jueves, 21 de mayo de 2015

La ironía escéptica de Odo Marquard

   El País
     
El autor responde a la necesidad de seguir filosofando con un estilo erudito y divertido.

Lo siento, me resisto a jubilar las obras de consulta de mi biblioteca en pro de wikipedias y similares. No dudo de que "entre todos lo sabemos todo", como señaló Cervantes, pero sigo prefiriendo acudir a mis especialistas en compendios impresos. Sin embargo, este caso es como para hacerle dudar a uno: busco referencias sobre Odo Marquard y no encuentro su nombre en ninguno de los dos diccionarios de filosofía que manejo habitualmente (el de Ferrater Mora, edición ampliada en cuatro volúmenes de 1994, y el editado por Espasa y dirigido por Jacobo Muñoz). Sin embargo, Marquard no es un principiante, porque está a punto de cumplir los ochenta años y por lo tanto pertenece a la ilustre generación alemana de los Habermas, Apel, Pöggeler, etcétera... De modo que ha habido tiempo para enterarse de su existencia... incluso en España. Sobre todo porque su obra es bastante más interesante y desde luego más grata al paladar literario que la de muchos de sus contemporáneos y sucesores. Rara avis, Odo Marquard es un filósofo cuya lectura hace realmente disfrutar. Quienes se han resignado a que los filósofos profundos deben ser enmarañados e indigestos y los legibles tienen que ser frívolos, harán bien en leer a Marquard: erudito pero ligero, profundo y divertido, profundamente divertido. Él mismo llama a lo que hace "literatura trascendental". Lo seguro es que dedicándonos a él no perdemos el tiempo ni tampoco -¡gracias, oh dioses!- el buen humor.
De ahí también su apología de lo contingente en un contexto congestionado en el que a toda costa y con todo pretexto se busca el sentido absoluto. Aconseja renunciar a la búsqueda sensacional de sentido, "porque lo que nos saca adelante no es el gran lamento por la pérdida de sentido, sino una reducción de la pretensión excesiva de sentido, una dieta en relación a la expectativa de sentido". Algunas de las grandes palabras, como por ejemplo la de felicidad, deberíamos tomarlas junto al proceso reductor que convierte a su opuesto en el camino necesario del fin buscado: así la infelicidad será la base de lo que nos llegue como feliz, por el mecanismo de compensación sin el cual no hay dicha humanamente inteligible. Este minimalismo no conlleva abandonar las cuestiones esenciales de la filosofía, sólo sugiere afrontarlas con la modestia que impone nuestra contingencia o, por decirlo aún más claramente, nuestra mortalidad: "Hay problemas humanos en relación a los cuales sería antihumano (sería un error en el arte de la vida) no tenerlos, y sería sobrehumano (sería un error en el arte de la vida) resolverlos".
Alguna vez Odo Marquard se ha referido a su vocación innata de caballo de Troya pero vacío "porque no lleva dentro una carga secreta de viejos griegos". En cualquier caso, pocos como él saben responder sonriendo a la pregunta entre despectiva y acusatoria de muchos robotizados sobre a qué viene hoy en día, cuando tanto las ciencias adelantan, el empeño de seguir filosofando: "El antiquísimo vicio de los filósofos (su déficit crónico de consenso) se revela una virtud interdisciplinar ultramoderna: sobre todo si lo entendemos como la capacidad de sobrevivir a las confusiones en el diálogo sin perder el ánimo. Los filósofos son útiles también para otras cosas; pues, por cuanto respecta a su jurisdicción, no tienen un coto de caza propio, sino una licencia general de furtivos". -
Obras de Odo Marquard publicadas en castellano: Las dificultades con la filosofía de la historia. Traducción de Enrique Ocaña. Pre-Textos. 2007. 268 páginas. 19 euros. Felicidad en la infelicidad. Traducción de Norberto Espinosa. Katz editores. Buenos Aires, 2006. 180 páginas. 15,90 euros. Filosofía de la compensación.Traducción de Marta Tafalla. Paidós. Barcelona, 2001. 146 páginas. 9,90 euros.Adiós a los principios. Traducción de Enrique Ocaña. Institució Alfons el Magnánim. Valencia, 2000. 200 páginas. 10,82 euros. Apología de lo contingente. Traducción de Jorge Navarro Pérez. Institució Alfons el Magnánim. Valencia, 1999. 151 páginas. 7,22 euros.

