder en el tiempo y convertirme en mosquetero, cruzado, explorador, o viajar por el espacio hacia el futuro en naves silenciosas. Mi mamá dice que era un niño que le gustaba entretenerse solo haciendo sus propios juguetes con cajas de fósforos, lápices de colores, hojas de diarios y envases  de productos vacíos. Y una tía me contó que le llamaba la atención que andaba leyendo todo, los letreros, las señales e incluso las hojas de los diarios que se encontraban en el suelo. Yo no lo recuerdo, pero sí las horas que me pasaba leyendo cada día, después de volver de la escuela me sentaba a disfrutar de las revistas de historietas y a soñar con ser Superman, El Llanero Solitario, Batman, Tarzán, El Zorro, Roy Rogers, y toda la serie de revista que producía Walt Disney.
Ahora que, por culpa del coronavirus y el aislamiento forzoso a que estamos sometidos, leo a varias horas del día acompañado del sol y el cielo azul de Quito que entra por mis ventanas a raudales la luz de la Mitad del Mundo y pienso que serán unas cinco horas diarias en un estado de felicidad absoluta.
En la biblioteca con telarañas del Liceo Valentín Letelier donde curse mi enseñanza media  leí mis primeras novelas en especial de la literatura latinoamericana como El Túnel de Ernesto Sabato, Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, Conversaciones en la Catedral de Mario Vargas Llosa, Niebla de Miguel de Unamuno, Martín Rivas de Alberto Blest Gana, Palomita Blanca de Enrique Lafourcade y Rayuela de Julio Cortazar.
Nada me ha dado tanto placer y felicidad como los buenos libros; nada me ha ayudado tanto como ellos a sortear los momentos difíciles. Sin la literatura me habría suicidado en ese periodo atroz que fue la dictadura militar donde vi y viví la muerte, la persecución y la tortura, me hizo descubrir la soledad y el miedo. Erich Fromm me cambió la vida y me dio una nueva perspectiva de la vida en plena juventud; lo leí con lápiz y papel para identificar sus aportes y nuevas visiones que me cautivaron leyendo El Arte de Amar, El corazón del Hombre, Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea y luego El Miedo a la Libertad.
En la Biblioteca Central de la Universidad de Concepción  tenía reservado un escritorio cerca de la Hemeroteca con un gran ventanal para que entrara la luz del saber y los conocimientos filosóficos que estaba aprendiendo. Ahí conocí a Karl Marx, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, René Descartes, Emmanuel Kant, Merleau Ponty, George Orwell, Edmund Husserl, Martín Heidegger, Friedrich Nietzsche y por supuesto los clásicos de la filosofía griega Sócrates, Platón y Aristóteles y también fue la primera vez que leí la Biblia.
En Bélgica en la Universidad Católica de Louvain La Neuve el primer día que llegué, en enero de 1991, descubrí a Jean Paul Sartre y Albert Camus y aprendiendo la lengua francesa me atreví a leerlos en ese idioma.  Fue para mí el más fructífero de los descubrimientos: gracias a ellos supe la persona que quería ser y el que no quería ser.
Las buenas lecturas no solo producen felicidad; enseñan a hablar bien, a pensar con audacia, a fantasear, y crean ciudadanos críticos, recelosos de las mentiras oficiales que vienen de la política de las empresas, de los medios de comunicación y de las instituciones religiosas. La vida que no vivimos podemos soñarla, leer los buenos libros es otra manera de vivir, más libre, más bella, más auténtica. Esa vida alternativa tiene, además, la suerte de estar fuera del alcance de las plagas demoníacas que aterraron siempre a los seres humanos, porque en ellas veían a los diablos que, a diferencia de los enemigos de carne y hueso, eran difíciles de derrotar.
Un buen lector es el ciudadano ideal de una sociedad democrática: nunca se conforma con aquello que tiene, siempre aspira a más o a cosas distintas de las que le ofrecen. Sin esos inconformes sería imposible el progreso verdadero, el que, además de enriquecer la vida material, aumenta la libertad y el abanico de elecciones para ajustar la vida propia a nuestros sueños, deseos e ilusiones.
