sábado, 21 de marzo de 2020

En cumpleaños 92


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Hans Kung y la Ética Mundial

Víctor Rey

Hace poco volvieron a caer en mis manos algunos libros de Hans Küng.  Me volvió a impresionar la pertinencia de su pensamiento y la vigencia de sus propuestas para este tiempo, que carece de voces que ayuden a iluminar el camino por donde transitar a tantos cristianos.  Luego busqué entre mis libros el texto sobre la Ética Mundial.  Considero que esta propuesta tiene una urgencia para nuestros días y todas las personas deberíamos abrazarla y promoverla para que avance la paz en el mundo.
¿En qué consiste la Ética mundial? Cuando se habla de una ética de estas características, no se está haciendo referencia a una nueva ideología, o a una religión universal y unitaria más allá de las religiones existentes, ni mucho menos al predomino de una religión sobre las otras. Tampoco se ha de entender como un sistema ético de corte aristotélico, tomista o kantiano, sino como un consenso básico sobre una serie de valores vinculantes, criterios inamovibles y actitudes éticas fundamentales, en realidad evidentes, que deben conformar la convicción de la persona y de la sociedad humana. No es una superestructura, sino un ethos de la humanidad que enlaza entre sí los recursos religioso-filosóficos comunes ya existentes en el mundo. La idea es el resultado de la reflexión emprendida por Hans Küng en la década de los años noventa.
El proyecto nace con la siguiente pregunta ¿es posible la supervivencia de la humanidad, de las naciones, sin una paz y una ética mundial? En medio de la crisis política y económica, de los desastres, de la imagen de brutales crueldades cometidas en escenarios bélicos del mundo, y en nuestras propias ciudades y países latinoamericanos, cobra gran sentido la idea de una Ética mundial. El problema es abordado por el autor mediante las siguientes tesis:
- No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones.
- No habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones.
- No habrá diálogo entre las religiones sin estándares éticos globales.
- No habrá supervivencia de la paz y la justicia en nuestro mundo global sin un nuevo paradigma de las relaciones internacionales fundado en estándares éticos globales.
En palabras del mismo Hans Küng, "no es tarea fácil lograr un consenso universal en muchas cuestiones éticas concretas desde la bioética y la ética sexual, pasando por los medios de comunicación, la ciencia, la economía y el Estado".
De acuerdo con lo anterior, ¿cuál sería la base para una ética mundial que pudiera ser compartida por los creyentes de las grandes religiones, y también por los no creyentes, sin importar la tradición cultural dentro de la cual se hallen?
Según el autor, hay que partir del principio de humanidad, el cual se encuentra presente en casi todas las tradiciones éticas y religiosas del mundo, expuesto del siguiente modo: "todo ser humano ha de recibir un trato humano". Es decir, que toda persona, sea hombre o mujer, blanco o negro, rico o pobre, niño o viejo, ha de ser tratada humanamente. En el ámbito de las religiones, tal mandato se expresa mediante la llamada regla de Oro: "no hagas a los demás, lo que no quieres para ti". En la práctica, de este principio se desprenden cuatro compromisos fundamentales:
1. Compromiso con una cultura de la no-violencia y de respeto a toda vida: la antigua regla: "¡No matarás!" Dicho positivamente: "Respeta la vida".
2. Compromiso con una cultura de la solidaridad y con un orden económico justo: el antiguo mandamiento: "¡No robarás!" Dicho positivamente: "Obra con justicia y honradez".
3. Compromiso con una cultura de la tolerancia y con una vida en veracidad: la antigua exigencia: "¡No mentirás!". En otras palabras: "Habla y actúa desde la verdad".
4. Compromiso con una cultura de la igualdad de derechos y de camaradería entre hombre y mujer: la antigua máxima "¡No harás mal uso de la sexualidad!". En forma positiva: "Respetaos y amaos los unos a los otros".
Quienes están familiarizados con la idea de reglas éticas universales podrán recordar que es en la Modernidad, con Kant, cuando la reflexión en torno a la fundamentación moral desde una perspectiva racional adquiere una gran importancia; de tal manera que se concibe como un modelo que puede ser válido para todas las personas, independientemente de sus creencias y deseos personales, ya que la razón tiene carácter universal y necesario. Esto lleva a una concepción ética de carácter formal, carente de contenidos, ya que no dice de antemano qué cosas son buenas, sino que ofrece un criterio para juzgar las acciones: "obra según la máxima de tu voluntad que puedas querer que se convierta en ley universal".
En este sentido, la originalidad de Hans Küng consiste en su capacidad de enlazar la racionalidad de los principios con la práctica cotidiana, por medio del recurso a las grandes religiones del mundo. En éstas se encuentran operando una serie de valores vinculantes, en los que todas ellas coinciden, y que todas ellas anuncian y promueven. De este modo se puede esperar que la mayoría de los seres humanos, con independencia de sus creencias religiosas, y de sus formas de pensar y de vivir -entiéndase aquí también a los ateos y agnósticos- estarían dispuestos a aceptar tales principios, porque los comprenden y les resultan razonables. En consecuencia, esos compromisos que hemos enunciado dejarían de ser meramente formales, ya que están siendo vividos y practicados al interior de esos paradigmas religiosos. En otras palabras, estos criterios éticos, al otorgarles un cierto contenido a los principios de carácter universal por hallarse ya presentes en las grandes religiones del mundo, hacen posible la comunión entre la reflexión teórica y la vida concreta.
En este nuevo escrito de Hans Küng, Ética mundial en América Latina, podemos encontrar tres aspectos significativos. Primero, se presenta como una valiosa síntesis de su proyecto y de sus ideas respecto a este tema, a la vez que traza una estructura clara de las tesis vitales que ha venido desarrollando.  Esta visión esquemática se desarrolla en este texto como un mensaje para Latinoamérica en orden a los siguientes puntos:
- Ética mundial y ciencia.
- Ética mundial y religión.
- Ética mundial y política mundial.
- Ética mundial y economía mundial.
- Ética mundial y educación.
En segundo lugar, su lectura nos ofrece una visión esperanzadora de un nuevo orden del mundo al que están invitadas todas las personas -en esta ocasión especial, todos los que hacemos parte de este continente latinoamericano-, seamos creyentes o no-creyentes, ateos o agnósticos. Y es también una incitación a todos aquellos que buscan una nueva orientación en este mundo globalizado, en donde no se trata de globalizar la ética, sino de situar la globalización sobre una base ética común.
Y, por último, es igualmente una provocación al lector para que aborde él también los siguientes interrogantes: ¿Cómo puede ser posible en la economía, la ciencia, la religión, la política y la pedagogía, la idea de una ética mundial? ¿Es posible la supervivencia de la humanidad sin paz mundial? ¿Es posible la construcción mundial de un nuevo modelo económico justo? ¿Es posible la paz mundial sin justicia mundial? ¿Es posible la paz de las naciones sin la paz y la comunión de las religiones?
A estas preguntas urgentes debemos dedicarle tiempo a nuestra reflexión para pasar a la acción hoy.


