miércoles, 18 de febrero de 2015

Jesús los llamó y les dijo:
—Ustedes saben que a los que gobiernan entre las naciones les gusta mostrar su poder. A sus principales dirigentes les gusta ejercer su autoridad sobre la gente. Pero entre ustedes no debe ser así. Más bien, el que quiera ser más importante entre ustedes debe hacerse su siervo. El que quiera ser el número uno entre ustedes debe ser su esclavo; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvieran, sino a servir a los demás y a dar su vida en rescate por muchos. – (Mateo 20:25-28)
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Hay dos maneras de entender el poder. Tradicionalmente nuestra noción dominante de poder se ha definido como la capacidad de controlar a otras personas . La idea dominante hace hincapié en la posibilidad de lograr un cambio a través de la coerción – un enfoque que trata de hacer que los demás cambien de acuerdo a nuestras agendas. Si bien la noción dominante traditional del poder significa tomar el control de nuestras vidas tomando el control de los demás, Jesús abogó por una alternativa radicalmente distinta a la idea de poder dominante – tomar el control de nuestras vidas, no tomando el control de los demás, sino al tomar el control de nosotros mismos. Esta alternativa hace hincapié en lograr un cambio por la conversión – un enfoque que no trata de hacer que los demás cambien, sino que se trata de cambiar nosotros mismos, individual y colectivamente, a la luz de una agenda gloriosa por la justicia. Esto rompe el control que los demás tienen sobre nosotros y nos libera de nuestro deseo de controlar a los demás .
La idea dominante de poder es popular debido a que a menudo trae resultados espectaculares y rápidos. Sin embargo, el enfoque dominante sobre el poder se caracteriza por ganancias a corto plazo para algunos, y por pérdidas a largo plazo para todos los demás. Toda revolución violenta que haya habido, tiene – tarde o temprano – una traición a la gente en cuyo nombre se libró la sangrienta guerra de liberación. La noción alternativa de poder no es popular, porque generalmente es un proceso lento, poco espectacular .
Sin embargo, el enfoque alternativo al poder es la única manera de que los grupos de trascender su egoísmo, resolver sus conflictos y administrar sus asuntos de una manera que haga justicia a todos. – D. ANDREWS

lunes, 9 de febrero de 2015

Por qué las mentes más brillantes necesitan soledad

Según el profesor Robert Lang de la Universidad de Nevada (Las Vegas), experto en dinámicas sociales, muchos de nosotros acabaremos viviendo solos en algún momento de nuestra vida, ya que cada día nos casamos más tarde, las tasas de divorcio aumentan y las personas viven más. La prosperidad también fomenta este estilo de vida, elegido en la mayoría de los casos voluntariamente por el lujo que representa. La periodista Maruja Torres en su autobiografía Mujer en guerra (editada por Planeta) ya se vanagloriaba del placer que le producía meterse en la cama y dormir sola, con las extremidades extendidas en forma de aspa. A esto se le añade la comodidad de disponer del sofá, poder cambiar de canal sin tener que negociar, improvisar planes sin avisar ni dar explicaciones, pasearse por la casa de cualquier guisa, comer a cualquier hora…
Por si fuera poco, el sociólogo Eric Klinenberg, de la Universidad de Nueva York, autor del estudio GOING SOLO: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone, está convencido de que vivir solo significa, además, disfrutar de relaciones de más calidad, ya que la mayoría de singles tiene claro que la soledad es mucho mejor que el hecho de sentirse mal acompañado. Incluso hay estudios que aseguran que la soledad facilita el desarrollo de la empatía. Otra socióloga, Erin Cornwell, de la Universidad Cornell en Ithaca (Nueva York), ha determinado tras distintos análisis que es más probable que la gente mayor de 35 años que vive sola pase una velada entre amigos que no aquellos que viven en pareja. Esto también ocurre con las personas mayores que, aun viviendo solas, poseen una red social de amistades tan amplia o más que las personas de su misma edad que viven acompañadas. Es la conclusión a la que llegó el estudio llevado a cabo por el sociólogo Benjamin Cornwell y que publicó enAmerican Sociological Review.

