lunes, 9 de abril de 2018

En el aniversario 73 de su asesinato

Dietrich Bonhoeffer y la religión


Por Víctor Rey, Chile y Ecuador

Dietrich Bonhoeffer, 4 de febrero de 1906 - 9 de abril de 1945
Hace unos días atrás conversando con unos estudiantes del Servicio de Estudios de la Realidad (SER), opinábamos acerca de la vida cristiana y uno de ellos manifestó que el mejor ejemplo de un cristiano en este tiempo, era la vida y obra de Dietrich Bonhoeffer.  Y acto seguido cito su frase sobre la fe madura  y la relación con Dios: “Un Dios que existe, no es Dios”.    Esta afirmación nos hizo discutir e intercambiar muchas opiniones que nos enriquecieron y nos dimos cuenta de la pertinencia de su pensamiento y de cómo le haría bien a las iglesias conocer más su teología para así renovar la vida cristiana.

Una de las cosas que más me atrae de Bonhoeffer es que no sólo se percata de la complejidad y ambigüedad de la realidad, sino que como buen protestante, desconfía de la religión, es decir, del esfuerzo por llegar a Dios con la ayuda únicamente de la razón y de la voluntad humana. Ya se ha percatado de la trampa en que incurre el hombre religioso al buscar un Dios todopoderoso que venga en su auxilio en el momento en que las dificultades le asedian y al que rechaza cuando se presenta débil y frágil.  Es, por tanto, un hombre que sabe que Dios no es aquel que cumple todos nuestros deseos, sino quien realiza todas sus promesas.

Dios, como hipótesis de trabajo, está siendo desplazado progresivamente de nuestro conocimiento y de nuestra vida en un mundo que se ha hecho mayor de edad. Cada vez es más cierto que las cosas marchan también sin “Dios” y, además, lo hacen tan bien como antes. “El mundo adulto es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto”. La cuestión que inevitablemente brota es aquella que pide clarificar cómo es posible hablar de Dios sin religión, es decir, sin las premisas temporalmente condicionadas de la metafísica, de la interioridad y de otras mediaciones clásicas.

El recurso a las mismas cuestiones últimas (la muerte, la culpa) están dejando de serlo, a pesar de que los “retoños secularizados de la teología cristiana”, es decir, los filósofos existenciales y los psicoterapeutas se esfuerzan, inútilmente, por colocar los perniciosos temas de una supuesta desesperación interior allí donde hay salud, fuerza, seguridad y sencillez. Los mismos pastores han intentado conservar a Dios en el ámbito de lo personal, de lo íntimo y privado por entender que era el lugar en el que el adulto ilustrado era más vulnerable. La verdad es que el hombre normal – cuya vida transcurre entre el trabajo y el hogar y otras escapadas accesorias - no tiene tiempo para ocuparse de estos asuntos ni para considerar su felicidad, aunque sea modesta, como “miseria”, “inquietud” y “desgracia”. De igual manera, tampoco vale el reclamo -propio de la Edad Media- a la heteronomía y al clericalismo que le es anejo. Un retroceso de tal calado solo puede ser el resultado de sacrificar la honestidad intelectual.

Estas maneras de proceder contra la modernidad y su mayoría de edad -sentencia Bonhoeffer- le producen una vergüenza insuperable porque son absurdas, innobles y, también, no cristianas, además de un chantaje que solo sirve a los intereses de los mediocres. Dios, gritará desde la cárcel, no puede ser introducido de contrabando en cualquier lugar secreto de la condición humana. Jesús no empezó convirtiendo a cada hombre en un pecador y en una conciencia desdichada sino que, más bien, lo sacó de tal situación de postración. La posición correcta es aquella que, sencillamente, encuentra y ama “a Dios en aquello que nos da a cada instante”, ya sea el disfrute o la desgracia. “En los hechos mismos está Dios”. Por eso, les dice a sus padres en la navidad de 1943 que la miseria, el sufrimiento, la pobreza, la soledad, el desamparo y la culpa tienen un significado muy diferente ante los ojos de Dios que en el juicio de los hombres. ¿Dónde radica la diferencia? En que “Dios se vuelve precisamente hacia el lugar de donde acostumbra apartarse el hombre”.

