sábado, 16 de diciembre de 2017

Por una Navidad con sentido


Por Víctor Rey, Chile y Ecuador
Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain

Hoy la Navidad sufre una gran distorsión en su real sentido. Cuando pensamos en la Navidad inmediatamente vienen a nuestra mente Santa Claus, los regalos y toda la fiebre consumista que se forma en torno a esta festividad. Urge hoy encontrar el verdadero sentido y compartirlos entre los cristianos y cristianas y vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.

Estamos viviendo el tercer milenio, las expectativas y la realidad de nuestro pueblo, siguen estando marcadas por los signos de la anti- vida y por ende de los anti- valores del anti-reino. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socio económicas y la desesperanza de los más necesitados están marcando el paso de los inicios de este tercer milenio en latinoamericano.

La experiencia de los pastores en la fría noche de navidad vuelve a convertirse en una realidad para nosotros y nosotras hoy. Nuestro mensaje y acción pastoral debe estar cargada de mucha esperanza. El pueblo latinoamericano desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena. Hoy queremos escuchar las buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo. Pero esa noticia ya se ha echado a rodar por nuestra América que proclama “hacer nuevas todas las cosas”. Así avanzando contra las tinieblas, la luz verdadera sigue su curso fulgurante que nada ni nadie puede detener. De esta manera conciben los autores bíblicos el anuncio del Evangelio de Jesucristo por los caminos del Mundo. Pablo habla de la dinamita de Dios de la cual él no se avergüenza. Juan habla de la “luz que brilla... y la oscuridad no ha podido apagarla”. Lucas narra la épica de un avance incontenible contra viento y marea, en el mundo greco-romano del siglo.


Esta buena noticia no es sólo un sistema de ideas que se contrapone a los sistemas de ideas de hoy vigentes en el mundo. No es una ideología más en el supermercado intelectual del momento. Es un poder, es una forma de vivir y plantarse frente al mundo, es una comunidad que trasciende barreras. Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida evangélico hay que sacar el Evangelio de manos de los vendedores profesionales que lo han vuelto un inocuo producto comercial que se ofrece al mejor postor. Dondequiera un ser humano que invoca el nombre de Cristo se atreve a vivir por él; se esfuerza por practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento; alza sus ojos con esperanza y vence el temor, allí es donde está avanzando el Evangelio.

A partir del siglo I, siglo tras siglo, vivir el evangelio ha sido una aventura que ha probado las promesas del Dios de Abraham, Isaac, Jacob, Jesucristo y Pablo. Hoy sigue siendo así. La atmósfera de nuestro tiempo es otra. La oposición de afuera y traiciones de adentro han cambiado de rostro. Jesucristo es el mismo, hoy, ayer y siempre y por ello hay que entender cómo vivir el Evangelio eterno en nuestro tiempo.

La Navidad nos recuerda y nos hace reflexionar sobre la vida de Jesucristo y el estilo de vida que vino a inaugurar. Este hecho nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos en deidad. Con él aprendemos a sospechar también: “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”, “No se puede servir a Dios y al dinero”. Vivir el Evangelio y el espíritu de la Navidad es primero vivir la libertad de la idolatría materialista de los apetitos económicos. Es hacer de Jesucristo el Señor y entrar a un género de vida que ve lo económico como un campo en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el humano posee. Cuando nos damos cuenta que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Cristo puede renovar nuestra vidas y purificarlas para que den fruto. El hombre nuevo con su hambre de sed y justicia ya empieza a manifestarse en la disposición a cambiar nosotros mismos para que el mundo cambie.

Rescatar el verdadero sentido de la navidad , es vivir el Evangelio hoy, no cayendo en la trampa del mercado. El problema con la ideología del libre mercado es que nos hace aceptar su utopía como un axioma que no necesita demostración. Es decir como el único camino que es aceptable hoy es el de la Economía de Libre Mercado. Nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada a menos que estén al servicio de esa ideología. Con ese mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia, la historia del mundo y aun Jesucristo mismo. No caer en esa trampa, no aceptar esa utopía, esa idolatría del mercado, como un axioma ni tampoco aceptar como “científico” un análisis, que por un lado se alimenta de la opresión de los más pobres y por otro reduce al hombre y la mujer a seres que solo sirven para consumir. Por lo tanto debemos proclamar en primer lugar que la norma que juzga la vida y la acción de los hombres y las mujeres no es el éxito, ni la cantidad de cosas que se posean, sino el designio de Dios revelado en Jesucristo. Descubrimos también que para tener valor y eficacia las acciones humanas no necesitan ser exitosas. La vida es mucho más que la economía . La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.