lunes, 20 de abril de 2015

Eduardo Galeano y su relación con Chile

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Tuve la oportunidad de conocer y de escuchar dos veces a Eduardo Galeano. La primera fue en Santiago de Chile, en el año 1988, meses antes del plebiscito que derrotaría a Pinochet. Fue en una sala de la Universidad ARCIS, que estaba llena; el aforo estaba sobrepasado y todos estábamos ávidos por escuchar a este escritor  al que habíamos comenzado a leer a través de la revista Análisis que, precisamente, fue el medio que lo trajo a Chile  para participar en unas jornadas que se llamaron: Chile crea y recibir el premio José Carrasco. La segunda oportunidad fue el año 1995 en México. Galeano fue el conferenciante que clausuró el Congreso de la Asociación Mundial de Comunicadores Cristianos (WACC). Su charla sobre la realidad latinomericana y el periodismo ha sido para mi una de las exposiciones que más he valorado.  Justamente en ese país y en esa ocasión un amigo mexicano me regaló el libro: Las venas abiertas de América Latina.
Considero que Galenao ha sido uno de los intelectuales más influyentes del final del siglo pasado y también de éste. Su humor, la facilidad de su lectura, la ironía y la contextualidad son las características que a muchos nos han cautivado.
Su muerte A los 74 años nos golpeó por lo prematuro de su partida.  Deja un gran vacío en la literatura latinoamericana, ya que ha sido uno de los escritores más relevantes de los últimos tiempos. Su obra fue traducida a una veintena de idiomas, y su muerte ha causado diversas reacciones en el mundo. La política y la cultura también lo han relacionado con Chile, país que visitó por última vez en 2013.
“Quiero dedicar esta lectura a un gran amigo mío, y creo que de todos ustedes, que se llamó y se llamará por siempre jamás, Salvador Allende”. De este modo comenzaba Eduardo Galeano la presentación de su último libro, Los hijos de los días (2011), el 9 de enero de 2013, ante una repleta sala Antonio Varas, cuya capacidad fue ampliamente sobrepasada por la cantidad de personas que querían escucharlo.
Esa fue la última visita a Chile del escritor uruguayo, fallecido el pasado lunes, 13 de abril, a los 74 años, debido a complicaciones de salud derivadas del cáncer de pulmón que se le diagnosticó en 2007.
Eduardo Germán María Hughes Galeano nació el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo. Entre su extensa obra literaria, uno de sus libros más influyentes es Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, y censurado por varias dictaduras latinoamericanas, entre ellas, la chilena.
Ese es uno de sus vínculos menos felices con Chile, un país que visitó en repetidas ocasiones y con el que mantenía lazos más perdurables. Los comenzó a construir cuando era un veinteañero, dirigía el diario Época y se hizo amigo de Salvador Allende, quien incluso lo visitaba en las oficinas del medio.
Fue el periodismo, de hecho, su primer contacto con la escritura. Cuando era un adolescente le vendió una caricatura al diario El Sol y en sus planes no estaba dedicarse a la literatura: “Siempre creí que iba a ser dibujante. También creí que iba a ser jugador de fútbol, santo, miles de cosas quise ser y no pude, pero jamás se me pasaba por la cabeza la idea de ser escritor, nunca. Eso ocurrió tarde en la vida, a partir del periodismo”, dijo al programa Vuelan las Plumas, durante esa última visita a Chile.
“Empecé a ejercer el periodismo como una manera de entrar en la realidad. Me apasionaba meterme en las noticias, de carne y hueso”, añadió en esa ocasión.”
“Yo podía hacer una crónica policial o de deportes -muchas veces hice de fútbol- y me apasionaba ese contacto directo con la realidad que te puede dar el periodismo. La ficción no me lo daba. Hice algunas tentativas de escribir ficción, pero no me entusiasmaba como esto, que provenía de la realidad. Era la realidad contándote sus secretos, sus misterios, desafiándote”, relató.
En 1973, después del golpe de Estado en Uruguay, Eduardo Galeano se estableció en Argentina, donde fundó otro medio de comunicación, Crisis. Tres años más tarde, de nuevo la represión lo llevó a España. Solo volvería a Uruguay en 1985, con el retorno de la democracia a ese país.
Tres años después estuvo en Chile para recibir el premio José Carrasco Tapia, que concedía la revista Análisis. El 19 de enero de ese año, en su discurso, dijo palabras que bien podrían servir ahora para despedirlo: “Este es un homenaje a la pasión de vivir, iluminada por la viva memoria de un compañero asesinado, y ésta es una celebración de la alegría de creer en ciertas cosas que la muerte no puede matar.”

domingo, 19 de abril de 2015

El Papel de la religión en el mundo actual

Karl Marx llegó a decir que “la religión es el opio del pueblo.” Tanta fuerza tuvo su aserción, que con el tiempo el comunismo intentó erradicar todo vestigio religioso de las gentes. Albania, por ejemplo, llegó a declararse el primer estado ateo del mundo. El laicismo siempre se ha caracterizado por su deseo de exterminar toda clase de religión.

