miércoles, 4 de diciembre de 2019

Chile ya no será el mismo


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LA PRIMAVERA DE CHILE

“El derecho de vivir en paz” (Víctor Jara)


Víctor Rey


Esta primavera chilena del 2019 será recordada como la más caliente de los últimos 50 años pero la más turbulenta en el ámbito social, económico, político y cultural en las últimas décadas.  Hace mucho tiempo que se hablaba que los jóvenes chilenos no se interesaban en la política, en los social y económico.  Pero las cosas han cambiado y hoy estamos sorprendidos por la fuerza, la energía de este movimiento y quedamos más que sorprendidos por su compromiso y la claridad en la exposición de sus ideas.  Este movimiento juvenil que comenzó con el reclamo del alza del precio del metro y que se ha transformado en un movimiento ciudadano está cambiando el rostro de Chile, se ha transformado en una grata sorpresa para todos. Ha sido como encender una chispa que ha quemado a toda la sociedad chilena sin importar edades, clases sociales, género, etc.

Lo que están planteando los jóvenes en Chile, es cambiar la manera de hacer las cosas, ese es el desafío.  Tras décadas de exitosas transformaciones, que han disminuido los niveles de pobreza, fortalecido la economía, mejorando la infraestructura y la cobertura de los servicios básicos, así como profundizando los derechos de los ciudadanos y adecuado muchas de las instituciones a las nuevas exigencias, el país se enfrenta a desafíos de otro tipo.

Hoy las personas tienen mayor libertad y las instituciones ejercen un control más indirecto sobre sus acciones.  Por lo mismo, en muchos ámbitos hacer cambios en Chile hoy es más difícil, pero no imposible.  Es necesario tomar en cuenta exigencias simultáneas de múltiples actores, y considerar las formas relativamente autónomas e impredecibles en que éstos se relacionan para perseguir sus fines.  Construir desarrollo hoy significa tener la capacidad de manejar entornos  inciertos y complejos que resultan de esa mayor independencia que han adquirido las prácticas cotidianas.

Chile ha cambiado mucho en las tres últimas décadas.  En su entramado institucional, en su economía, en su cultura, la sociedad chilena es hoy muy distinta de la de hace tan sólo un cuarto de siglo.

Estos cambios han tenido en general un signo muy positivo.  El desarrollo del país ha permitido una mejor calidad de vida a sus habitantes.  El Índice de Desarrollo Humano que año a año publica la ONU es prueba fehaciente de estas transformaciones.  En efecto, Chile presenta un incremento constante de su IDH en las últimas décadas, y hoy se sitúa entre los países que tienen un desarrollo humano alto, ocupando además un lugar de avanzada en el contexto latinoamericano.

Este progreso es percibido y valorado por las personas.  Sin embargo, la percepción cambia cuando la mirada se pone en el futuro.  Las personas comienzan a dudar de que esta marcha adelante se pueda sostener en el tiempo y que puedan seguir realizándose los cambios que se requieren.  En otras palabras, si bien la ciudadanía es consciente del progreso del país, comienza a hacerse mayoritaria una visión del futuro más bien plana.  Ni mejor ni peor.  Las percepciones parecen remitir a la idea de que lo alcanzado hasta ahora asegura que los avances continuarán en el futuro.  Hay algo en el presente que frena la marcha.

Pareciera no tratarse de un problema de recursos.  Chile dispone hoy de muchos recursos para la inversión pública y privada.  Tampoco de consensos y voluntades sociales: la urgencia de introducir mejoras cualitativas en los diversos ámbitos de la organización del país forma parte ya del sentido común.

Las miradas hoy en día se dirigen más bien hacia aquellas maneras de hacer las cosas que parecen impedir el aprovechamiento del nuevo piso de oportunidades y enfrentar los desafíos que surgen de él.  La agenda noticiosa y las conversaciones cotidianas se llenan de críticas a iniciativas tanto públicas como privadas cuyo común denominador es el modo en que se llevan a cabo las acciones.

Muchos creen que desde ahora existe un antes y un después de esta primavera del 2019 o que en estos meses será recordado como aquellos en los cuales la historia del país giró en 180 grados.  La idea es que hay un cambio que cruza aspectos políticos, económicos, sociales y culturales.  En este movimiento, en sus asambleas, marchas, corridas, hay mucha arte y mucha política.  Hay mucha energía, mucho entusiasmo que está latente en la sociedad chilena.

