Milan Kundera, y La Insoportable Levedad del Ser
Víctor Rey
Cuando estudiaba
Ciencias Sociales en lo que fue ILADES, la institución que antecedió a la
Universidad Alberto Hurtado de los Jesuitas. Allá por los años 88 y 89 un
profesor nos habló y nos entusiasmó con esta novela. Confieso que no estaba al principio interesado
en leer esta novela ya que mis intereses estaban en los ensayos políticos ya
que vivíamos en esos tiempos el fin de la dictadura de Pinochet. Pero cuando comencé tímidamente a adentrarme
en las páginas de esta novela me fue cautivando y me di cuenta que daba luces
para el tiempo que me correspondió vivir ya que los personajes de la novela
también vivían bajo una dictadura que fue el régimen comunista de la antigua
Checoslovaquia. He vuelto a leerla
después de casi 25 años y sigo cautivando por este texto tan vigente.
Acaso sea La
Insoportable Levedad del Ser (1984) la obra cumbre del escritor Milan
Kundera (1929), reconocido intelectual checo, en antaño simpatizante de ideas
comunistas. En esta novela se percibe el drama de los checos frente a la
invasión rusa que, durante la década de los sesentas, penetró de forma violenta
en la vida privada de los ciudadanos para adaptarlos al nuevo modelo político y
económico. Kundera revela así, su distancia ante el comunismo surgido en la
Europa del Este.
Bueno, pero esto es tan sólo uno de los contenidos que pueden verse en la
novela, pues su tema central es, como lo dice el título: la insoportable
levedad del ser, cuestión que perfectamente cabría clasificarla dentro del
existencialismo del siglo XX. Y es, precisamente, ese tejido de complejidades
políticas, culturales y existenciales el que, por ejemplo, llevó a Philip
Kaufman a dirigir la adaptación al cine de la novela en 1987, apenas tres años
después de publicada.
En lo que atañe al argumento de la obra, principalmente la narración gira en
torno a la vida de Tomás, el protagonista y, Teresa, su acompañante: una pareja
que se encuentra unida por constantes dudas existenciales. Ambos sienten cómo
sus vidas fluyen en altibajos y cómo brota la levedad en lo que respecta a su
relación amorosa. Pero en la novela desfilan otros dos personajes cuya relación
personal posee tintes filosóficos bien interesantes. Se trata de Franz, cuya
idealización del amor hacia su amante Sabina, resulta en momentos desesperada e
incomprendida, pues la chica es a la vez amante de Tomás.
En síntesis, se trata de un par de historias de amor o desamor, que
entremezclan diversos juegos de celos, de fidelidad, de angustia, de lujuria,
de monotonía, traición y un sin fin de etcéteras que vivimos todas las personas
en nuestra interacción, pero que Kundera retrata con una astucia literaria que
hace que los lectores sientan esa catarsis y esa identificación con lo que
plantea respecto de lo humano, no sin olvidar la crítica cultural y
política hacia la situación de la República Checa en 1968.
La historia de Tomás comienza con la reflexión de la idea mítica del eterno
retornonietzscheana, por la cual todo lo vivido, ha de repetirse
eternamente, sólo que al volver, lo hace de un modo diferente, ya no fugaz como
ocurrió en el principio. El eterno retorno es la carga pesada,
similar al hecho de tener que ver en las iglesias a Jesucristo siempre clavado
en la cruz. Y aquí se empieza a vislumbrar el concepto de levedad:
“El hombre nunca
puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de
compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores”
(Pág. 16)
Tomás contrastará
esta levedad con el proverbio alemán “Einmal Ist Keinmal”, que
trae como idea central un concepto que explica que lo que se ha vivido alguna
vez es como si nunca se hubiese vivido, porque muchas experiencias humanas
quedan en el olvido, o se esfuman en el inconsciente, por la simple razón de
ser únicas e irrepetibles. Tomás y Teresa conviven en una relación de pareja,
que por igual tiene momentos de alegre coincidencia y amarga soledad, pero se sienten
mucho más leves al saber que estos momentos son tan fugaces que no
quedarán acaso sino en sus recuerdos. Y esto en parte es lo que hace
insoportable su existencia.
Todas las personas consideran que el amor de sus vidas puede ser algo leve,
sin peso alguno, como algo que tiene que ser asignado por el destino: “Es Muss
Sein!” decía Beethoven. Tomás se repite a sí mismo esta frase, que en español
vendría traduciendo un “tiene que ser”. Un poco arbitraria resulta la
aseveración de Beethoven pero, sin duda alguna, las cuestiones que en nuestras
vidas se presentan de una u otra forma pese a las circunstancias, tienen que
ser como aparecen. Quizá esté en nuestras manos cambiar el “tiene que ser”,
pero ello implica contrariar el poder de la todopoderosa naturaleza. Sin
embargo, en los asuntos humanos, sí podemos decidir si las cosas “tienen que
ser” así o no.
