sábado, 23 de mayo de 2015

Bruce Lipton, doctor en Medicina, investigador en biología celular

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

"Lo que pensamos varía nuestra biología"

"Lo que pensamos varía nuestra biología"
Foto: Àlex Garcia

Podemos cambiar
No se trata de un gurú de las pseudociencias, Lipton impartió clases de Biología Celular en la facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin y más tarde llevó a cabo estudios pioneros de epigenética en la facultad de Medicina de la Universidad de Stanford que lo llevaron al convencimiento de que nuestro cuerpo puede cambiar si reeducamos nuestras creencias y percepciones limitadoras. El problema siempre es el cómo: cómo cambiar la información del subconsciente. En su libroLa biología de la creencia(Palmyra) recomienda métodos como el PSYCH-K. Y en La biología de la transformación (La esfera de los libros) explica la posibilidad de una evolución espontánea de nuestra especie.
Me enseñaron que los genes controlan la vida, que en ellos se inscriben todas nuestras capacidades y características, pero es falso.

¿Del todo?
No somos víctimas de nuestra genética, en realidad es el ADN el que está controlado por el medio externo celular.

¿Qué significa eso?
La célula es la vida. Hablar de una célula es como hablar de una persona. Nosotros recibimos la información a través de los cinco sentidos y las células reciben las señales del entorno a través de los receptores que captan la información. El ADN es controlado por señales que vienen desde fuera de la célula, incluyendo mensajes energéticos de nuestros propios pensamientos, tanto los positivos como los negativos.

¿Somos lo que vivimos y pensamos?
Sí, y cambiar nuestra manera de vivir y de percibir el mundo es cambiar nuestra biología. Los estudios que empecé hace cuarenta años demuestran que las células cambian en función del entorno, es lo que llamamos epigenética. Epi significa por encima de la genética, más allá de ella.

¿Y?
Según el entorno y como tú respondes al mundo, un gen puede crear 30.000 diferentes variaciones. Menos del 10% del cáncer es heredado, es el estilo de vida lo que determina la genética.

¿Es el entorno el que nos define?
Aprendemos a vernos como nos ven, a valorarnos como nos valoran. Lo que escuchamos y vivimos nos forma. No vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos. Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas.

Pero las creencias están inscritas en lo más profundo de nuestro subconsciente.
Cierto. El subconsciente es un procesador de información un millón de veces más rápido que la mente consciente y utiliza entre el 95% y el 99% del tiempo la información ya almacenada desde nuestra niñez como un referente. Por eso cuando decidimos algo conscientemente como, por ejemplo, ganar más dinero, si nuestro subconsciente contiene información de que es muy difícil ganarse la vida, no lo conseguiremos.

¿Entonces?
Si cambiamos las percepciones que tenemos en el subconsciente, cambiará nuestra realidad, y lo he comprobado a través de numerosos experimentos. Al reprogramar las creencias y percepciones que tenemos de cómo es la felicidad, la paz, la abundancia, podemos conquistarlas.

Me suena a fórmula feliz...
Así es como funciona el efecto placebo. Si pienso que una pastilla me puede sanar, me la tomo y me encuentro mejor. ¿Qué me ha sanado?...

¿La creencia?
Eso parece. Al igual que los pensamientos positivos y el efecto placebo afectan a nuestra biología, existe el efecto nocebo: si crees que algo te hará daño, acabará por hacerte daño. Henry Ford decía que tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienen razón. Si eliges vivir un mundo lleno de amor, tu salud mejorará.

¿Y eso por qué?
La química que provoca la alegría y el amor hace que nuestras células crezcan, y la química que provoca el miedo hace que las células mueran. Los pensamientos positivos son un imperativo biológico para una vida feliz y saludable. Existen dos mecanismos de supervivencia: el crecimiento y la protección, y ambos no pueden operar al mismo tiempo.

O creces o te proteges.
Los procesos de crecimiento requieren un intercambio libre de información con el medio, la protección requiere el cierre completo del sistema. Una respuesta de protección mantenida inhibe la producción de energía necesaria para la vida.

¿Qué significa prosperar?
Para prosperar necesitamos buscar de forma activa la alegría y el amor, y llenar nuestra vida de estímulos que desencadenen procesos de crecimiento. Las hormonas del estrés coordinan la función de los órganos corporales e inhiben los procesos de crecimiento, suprimen por completo la actuación del sistema inmunológico.

¿La culpa de todo la tienen los padres?
Las percepciones que formamos durante los primeros seis años, cuando el cerebro recibe la máxima información en un mínimo tiempo para entender el entorno, nos afectan el resto de la vida.

Y las creencias inconscientes pasan de padres a hijos.
Así es, los comportamientos, creencias y actitudes que observamos en nuestros padres se graban en nuestro cerebro y controlan nuestra biología el resto de la vida, a menos que aprendamos a volver a programarla.