Aunque con ciertos matices interpretativos, hace rato que los estudios de opinión pública y los cientístas sociales dan cuenta de una sociedad diferente.  Esta es una ciudadanía que muestra distintos tipos de liberalidad.  Las encuestas muestran tolerancia a la diversidad sexual, rechazo a la censura, desprecio por la clase política, rechazo a las jerarquías, apertura a la no discriminación, apertura a nuevas formas de cultura. 

Un punto de partida para este cambio cultural lo encontramos en junio del 2002 cuando a las siete de la mañana, con apenas dos grados de temperatura, a la misma hora que Brasil y Alemania disputaban la final del Mundial, más de cuatro mil personas festejaban desnudas en plena Costanera al lado del Parque Forestal.  Un tal Spencer Tunick, ni político ni cantante, ni líder de una secta, sino fotógrafo, los había convocado.  Su invitación consistía en participar de una acción de arte, pero terminó siendo mucho más que eso.  Hay un deseo reprimido de expresarse, de rebelarse contra las fuerzas que nadie sabe cuáles son y que reprimen.  El sistema político, económico, las iglesias, el gobierno.  Un malestar que no se canaliza solamente por la política.

Ya en el informe de del Programa de Desarrollo Humano (PNUD) del año 2011 se entregaba una exhaustiva mirada a los chilenos.  Se habla de que el país está viviendo un profundo cambio cultural, en que la imagen de lo chileno se ha vuelto difusa y poco creíble.  La sociedad no tiene imagen de sí misma, pues  para la mayoría de las personas los referentes colectivos han dejado de ser verosímiles.  Según la encuesta que realizó el 2011, el 28% consideraba difícil decir que es “lo chileno” y el 30% que no se puede hablar de “lo chileno” porque somos todos distintos.

Todo lo que está pasando con el movimiento estudiantil que es un movimiento ciudadano promueve una liberación y por eso es tan querido por todos.  Participar de las marchas, las asambleas, los conciertos, los recitales, los cabildos, los eventos producen un goce de la gente de desprenderse de las exigencias morales y demandar libertad personal y comunitaria.

Podemos decir con toda certeza que Chile ya no será el mismo después de esta sorpresiva primavera del 2019.  Que para llegar a este estado se ha necesitado mucha imaginación, y gracias a Dios los jóvenes es lo que más tienen.

jueves, 21 de noviembre de 2019

En el Día Mundial de la Filosofía


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LA FILOSOFÍA COMO FORMA DE VIDA