miércoles, 18 de marzo de 2020

A 40 años de su muerte y 120 años de su nacimiento


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ERICH FROMM: AMOR A LA VIDA, A LA LIBERTAD, A LA HUMANIDAD.

Víctor Rey

Cuando tenía 17 años y cursaba tercer año medio, en el Liceo Valentín Letelier de Santiago, el profesor de Psicología y Filosofía nos habló de Erich Fromm y nos dio la tarea leer dos de sus libros: “El Arte de Amar” y “El Miedo a la Libertad”.  Fue la primera vez que escuche sobre este pensador que influyó a toda una generación.  Más tarde en la Universidad de Concepción  en algunos cursos de Psicología, Sociología y Filosofía, leímos y estudiamos: “El Corazón del Hombre”, “Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea”, “Marx y su Concepto del Hombre”, “El Dogma de Cristo”, entre otros.

Hace algunos días dos amigos me han prestado dos libros de Erich Fromm y he vuelto a leer apasionadamente a este pensador que tanto bien ha producido.  Me refiero a “Y seréis como Dioses” y “¿Podrá sobrevivir el hombre?”.  Dos textos claves que de dos ángulos tan diferentes como es la religión y la política analizan la sociedad actual. Dos textos de los años sesentas que parecen que fueron escritos ayer.