Una buena noticia para el mundo de hoy que trae la presencia de Jesús en esta navidad, es que se acaba el temor. Hoy vivimos bajo el sigo del miedo y esta parece ser la característica más notoria de esta época. La mentalidad de los hombres y mujeres del siglo I estaba plagada de temores: a las potencias espirituales de los aires, a los principados y potestades, a los espíritus elementales. En medio de ellos el Evangelio era el anuncio de la victoria cósmica de Cristo, que ponía en evidencia la debilidad de estas fuerzas que aterrorizaban a los hombres y mujeres. Hoy en día los temores tienen otros nombres, pero son muy parecidos en sus efectos sobre el corazón de los hombres y mujeres sin Cristo. Los medios de comunicación modernos han ido desarrollando una jerga que conjura el temor y la sensación de un fatalismo frente al cual el hombre y la mujer parecen impotente. Hoy se tiembla ante las fuerzas oscuras que dominan el mercado de valores, ante los sistemas políticos-militares, ante las mafias de todo signo que parecen obrar con impunidad y crecer como pulpos infernales.

El Evangelio que Cristo nos ha traído y que recordamos en Navidad sigue siendo el Evangelio de la victoria de Dios sobre todo aquello que se opone a su designio que es el bien y la vida abundante para los hombres y mujeres. Cierto que esa victoria pasó por el sufrimiento de la cruz, por la agonía, la soledad y lo que a todas luces parecía el fracaso y la impotencia del justo contra la maldad del mundo.

La buena noticia del Evangelio es negarse a permitir que los temores que sobrecogen a los hombres y mujeres de hoy nos atemoricen también a nosotros. Es poner la mira en Cristo, alzar la vista y vivir en obediencia a su ejemplo, con gozo y confianza en la victoria final, cualquiera sea el curso de la peripecia del hoy. Jesús y Pablo y Pedro nos enseñaron que esta manera de vivir el Evangelio no es la arrogancia insultante frente al verdugo ni la búsqueda casi masoquista del sufrimiento. En nuestro tiempo implica la desmitologización de todas las idolatrías modernas y poderes terrenos, en el entendimiento de estas fuerzas dentro de su limitada dimensión humana, o quizás aun en su exageración demoníaca. Pero esto implica también el propósito de seguir haciendo aquello que entendemos que es el bien, aunque ello acarree la persecución o la amenaza. Por esto la buena noticia de la navidad y lo que le da sentido, es nada nos puede separar del amor de Dios en Cristo y ese amor ha triunfado para siempre.

Sobre el autor: 
Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.


martes, 12 de diciembre de 2017

El arte y la estética

Víctor Rey

¿Qué es la estética? Cuando estudiaba filosofía uno de los cursos que más disfrute dentro de la Axiología, fue Estética  Tuve el privilegio de tener de profesor al sabio chileno Gastón Soublette.  Este musicólogo nos adentró en algunos textos bíblicos como El Cantar de los Cantares, que para mí fue una novedad.  Ya que ahí me di cuenta que este libro era parte de la Biblia.  Me asombró su belleza y más tarde me ha sorprendido su poca exposición y mala interpretación que se hace de ese libro.

Comencemos por una definición que recuerdo de las clases del Profesor Soublette. La estética es "la filosofía de la belleza y el arte. Estudia la naturaleza de la belleza y las leyes que gobiernan su expresión -como en las bellas artes- así como los principios de la crítica del arte". Formalmente, la estética queda así incluida en el estudio de la filosofía, dentro de la Axiología.
En el corazón de la estética, entonces, está la creatividad humana y sus diversas expresiones culturales.  Mientras que la naturaleza provee la materia prima para la expresión humana, la cultura es lo que el hombre produce en su entorno terrenal.

El gusto estético está entrelazado en todo el tejido cultural de una sociedad y, por lo tanto, no puede ser ignorado. Así que es ineludible, para la sociedad y para el individuo. La creatividad humana se expresará inevitablemente, y los resultados nos dirán algo acerca de sus creadores y la sociedad de donde vinieron.

El término arte puede significar muchas cosas distintas. En el sentido más amplio, todo lo que crea el hombre es arte, y todo lo demás es naturaleza, creada por Dios. Sin embargo, la palabra "arte" suele denotar cosas buenas y hermosas creadas por la humanidad.  Aun las artes y oficios, como la carpintería y el trabajo en metales, han sido consideradas por muchos como artes.
Si bien las obras de artesanos de tiempos más antiguos han llegado a ser consideradas como bellas artes, el término las artes, sin embargo, tiene un campo más estrecho en este bosquejo. Aquí nos interesan especialmente aquellas actividades de la humanidad que están motivadas por el impulso creativo, que van más allá de la utilidad material en su propósito, y que expresan la singularidad de ser humano. Este uso más limitado de la palabra "arte" incluye la música, la danza, la pintura, la arquitectura, el teatro y la literatura. Las bellas artes es el estudio de aquellas actividades y actos humanos que producen y son considerados obras de arte.