Esto es algo que un preso -prosigue un poco más adelante- lo comprende mucho mejor que cualquier otra persona.  Bonhoeffer irá descubriendo cómo es capital abandonar al Dios que él llama “tapagujeros” y que emerja otro imaginario más ajustado a lo que sabemos del Jesús histórico. El silencio religioso del mundo adulto: “ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios” Todas las constataciones aportadas hasta el presente no son más que indicios de un dato mayor, cada día más irrefutable: el tiempo presente está irremediablemente marcado por la adultez que ha alcanzado el ser humano y el mundo. El ilustrado se vale por sí mismo y no necesita de la hipótesis Dios. Es más, la autonomía del hombre y del mundo constituyen la meta del pensamiento. Esto es algo que se puede apreciar en los asuntos científicos, artísticos, políticos y éticos, pero también en los teológicos.
Si ésta es la situación actual ¿dónde queda sitio para Dios?, ¿cómo hay que relacionarse con Él? Bonhoeffer ve la dificultad de la empresa que se encierra en estas preguntas.  Sin embargo, la dificultad de la empresa no le sume en el silencio. Sabe, por lo menos, que la solución no pasa por usar la psicoterapia o la filosofía existencial como precursores de Dios. Tampoco pasa por desacreditar al hombre a causa de la “mundanidad” alcanzada, sino por confrontarle con Dios a partir de su lado fuerte. Pasa, más bien, por reinterpretar los conceptos teológicos de tal manera que no presupongan “¿Quién puede cultivar despreocupadamente en nuestro tiempo la música o la amistad, jugar y solazarse? No será por cierto el hombre ‘ético’, sino tan solo el cristiano”  Solo así se puede responder al reto que supone un mundo adulto y sólo así la misma fe será entendida mucho mejor, es decir, como un encuentro que significó la inversión de todos las valoraciones humanas.
La respuesta adulta pasa, en definitiva, por reconocer que hemos de vivir en el mundo aunque no existiese Dios. La mayoría de edad lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos”.

Sólo este Dios es el que puede ayudarnos ya que sólo Él es quien adquiere poder y sitio en el mundo gracias a su impotencia. Esta es, por tanto, la radical inversión que ha de experimentar el cristianismo y lo que le diferencia del paganismo ya que se pasa de pedir ayuda a un dios todopoderoso a ayudarle en su pasión, a sufrir con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios. Así pues, se ha de vivir “mundanamente”, es decir, sin Dios y participar, de esta manera, en su sufrimiento. Tal participación – y no el acto religioso – es lo que forja un cristiano. En definitiva, Jesús no llama a practicar una nueva religión sino a la vida: “si amas a Dios atente al mundo… Si queréis buscar la eternidad servid al tiempo”.

La elocuente palabra de un cristianismo “arreligioso”: espera activa y contemplación compasiva.  Bonhoeffer proclama con esta propuesta teológica su voluntad de encontrar a Dios no en los límites, sino en el centro mismo de la condición humana; no en las debilidades, sino en la fuerza; no en la hora de la muerte y de la culpa, sino en la vida y en lo bueno de los seres humanos; no en lo que se ignora, sino en lo que se conoce; no en lo irresoluble, sino en lo solucionado; no en la enfermedad, sino en la salud.

Sobre el autor 
 Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.
 

miércoles, 4 de abril de 2018

Martin Luther King y la desobediencia civil como medio de acción política

Por Víctor Rey, Chile y Ecuador 

En el cincuentenario de su asesinato 
Monumento a Martin Luther King en Whashington (Imagen; Pixabay)
Para los cristianos que tienen una vocación por la participación social y política, la vida del pastor bautista Martín Luther King es el mejor ejemplo de participación. Y no solo en esa esa dimensión tan importante de la sociedad, sino en todas las áreas de la vida.  Tuve el privilegio de conocer a su hija menor, Berenice King en el Congreso Mundial de la Alianza Bautista, que se realizó en Buenos Aires, Argentina el año 1995. Ella tenía cinco años cuando su padre fue asesinado.  Me contó algo más de la vida  de su padre y de su compromiso con la vida y el amor al prójimo.