Sin embargo, décadas de adoctrinamiento ateo comunista no pudieron erradicar lo que parece que es una de las principales características del ser humano: su sentir religioso. Como vaticinó el filósofo Friedrich Nietzsche, “la sombra de Dios continuará siendo alargada durante mucho tiempo.”  Hoy día, lejos de que la religión se haya erradicado, el número de personas que admite ser creyente aumenta día a día.

En los países de Occidente, los estados son laicos (no laicistas). Eso significa que toleran la religión pero sin dar prioridad a ninguna en especial. Sin embargo, las sociedades son plurales y heterogéneas, es decir, en ellas existen personas creyentes y no creyentes, y la religión se encuentra entreverada con la política, la economía, la estética y la moral. Además, como todo otro ideal, como la justicia, la raza, la lucha de clases, etc, la religión es también manipulable. Solo hay que echar un vistazo a la historia y ver cuántos conflictos de intereses económicos o políticos han tenido lugar enmascarados de religión.

Es verdad que hoy día la religión no tiene la preponderancia que tuvo en otros tiempos. Sin embargo, y como reconoce Jürgen Habermas, “ha habido un traspaso de muchos valores religiosos a la sociedad actual.” Es el caso, por ejemplo, de la solidaridad, que es una herencia del cristianismo. Eso ha contribuido mucho a que en la sociedad pueda haber unos mínimos éticos de justicia y humanidad.

Aportación de la religión a la sociedad

Es posible recuperar el fondo positivo de las religiones como fuente de sentido y esperanza para el ser humano. Estas serían algunas de sus aportaciones:

La religión dice que “Dios existe” y eso es una buena noticia; es por lo tanto fuente de sentido y esperanza. Porque si Dios no existe no hay ninguna posibilidad de redimir la injusticia de la historia.
“El hombre es imagen de Dios.” Por lo tanto está revestido de dignidad intrínseca y le pertencen derechos por el mero hecho de ser persona.
La relación entre las personas es altruista “porque el otro es importante.” No se debe a un “contrato social.”
La religión mueve a acción positiva por gratuidad y altruismo, no por normas legales escritas. Mueve el corazón humano para lo bueno.
Impulsos positivos en la comunidad: cuidado de la tierra y de los animales como herencia de todos; énfasis en el amor altruista, la gratuidad y la felicidad.
Sentido de la vida ahora y fuente de esperanza para el futuro. (“Tiene que haber un mañana.” Max Horkheimer).  Lo que se hace hoy permanece después de la muerte. La religión es la única esperanza de que el sufrimiento se acabe para siempre.
Los pobres pasan a un primer plano. La religión trabaja ahora contra el sufrimiento. No es “opio del pueblo.”
Parte del material de este artículo está basado en la intervención de Adela Cortina Orts el 10/08/2009, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), dentro de la Escuela de Teología «Karl Rahner-Hans U. Balthasar.» Judaísmo, Cristiansimo e Islam: tres religiones en diálogo, dirigido por Juan José Tamayo Acosta.

Se recomienda que la conferencia se escuche completa.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía política de la Universidad de Valencia, ciudad en la que nació y donde cursó sus estudios de Licenciatura y Doctorado en Filosofía, que profundizó en las Universidades de Múnich y Francfort, como becaria del DAAD y de la Alexander von Humboldt-Stiftung. Es directora de la Fundación ÉTNOR, miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida y Vocal del Comité Asesor de Ética de la Investigación Científica y Tecnológica. Entre sus libros cabe recordar Ética mínima (1986), Ética sin moral (1990), Ética aplicada y democracia radical (1993), Ética de la empresa (1994), Ciudadanos del mundo (1997), Hasta un pueblo de demonios (1998) y Alianza y contrato (2001).

Esteban López