Entonces, la estética es el estudio de las respuestas humanas a cosas que se consideran hermosas y significativas. Las artes es el estudio de las acciones humanas que intentan despertar una experiencia estética en otros. Una puesta de sol en las montañas podrá evocar una respuesta estética, pero no es considerada una pieza de arte, porque es naturaleza. Una fila de postes telefónicos que sostienen líneas de transmisión podrá tener una apariencia hermosa, pero no es arte, porque no fue creada con un propósito artístico en mente. Sin embargo, debe notarse que aun aquellas cosas hechas originalmente con propósitos no artísticos pueden y han llegado a ser considerados como objetos artísticos.


Si bien el arte puede tener el resultado secundario de permitir al artista ganarse la vida, siempre tiene como propósito principal la expresión creativa de experiencias y deseos humanos descriptibles e indescriptibles. El propósito del artista es crear un tipo especial de honestidad y franqueza que surge del alma y que espera que otros entiendan en su ser interior.

martes, 5 de diciembre de 2017

¡QUE VIVA QUITO!

Víctor Rey

La primera vez que pasé por Quito fue a fines del año 1980.  Con tres amigos chilenos viajamos por bus desde Chile a Colombia para participar en un seminario de capacitación en Bogotá. Allá en Colombia un amigo ecuatoriano me preguntó que me había parecido Quito.  La verdad es que no supe contestar ya que en un viaje tan largo solo quería llegar pronto al destino.  Al regreso de ese evento decidí poner atención y fijarme más en esta ciudad y sus detalles. Realmente me impresionó y lamenté no tener tiempo para conocerla mejor.  La vida me dio la oportunidad de visitar Quito y el privilegio de vivir por ocho años en esta bella ciudad. Creo que soy afortunado, ya que vivir rodeado de montañas verdes, donde amanece a las seis de la mañana con un sol radiante y donde la temperatura es primaveral todo el año es algo maravilloso.  Por esta razón ahora que se cumplen 483 años de su fundación, por Sebastián de Benalcázar en 1534,  comparto la riqueza de esta urbe moderna y tradicional, rica en cultura, historia, y arte,  invitándolos a visitarla y caminar pos sus calles y sus 25 parques que están a vuestra disposición.  También para saborear su rica gastronomía y disfrutar de la cálida amistad del quiteño. Dice un dicho que uno no es de donde nace sino de donde quiere morir.  Yo digo que uno no es de donde nace sino de donde quiere vivir y yo quiero vivir en Quito.

Quito, Patrimonio Cultural de la Humanidad, está rodeada de valles y escoltada por hermosos volcanes activos. Desde la mitad del mundo, Quito resplandece con el cielo más azul del equinoccio y con su gente amable y trabajadora; es el centro del mundo de la cultura y de la libertad. “Quito Ciudad Convento” o “Claustro de América”, “Relicario de Arte en América”, “Quito Luz de América”, “Capital Iberoamericana de la Cultura” “Carita de Dios”, son algunos de los títulos que le han llevado a esta bella y franciscana ciudad a ser la capital más hermosa de América Latina.