Lo que más me impresiona de este profeta contemporáneo,  fue su actitud en relación a la desobediencia civil.  Esta característica es su ejecución de forma consciente, pública pacífica y no violenta, manteniendo una actitud de protesta contra la autoridad con el fin de rectificar los errores que ésta haya cometido, a juicio de quienes protestan.

El ensayista norteamericano Henry David Thoreau, quien influyó en Martin Luther King, León, Tolstoy, Ghandi describió estos principios en su obra Desobediencia Civil (1849).   Thoreau era considerado como una persona excéntrica, de ácidas reflexiones e ingenio inagotable: elaboró su reflexión a partir de su rechazo a pagar un impuesto del gobierno de la época destinado a financiar la guerra de Texas contra México.  Decisión por la cual fue encarcelado y de donde sólo salió cuando sus amigos pagaron la fianza en el verano de 1846.  Las ideas e intenciones de Thoreau iban más allá del egoísmo individualista (es decir, no era sólo por no querer pagar ese impuesto), sino que cuestionaba la conformidad del gobierno para cobrar impuestos que financiaban una guerra que él consideraba injusta, máxime cuando ese mismo gobierno avalaba la esclavitud.

Thoreau creó un cierto tipo de resistencia no violenta pero contumaz, ni mucho menos pasiva, que tenía mucho de renuncia. Suya es la afirmación de que “Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar el justo es también la prisión” (Thoreau, 1849). En fin, Thoreau es considerado hoy como uno de los padres de la desobediencia civil. Sin embargo, no es precisamente innovador cuando reconoce que el gobierno puede estar equivocado y que es legítimo por parte del pueblo rebelarse: El gobierno por sí mismo, que no es más que el medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda intervenir.

El término de desobediencia civil fue popularizado por el famoso ensayo de Thoreau; sin embargo, el concepto es el resultado de diferentes interpretaciones en la historia del pensamiento y de la acción del hombre. Durante el marco histórico de la humanidad se presentan tres desobedientes ilustres. Estos son Henry David Thoreau en Estados Unidos; Mahatma Gandhi en India y Nelson Mandela en Sudáfrica. Los tres tenían en común el fin de articular sus discursos y asumirlos como ejemplos de participación política y como movimientos de cambio social, tanto en sociedades no demócratas e incluso demócratas, como en sociedades democráticas mas no consideradas legítimas.

Mahatma Gandhi usó esta estrategia en la India siendo ésta todavía una colonia del Imperio Británico, con el objetivo de lograr la independencia de forma no violenta. Gandhi llamó a boicotear al gobierno colonial inglés, mediante huelgas, movilizaciones y violando la autoridad impuesta, con el objetivo de mostrar que de manera pacífica obtendrían mejores resultados que con la violencia, en donde la superioridad de los ingleses aplastaba cualquier lucha armada. Gandhi se destaca en la historia de las campañas masivas. El primer movimiento de masas auténtico de la desobediencia civil, dirigido por Gandhi, fue la marcha al Transvaal en noviembre del 1913, para protestar contra leyes discriminatorias. Algunas de estas leyes eran, por ejemplo, el impuesto anual a todos los indios que permanecían en Sudáfrica después de finalizado el contrato de trabajo que les había llevado allí, así como la ley que invalidaba todos los matrimonios no cristianos.

Otro antecedente significativo lo ofrece el movimiento sufragista. En 1913 más de mil mujeres habían pasado por las cárceles inglesas acusadas de cometer actos ilegales, públicos y no violentos en el marco de la lucha por el sufragio femenino. Cientos de ellas realizaron huelgas de hambre. El Gobierno británico respondió con la alimentación forzosa, y con leyes que permitían el cumplimiento escalonado de las penas.