¿Quién fue Erich Fromm?  Nació en Frankfurt, Alemania en 1900.  Su padre era un hombre de negocios y según Erich, más colérico y con bastantes cambios de humor.  Su madre estaba deprimida con frecuencia.  Erich Fromm provenía de una familia muy religiosa, en este caso de judíos ortodoxos.  Hasta 1925 asistió a clases de El Talmud. El mismo se denominó más tarde un “místico ateo”.  Estudió filosofía en la Universidad de Heildelberg y realizó estudios y entrenamiento psicoanalítico en el Instituto Psicoanalítico de Berlín.   En 1922 se doctoró en Sociología. Entablo contacto con la Escuela de Frankfurt donde trabajó en estrecho contacto con Herber Marcuse, Walter Benjamín y Theodor Adorno. Debido al ascenso del nazismo, debió mudarse  a los Estados Unidos en 1934, estableciéndose en la ciudad de Nueva York, donde conocería muchos de los otros grandes pensadores refugiados allí.  Cerca del final de su carrera, se mudó a México para enseñar y por razones de salud de su esposa.  Murió en Suiza en 1980.  Dos años antes de morir el gobierno helvético lo había designado ciudadano honorario de Suiza.  Su orientación teórica llevará a la marca importante de la Teoría Crítica lo que redundará en un sistema teórico psicoanalítico con fuerte interpretación sociológica.

 Fue un pensador inquieto que publicó una gran cantidad de libros, que se han transformados en clásicos.  Era un hombre profundo y optimista.  Era una persona inteligente que tenía esperanzas.  Su visión no era utópica, porque ella estaba fundamentada en la realidad.  Fue un optimista enamorado de la vida.  Siempre estuvo a favor de ella.

El fue un marxista que estudió en profundidad a Marx, y se interesó por el joven pensador, el de los primeros tiempos, el más humanista.  También fue muy conocedor de Freud, lo respetaba y al mismo tiempo era crítico.  Al estudiar estos dos pensadores le hizo adelantar una visión humanista y esperanzadora del futuro del hombre.  Muestra de esto es su “Credo Humanista”.

Fromm simplificaba las cosas para hacerlas entender.  Esto no quiere decir que lo que escribió no fuera profundo.  Tenía un concepto del hombre muy particular.  Con profundidad habló de las necesidades básicas del hombre, fundamentó muchas cosas en el amor, en la ética, y habló del problema de la autoridad.  Sus escritos se reducen a cosas muy elementales pero importantes.  Si algo le obsesionó fue la objetividad y el sentido de la realidad.

Logró de alguna manera una síntesis interesante de lo mejor del mundo oriental cercano: La Biblia, El Talmud, Los Profetas.  Del Mundo Oriental lejano: El Budismo Zen, y Susuki.  Y del mundo occidental griego y del mundo occidental místico: Eckhart, Spinoza y Scheweizer.  Además de Freud y Marx.

La teoría de Fromm es más bien una combinación de Freud  y Marx.  Por supuesto Freud enfatizó sobre el inconsciente, los impulsos biológicos, la represión y demás.  En otras palabras, Freud postuló que nuestro carácter estaba determinado por la biología.  Por otro lado, Marx consideraba a las personas como determinados por su sociedad y más especialmente por sus sistemas económicos.

Fromm añadió a estos dos sistemas deterministas algo bastante extraño a ellos: la idea de la Libertad.  El animaba a las personas a trascender los determinismos que Freud y Marx les atribuían.  De hecho, Fromm hace de la libertad la característica central de la naturaleza humana.
Fromm en su libro “El Corazón del Hombre”, afirma que el ser humano actual se caracteriza por su pasividad y se identifica con los valores del mercado porqué el hombre se ha transformado a sí mismo en un bien de consumo y maneja su vida como un capital que debe invertirse provechosamente.  El hombre se ha convertido en un consumidor sin límites, y el mundo para él no es más que un objeto para calmar su apetito.