Víctor Rey

Muchos piensan que la filosofía no sirve para nada y que, por extensión, las teorías están superadas por la realidad. Hoy mandan las tecnologías –dicen-; por lo tanto es la hora de la práctica. A continuación una propuesta para reivindicar la filosofía. La modernidad es hija de las tecnologías, se ha dicho. Y no les faltan razones, a quienes proponen la ‘muerte’ de la filosofía, en aras del bienestar que ofrece la nueva diosa de la sociedad –las tecnologías de información y comunicación- que han inundado todos nuestros escenarios. Y sin habernos dado cuenta ya estamos virtualmente –virtual y literalmente- atrapados por ella.
 • No hay técnica sin teoría El mundo se ha convertido en un espectáculo, advierte Vargas Llosa. Todo tiene que ser visto y oído al instante, por todas las personas, en cualquier lugar del orbe. Lo práctico, lo emotivo, lo lúdico, lo espectacular se han hecho entonces la regla, amplificadas por los medios de comunicación que avanzan imparables gracias a las nuevas tecnologías. Así, muchas personas –con razón o sin ella- proclaman a la técnica y las tecnologías, como si ellas fueran el único referente del progreso y del cambio. ¡Cuán errados están! Es que no hay técnica sin teoría. La técnica, en efecto, es el conocimiento aplicado, es el valor agregado o añadido; es el conjunto de herramientas, métodos, sistemas y procedimientos que hacen posible la elaboración de un producto o un servicio. En otras palabras, las diferentes técnicas y tecnologías serían inadmisibles sin el concurso de la filosofía que, supuestamente, según varios eruditos, se ha ‘licuado’ en beneficio del confort y la mercancía. Y la filosofía es la madre de todas las ciencias.
 • Filosofía es más que pensar ¿Qué es, entonces, la filosofía? Para responder a esta pregunta hay que acudir a los griegos, quienes generaron pensamiento crítico, crearon proposiciones lógicas y contribuyeron para que la vida sea entendida, practicada y ordenada a fines superiores. Y no estamos hablando de religión, sino de juicios que nos permiten reflexionar sobre ciertas interrogantes relacionadas con el ser, la felicidad, la vida y su sentido último. La Filosofía está reconocida como una ciencia y un arte. Ciencia cuyo valor más alto, según Aristóteles, es la sabiduría. En su escala, Aristóteles establece precisamente algunos pasos, desde lo más elemental e instintivo –los sentidos y percepciones-, pasando por la experiencia o empiria, la frónesis y el ámbito moral, la lógica o la ciencia del juicio verdadero y el episteme o ciencia, hasta desembocar en lo dicho: el sofos o la sabiduría. Y la Filosofía es arte, en tanto explica las armonías de la naturaleza, la estética y los cambios que se producen.
• Sócrates en escena Se sostiene que la tradición socrática se fundamenta en tres ejes inseparables, según Jules Evans, en el libro ‘Filosofía para la vida y otras situaciones peligrosas’: 1) Los seres humanos pueden conocerse a sí mismos. Podemos usar la razón para analizar nuestras creencias y valores inconscientes; 2) Los seres humanos pueden cambiarse a sí mismos. Podemos usar nuestra razón para cambiar nuestras creencias, lo cual cambiará nuestras emociones, ya que estas derivan de las creencias; y 3) Los seres humanos pueden crear conscientemente hábitos de pensamiento, sentimientos y acción’. Y una consecuencia obvia de los mencionados ejes es un cuarto, que motiva este artículo: ‘si seguimos la filosofía como forma de vida, podremos vivir con más plenitud’.
• Plenitud ¿Qué quiere decir esto? No es fácil una respuesta general, pero sí una aproximación, de acuerdo, claro está, a nuestra propia experiencia. La idea central es ‘conocerse a sí mismo’, como punto de partida. ‘Una vida sin examen no merece ser vivida’, dijo Sócrates. En segundo lugar, que el cambio no depende esencialmente de otros, sino de sí mismos, que se complementa con la siguiente reflexión: ‘Si no sabes quién eres y a dónde vas, serás lo que no quieres ser e irás a cualquier parte’, como sostiene Octavio Paz. Y en cuanto a la plenitud, ¿tenemos claro qué es lo pleno? ¿Aquello que nos ‘llena’ de felicidad? ¿Es el dinero? ¿O el afecto? ¿Su familia, sus hijos? ¿Tiene una meta como razón de vivir? ¿Quiere ser saludable, saber que está vivo, amar y ser amado? Hay, pues, muchas respuestas y nuevas preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Por qué soy el que soy? ¿Por qué vivo así? ¿Es que espero un milagro, un golpe de suerte o alguien que haga algo por mí? Pensar –de la mano de la filosofía- es el comienzo. Porque las soluciones están en usted mismo. Disculpen: ya me puse trascendental.

sábado, 9 de noviembre de 2019

A 30 años de la Caída del Muro de Berlín (1989-2019)


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A 30 años de la Caída del Muro de Berlín y mi visita a esa ciudad.

