lunes, 19 de octubre de 2015

 UN NUEVO CREDO
Frei Betto

Creo en el Dios liberado del Vaticano y de todas las religiones existentes y por existir. El Dios que antecede a todos los bautismos, preexiste antes que los sacramentos y desborda todas las doctrinas religiosas. Libre de los teólogos, se derrama gratuitamente en el corazón de todos, creyentes y ateos, buenos y malos, de los que se creen salvados y de los que se creen hijos de la perdición, y también de los que son indiferentes a los abismos misteriosos del más allá de la muerte.

Creo en el Dios que no tiene religión, creador del Universo, donador de la vida y de la fe, presente en plenitud en la naturaleza y en los seres humanos. Dios orfebre de cada ínfimo eslabón de las partículas elementales, desde la refinada arquitectura del cerebro humano hasta el sofisticado entrelazado del trío de cuarqs.

Creo en el Dios que se hace sacramento en todo lo que acerca, atrae, enlaza y une: el amor. Todo amor es Dios y Dios es lo real. En tratándose de Dios, dice bellamente Rumi, no se trata del sediento que busca el agua  sino del agua que busca al sediento. Basta con manifestar la sed y el agua mana.

Creo en el Dios que se hace refracción en la historia humana y rescata todas las víctimas de todo poder capaz de hacer sufrir al otro. Creo en teofanías permanentes y en el espejo del alma que me hace ver a Otro que no soy yo. Creo en el Dios que, como el calor del sol, siento en la piel, aunque sin conseguir contemplar o agarrar el astro que me calienta.

Creo en el Dios de la fe de Jesús, Dios que se hace niño en el vientre vacío de la mendiga y se acuesta en la hamaca para descansar de los desmanes del mundo. El Dios del arca de Noé, de los caballos de fuego de Elías, de la ballena de Jonás. El Dios que sobrepasa nuestra fe, disiente de nuestros juicios y se ríe de nuestras pretensiones; que se enfada con nuestros sermones moralistas y se divierte cuando nuestro arrebato profiere blasfemias.

Creo en el Dios que, en mi infancia, plantó una acacia en cada estrella y, en mi juventud, se asomó cuando me vio besar a mi primera enamorada. Dios fiestero y juerguista, el que creó la luna para engalanar las noches de deleite y las auroras para enmarcar la sinfonía pajarera de los amaneceres.

Creo en el Dios de los maníaco-depresivos, de las obsesiones sicóticas, de la esquizofrenia alucinada. El Dios del arte que desnuda lo real y hace resplandecer la belleza preñada de densidad espiritual. Dios bailarín que, sobre la punta de los pies, entra en silencio en el palco del corazón y, comenzada la música, nos arrebata hasta la saciedad.

Creo en el Dios del estupor de María, del camino laboral de las hormigas y del bostezo sideral de los agujeros negros. Dios despojado, montado en un borrico, sin piedra donde reclinar la cabeza, aterrorizado de su propia debilidad.

Creo en el Dios que se esconde en el reverso de la razón atea, que observa el empeño de los científicos por descifrarle su juego, que se encanta con la liturgia amorosa de cuerpos excretando jugos para embriagar espíritus.

Creo en el Dios intangible al odio más cruel, a las diatribas explosivas, al corazón hediondo de aquellos que se alimentan con la muerte ajena. Dios, misericordioso, se agacha hasta nuestra pequeñez, suplica un suave masaje y pide arrullos, exhausto ante la profusión de idioteces humanas.
Creo, sobre todo, que Dios cree en mí, en cada uno de nosotros, en todos los seres engendrados por el misterio abismal de tres personas unidas por el amor y cuya suficiencia desbordó en esta Creación sustentada, en todo su esplendor, por el hilo frágil de nuestro acto de fe.

martes, 13 de octubre de 2015

Dios y Buda 
(adaptación)