Son de importancia sus estudios acerca de la relación que existe entre los sistemas políticos totalitarios y las religiones monoteístas. Según  Fromm, las religiones monoteístas educan a los individuos en la obediencia ciega a una autoridad superior, que pone las normas por encima de cualquier razón o discusión.  Así el individuo queda reducido a un mero servidor de un dios todopoderoso.  Esta mentalidad masoquista, adquirida desde la infancia, sería la base psicológica que ha hecho que muchos hombres y mujeres sigan ciegamente a dictadores como Hitler.

Publicó más de 30 títulos, algunos de tanta repercusión como “Anatomía de la destructividad humana”, “Escape a la libertad”, “El hombre por sí mismo”, “El lenguaje olvidado”, “La Sociedad Sana”, “La misión de Sigmund Freud” y “El dogma de Cristo”, y otros ensayos sobre religión, psicología y cultura.

En “El arte de amar”, analiza el desarrollo del sentimiento amoroso, en su opinión “única respuesta humana a los problemas de la existencia”, en tanto que en “El miedo a la libertad” estudia la evolución de ese requisito de la cualidad de hombre desde la Edad Media y profundiza en los mecanismos psicológicos que llevan a la adhesión a los regímenes totalitarios. Su inconformismo se expresa, sobre todo, en “La crisis del psicoanálisis”, mientras que su última visión de las posibilidades humanas está reflejada en “La revolución de la esperanza”.

Su legado ha quedado vigente en sus textos ejemplares en los que al rigor científico se unen la sagacidad del observador de hechos sociales y la vasta cultura de alguien que había trabajado intensamente en conocimientos históricos, filosóficos y antropológicos.  Y a la vez la, la precisión y la elegancia de un literato de raza.  En una ocasión Fromm se reconoció deudor en cuanto a su concepción del mundo, de Marx y de Freud, “pero también de Goethe”.  La cita bien vale como una definición de su espíritu, preocupado por hondas inquietudes acerca del porvenir de la cultura de nuestro tiempo.

Estando en Mar del Plata, Argentina, con mi amigo Pablo Alaguibe y saboreando un rico café cortado en la misma librería, disfrutamos de la conversación en torno a este pensador. Encontramos una cantidad de libros de Fromm que no habíamos tenido acceso antes.  Entre ellos uno titulado: “Recordando a Erich Fromm, testimonios de sus alumnos sobre el hombre y el terapeuta.”  Mi amigo tuvo la gentileza de hacerme este regalo que lo valoro enormemente y que ha sido el tema de nuestras conversaciones en estos días: la vigencia del pensamiento de Fromm y el atractivo que sigue teniendo sobre las nuevas generaciones.