La base de la creatividad y de la innovación

Las personas somos seres sociales, pero tras pasarnos el día rodeados de gente, de reunión en reunión, atentos a las redes sociales y al móvil, hiperactivos e hiperconectados, la soledad ofrece un espacio de reposo sanador. Una de las conclusiones más sorprendentes es que la soledad resulta básica para la creatividad, la innovación y el buen liderazgo. Un estudio realizado en 1994 porMihaly Csikszentmihalyi (el gran psicólogo de la felicidad) comprobó que los adolescentes que no soportan la soledad son incapaces de desarrollar el talento creativo.
Susan Cain, autora del libro Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking, cuya conferencia en Ted Talks es una de las favoritas de Bill Gates, defiende a ultranza la riqueza creativa que surge de la soledad y reivindica, por el bien de todos, la práctica de la introversión. “Siempre me habían dicho que debía mostrarme más abierta, aunque yo sentía que ser introvertida no era algo malo. Así que durante años fui a bares abarrotados, muchos introvertidos lo hacen, lo que representa una pérdida de creatividad y de liderazgo que nuestra sociedad no se puede permitir. Tenemos la creencia de que toda creatividad y productividad proviene de un lugar extrañamente sociable. Sin embargo, la soledad es el ingrediente crucial de la creatividad. Darwin daba largas caminatas por el bosque y rechazaba enfáticamente invitaciones a fiestas. Steve Wozniak inventó la primera computadora Apple encerrado en su cubículo de Hewlett Packard, donde trabajaba entonces. La soledad importa. Para algunas personas, incluso, es el aire que respiran”.
Cain recuerda que cuando estamos rodeados de gente nos limitamos a seguir las creencias de los demás para no romper con la dinámica de grupo. La soledad, en cambio, significa abrirse al pensamiento propio y original. Denuncia que las sociedades occidentales han privilegiado más a la persona activa que a la contemplativa. Y nos ruega: “Detengan la locura del trabajo constante en equipo. Vayan al desierto para tener sus propias revelaciones”.

La conquista de la libertad

“Solo cuando estoy sola me siento completamente libre. Me reencuentro conmigo misma y eso me resulta agradable y reparador. Es cierto que, por inercia, cuanto menos solo estás, más te cuesta estarlo. No obstante, en una sociedad que te obliga a estar enormemente pendiente del afuera, los espacios de soledad representan la única posibilidad de contactar otra vez con uno mismo. Es un movimiento de contracción necesario para recuperar el equilibrio”, asegura la psicóloga Mireia Darder, autora del libro Nacidas para el placer (Ed. Rigden).
También el gran filósofo del momento, Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio (Ed. Herder), abandera la necesidad de recuperar nuestra capacidad contemplativa para compensar nuestra hiperactividad destructora. Según este autor, solo tolerando el aburrimiento y el vacío seremos capaces de desarrollar algo nuevo y de desintoxicarnos de un mundo lleno de estímulos y de sobrecarga informativa. Byung-Chul Han tiene muy presente las palabras de Catón: “Nos olvidamos de que nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo”.

Conciencia de sí y auditoría interior

“Para mí la soledad representa la ocasión de revisar nuestra gestión, de proyectar el futuro y evaluar la calidad de los vínculos que hemos construido. Es un espacio para llevar a cabo una auditoría existencial e indagar qué es esencial para nosotros más allá de las exigencias del entorno social”, asegura el filósofo Francesc Torralba, autor de El arte de estar solo (Ed. Milenio) y director de la cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull. En soledad dejamos ese espacio en blanco para escuchar sin interferencias lo que sentimos y necesitamos. “La soledad nos da miedo porque con ella caen todas las máscaras. Estamos viviendo siempre de cara a la galería en busca de reconocimiento, pero raramente nos tomamos tiempo para mirar hacia dentro”, dice Torralba.

Las 5 claves para disfrutar de la soledad

1. Usted es su mejor compañía. La premisa básica es cambiar la creencia de que uno, acompañado, está mejor.
2. Una oportunidad para conocerse mejor y descubrir nuestro rico mundo interior.
3. En lugar de torturarse, hay que aprovechar la soledad para leer, pintar o hacer deporte.
4. Escribir un diario. Ayudará a expresar sentimientos y a contemplarse uno mismo con más conocimiento y cariño.
5. Como indica el psicólogoJavier Urra, con la soledad recuperamos “el gusto por el silencio y por el dominio del tiempo”.
Efectivamente, la soledad despierta temor porque suele asociarse al vacío y la tristeza, sobre todo cuando ha sido postergada largo tiempo por una actividad frenética y anestesiante. Para Mireia Darder conviene enfrentarse a ese momento teniendo en cuenta que la tristeza es resultado simplemente del hecho de aflojarse después de tanta tensión y de haber hecho un enorme esfuerzo por aparentar fortaleza y aguantar la presión ante los que nos rodean. “No se puede olvidar que para ser realmente autónomo has de aprender a transitar la soledad. El amor no es lo contrario de la soledad sino la soledad compartida”, señala Darder.
En nuestra sociedad, la inactividad —que surge a menudo de la soledad— se teme y despierta la culpa. Nos han preparado para la acción y para realizar muchas cosas al mismo tiempo, pero es cuando estamos solos cuando podemos reflexionar sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos. El escritor Irvin Yalom, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Stanford, confesaba que desde que tenía conciencia se había sentido “asustado por los espacios vacíos” de su yo interior. “Y mi soledad no tiene nada que ver con la presencia o ausencia de otras personas. De hecho detesto a los que me privan de la soledad y, además, no me hacen compañía”. Algo que, según Francesc Torralba, es muy frecuente: “Aunque estemos rodeados de gente y de formas de comunicación existe un alto grado de aislamiento. No hay peor sensación de soledad que aquella que se experimenta al estar en pareja o con gente”.