Quito es una ciudad donde los matices coloniales de su centro histórico contrastan con sus modernos edificios del presente. Un lugar que guarda los enigmas de una historia milenaria, la magnífica herencia del encuentro de dos mundos y los secretos de la cultura del mestizaje que lo llevaron a convertirse, en 1978, en la primera ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, que posee el perímetro más amplio de arquitectura colonial de América Latina.
La Plaza de la Independencia, también llamada “Plaza Grande” sigue representando el corazón fundamental de la capital ecuatoriana como en tiempos de la colonia, está flanqueada por la casa de Gobierno o Palacio de Carondelet, el Palacio Arzobispal, la Catedral Metropolitana y el Palacio Municipal.
En el Centro Histórico existen detalles muy llamativos que se han mantenido por más de 500 años y que reflejan el alma de la ciudad, como la Calle de las Siete Cruces, la Cuesta del Suspiro, el Arco de la Reina, la Plaza de San Francisco, La Ronda o la Calle de los Milagros, porque no es solo una exposición monumental, sino una estructura viva, donde la modernidad no ha anulado las formas tradicionales de ser de los quiteños, alegres, dicharacheros, ingeniosos, generosos y amantes de reunirse en una esquina para cumplir con un ritual básico de la vida en comunidad.
El barrio La Ronda es en uno de los sectores más emblemáticos del Centro Histórico de Quito. Fue el corazón bohemio de esa zona de la ciudad a mediados del siglo XX; en su estrecha calle encontrará restaurantes, bares, cafetines poetas, músicos, que se contrastan con la modernidad de la zona norte, un escenario cosmopolita con variedad de atractivos como el sector de La Mariscal y la Plaza Foch, donde se concentran los servicios turísticos como hoteles, hostales, restaurantes o locales para la diversión y la gastronomía.
Las calles quiteñas aún conservan su peculiar y sinuoso trazado, en donde los visitantes perciben la nostalgia de sus tradiciones y reviven los fantásticos efectos de sus leyendas que dan un toque virtuoso y mágico a Quito, que mantiene viva su expresión cultural y arquitectónica sin que los efectos de la modernidad le hicieran cambiar.
Otro factor de gran atractivo y que le brinda el sello peculiar a esta ciudad constituye el volcán Pichincha, en cuyas agrestes faldas se extiende la ciudad, dando la impresión de cobijarse entre los muros de este coloso natural, que además concentra un gran significado histórico para el país, pues allí, en 1822, se libró la batalla de la Independencia.
El Museo de la Ciudad, el Centro Cultural Metropolitano, el Convento de San Agustín, la Capilla Sixtina, el Museo Nacional de Arte Contemporáneo, el Museo de Cera, entre otros, son sitios indispensables para nutrirse de la historia y la cultura de la ciudad.
Quito también es dueña de algunas de las más importantes joyas de la arquitectura colonial, donde predomina el estilo de arte barroco, una herencia iberoamericana en la cual se combinan temas y tonos propios de la región andina con la influencia artística europea: rostros indígenas, paisajes autóctonos, colores brillantes, animales como llamas o cuyes, íconos como el sol para los incas, entre otros elementos, que configuraron un mestizaje dando lugar a lo que se conoce como la corriente del “barroco quiteño”, que contó incluso con su propia escuela de artes y oficios, conocida como la “Escuela Quiteña”.
Si el turista quiere conocer el arte barroco debe visitar la Compañía de Jesús que constituye una de las obras más significativas y más bellas de la arquitectura suramericana, y por lo tanto constituye uno de las mayores obras de dicha corriente estética en el mundo. Su fachada es muy bien decorada y elegante, por dentro el templo es impresionante, al levantarse todo cubierto de oro. La Compañía es una joya del pasado que permanece intacta en el presente.
Pero si al viajero le gustan las leyendas nada mejor que visitar la iglesia de San Diego para conocer la leyenda del “Padre Almeida” o la Iglesia de San Francisco, para conocer la leyenda de “Cantuña”.
También puede visitar la iglesia de la Catedral, fundada originalmente en 1535, ya que posee una mezcla de varios estilos como Barroco, Mudéjar, Rococó, Neogótico y Neoclásico; mientras que en el interior de la Iglesia de Santo Domingo se encuentran valiosas estructuras. Una de las joyas barrocas que se cuida celosamente en esta iglesia es la Capilla del Rosario, que constituye una obra significativa de la arquitectura quiteña.
Para intentar comprender esta encantadora ciudad de extremos, conviene subir a uno de sus lugares más tradicionales: el Cerro del Panecillo, mirador a 3.000 metros de altitud desde donde se contempla, inmensa y complicada, la extensión capitalina, con su casco antiguo agazapado bajo sus tejas coloradas entre esta loma y el parque de La Alameda, y rodeado por inmensos barrios nuevos surcados por anchas avenidas.
Pero si quiere dominar todo el panorama y admirar la ciudad, los valles y la Avenida de los Volcanes, denominada así, por el infatigable geógrafo y científico alemán, Alexander Von Humbolt, que llegó al Ecuador, en 1812, nada mejor que subir al Teléferico ubicado a 4.050 msnm.
El Quito moderno se forja en los años 50 del siglo XX, cuando la avenida Colón deja de ser el límite de la ciudad y se consolidan los barrios de La Mariscal y cuando se construye el Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre y el Estadio Olímpico Atahualpa. Para algunos historiadores esto fue lo que “jaló” a la ciudad hacia el norte. Poco a poco se extendieron hacia el norte las avenidas Seis de Diciembre, Diez de Agosto, Amazonas y Eloy Alfaro, alrededor de las cuales surgieron grandes urbanizaciones, edificios y espacios para la diversión, como el parque La Carolina.
La ciudad continuó su crecimiento hacia el norte durante los años 70, que coinciden con el llamado “boom petrolero”. Se acelera la construcción de viviendas, edificios, centros comerciales, locales de diversión y entretenimiento. Y lo que solo era un espacio residencial se convierte en la zona del “boom comercial”.
También se encuentra el barrio La Mariscal, donde no solo se concentran los servicios turísticos sino que conserva las mansiones del siglo XX que se han convertido en hoteles, hostales, restaurantes o locales para la diversión y la gastronomía. El corazón de ese barrio capitalino es la plaza El Quinde conocida como la plaza Foch, un lugar de encuentro y disfrute culturales y gastronómicos.

Quito es una de esas ciudades que pueden hechizar y conquistar el errante corazón del viajero en busca de visiones para la memoria de su retina; pero también es un laberinto de sensaciones donde cada uno debe encontrar su rincón favorito.