sábado, 14 de marzo de 2020

En el aniversario 141 de su nacimiento



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ALBERT EINSTEIN, UN HOMBRE LIBRE Y HUMANISTA

Víctor Rey

Albert Einstein fue a todas luces un ser humano excepcional. Si revisamos la historia contemporánea con detenimiento, es probable que no encontremos una figura que se le asemeje o que se le acerque siquiera a él, en su actitud para proyectarse a las cumbres más altas de la creatividad intelectual y a la vez a las alturas más reconfortantes de la ética personal y del esfuerzo por dignificar la condición humana.
La revista "Time" lo designó en el año dos mil, como la persona del siglo XX, y nadie se atrevería a poner en duda la legitimidad de esa elección.
Barry Parker, uno de sus biógrafos más recientes, se arriesga a decir que Einstein fue tal vez, el más grande científico de la historia humana; luego de recordar que tenía apenas veinticuatro años, cuando enunció en 1905, hace algo más de un siglo, su Teoría de la Relatividad ("Energía, igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado"), que le cambió a los hombres, como tantas veces se ha dicho, la concepción tradicional del tiempo y el espacio.
Parker nos recuerda que Einstein pasó sus últimos treinta años, tratando de reunir todas las fuerzas de la naturaleza, en una teoría del todo , tarea que dejó inconclusa, dice el biógrafo, pero que está de alguna manera contenida o anticipada en su espléndido legado científico y moral.
Quienes han estudiado la trayectoria y la personalidad de Albert Einstein, aseguran que nadie en la historia llegó más lejos que él, en su afán por darle una dimensión de totalidad a la ciencia física, en su intento de diseñar una teoría unificada del universo.
Cuando exponía sus avances en esa dirección, solía repetir una frase que ha circulado mucho y que los biógrafos han ido rescatando, en sus distintas aproximaciones a su vida. Una frase que resume claramente su pensamiento: "Dios no juega a los dados con el Universo". Qué otra frase más elocuente, más profunda, podría haber elegido para transmitirnos su certeza de científico, su confianza en la previsibilidad total del universo.
Todos los biógrafos de Einstein parecen coincidir en que su genio intelectual, trasuntaba una concepción del mundo en la que confluían la verdad científica, el rumbo ético, la preservación obsesiva de la dignidad humana y hasta una pasión estética que no podía disimular.
Por eso dijo este genio alguna vez, "lo más hermoso que el alma humana puede experimentar es el misterio", y agregó: "En la emoción que suscita el misterio, está el origen del verdadero arte y de la verdadera ciencia; quien no lo siente así, pierde para siempre su capacidad de asombro. Y quien ya no se asombra de nada, quien ya no experimenta sorpresa alguna, es como si estuviese muerto".
Einstein tenía una idea clara del proceso de la mente humana y de su profunda integración con la totalidad, de los elementos que forman la trama psíquica y emocional del hombre.
Por eso se preguntó en cierta ocasión "¿De qué modo surge una idea nueva en la mente del investigador o del científico?" y él mismo dio la respuesta con estas palabras: "La idea nueva surge casi siempre en forma repentina y de una manera más bien intuitiva. Eso significa que la idea no llega a nosotros como una conclusión lógica consciente; pero si más tarde repasamos el proceso que hemos vivido, no tardamos en descubrir las razones que nos fueron conduciendo inconscientemente a esa nueva idea, a esa nueva conclusión".
Estas sabias palabras del maestro ayudan a entender el hecho admirable de que la primera revelación de la Teoría de la Relatividad le haya llegado a él, cuando sólo tenía veinticuatro años de edad. Creo que no está demás recordar que cuando Newton en 1666, formuló las leyes del movimiento y enunció la Ley de la Gravedad, tenía también esa misma edad.
La creatividad intelectual y el talento visionario, labrado a golpes de intuición, se abrieron paso en lo más profundo de estos espíritus superiores, que creaban desde la conciencia, pero también desde la intimidad de sus almas en ebullición.
Ese mismo proceso fue, seguramente, el que llevó a Einstein a postular, siendo aún muy joven, que la luz está compuesta de partículas, de la misma manera que la materia está compuesta de átomos.
Su portentoso trabajo sobre el efecto fotoeléctrico, fue el que determinó que se le otorgara el Premio "Nobel" (1921). Es cierto, que por entonces, la Teoría de la Relatividad ya estaba elaborada y ya se tenía la seguridad de que iba a revolucionar el pensamiento científico, pues determinaba que las dimensiones espaciales y temporales no son absolutas, según las concebía la física clásica, sino relativas al movimiento de los sistemas en que se encuentran.
Pero el "Nobel" le fue dado por su investigación sobre la luz, sobre el efecto fotoeléctrico, quizá, porque de las dos teorías, era la menos polémica, la que menos perturbaba o dividía a los científicos de la época.