martes, 3 de febrero de 2015

LAS TENTACIONES DE LA RAZÓN por Norberto Bobbio

En este ensayo polémico pero enemigo de dar escándalo el filósofo italiano Norberto Bobbio hace la defensa de una religiosidad de la duda que se opone a las respuestas certeras, las mismas que provienen de la religión. Las preguntas últimas, dice con inteligencia, no tienen respuesta; la fe no da con ellas pero es una buena puerta de escape. Estás páginas—una versión de la plática que Bobbio sostuvo con Paolo Flores D ‘Argais, director de la revista Micromega—nacen luego de la publicación de la “Carta a unos amigos sobre Fides et Ratio”, y que aquí mismo presentamos, donde Bobbio se sumerge en las relaciones, o mejor dicho, las distancias entre fe y razón.

fe
No soy un hombre de fe; soy un hombre de razón y desconfío de todas las fes, pero distingo entre religión y religiosidad. Esta significa, simplemente, tener el sentido de los propios límites; saber que la razón del hombre es una pequeña lucecita que ilumina un espacio ínfimo con respecto a la grandeza, a la inmensidad del universo. Lo único de lo cual estoy seguro, siempre permaneciendo en los límites de la razón —porque nunca lo repetiré lo suficiente: no soy un hombre de fe; tener fe es algo que pertenece a un mundo ajeno a mí—, es cuando mucho de que yo vivo el sentido del misterio, evidentemente común tanto al hombre de razón como al hombre de fe. Con la diferencia de que el hombre de fe llena dicho misterio con revelaciones de verdad que vienen desde lo alto y de las cuales no logro convencerme. Pero permanece fundamental este profundo sentido del misterio que nos rodea y que llamo religiosidad.
La mía es una religiosidad de la duda, más que de las respuestas certeras. Sólo acepto lo que está dentro de los límites de la razón rigurosa, y son límites realmente angostos: mi razón se detiene después de unos cuantos pasos, mientras que, al querer recorrer el camino que penetra en el misterio, este camino no tiene fin. Sabemos más y más sabemos que no sabemos. Cualquier científico te dirá que sabe más y más descubre no saber. Creían saber más que los antiguos, que en comparación con lo que sabemos nosotros no sabían nada. Hemos ampliado enormemente el espacio de nuestro conocimiento, pero entre más lo ampliamos, más nos damos cuenta de cuán grande es ese espacio. ¿Qué es el cosmos? ¿Qué sabemos del cosmos? ¿Cómo y por qué el pasaje de la nada al ser?
Es una pregunta tradicional, pero para la que no tengo respuesta: ¿por qué el ser y no más bien la nada? Nunca me escondí a mí mismo no tener una respuesta, y no sé quién sepa darla a esta pregunta última, si no es por la fe. Según Severino, el ser es infinito; el ser es. Pero no es así que somos capaces de entender qué había antes. Es imposible. Y ante las preguntas a las que es imposible dar respuesta —porque de esto estoy seguro: no puedo dar una respuesta, aunque pertenezca a una humanidad que ha realizado progresos enormes— me siento un pequeño grano de arena en este universo. Y negar que la pregunta tenga sentido, como podría hacer cierta filosofía analítica, me parece un juego de palabras.
Quizá depende de mi incapacidad de ir más allá. Pero cuando siento haber llegado al final de la vida sin haber encontrado una respuesta a las preguntas últimas, mi inteligencia es humillada. Humillada. Y acepto esta humillación. La acepto. No trato de escapar de ella con la fe, por caminos que no logro recorrer. Sigo siendo hombre de mi razón limitada —y humillada—. Sé que no sé. A esto le llamo yo “mi religiosidad”. No sé si es correcto, pero en el fondo coincide con lo que piensan las personas religiosas frente al misterio. Cierto, quizá no se logra siempre resistir a este dudar continuo, a este continuo no saber; y entonces nos entregamos a las creencias, como la de la inmortalidad del alma. Pero yo sigo entendiendo el fondo religioso de mi persona como este no saber. Y es un fondo religioso que me hostiga, me agita, me atormenta.
