lunes, 23 de abril de 2018

En el tercer aniversario de su fallecimiento


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EDUARDO GALEANO Y SU RELACIÓN CON CHILE

Víctor Rey

Tuve la oportunidad de escuchar y conocer dos veces a Eduardo Galeano.  La primera vez fue en Santiago de Chile en el año 1988, meses antes del plebiscito que derrotaría a Pinochet.  Fue en una sala de la Universidad ARCIS, que estaba llena donde la capacidad del lugar fue sobrepasada y todos estábamos habidos de escuchar a este escritor  que lo habíamos comenzado a leer a través de la revista Análisis que fue justamente el medio que lo trajo a Chile  para participar en unas jornadas que se llamaron: Chile Crea y recibir el premio José Carrasco.  La segunda oportunidad fue el año 1995 en México.  Ahí fue el expositor que cerró el Congreso de la Asociación Mundial de Comunicadores Cristianos (WACC).  Su charla sobre la realidad latinoamericana y el periodismo, ha sido para mi uno de las exposiciones que más he valorado.   Justamente en ese país y en esa ocasión un amigo mexicano me regaló el libro: Las venas abiertas de América Latina.  Considero que Galeano ha sido uno de los intelectuales más influyentes del final del siglo pasado y de este siglo.  Su humor, la facilidad de su lectura, la ironía y la contextualidad son las características que a muchos nos han cautivado. 
Su muerte A los 74 años nos golpeó a muchos por lo prematuro de su partida.  Deja un gran vacío en la literatura latinoamericana, ya que ha sido uno de los escritores más relevantes del último tiempo.  Su obra fue traducida a una veintena de idiomas y su muerte causó diversas reacciones en el mundo. La política y la cultura también lo unieron con Chile, país que visitó por última vez en 2013.
“Quiero dedicar esta lectura a un gran amigo mío, y creo que de todos ustedes, que se llamó y se llamará por siempre jamás, Salvador Allende”. De este modo comenzaba Eduardo Galeano la presentación de su último libro, Los hijos de los días (2011), el 9 de enero de 2013, ante una repleta sala Antonio Varas, cuya capacidad fue ampliamente sobrepasada por la cantidad de personas que querían escucharlo.
Esa fue la última visita a Chile del escritor uruguayo, falleció el 15 de abril del 2015, debido a complicaciones de salud derivadas del cáncer de pulmón que se le diagnosticó en 2007.
Eduardo Germán María Hughes Galeano nació el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo y su obra ha sido traducida a una veintena de idiomas. Entre sus libros más influyentes se encuentra Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, y censurado por varias dictaduras latinoamericanas, entre ellas, la chilena.
Ese es uno de sus vínculos menos felices con Chile, un país que visitó en repetidas ocasiones y con el que mantenía lazos más perdurables. Los comenzó a construir cuando era un veinteañero, dirigía el diario Época y se hizo amigo de Salvador Allende, quien incluso lo visitaba en las oficinas del medio.
Fue el periodismo, de hecho, su primer contacto con la escritura. Cuando era un adolescente le vendió una caricatura al diario El Sol y en sus planes no estaba dedicarse a la literatura: “Siempre creí que iba a ser dibujante. También creí que iba a ser jugador de fútbol, santo, miles de cosas quise ser y no pude, pero jamás se me pasaba por la cabeza la idea de ser escritor, nunca. Eso ocurrió tarde en la vida, a partir del periodismo”, dijo al programa Vuelan las Plumas, durante esa última visita a Chile.
“Empecé a ejercer el periodismo como una manera de entrar en la realidad. Me apasionaba meterme en las noticias, de carne y hueso”, añadió en esa ocasión.
 “Yo podía hacer una crónica policial o de deportes -muchas veces hice de fútbol- y me apasionaba ese contacto directo con la realidad que te puede dar el periodismo. La ficción no me lo daba. Hice algunas tentativas de escribir ficción, pero no me entusiasmaba como esto, que provenía de la realidad. Era la realidad contándote sus secretos, sus misterios, desafiándote”, relató.
En 1973, luego del golpe de Estado en Uruguay, Eduardo Galeano se estableció en Argentina, donde fundó otro medio de comunicación, Crisis. Tres años más tarde, nuevamente la represión lo llevó a España. Solo volvería a Uruguay en 1985, con el retorno de la democracia en ese país.
Tres años después estuvo en Chile para recibir el premio José Carrasco Tapia, que concedía la revista Análisis. El 19 de enero de ese año, en su discurso, dijo palabras que bien podrían servir ahora para despedirlo: “Este es un homenaje a la pasión de vivir, iluminada por la viva memoria de un compañero asesinado, y ésta es una celebración de la alegría de creer en ciertas cosas que la muerte no puede matar”