Ninguna evocación acerca de Albert Einstein, estaría completa, sin una referencia a su condición de humanista, a su incansable militancia a favor de la paz.
Desde muy joven, fue un enemigo implacable de las guerras y de la violencia. El se distinguió por ser un intransigente defensor de los sistemas que privilegian la protección integral de la dignidad de la persona humana.
Si como científico anhelaba construir una teoría unificada del universo, cuanto más, quería incentivar una cultura fundada en la tradición del humanismo, quería contribuir a edificar un sistema de convivencia, que garantizara la paz duradera y trabajó siempre para llegar a construir una sociedad auténtica de hombres libres; tanto en su Europa natal como en Norte América, que fue finalmente su patria de adopción.
No había dos Einstein, uno comprometido con la ciencia y otro con el humanismo y con la paz. Había un único hombre, en el que convivían sólidamente entrelazadas como raíces, todas las vertientes del saber y de la responsabilidad ética.
Así como el universo podía y debía ser visto desde una perspectiva de unificación y de previsibilidad, la dignidad del hombre, como parte de ese mismo universo, debía tener asignada su mirada esencial y ser también un valor garantizado y previsible. El pacifismo de Einstein, fue transparente e indestructible, pero el ejercicio concreto de su militancia, estuvo sometido a duras presiones por las turbulencias trágicas del siglo XX.
En 1921, publicó un lúcido escrito para expresar su oposición a todo acto de guerra y para sostener que sólo se lograría un auténtico progreso social, el día en que los hombres se organizaran a escala internacional, para rechazar toda convocatoria a un servicio armado.
Más tarde, en 1930, pronunció un recordado discurso en el que afirmó que si sólo el 2% de los ciudadanos del mundo, convocados al servicio militar, proclamaran su negativa a enrolarse y exigieran que los conflictos internacionales, se resolvieran siempre en forma pacífica, los gobiernos quedarían impotentes para llevar a sus pueblos a la guerra. Ese noble discurso se publicó en el "New York Times", y alcanzó en su tiempo gran repercusión. 
En 1933, al llegar Hitler al poder determinó que Einstein se viera obligado a replantear en parte, su estrategia. Y cuando Bélgica afrontó la inminencia de la invasión del nazismo, no vaciló en firmar un texto que revisara su propia propuesta originaria, y escribió lo siguiente: "Bajo las condiciones actuales, si yo fuera belga no rechazaría el servicio militar, sino que lo abrazaría, para salvar a la civilización europea". El gran científico no renunciaba a sus principios, que se mantenían incólumes, pero comprendía que estaba llevando a los hombres libres, a una terrible encrucijada; les planteaba, paradójicamente, la necesidad de armarse, para defender a la paz.
Un conflicto de conciencia parecido se le planteó en 1938 cuando existía la sospecha de que científicos alemanes, estaban ya trabajando en la fabricación de armas atómicas. Ese hecho determinó que un grupo de hombres de ciencia de los países libres dirigieran una carta al Presidente Roosevelt, para pedirle que los Estados Unidos se movilizara a fin de impedirlo, y hasta le pedían al presidente norteamericano que previera la posibilidad de que las naciones democráticas desarrollaran estrategias, para neutralizar esa amenaza. Einstein firmó algunas de esas cartas al presidente Roosevelt. 
Años después, cuando la guerra estaba concluyendo y los Estados Unidos lanzaron bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el gran científico manifestó públicamente su arrepentimiento, por haber firmado en alguna oportunidad esa petición.
Los movimientos del alma, también se revelaban relativos y adquirían diferente valor moral, según los desplazamientos derivados, según las imposiciones crueles de la historia. Pero por encima de los horrores que el nazismo le impuso a la civilización en el siglo XX, los grandes sueños y los grandes ideales de Albert Einstein, siguieron siendo los mismos.
El hombre de ciencia, el fervoroso defensor de la paz, el humanista inclaudicable y hasta el artista sensible, que encontró siempre su mejor refugio en el violín y en su amado Mozart, mantuvieron inclaudicables sus ideales hasta el fin de su vida.
Albert Einstein había nacido en Ulm, Alemania, el 14 de marzo de 1879, se doctoró en 1905 en la Universidad de Zürich, y en 1909 fue nombrado profesor de la misma. Él se sentía orgulloso de ser judío, fue activo en el movimiento sionista y miembro del Consejo de Gobernadores de la Universidad Hebrea de Jerusalem, en cuyo acto de fundación participó (1918). En 1952, luego del fallecimiento de Jaim Weizman, él rechazó la proposición de Ben Gurion de ser presidente del Estado de Israel.
A más de sesenta y cinco años de su muerte, el 18 de abril de 1955, su ejemplo sigue siendo uno de los faros que iluminan la conciencia de los hombres libres.