¿Cómo detectar creencias negativas?
La vida es un reflejo de la mente subconsciente, lo que nos funciona bien en la vida son esas cosas que el subconsciente te permite que funcionen, lo que requiere mucho esfuerzo son esas cosas que tu subconsciente no apoya.

¿Debo doblegar a mi subconsciente?
Es una batalla perdida, pero nada se soluciona hasta que uno no se esfuerza por cambiar. Deshágase de los miedos infundados y procure no inculcar creencias limitadoras en el subconsciente de sus hijos.


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jueves, 21 de mayo de 2015

La ironía escéptica de Odo Marquard

   El País
     
El autor responde a la necesidad de seguir filosofando con un estilo erudito y divertido.

Lo siento, me resisto a jubilar las obras de consulta de mi biblioteca en pro de wikipedias y similares. No dudo de que "entre todos lo sabemos todo", como señaló Cervantes, pero sigo prefiriendo acudir a mis especialistas en compendios impresos. Sin embargo, este caso es como para hacerle dudar a uno: busco referencias sobre Odo Marquard y no encuentro su nombre en ninguno de los dos diccionarios de filosofía que manejo habitualmente (el de Ferrater Mora, edición ampliada en cuatro volúmenes de 1994, y el editado por Espasa y dirigido por Jacobo Muñoz). Sin embargo, Marquard no es un principiante, porque está a punto de cumplir los ochenta años y por lo tanto pertenece a la ilustre generación alemana de los Habermas, Apel, Pöggeler, etcétera... De modo que ha habido tiempo para enterarse de su existencia... incluso en España. Sobre todo porque su obra es bastante más interesante y desde luego más grata al paladar literario que la de muchos de sus contemporáneos y sucesores. Rara avis, Odo Marquard es un filósofo cuya lectura hace realmente disfrutar. Quienes se han resignado a que los filósofos profundos deben ser enmarañados e indigestos y los legibles tienen que ser frívolos, harán bien en leer a Marquard: erudito pero ligero, profundo y divertido, profundamente divertido. Él mismo llama a lo que hace "literatura trascendental". Lo seguro es que dedicándonos a él no perdemos el tiempo ni tampoco -¡gracias, oh dioses!- el buen humor.
De ahí también su apología de lo contingente en un contexto congestionado en el que a toda costa y con todo pretexto se busca el sentido absoluto. Aconseja renunciar a la búsqueda sensacional de sentido, "porque lo que nos saca adelante no es el gran lamento por la pérdida de sentido, sino una reducción de la pretensión excesiva de sentido, una dieta en relación a la expectativa de sentido". Algunas de las grandes palabras, como por ejemplo la de felicidad, deberíamos tomarlas junto al proceso reductor que convierte a su opuesto en el camino necesario del fin buscado: así la infelicidad será la base de lo que nos llegue como feliz, por el mecanismo de compensación sin el cual no hay dicha humanamente inteligible. Este minimalismo no conlleva abandonar las cuestiones esenciales de la filosofía, sólo sugiere afrontarlas con la modestia que impone nuestra contingencia o, por decirlo aún más claramente, nuestra mortalidad: "Hay problemas humanos en relación a los cuales sería antihumano (sería un error en el arte de la vida) no tenerlos, y sería sobrehumano (sería un error en el arte de la vida) resolverlos".
Alguna vez Odo Marquard se ha referido a su vocación innata de caballo de Troya pero vacío "porque no lleva dentro una carga secreta de viejos griegos". En cualquier caso, pocos como él saben responder sonriendo a la pregunta entre despectiva y acusatoria de muchos robotizados sobre a qué viene hoy en día, cuando tanto las ciencias adelantan, el empeño de seguir filosofando: "El antiquísimo vicio de los filósofos (su déficit crónico de consenso) se revela una virtud interdisciplinar ultramoderna: sobre todo si lo entendemos como la capacidad de sobrevivir a las confusiones en el diálogo sin perder el ánimo. Los filósofos son útiles también para otras cosas; pues, por cuanto respecta a su jurisdicción, no tienen un coto de caza propio, sino una licencia general de furtivos". -
Obras de Odo Marquard publicadas en castellano: Las dificultades con la filosofía de la historia. Traducción de Enrique Ocaña. Pre-Textos. 2007. 268 páginas. 19 euros. Felicidad en la infelicidad. Traducción de Norberto Espinosa. Katz editores. Buenos Aires, 2006. 180 páginas. 15,90 euros. Filosofía de la compensación.Traducción de Marta Tafalla. Paidós. Barcelona, 2001. 146 páginas. 9,90 euros.Adiós a los principios. Traducción de Enrique Ocaña. Institució Alfons el Magnánim. Valencia, 2000. 200 páginas. 10,82 euros. Apología de lo contingente. Traducción de Jorge Navarro Pérez. Institució Alfons el Magnánim. Valencia, 1999. 151 páginas. 7,22 euros.