domingo, 15 de abril de 2018

En el aniversario 38 de su fallecimiento

Mi filósofo preferido



Por Víctor Rey, Chile y Ecuador

Jean-Paul Sartre, 21 de junio de 1905 - 15 de abril de 1980
Estando de visita en la ciudad de Mar del Plata en Argentina, caminaba por sus calles y  encontré el local de La Alianza Francesa.  Me recibieron muy bien y me invitaron a conocer la biblioteca de esta institución. Al contemplar la maravilla de textos que reposaban en los estantes, lo primero que vino a mi mente fue buscar los libros del filósofo Jean Paul Sartre en su lengua original.  Ojeando uno de ellos me percaté que ese mismo día estaba de aniversario de nacimiento.  Sartre había nacido un 21 de junio y si estuviese todavía entre nosotros tendría 113 años. Pasé algunas horas revisando su obra y recordando los primeros textos que leí en la escuela secundaria, donde nuestro profesor de filosofía nos introdujo a su pensamiento.  Luego en la universidad ya en plena dictadura era difícil encontrar algún texto de él, pero nos ingeniábamos para compartir sus libros en forma clandestina.  Un profesor se animó o tuvo la osadía de dictar un curso sobre su pensamiento y el curso se llenó de postulante, fue alta la demanda, el salón de clase se desbordó.  Queríamos respirar un poco de libertad y de existencialismo.

Luego pasé por una época existencialista donde sus libros junto a otros autores me acompañaron en esos tiempos de duda, conjeturas, y reflexiones acerca de la vida, el sentido y la muerte.  Recuerdo que deboraba sus libros en la biblioteca de la Universidad y también pasaba largas jornadas leyéndolo en los parques y plazas de Concepción.

Creo que si alguna persona encarna lo que es un filósofo, este fue Jean Paul Sartre.  Sus lentes, su pipa, su voz pausada lo hacían recordar a Sócrates en esas interminables charlas con jóvenes estudiantes.  No fue perfecto y por supuesto tiene detractores y defensores fanáticos.  Su vida no dejó a nadie indiferente ya sea leyéndolo o a quien lo conoció.

Jean-Paul Sartre tuvo una infancia solitaria. Nació en París en 1905 y quedó huérfano de padre a los seis meses. Fue un niño sin apenas amigos, bajo de estatura, bizco y torpe para el juego físico. Tal como relata en su autobiografía Las Palabras, publicada en 1963, se refugió en la escritura para escapar de un mundo que lo rechazaba.

En 1929 se graduó en la prestigiosa Escuela Normal Superior, donde había conocido a Simone de Beauvoir, su única pareja estable hasta la muerte. Tres años después consiguió una beca para ampliar sus estudios en Berlín, lo que le permitió familiarizarse con la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Heidegger. Tras volver a Francia, publicó una serie de ensayos influidos por el pensamiento alemán que apenas tuvieron repercusión, pero la aparición en 1938 de su primera novela, La Náusea, convirtió a Sartre en un autor famoso y respetado.

Reclutado por el ejército francés en 1939, las tropas alemanas lo capturaron en 1940 y no consiguió volver a París hasta el año siguiente, cuando organizó junto a otros intelectuales una célula de la Resistencia. En 1943 publicó su obra filosófica medular, El Ser y la Nada, cuyas ideas principales quedarían recogidas en el panfleto El Existencialismo es un Humanismo, aparecido en 1946.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Sartre abandonó su trabajo como profesor de instituto para dedicarse únicamente a escribir. De esta época es su ambicioso proyecto Los Caminos de la Libertad, una novela en cuatro volúmenes que dejó inconclusa cuando se convenció de que el teatro era un medio más adecuado para la difusión de sus ideas. En 1943 había publicado Las Moscas, considerada como su mejor obra dramática, y en los años siguientes aparecieron A Puerta Cerrada, La Puta Respetuosa, Las Manos Sucias y El Diablo y Dios.
Hasta 1956, cuando los tanques soviéticos ahogan la rebelión de Hungría, fue un ardiente defensor del comunismo sin llegar nunca a militar en ningún partido. Sus objeciones al marxismo quedarían plasmadas en Crítica de la Razón Dialéctica, publicada en 1960, en la que también reconoce el valor innegable de esta doctrina.

Tras rechazar el Premio Nobel en 1964, dedicó más y más tiempo a la militancia callejera, convirtiéndose en un icono de la llamada generación del Mayo 68.