“El objetivo es crear una situación de crisis generalizada que abra inevitablemente la puerta a las negociaciones”.  Así pudo resumir Martin Luther King su testamento de acción sociopolítica: encarar pacíficamente un contexto en el cual, a pesar delos elementos en contra, la movilización pueda desestabilizar el panorama hasta llegar al punto de ebullición, pero sin permitirle estallar gracias al liderazgo y a las convicciones compartidas.  Esta era una de las diferencias principales entre la no-violencia abogada por King y la violencia proactiva de su contemporáneo Malcolm X.  mientras que el último no dudaba en acudir a la defensa propia para lograr sus cometidos, King, pastor bautista y fundador de la Southern Christian Leadership Conference, llevó los principios de Gandhi de no-cooperación hasta cada rincón del sur estadounidense.  Las batallas de King comenzaron contra la segregación racial en autobuses, escuelas e instituciones públicas.  Cuando Rosa Parks se negó a cederle su puesto a un blanco, como indicaba la ley, en diciembre de 1955, King organizó un boicot al sistema de autobuses de la ciudad de Montgomery que duró más de un año y que terminó en el veredicto de la Corte Suprema de eliminar la separación racial en los buses públicos. 

Fue el primer éxito notable de King, quien continuó ejerciendo estrategias no violentas en Albany, Birmingham, Chicago y Washington.  Su modus operandi consistía en organizar a los afroamericanos en forma regional en huelgas o paros civiles que presionaran a las autoridades locales que debían responder a las solicitudes hechas por King y la comunidad negra.  Fue el primer éxito notable de King, quien continuó ejerciendo estrategias no-violentas en Albany, Birmingham, Chicago y Washington.

El éxito de esta estrategia fue diverso: mientras que el paro comercial y los arrestos masivos en Birmingham llamaron la atención del presidente Kennedy y eliminaron toda prohibición segregacionista en el pueblo, sus esfuerzos tras un año de movilización civil en Albany fueron un fracaso.  Sin embargo, la reputación de King subió considerablemente y fue establecido como el rostro del movimiento por los derechos civiles.

Múltiples grupos radicales como el Ku Klu Klan atentaron contra la vida de martin Luther King y de los manifestantes en muchas manifestaciones a favor de los Derchos Civiles, lo cual elevó a nivel nacional el perfil de King y su apuesta pacífica.  La cúspide mediática vendría el 28 de agosto de 1963, con la marcha hacia Washington que reunió a más de 250.000 personas frente al Capitolio, donde King emitió su más recordado discurso.  “I have a Dream”.  El año siguiente el movimiento recolectó recompensas aún mayores, con la firma del Acta de los Derechos Civiles por el presidente Johnson y la entrega del Premio Nobel de la Paz a Martin Luther King.

En el agitado clima de los años sesenta, Martin Luther King continuó luchando por una vida más justa y fraternal para los afroamericanos y los desvalidos en general, ampliando su discurso a los pobres de América y combatiendo a la impopular guerra de Vietnam.  En una década plagada de mártires estadounidenses, el asesinato de King a manos de James Earl Ray, un segregacionista blanco, clausuró una etapa – probablemente la más importante – en la histórica campaña afroamericana por la libertad y la calidad de vida.

La desobediencia civil sigue siendo la clave de la acción política de los cristianos que quieren involucrarse en esta área de la misión y para las iglesias que quieren asumir su rol profético en la sociedad.  Algo anda mal cuando los gobiernos de turno aplauden y se sienten complacidos con las iglesias. En este tiempo de acomodos políticos y búsqueda de privilegios de líderes cristianos el ejemplo de Martín Luther King está más vigente que nunca.

Sobre el autor 
 Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. 
 

domingo, 1 de abril de 2018

EN EL ANIVERSARIO 89 DE SU NACIMIENTO


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Sobre La Insoportable Levedad del Ser de Milan Kundera.
Víctor Rey