El coronavirus ha resucitado la barbarie en lo que creíamos la civilización y la modernidad. Hemos visto a través de los medios de comunicación y las redes sociales cosas horribles. Aun así, con toda la ruina económica y social que traerá esta plaga inesperada, si, luego de sobrevivir a ella, hay más personas, ganados a la buena lectura gracias a la cuarentena forzada, los demonios de la peste habrán hecho un buen trabajo.

sábado, 4 de abril de 2020

A 52 años de su asesinato



Se ha cumplido el sueño de Martin Luther King? | Noticias | teleSUR
MARTIN LUTHER KING Y LA DESOBEDIENCIA CIVIL COMO MEDIO DE ACCIÓN POLÍTICA
Víctor Rey

Ya han pasado 52 años desde el asesinato de este del pastor bautista Martín Luther King.  Su vida y su muerte siguen siendo un ejemplo de participación social y política desde la perspectiva cristiana.  La vida de este profeta contemporáneo es el mejor ejemplo de participación política.
Lo que más se destaca es su acción en relación a la desobediencia civil.  Esta característica es su ejecución de forma consciente, pública pacífica y no violenta, manteniendo una actitud de protesta contra la autoridad con el fin de rectificar los errores que ésta haya cometido, a juicio de quienes protestan.
El ensayista norteamericano Henry David Thoreau, quien influyó en Martin Luther King, León, Tolstoy, Ghandi describió estos principios en su obra Desobediencia Civil (1849).   Thoreau era considerado como una persona excéntrica, de ácidas reflexiones e ingenio inagotable: Elaboró su reflexión a partir de su rechazo a pagar un impuesto del gobierno de la época destinado a financiar la guerra de Texas contra México.  Decisión por la cual fue encarcelado y de donde sólo salió cuando sus amigos pagaron la fianza en el verano de 1846.  Las ideas e intenciones de Thoreau iban más allá del egoísmo individualista (es decir, no era sólo por no querer pagar ese impuesto), sino que cuestionaba la conformidad del gobierno para cobrar impuestos que financiaban una guerra que él consideraba injusta, máxime cuando ese mismo gobierno avalaba la esclavitud.
Thoreau creó un cierto tipo de resistencia no violenta pero contumaz, ni mucho menos pasiva, que tenía mucho de renuncia. Suya es la afirmación de que “Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar el justo es también la prisión” (Thoreau, 1849). En fin, Thoreau es considerado hoy como uno de los padres de la desobediencia civil. Sin embargo, no es precisamente innovador cuando reconoce que el gobierno puede estar equivocado y que es legítimo por parte del pueblo rebelarse: El gobierno por sí mismo, que no es más que el medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda intervenir
El término de desobediencia civil fue popularizado por el famoso ensayo de Thoreau; sin embargo, el concepto es el resultado de diferentes interpretaciones en la historia del pensamiento y de la acción del hombre. Durante el marco histórico de la humanidad se presentan tres desobedientes ilustres. Estos son Henry David Thoreau en Estados Unidos; Mahatma Gandhi en India y Nelson Mandela en Sudáfrica. Los tres tenían en común el fin de articular sus discursos y asumirlos como ejemplos de participación política y como movimientos de cambio social, tanto en sociedades no demócratas e incluso demócratas, como en sociedades democráticas mas no consideradas legítimas.
Mahatma Gandhi usó esta estrategia en la India siendo ésta todavía una colonia del Imperio Británico, con el objetivo de lograr la independencia de forma no violenta. Gandhi llamó a boicotear al gobierno colonial inglés, mediante huelgas, movilizaciones y violando la autoridad impuesta, con el objetivo de mostrar que de manera pacífica obtendrían mejores resultados que con la violencia, en donde la superioridad de los ingleses aplastaba cualquier lucha armada. Gandhi se destaca en la historia de las campañas masivas. El primer movimiento de masas auténtico de la desobediencia civil, dirigido por Gandhi, fue la marcha al Transvaal en noviembre del 1913, para protestar contra leyes discriminatorias. Algunas de estas leyes eran, por ejemplo, el impuesto anual a todos los indios que permanecían en Sudáfrica después de finalizado el contrato de trabajo que les había llevado allí, así como la ley que invalidaba todos los matrimonios no cristianos.