A partir de los años setenta se agravaron su ceguera y sus problemas de salud, dejando al escritor prácticamente imposibilitado. Un tumor pulmonar acabó con su vida un 15 de abril de 1980. Más de 25.000 personas asistieron a su funeral.

Sartre fue el último filósofo.  O sea, un escritor que escribía sobre realidades tenebrosas y misteriosas, burlescas para llenar el vacío, un explorador de lo que a veces se llama “destino”, “dios”, “el diablo” y luego terminar siendo en París el comunista de siempre.

Creo que es conveniente volver a leer a Sartre hoy cuando se ve en el horizonte las amenazas de integrismos y fundamentalismos que vienen del neonazismo, neo stalinismo, islamismo, cristianismo, cientificismo, la tecnología y el neoliberalismo.  Nos puede ayudar mucho volver a las páginas de este filósofo para aprender a ser más tolerantes, respetuosos y humildes.

Sobre el autor 
 Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.
 

miércoles, 11 de abril de 2018


La influencia de los profetas en Erich Fromm

Por Víctor Rey, Chile y Ecuador

“El humanismo- que en términos más sencillos implica la creencia en la unidad de la raza humana y en el potencial del hombre para perfeccionarse a través de sus propios
esfuerzos- tiene una larga y variada historia que se remonta a los profetas hebreos y los filósofos griegos” - Erich Fromm
Erich Fromm (1900-1980) a través de mucho de sus libros examina este tema como por ejemplo en: El humanismo socialista, El amor a la vida,  Psicoanálisis de la religión, Las cadenas de la ilusión, Y seréis como dioses, El Dogma de Cristo.

Los libros de los profetas y los salmos fueron una fuente de inspiración para Fromm aún después de haber abandonado la práctica de la religión judía. En su libro “Y seréis como dioses” realiza una interpretación de esa tradición judía en la cual se educó.

Lo conmovían los escritos de Isaías, Amós y Josué, no por sus premoniciones y anuncios de calamidades sino por la promesa de la llegada del juicio final, momento en el cuál las naciones transformarían las armas en arados, las lanzas en podaderas y dejarían de empuñar la espada contra otras naciones. Pero los profetas también les anunciaban a los hombres que podían encontrar las respuestas a su existencia en el amor y la razón, y que éstas estaban estrechamente vinculadas a otros dos valores fundamentales: la humildad y la justicia.

Pero hubo otros pasajes de la Biblia que también impactaron hondamente en Fromm como la desobediencia de Adán y Eva, la súplica de Abraham ante Dios para que salvara a los habitantes de Sodoma y Gomorra, y la misión de Jonás en Nínive, todos ellos merecieron reiteradas menciones en sus escritos.