Cuando estudiaba Ciencias Sociales en lo que fue ILADES, la institución que antecedió a la Universidad Alberto Hurtado de los Jesuítas. Allá por los años 88 y 89 un profesor nos habló y nos entusiasmó con esta novela. Confieso que no estaba al principio interesado en leer esta novela ya que mis intereses estaban en los ensayos políticos ya que vivíamos en esos tiempos el fin de la dictadura de Pinochet. Pero cuando comencé tímidamente a adentrarme en las páginas de esta novela me fue cautivando y me di cuenta que daba luces para el tiempo que me correspondió vivir ya que los personajes de la novela también vivían bajo una dictadura que fue el régimen comunista de la antigua Checoslovaquia. He vuelto a leerla después de casi 25 años y sigo cautivando por este texto tan vigente.
Acaso sea La Insoportable Levedad del Ser (1984) la obra cumbre del escritor Milan Kundera (1929), reconocido intelectual checo, en antaño simpatizante de ideas comunistas. En esta novela se percibe el drama de los checos frente a la invasión rusa que, durante la década de los sesentas, penetró de forma violenta en la vida privada de los ciudadanos para adaptarlos al nuevo modelo político y económico. Kundera revela así, su distancia ante el comunismo surgido en la Europa del Este.
Bueno, pero esto es tan sólo uno de los contenidos que pueden verse en la novela, pues su tema central es, como lo dice el título: la insoportable levedad del ser, cuestión que perfectamente cabría clasificarla dentro del existencialismo del siglo XX. Y es, precisamente, ese tejido de complejidades políticas, culturales y existenciales el que, por ejemplo, llevó a Philip Kaufman a dirigir la adaptación al cine de la novela en 1987, apenas tres años después de publicada.
En lo que atañe al argumento de la obra, principalmente la narración gira en torno a la vida de Tomás, el protagonista y, Teresa, su acompañante: una pareja que se encuentra unida por constantes dudas existenciales. Ambos sienten cómo sus vidas fluyen en altibajos y cómo brota la levedad en lo que respecta a su relación amorosa. Pero en la novela desfilan otros dos personajes cuya relación personal posee tintes filosóficos bien interesantes. Se trata de Franz, cuya idealización del amor hacia su amante Sabina, resulta en momentos desesperada e incomprendida, pues la chica es a la vez amante de Tomás.
En síntesis, se trata de un par de historias de amor o desamor, que entremezclan diversos juegos de celos, de fidelidad, de angustia, de lujuria, de monotonía, traición y un sin fin de etcéteras que vivimos todas las personas en nuestra interacción, pero que Kundera retrata con una astucia literaria que hace que los lectores sientan esa catarsis y esa identificación con lo que plantea respecto de lo humano, no sin olvidar la crítica cultural y política hacia la situación de la República Checa en 1968.
La historia de Tomás comienza con la reflexión de la idea mítica del eterno retornonietzscheana, por la cual todo lo vivido, ha de repetirse eternamente, sólo que al volver, lo hace de un modo diferente, ya no fugaz como ocurrió en el principio. El eterno retorno es la carga pesada, similar al hecho de tener que ver en las iglesias a Jesucristo siempre clavado en la cruz. Y aquí se empieza a vislumbrar el concepto de levedad:
“El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores” (Pág. 16)
Tomás contrastará esta levedad con el proverbio alemán “Einmal Ist Keinmal”, que trae como idea central un concepto que explica que lo que se ha vivido alguna vez es como si nunca se hubiese vivido, porque muchas experiencias humanas quedan en el olvido, o se esfuman en el inconsciente, por la simple razón de ser únicas e irrepetibles. Tomás y Teresa conviven en una relación de pareja, que por igual tiene momentos de alegre coincidencia y amarga soledad, pero se sienten mucho más leves al saber que estos momentos son tan fugaces que no quedarán acaso sino en sus recuerdos. Y esto en parte es lo que hace insoportable su existencia.
Todas las personas consideran que el amor de sus vidas puede ser algo leve, sin peso alguno, como algo que tiene que ser asignado por el destino: “Es Muss Sein!” decía Beethoven. Tomás se repite a sí mismo esta frase, que en español vendría traduciendo un “tiene que ser”. Un poco arbitraria resulta la aseveración de Beethoven pero, sin duda alguna, las cuestiones que en nuestras vidas se presentan de una u otra forma pese a las circunstancias, tienen que ser como aparecen. Quizá esté en nuestras manos cambiar el “tiene que ser”, pero ello implica contrariar el poder de la todopoderosa naturaleza. Sin embargo, en los asuntos humanos, sí podemos decidir si las cosas “tienen que ser” así o no.