lunes, 20 de abril de 2015

Eduardo Galeano y su relación con Chile

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Tuve la oportunidad de conocer y de escuchar dos veces a Eduardo Galeano. La primera fue en Santiago de Chile, en el año 1988, meses antes del plebiscito que derrotaría a Pinochet. Fue en una sala de la Universidad ARCIS, que estaba llena; el aforo estaba sobrepasado y todos estábamos ávidos por escuchar a este escritor  al que habíamos comenzado a leer a través de la revista Análisis que, precisamente, fue el medio que lo trajo a Chile  para participar en unas jornadas que se llamaron: Chile crea y recibir el premio José Carrasco. La segunda oportunidad fue el año 1995 en México. Galeano fue el conferenciante que clausuró el Congreso de la Asociación Mundial de Comunicadores Cristianos (WACC). Su charla sobre la realidad latinomericana y el periodismo ha sido para mi una de las exposiciones que más he valorado.  Justamente en ese país y en esa ocasión un amigo mexicano me regaló el libro: Las venas abiertas de América Latina.
Considero que Galenao ha sido uno de los intelectuales más influyentes del final del siglo pasado y también de éste. Su humor, la facilidad de su lectura, la ironía y la contextualidad son las características que a muchos nos han cautivado.
Su muerte A los 74 años nos golpeó por lo prematuro de su partida.  Deja un gran vacío en la literatura latinoamericana, ya que ha sido uno de los escritores más relevantes de los últimos tiempos. Su obra fue traducida a una veintena de idiomas, y su muerte ha causado diversas reacciones en el mundo. La política y la cultura también lo han relacionado con Chile, país que visitó por última vez en 2013.
“Quiero dedicar esta lectura a un gran amigo mío, y creo que de todos ustedes, que se llamó y se llamará por siempre jamás, Salvador Allende”. De este modo comenzaba Eduardo Galeano la presentación de su último libro, Los hijos de los días (2011), el 9 de enero de 2013, ante una repleta sala Antonio Varas, cuya capacidad fue ampliamente sobrepasada por la cantidad de personas que querían escucharlo.
Esa fue la última visita a Chile del escritor uruguayo, fallecido el pasado lunes, 13 de abril, a los 74 años, debido a complicaciones de salud derivadas del cáncer de pulmón que se le diagnosticó en 2007.
Eduardo Germán María Hughes Galeano nació el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo. Entre su extensa obra literaria, uno de sus libros más influyentes es Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, y censurado por varias dictaduras latinoamericanas, entre ellas, la chilena.
Ese es uno de sus vínculos menos felices con Chile, un país que visitó en repetidas ocasiones y con el que mantenía lazos más perdurables. Los comenzó a construir cuando era un veinteañero, dirigía el diario Época y se hizo amigo de Salvador Allende, quien incluso lo visitaba en las oficinas del medio.
Fue el periodismo, de hecho, su primer contacto con la escritura. Cuando era un adolescente le vendió una caricatura al diario El Sol y en sus planes no estaba dedicarse a la literatura: “Siempre creí que iba a ser dibujante. También creí que iba a ser jugador de fútbol, santo, miles de cosas quise ser y no pude, pero jamás se me pasaba por la cabeza la idea de ser escritor, nunca. Eso ocurrió tarde en la vida, a partir del periodismo”, dijo al programa Vuelan las Plumas, durante esa última visita a Chile.
“Empecé a ejercer el periodismo como una manera de entrar en la realidad. Me apasionaba meterme en las noticias, de carne y hueso”, añadió en esa ocasión.”
“Yo podía hacer una crónica policial o de deportes -muchas veces hice de fútbol- y me apasionaba ese contacto directo con la realidad que te puede dar el periodismo. La ficción no me lo daba. Hice algunas tentativas de escribir ficción, pero no me entusiasmaba como esto, que provenía de la realidad. Era la realidad contándote sus secretos, sus misterios, desafiándote”, relató.
En 1973, después del golpe de Estado en Uruguay, Eduardo Galeano se estableció en Argentina, donde fundó otro medio de comunicación, Crisis. Tres años más tarde, de nuevo la represión lo llevó a España. Solo volvería a Uruguay en 1985, con el retorno de la democracia a ese país.
Tres años después estuvo en Chile para recibir el premio José Carrasco Tapia, que concedía la revista Análisis. El 19 de enero de ese año, en su discurso, dijo palabras que bien podrían servir ahora para despedirlo: “Este es un homenaje a la pasión de vivir, iluminada por la viva memoria de un compañero asesinado, y ésta es una celebración de la alegría de creer en ciertas cosas que la muerte no puede matar.”