Víctor Rey

En julio de 1991 la Asociación Mundial Para la Comunicación Cristiana por sus siglas en inglés WACC, me invitó a participar en un seminario que se realizó en Berlín en la parte oriental de esa ciudad. El tema era reflexionar sobre el papel que habían jugado los medios de comunicación en la Caída del Muro de Berlín y en la posterior caída de bloque socialista y de la Unión Soviética.  Yo en ese tiempo me encontraba haciendo estudios de post grado de Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.  Una de las ciudades que quería conocer era justamente Berlín, por lo que significaba en relación a su historia y a la Guerra Fría que se había vivido recientemente y todo lo que se había escrito, filmado y comentado en relación a este hecho histórico.
Hacer el viaje en tren, partiendo desde Bruselas, pasando por Liege, Aachen, Koln, Hannover y llegando a Berlín de noche a la oscura estación, ha sido para mí una de las experiencias más ricas de encontrarme con la historia contemporánea.  Salí caminando de la estación para acercarme al hotel donde se realizaría el seminario.  Cruzar el rio Spree a esa hora fue algo sobrecogedor. Me recordó las películas de espías que muchas veces he visto.
Durante los días del seminario de la WACC pude salir a caminar y conocer esta ciudad recorriendo sus calles, iglesias, monumentos y museos.  Recuerdo su Catedral, el Reichstag, Alexanderplatz, el bulevar de Unter den Linder, Chekpoint Charlie, la Puerta de Brandeburgo, la Universidad de Humbold, la estatua de Carlos Marx y Federico Engels, el edificio del Partido Comunista y por supuesto el muro de Berlín.  Me faltaron días para recorrer la parte oeste y este de esta hermosa ciudad.
El 9 de noviembre de 1989, la gente de la Alemania Oriental ocupada tomó el control de su destino cuando literalmente derribaron a martillazos el Muro de Berlín.  Sucedió gracias a la presión de una muchedumbre que se movilizo en la búsqueda de la libertad.  La caída del muro de Berlín se transformó en el símbolo del fracaso y posterior desmantelamiento del régimen socialista instaurado por los soviéticos. Uno de los hechos históricos más importantes de la historia contemporánea de la humanidad.
Es difícil revivir el drama apasionante de ese periodo en la Europa de hace 25 años.
Durante 1989 hubo señales claras de que el imperio soviético se desmoronaba. En Polonia, Hungría y otros lugares los movimientos populares desafiaron con éxito a los regímenes respaldados por los soviéticos que habían perdido su legitimidad desde hacía mucho.
Pero el drama fue más intenso en Alemania Oriental y Occidental, el epicentro de la Guerra Fría.
Desde el 13 de agosto de 1961, cuando Alemania Oriental erigió la terrible barrera que separó a Berlín Oriental de Berlín Occidental y de Alemania Oriental, el muro se volvió el temido símbolo del aislamiento y la desesperanza.
Las familias quedaron separadas, y durante el siguiente cuarto de siglo más de 100 alemanes murieron tratando de escapar al otro lado del muro.
Entonces, el 9 de octubre de 1989, más de 7.000 alemanes orientales se reunieron afuera de la iglesia Nikolai en Leipzig; llevaban velas que simbolizaban la paz y coreaban: wir sind das Volk! (¡somos el pueblo!).
A las manifestaciones siguieron protestas cada vez mayores, en Leipzig y en toda Alemania Oriental. Precisamente un mes después, cayó el Muro de Berlín.
El doble muro de concreto de más de tres metros de altura y de más de 150 kilómetros de extensión es en sí mismo un testimonio de las locuras que puede llevar el totalitarismo.  Su construcción se inició en agosto de 1961, después que 3,5 millones de alemanes emigraron del país.  Se hizo bajo la excusa de que se construía para evitar el ataque de la Alemania Occidental.
En Chile el año anterior habíamos derrotado en un plebiscito la dictadura de Pinochet y veíamos como una señal de los tiempos lo que veíamos a través de la televisión en Alemania y luego en el resto de Europa de Este.  Era la lucha por la libertad que se daba en todo el mundo y atisbábamos que era el inicio de una nueva época, de una nueva era de una nueva civilización para la humanidad.  Por eso creo que la historia contemporánea se divide en un ante y un después de la Caída del Muro de Berlín.  Doy gracias por el privilegio que he tenido de ser un testigo privilegiado de ese hecho histórico que pude ver en directo y por la televisión.
Sin embargo, 30 años más tarde, el 9 de noviembre de 2019, todos deberíamos festejar en conmemoración de lo que ocurrió en ese día crucial.  Se puede hacer un balance de estos años desde muchos puntos de vista.  Como en toda historia humana, en el período recorrido hay luces y sombras, éxitos y fracasos.  Pero quedan algunas verdades: Alemania del Este se integró en la República Federal y recuperó la democracia y la libertad.
Ese momento mágico es un recordatorio para toda la gente de todo el mundo, para los que vivían entonces, para los que viven ahora y para quienes vivirán en el futuro. La tiranía no puede suprimir la voluntad de quienes ansían la libertad y la justicia y desean una vida mejor para sí y para sus hijos.
Las palabras del Papa Francisco en el aniversario de este hecho rezando el en la Plaza de San Pedro hace algún tiempo dijo la mejor lección que podemos aprender de este hecho: “Que caigan todos los muros que todavía dividen al mundo y que exista una cultura del encuentro.  Que no vuelva a suceder que personas inocentes sean perseguidas y asesinadas a causa de sus creencias o religión.  Donde hay un muro hay una clausura del corazón.  Sirven puentes y no muros.”