La historia de Tomás y Teresa sucede en Praga, en medio de la invasión rusa a la República Checa, es decir, durante la Guerra Fría. Ambos se conocieron a través de una serie de coincidencias que podrían parecer absurdas pero que, al mismo tiempo, son reales:
“Hace siete años se produjo casualmente en el hospital de la ciudad de Teresa un complicado caso de enfermedad cerebral, a causa del cual llamaron con urgencia a consulta al director del hospital de Tomás. Pero el director tenía casualmente una ciática, no podía moverse y envío en su lugar a Tomás a aquel hospital local. En la ciudad había cinco hoteles, pero Tomás fue a parar casualmente justo a aquel donde trabajaba Teresa. Casualmente le sobró un poco de tiempo para ir al restaurante antes de la salida del tren. Teresa casualmente estaba de servicio y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran seis casualidades para empujar a Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas” (Pág. 43)
¿Es la casualidad un factor determinante en los aconteceres de la existencia? Perfectamente todo podría ser casualidad, el conocer a las personas en ciertas situaciones y lugares, el que a alguien le ocurra un accidente o una situación suertuda. Estas casualidades hacen un poco absurda la existencia, por lo cual hay que esperar la adecuada cadena de casualidades que nos permitan sentirnos a gusto en la vida. Alguna vez pensé que papá y mamá se unieron casualmente para traerme a mí a la vida y que, casualmente, tuve las condiciones necesarias para nacer: sin desearlo, podríamos ser fruto de una cadena de casualidades.
Kundera pretende hacernos ver estas casualidades como elementos que hacen insoportable la existencia, en tanto leve. “Solo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje”, enfatiza el narrador de la historia, para contar que lo que ocurre necesariamente todos los días y se repite, ya no dice nada. Por esta razón, la casualidad está llena de encantos que hacen interesante la vida humana y permiten, por ejemplo, que dos personas se conozcan. Tomás y Teresa se unen con otras casualidades como lo son el amor hacía la música de Beethoven y la lectura de Tolstoi, pues ambos comparten ese gusto. De ahí que su mascota se llame Karenin, en honor a la obra maestra de Tolstoi: Ana Karenina.
Tomás y Teresa no son los únicos que sienten la insoportable levedad de su ser. También se encuentran Franz y Sabina, cuya historia se desarrolla en la travesía por diversas ciudades como Ginebra, Ámsterdam o Nueva York. Franz se entrega al enamoramiento y es capaz de sucumbir por el amor de Sabina, aunque esté casado con otra mujer llamada Marie-Claude. Él viaja constantemente por el mundo, llevando consigo a Sabina, para poder disfrutar su amor en donde nadie pueda molestarlos. Pese a esto, Franz no logra comprender en el fondo a Sabina y viceversa. Sus incomprensiones dan pie para un gran diccionario en el que se acuñan términos como:
Mujer: es un sino que le cae en suerte a quien nazca mujer. No se comprende necesariamente como uno de los dos géneros sexuales, sino como un valor. No todas las mujeres son dignas de ser llamadas mujeres. Franz valora la mujer que hay dentro de Sabina y, de igual manera, busca valorar a Marie-Claude, su esposa. Es algo irónico, pero Kundera hace ver este término de forma más espiritual que física.
Fidelidad y traición: para Franz la fidelidad es la primera de todas las virtudes. “La fidelidad le da unidad a nuestra vida que, de otro modo, se fragmentaría en miles de impresiones pasajeras como si fueran miles de añicos.” Por otra parte, la “traición significa abandonar las propias filas e ir hacia lo desconocido”.
Estas son algunas de las muchas incomprensiones que rondan en esta singular pareja de amantes, cuyas situaciones los llevará a sufrir inevitablemente la insoportable levedad del ser.
Jean François Lyotard, en sus muchos textos, habló acerca del grado cero de la cultura general contemporánea. Se trata del eclecticismo, en donde el juicio estético ha llegado a niveles altos de vulgarización. El Kitsch surge como una forma en donde el arte halaga el desorden que reina en los gustos de los aficionados. Kundera habla acerca del origen de este término, cuya aparición como palabra se remonta a mediados del siglo XIX en Alemania, encerrando una relación con los ideales estéticos de la época. Al respecto señala:
“De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama Kitsch” (Pág. 254)
Invito a releer esta novela y a las nuevas generaciones a buscar luces en para este tiempo en este texto.