Una mañana un hombre le preguntó: «¿Existe Dios?».
Buda miró al hombre a los ojos y le -dijo: «No, Dios no existe».
Ese mismo día, por la tarde, otro hombre le preguntó: «¿Qué piensas acerca de Dios? ¿Existe Dios?».
Buda miró al hombre a los ojos y le dijo: «Sí, Dios existe».
Ananda, que estaba con él, se quedó muy confundido, pero él ponía siempre mucho cuidado en no interferir en nada. Si tenía alguna pregunta, por la noche, cuando todo el mundo se retiraba y Buda se disponía a dormir, se la exponía.
Pero esa tarde, a la puesta de sol, otro hombre vino con una pregunta muy parecida aunque formulada de forma distinta. El hombre dijo: «Hay gente que cree en Dios y hay gente que no cree en Dios. Yo no sé a quien creer. He venido a pedirte ayuda».
Ananda estaba muy interesado en oír la respuesta de Buda; en un mismo día había dado dos respuestas absolutamente contradictorias y ahora surgía una tercera oportunidad (y no hay una tercera respuesta).
Pero Buda le dio una tercera respuesta. No habló, cerró los ojos. Era un hermoso atardecer. Buda estaba en un bosquecillo de mangos. Los pájaros estaban posados en las ramas de los árboles. El sol acababa de ponerse y soplaba una brisa fresca.
El hombre, al ver a Buda sentado con los ojos cerrados, pensó que quizás era esa la respuesta, así que se sentó junto a él con los ojos cerrados.
Transcurrió una hora y el hombre abrió los ojos, tocó los pies de Buda y dijo: «Tu compasión es grande. Siempre te estaré agradecido por haberme dado la respuesta».
Ananda no podía creer lo que veía, porque Buda no había dicho una sola palabra... Y el hombre se marchó tan contento, totalmente satisfecho. Entonces Ananda le dijo a Buda: «¡Esto es demasiado! Deberías pensar en mí; me vas a volver loco. Estoy al borde de un ataque de nervios. A un hombre le dices que Dios no existe, a otro hombre le dices que Dios existe y al tercero no le contestas. Y el tercero dice que ha recibido la respuesta, está contento y agradecido, y te toca los pies. ¿Me puedes explicar qué significa todo esto?».
Buda dijo: «Ananda, la primera cosa que debes recordar es que esas preguntas no las habías formulado tú; por tanto, esas respuestas no eran para ti. ¿Por qué te preocupas innecesariamente por los problemas de otra gente? Primero soluciona tus propios problemas».
Ananda dijo: «Es cierto, esas no eran mis preguntas y la respuestas no iban dirigidas a mí... ¿Pero qué puedo hacer? Tengo oídos y oigo, y he oído y he visto, y ahora todo mi ser está confundido. ¿Cuál es la respuesta correcta?».
Buda dijo: «¿Correcta...? Lo correcto es la consciencia. El primer hombre era un teísta y quería que le reafirmase en su creencia de Dios. Vino con una respuesta -una respuesta hecha- solamente para que le reafirmase en su creencia y poder decir: "Estoy en lo cierto, incluso el propio Buda me ha dado la razón." Por eso le he dado esa respuesta, solamente para perturbar su creencia, porque creer no es conocer.
»El segundo hombre era un ateo. También ha venido con una respuesta, una respuesta hecha -que Dios no existe-, y quería que le reafirmase en su incredulidad para poder decir que pienso como él. Tuve que decirle: "Sí, Dios existe." Pero el propósito era el mismo.
»Si eres capaz de ver mi propósito, verás que no hay contradicción. Estaba perturbando la creencia preconcebida del primer hombre y la incredulidad preconcebida del segundo hombre. La creencia es afirmativa, la incredulidad es negativa, pero en realidad ambas son una misma cosa. No provienen de alguien que conoce; y ninguno de ellos era un verdadero buscador, ambos acarreaban prejuicios.
»El tercero era un verdadero buscador. No tenía ningún prejuicio, abrió su corazón y me dijo: "Hay gente que cree en Dios, y hay gente que no cree en Dios. Yo no sé a quien creer. He venido a pedirte ayuda." Y la única ayuda que podía darle era una experiencia de consciencia silenciosa; las palabras son inútiles. Y cuando he cerrado mis ojos ha entendido el mensaje. Era un hombre con una cierta inteligencia: abierto, vulnerable. Y cerró los ojos.
»Al profundizar en el silencio, al volverse parte del campo de mi silencio y mi presencia, ha empezado a adentrarse en el silencio, a adentrarse en la consciencia. Cuando transcurrió una hora parecía como si sólo hubieran transcurrido unos minutos; no recibió ninguna respuesta en palabras pero recibió la verdadera respuesta en silencio: no te preocupes acerca de Dios, no tiene ninguna importancia si existe o no. Lo que importa es la existencia del silencio, si existe o no la consciencia. Si eres silencioso y consciente, tú mismo eres Dios. Dios no es algo ajeno a ti: o eres una mente o eres Dios. En silencio y conciencia, la mente se disuelve, desaparece, y se te revela la divinidad. Sin haberle dicho nada ha recibido la respuesta, y la ha recibido de una forma perfectamente correcta».La respuesta Ananda no esta en quien responde si no en quièn pregunta.