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Los profetas bíblicos anunciaban la verdad, eran quienes, en nombre de Dios, presentaban a los hombres las alternativas para que ellos decidieran de acuerdo a su conciencia, también les advertían sobre las consecuencias que les traería cada una de esas opciones, pero luego dejaban que fueran los propios hombres los que adoptaran sus decisiones, es decir, que eran ellos quienes debían asumir su responsabilidad ante la historia. Así como los profetas anunciaban la existencia de un único Dios también ponían el acento en las cuestiones inherentes al comportamiento en la vida cotidiana. Del Antiguo Testamento se desprende que el hombre tiene tanto la capacidad para hacer el bien como para hacer el mal, y que debe optar entre ellos Según la interpretación de Fromm de los libros sagrados el papel de Dios en la historia no consistía en intervenir en los acontecimientos humanos, su participación se limitaba a enviar a sus mensajeros que anunciaban la existencia de Dios y que el fin del hombre era hacerse semejante a El, es decir defender el amor, la verdad y la justicia. Además de mostrarles las opciones, también alzaban su queja cuando los hombres se desviaban del camino trazado por Dios, la función del profeta no era meramente espiritual también se preocupaba por las Fromm mostró en sus trabajos como el concepto del Dios fue variando desde ser un Dios autoritario que no aceptaba y castigaba violentamente cualquier desobediencia a uno mucho más comprensivo de las debilidades humanas.  Dios continuaba castigando y premiando le otorgaba al Hombre la posibilidad de ser libre pues la norma más alta de su desarrollo es la libertad. Un aspecto primordial fue la lucha de los profetas contra los ídolos, la idolatría provocaba que los hombres concluyeran siendo esclavos, pues someterse a ellos implicaba adorar cosas materiales, perdiendo en ese proceso la identidad y la 
libertad. Fromm traía a colación la idea de la lucha de los profetas contra la idolatría para señalar que en la actualidad también había ídolos que la gente adoraba y que hoy asumían la forma del consumo, de la producción de mercancías, del poder, etc., a ellos rinde pleitesía y se esclaviza porque cada vez es más dependiente en su búsqueda por obtenerlos.   La idolatría es incompatible con la libertad y la independencia porque es una manifestación alienada de los propios poderes del hombre y deriva en una adhesión sumisa al ídolo. Los profetas manifestaban que la adoración a Dios y no a los ídolos era una forma de liberación, la sumisión a Dios fue disminuyendo a medida que el concepto de Dios se fue desarrollando y el Hombre se fue convirtiendo paulatinamente en un socio de Dios. Veamos brevemente algunas de las muchas condenas a la idolatría que se encuentran en el Antiguo Testamento: “Aquél día, el hombre arrojará a los topos y murciélagos los ídolos de plata y los ídolos de oro que se había fabricado para adorarlos, y se meterá en las hendiduras de las rocas y en las grietas de los peñascos, lejos del Terror del Señor y del esplendor de su majestad, cuando él se levante para llenar la tierra de espanto.” (Isaías 2: 20-21). “Por eso, di a la casa de Israel: Así habla el Señor: Conviértanse, apártense de sus ídolos; aparten su rostro de todas sus abominaciones. Porque si un hombre de Israel, o un extranjero que reside en Israel, se aleja de mí, erige en su corazón un altar para sus ídolos y pone delante de sí lo que es ocasión de sus culpas, y si luego se presenta el profeta para consultarme, yo mismo, el Señor, me veré obligado a responderle. Volveré mi rostro contra ese hombre, haré que sirva de escarmiento y de ejemplo, y lo extirparé de en medio de mi pueblo. Así ustedes sabrán que yo soy el Señor.” (Ezequiel 18:9-10). También los profetas anunciaron un tiempo mesiánico donde el hombre podía lograr su salvación por el perfeccionamiento de sí mismo. La idea mesiánica implicaba la llegada de una nueva era de paz donde los hombres vivirían solidariamente y en armonía entre los individuos, los pueblos, los sexos y entre los hombres y la naturaleza. En el tiempo mesiánico el Hombre habrá de nacer plenamente, cuando fue expulsado del paraíso perdió su hogar, pero en esa era volverá a encontrarlo. Hay una relación dialéctica entre el paraíso y el tiempo mesiánico, el primero es la edad de oro en el pasado, el segundo lo será en el futuro, son similares porque en ambos existe la armonía pero diferentes en tanto el hombre habrá logrado un mayor desarrollo que no poseía en el pasado.

En la profecía de Miqueas no sólo desaparecerá la guerra sino que también el miedo, pero esto sólo podrá ser realidad cuando nadie tenga el poder ni el deseo de atemorizar a los demás. Ni siquiera el hombre necesitará del concepto de Dios, aún cuando cada pueblo pueda seguir creyendo en el suyo, pero donde el fanatismo religioso habrá desaparecido, el hombre habrá obtenido la paz y libertad y por lo tanto importará muy poco cuales sean las ideas que la Humanidad utilice para describir sus valores supremos. El tiempo mesiánico también expresará la universalidad del hombre y por lo tanto éstos dejarán de destruirse mutuamente y se superará la división entre las naciones, cuando llegue ese tiempo el hombre podrá ser plenamente humano y dejarán de existir los conceptos de “extranjero” y de “pueblo elegido”.  “El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra”.  Nos dice su biógrafo, Rainer Funk, que la visión de una paz universal y la idea de armonía entre las naciones lo conmovieron desde muy temprano a los 12 o 13 años, posiblemente su interés en la paz y en el internacionalismo radicaba en su condición de niño judío en un ambiente cristiano y viviendo episodios transitorios de antisemitismo, además debe considerarse que la Primera Guerra Mundial lo afectó profundamente.

Durante la conflagración se vio sorprendido por la actitud de conocidos suyos que de pacifistas convencidos pasaron en poco tiempo, a ser fervorosos partidarios de la guerra, desde entonces sospechó del argumento que las armas servían para preservar la paz.

Los profetas enseñaban que los hombres debían practicar dos de las principales cualidades que caracterizaban a Dios, es decir, el amor y la justicia.  “Ese es el ayuno que yo amo oráculo del Señor- soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al que veas desnudo.” Isaías 58: 6-7).

Erich Fromm fue un profeta contemporáneo que nos ha ayudado mucho a entender nuestras sociedades de consumo.  Como los profetas bíblicos a anunciado y denunciado las injusticias.  También ha anunciado y proclamado la esperanza de una nueva sociedad, más humana, más justa, más solidaria, más libertaria.  Hoy más que nunca es necesaria su lectura y discusión de los temas que estudió.

Sobre el autor: 
Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.