Otro antecedente significativo lo ofrece el movimiento sufragista. En 1913 más de mil mujeres habían pasado por las cárceles inglesas acusadas de cometer actos ilegales, públicos y no violentos en el marco de la lucha por el sufragio femenino. Cientos de ellas realizaron huelgas de hambre. El Gobierno británico respondió con la alimentación forzosa, y con leyes que permitían el cumplimiento escalonado de las penas.
“El objetivo es crear una situación de crisis generalizada que abra inevitablemente la puerta a las negociaciones”.  Así pudo resumir Martin Luther King su testamento de acción sociopolítica: encarar pacíficamente un contexto en el cual, a pesar delos elementos en contra, la movilización pueda desestabilizar el panorama hasta llegar al punto de ebullición, pero sin permitirle estallar gracias al liderazgo y a las convicciones compartidas.  Esta era una de las diferencias principales entre la no-violencia abogada por King y la violencia proactiva de su contemporáneo Malcolm X.  mientras que el último no dudaba en acudir a la defensa propia para lograr sus cometidos, King, pastor bautista y fundador de la Southern Christian Leadership Conference, llevó los principios de Gandhi de no-cooperación hasta cada rincón del sur estadounidense.  Las batallas de King comenzaron contra la segregación racial en autobuses, escuelas e instituciones públicas.  Cuando Rosa Parks se negó a cederle su puesto a un blanco, como indicaba la ley, en diciembre de 1955, King organizó un boicot al sistema de autobuses de la ciudad de Montgomery que duró más de un año y que terminó en el veredicto de la Corte Suprema de eliminar la separación racial en los buses públicos. 
Fue el primer éxito notable de King, quien continuó ejerciendo estrategias no violentas en Albany, Birmingham, Chicago y Washington.  Su modus operandi consistía en organizar a los afroamericanos en forma regional en huelgas o paros civiles que presionaran a las autoridades locales que debían responder a las solicitudes hechas por King y la comunidad negra.  Fue el primer éxito notable de King, quien continuó ejerciendo estrategias no-violentas en Albany, Birmingham, Chicago y Washington.
El éxito de esta estrategia fue diverso: mientras que el paro comercial y los arrestos masivos en Birmingham llamaron la atención del presidente Kennedy y eliminaron toda prohibición segregacionista en el pueblo, sus esfuerzos tras un año de movilización civil en Albany fueron un fracaso.  Sin embargo, la reputación de King subió considerablemente y fue establecido como el rostro del movimiento por los derechos civiles.
Múltiples grupos radicales como el Ku Klu Klan atentaron contra la vida de martin Luther King y de los manifestantes en muchas manifestaciones a favor de los Derchos Civiles, lo cual elevó a nivel nacional el perfil de King y su apuesta pacífica.  La cúspide mediática vendría el 28 de agosto de 1963, con la marcha hacia Washington que reunió a más de 250.000 personas frente al Capitolio, donde King emitió su más recordado discurso.  “I have a Dream”.  El año siguiente el movimiento recolectó recompensas aún mayores, con la firma del Acta de los Derechos Civiles por el presidente Johnson y la entrega del Premio Nobel de la Paz a Martin Luther King.
En el agitado clima de los años sesenta, Martin Luther King continuó luchando por una vida más justa y fraternal para los afroamericanos y los desvalidos en general, ampliando su discurso a los pobres de América y combatiendo a la impopular guerra de Vietnam.  En una década plagada de mártires estadounidenses, el asesinato de King a manos de James Earl Ray, un segregacionista blanco, clausuró una etapa – probablemente la más importante – en la histórica campaña afroamericana por la libertad y la calidad de vida.
La desobediencia civil sigue siendo la clave de la acción política de los cristianos que quieren involucrarse en esta área de la misión y para las iglesias que quieren asumir su rol profético en la sociedad.  Algo anda mal cuando los gobiernos de turno aplauden y se sienten complacidos con las iglesias. En este tiempo de acomodos políticos y búsqueda de privilegios de líderes cristianos el ejemplo de Martín Luther King está más vigente que nunca.