Un día le dije al cardenal Martini: para mí la diferencia no es la del creyente y el no creyente (además, ¿qué quiere decir creer?, ¿en qué?), sino entre quien toma en serio estos problemas y quien no; está el creyente que se contenta con las respuestas fáciles (.también el no creyente, claro, ¡por supuesto se contenta con las respuestas fáciles!). Alguien dice: “soy ateo”, pero yo no estoy muy seguro de saber lo que esto significa. Pienso que la verdadera diferencia esté entre quien, para dar un sentido a su vida, se plantea con seriedad y diligencia estas preguntas, y busca la respuesta aunque no la encuentra, y aquel a quien no le importa nada, a quien le basta repetir lo que le dijeron desde pequeño.
La respuesta de la fe es consoladora. Sin embargo, las religiones no tienen sólo una función consoladora. También tienen la función de “revelar la verdad acerca de los problemas sobre los cuales el saber común no llega: la creación, la inmortalidad del alma. Respuestas consoladoras, pero no sólo: respuestas a preguntas que cada uno se pone en el umbral de la muerte. He dado mi respuesta, con las pocas “convicciones” que poseo. Porque las mías son “convicciones” de un hombre que pasa de la duda a la verdad, y de nuevo a la duda.
Yo no creo. Habiendo alcanzado una edad en la que el fin se siente próximo, si tengo que escucharme a mí mismo y dar una respuesta personal, el único deseo que tengo, la única necesidad, no es ciertamente la de la inmortalidad; es la de morir en santa paz: el reposo eterno es lo que espero. No quiero despertarme. Pero también esto, en el fondo, coincide profundamente con la religión: “¡requiem aeternam dona eis Dominé”, eso está escrito en el portal de cada cementerio.
Como casi todos en este país, yo crecí en una familia católica y tuve una formación católica. Oraciones, oraciones, oraciones… Las he repetido tanto (en latín, como se usaba una vez, y en italiano) que casi las olvido. Hice mi primera comunión y contraje matrimonio religioso (pero tampoco mi esposa es creyente). Y la pregunta sobre cuándo y por qué perdí la fe no es fácil de contestar. Quizás alrededor de los veinte años. Ciertamente, el estudio de la filosofía, también. Todas estas preguntas acerca de los problemas de la metafísica, digamos así, y el darse cuenta de que las respuestas de la fe implicaban creencias difíciles de aceptar. Para un racionalista, la creencia en los milagros, por ejemplo, es la cosa más absurda. Lo es igualmente el tener que creer en lo que a todo ser de razón aparece como mito, comenzando por el pecado original.
Acerca del pecado original comparto lo que escribió en diversos artículos un amigo católico, el profesor Luigi Lombardi Vallauri (a quien también por esta razón se le corrió de la universidad católica donde enseñaba), quien plantea preguntas muy simples, a “ras de tierra” si quieres, pero para las que no hay respuesta: una culpa originaria colectiva no es aceptable, la culpa es personal, no puede ser transmitida de una generación a la otra; no hay nada más primitivo. La culpa colectiva es incluso una concepción tribal. Creerle al Antiguo Testamento es difícil. Creer en el Dios de Abraham que se revela pidiendo un sacrificio tan cruel… Y aquí me detengo. Pero queda el misterio del universo.
Por lo demás, quizás han contado más en mi formación factores más banales. Con y después de la adolescencia, se entra en el mundo con todos los deseos que asaltan a un joven, tan fuertes que hacen de lado las prácticas religiosas. Por muchos años fuiste a confesarte y de repente ya no te confiesas. Entras en conflicto con la moral del confesional. A lo mejor con la idea de que después volverás… Entre los problemas metafísicos pronto me planteé el de la inmortalidad del alma: ¿es posible que seamos eternos? ¿Qué significa? La vida y la muerte están indisolublemente conectadas; la vida recibe un sentido de la muerte y la muerte de la vida. La muerte, si en verdad existiera otra vida, no sería la muerte. Pensémoslo bien: ¿por qué la muerte es la muerte! ¡Porque es la muerte! Hay que tomarla en serio.
Comencé a tomar en serio la muerte al ver morir a amigos jóvenes, sin ilusionarme con las promesas de la religión de que estuvieran todavía vivos. En ocasiones, pensando en la muerte de una persona particularmente querida —mi padre, por ejemplo—, sé que aquella persona que amé ahora ya no existe. Y que haya algo de él en otro lugar —no sé dónde sea— no me importa absolutamente nada. La persona que amé era ese particular modo de sonreír, de hacernos jugar, de alcanzarnos en la campiña en el fin de semana durante las vacaciones, nuestra espera en el zaguán de la casa para esperarlo y luego saludarlo festivamente: eso sé con certeza que ya no existe.