La historia de Tomás y Teresa sucede en Praga, en 1968, en medio de la invasión rusa a la República
Checa, es decir, durante la Guerra Fría. Ambos se conocieron a través de una
serie de coincidencias que podrían parecer absurdas pero que, al mismo tiempo,
son reales:
“Hace siete años se
produjo casualmente en el hospital de la ciudad de Teresa un complicado caso de
enfermedad cerebral, a causa del cual llamaron con urgencia a consulta al
director del hospital de Tomás. Pero el director tenía casualmente una ciática,
no podía moverse y envío en su lugar a Tomás a aquel hospital local. En la
ciudad había cinco hoteles, pero Tomás fue a parar casualmente justo a aquel
donde trabajaba Teresa. Casualmente le sobró un poco de tiempo para ir al
restaurante antes de la salida del tren. Teresa casualmente estaba de servicio
y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran seis casualidades
para empujar a Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas” (Pág. 43)
¿Es la casualidad
un factor determinante en los aconteceres de la existencia? Perfectamente todo
podría ser casualidad, el conocer a las personas en ciertas situaciones y
lugares, el que a alguien le ocurra un accidente o una situación suertuda.
Estas casualidades hacen un poco absurda la existencia, por lo cual hay que
esperar la adecuada cadena de casualidades que nos permitan sentirnos a gusto
en la vida. Alguna vez pensé que papá y mamá se unieron casualmente para
traerme a mí a la vida y que, casualmente, tuve las condiciones necesarias para
nacer: sin desearlo, podríamos ser fruto de una cadena de casualidades.
Kundera pretende hacernos ver estas casualidades como elementos que hacen
insoportable la existencia, en tanto leve. “Solo la casualidad
puede aparecer ante nosotros como un mensaje”, enfatiza el narrador de la
historia, para contar que lo que ocurre necesariamente todos los días y se
repite, ya no dice nada. Por esta razón, la casualidad está llena de encantos
que hacen interesante la vida humana y permiten, por ejemplo, que dos personas
se conozcan. Tomás y Teresa se unen con otras casualidades como lo son el amor
hacía la música de Beethoven y la lectura de Tolstoi, pues ambos comparten ese
gusto. De ahí que su mascota se llame Karenin, en honor a la obra maestra de
Tolstoi: Ana Karenina.
Tomás y Teresa no son los únicos que sienten la insoportable levedad de su ser.
También se encuentran Franz y Sabina, cuya historia se desarrolla en la
travesía por diversas ciudades como Ginebra, Ámsterdam o Nueva York. Franz se
entrega al enamoramiento y es capaz de sucumbir por el amor de Sabina, aunque
esté casado con otra mujer llamada Marie-Claude. Él viaja constantemente por el
mundo, llevando consigo a Sabina, para poder disfrutar su amor en donde nadie
pueda molestarlos. Pese a esto, Franz no logra comprender en el fondo a Sabina
y viceversa. Sus incomprensiones dan pie para un gran diccionario en el que se
acuñan términos como:
Mujer: es un sino que le cae en suerte a quien nazca mujer. No se
comprende necesariamente como uno de los dos géneros sexuales, sino como un
valor. No todas las mujeres son dignas de ser llamadas mujeres. Franz valora la
mujer que hay dentro de Sabina y, de igual manera, busca valorar a
Marie-Claude, su esposa. Es algo irónico, pero Kundera hace ver este término de
forma más espiritual que física.
Fidelidad y traición: para Franz la fidelidad es la
primera de todas las virtudes. “La fidelidad le da unidad a nuestra vida que,
de otro modo, se fragmentaría en miles de impresiones pasajeras como si fueran
miles de añicos.” Por otra parte, la “traición significa abandonar las propias
filas e ir hacia lo desconocido”.
Estas son algunas de las muchas incomprensiones que rondan en esta singular
pareja de amantes, cuyas situaciones los llevará a sufrir inevitablemente la
insoportable levedad del ser.
Jean François Lyotard, en sus muchos textos, habló acerca del grado cero de la
cultura general contemporánea. Se trata del eclecticismo, en donde el juicio
estético ha llegado a niveles altos de vulgarización. El Kitsch surge
como una forma en donde el arte halaga el desorden que reina en los gustos de
los aficionados. Kundera habla acerca del origen de este término, cuya
aparición como palabra se remonta a mediados del siglo XIX en Alemania,
encerrando una relación con los ideales estéticos de la época. Al respecto
señala:
“De eso se
desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo
en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este
ideal estético se llama Kitsch” (Pág. 254)
El Kitsch,
es un desorden, un caos, un reflejo de la sociedad postmoderna, que disfraza
las cosas, en especial el arte, como algo superficial, sin trascendencia
alguna. En medio de este caos, Kundera estaría de acuerdo que lo desagradable
tiende a ocultarse. En la cultura de la apariencia, la ética es reemplazada por
la estética. Sin embargo el gusto estético es temporal y fácilmente
reemplazable. Por tal razón, aquello de lo que nos avergonzamos tiene un
trasfondo de suma reflexión filosófica:
“La mierda es un
problema teológico más complejo que el mal. Dios les dio a los hombres la
libertad y por eso podemos suponer que al fin y al cabo no es responsable de
los crímenes humanos. Pero el único responsable de la mierda es aquel que creó
al hombre” (Pág. 252)
Pese a que en
nuestra era postmoderna se vive en una cultura de la apariencia, es innegable
que no podemos reprimir nuestra naturaleza como especie. Y ese es un gran
problema: tratar de ocultar parte de nuestra esencia como seres humanos. Poco
se puede hacer frente al imperio de lo estético sobre lo ético.
Invito a releer esta novela que arroja muchas luces para comprender nuestro
tiempo, especialmente para las nuevas generaciones.