lunes, 12 de octubre de 2015


Sócrates jubilado

El cerebro se activa sin instrucciones de uso, pero la filosofía le aporta sentido crítico

     Hace unas semanas tuve un encuentro que las circunstancias volvieron prodigioso. En un kiosco de la Ciudad de México encontré el primer libro de una serie titulada Grandes Pensadores. Por un precio irrisorio compré una antología de Platón de 800 páginas, editada por Gredos, con comentarios autorizados y un espléndido aparato de notas. Me sentí afortunado, pero no sabía en qué grado lo era
Para conseguir el siguiente tomo, dedicado a Nietzsche, tuve que recorrer más de veinte puestos. En uno de ellos, un estoico me dijo: “Ni lo intente, joven, la filosofía es demasiado popular”. Finalmente di con un vendedor que tenía reservado a Nietzsche para otro cliente. En vez de especular con mi deseo, el hombre habló como si hubiera leído toda la serie de Grandes Pensadores: “Otra persona lo reservó para este martes, ya estamos a jueves y usted parece más necesitado”.
Fue mi último triunfo. El tercer tomo no llegó a mis manos. En un puesto de la calle Donceles, que tiene la mayor concentración de librerías de viejo del país, un dependiente me dijo: “Los libros de pensadores rebasaron todas las expectativas de venta; los van a volver a lanzar en 2016, pero en grande”.
México tiene uno de los comercios callejeros más activos del mundo; sin embargo, nunca pensé que la filosofía formara parte de su oferta. Soy hijo de un filósofo y de niño pasé trabajos para entender a qué se dedicaba. “La filosofía busca el sentido de la vida”, me dijo cuando yo tenía seis años. Los padres de mis amigos tenían profesiones comprensibles: médicos, abogados, vendedores de alfombras. “¿A qué se dedica tu papá?”, me preguntaban. El vértigo llegaba con la respuesta: “Busca el sentido de la vida”. La frase sugería que mi padre se la pasaba en las cantinas, indagando los misterios del tequila y los mariachis.
La utilidad de la filosofía siempre ha estado en disputa. Cuando Sócrates bebió la cicuta, Grecia aceptó deshacerse de una de sus mejores mentes. Nuestra época no pretende matar a Sócrates sino jubilarlo. Japón acaba de proponer un severo recorte para las carreras de humanidades y España se ha sumado al pragmatismo que elimina la enseñanza obligatoria de filosofía y valores éticos en secundaria y bachillerato.
Este empobrecimiento sólo se entiende si quienes toman la medida ya pasaron por él. El cerebro se activa sin instrucciones de uso, pero la filosofía le aporta sentido crítico.
En su más reciente novela, Sumisión, Michel Houellebecq, plantea una sugerente hipótesis: ¿qué pasaría si un partido islámico ganara las elecciones en Francia? Aliados con los socialistas, los islamistas crean un frente político. Su única exigencia es hacerse cargo de la educación. Los socialistas ceden de buena gana, interesados en controlar Hacienda, Defensa y Asuntos Exteriores. El resultado es una transformación total de las costumbres. El país de la Enciclopedia se entrega al sometimiento.
Después de los asesinatos en la revista Charlie Hebdo, el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire se convirtió en un best seller. Ante la sinrazón, la filosofía se vuelve urgente. Fernando Savater estaba en Londres cuando el ayatolá Jomeini lanzó la fatwa contra Salman Rushdie. En la plaza de Trafalgar presenció una manifestación donde una pancarta decía: “¡Avísenle a Voltaire!” Las ideas brindan últimos consuelos y primeros auxilios.
No es por presumir, pero los mexicanos somos raros. Mientras la “racionalización” de la enseñanza elimina el pensamiento libre en diversas partes del mundo, los libros de metafísica se buscan como versiones encuadernadas del Santo Grial en la Ciudad de México.
Sócrates continúa su labor peripatética en calles que desafían el sentido de la orientación y donde la filosofía es un remedio.
Avísenle a Voltaire.