Seguí reflexionando sobre los grandes temas de la existencia y ninguna de las respuestas de la religión me ha convencido nunca. Pero, a la vez, tampoco logré dar respuestas. Por tanto, nuevamente, digo que tengo un sentido religioso de la vida justo por esta conciencia de un misterio que es impenetrable. ¡Impenetrable!
Creo mucho más en la razón científica que en la razón filosófica. A la encíclica Fides et ratio reprocho justo esto, entrar en polémica con las filosofías de hoy para poder regresar a la filosofía de Santo Tomás,1 pero lo que desquicia el mundo, y de lo que el Papa debería darse cuenta, lo que cambia el mundo, es en verdad el progreso científico. Al respecto estoy de acuerdo con Umberto Galimberti. Es el progreso técnico- científico el que ha trastornado y trastorna las creencias tradicionales.
Empezó con el número de años de la edad del cosmos… Sigue lo que ahora ya nos enseñan la cosmología y la biología, centenares y centenares de millones de años del universo, y luego la vida y millones y millones de años de evolución, y la era de los dinosaurios, infinitamente larga, su extinción y cientos de miles de años para la evolución del hombre: son cosas desconcertantes, ante las que la fe no tiene respuesta alguna. El progreso humano es sin duda imprevisible, sujeto a muchas variables. Pero es cierto que las transformaciones que acontecen en el mundo son tales que modifican algunas creencias tradicionales.
Regreso a la inmortalidad del alma: puedo entender esa creencia cuando morir joven era muy frecuente; entiendo a una madre que ve a su hijo morir a los tres, cuatro, veinte años: la inmortalidad del alma es un gran consuelo. Pero hoy en día, cuando ya se vive hasta los ochenta, noventa años, la idea de la inmortalidad del alma se ve en parte derribada. Quiero decir que quizás esta simple transformación de la duración media de la vida modifica también una de las creencias tradicionales más comunes.
O bien, tomemos el tema de la sobrepoblación: pone tremendamente en crisis aquella idea religiosa fundamental que en la generación —¡creced y multiplicaos!— ve una máxima esencialmente buena. Como consecuencia, ¡cuidado con poner un límite a la procreación! Pero en aquellos tiempos por lo menos la mitad de los niños moría al poco tiempo de haber nacido. El hecho de que hoy ya casi no mueran alteró profundamente el problema del “¡creced y multiplicaos!”, porque, una vez, a la limitación de los nacimientos proveía el mismo buen Dios con las enfermedades infantiles y las muertes por parto. También al respecto, entonces, el progreso científico obliga a una transformación profunda de creencias y preceptos fundamentales.
La ciencia hizo algunos progresos. La fe no responde a las preguntas, sólo puede evitarlas. Esta es su ventaja y su debilidad, por lo menos ante las personas que piensan que la única luz legítima —por pequeña que sea— con la que podemos decir sí o no, verdadero o falso, es la razón. Y la experiencia. La razón y la experiencia son las dos luces del hombre tal como es. La religión es una creación humana. Arrigo Levi me envió un libro suyo en donde busca los puntos de convergencia entre dos fes contrapuestas, la fe religiosa y la fe laica. Sin duda hay puntos de convergencia. Pero la fe laica es a fin de cuentas la que piensa que el Creador lo creamos nosotros; que el Creador es una creatura del hombre.
Si pensamos en la religión de los antiguos, en los dioses de Homero, los que hemos estudiado más (siempre me pregunté por cuál razón en nuestras escuelas los dioses de Homero se estudien más que el Dios de la Biblia), creo que no cabe duda alguna sobre el hecho de que son creaturas del hombre. Por lo demás, los mismos antiguos se daban cuenta de ello. Decir la misma cosa con respecto del cristianismo, con la misma facilidad, es ciertamente más arduo. Pero, ¿qué hay más antropomórfico que un Dios padre! Padre nuestro que estás en los cielos… Yo tengo una visión antropocéntrica del mundo, y no teocéntrica. Dios padre, atribuirle este nombre benéfico y benévolo: no hay nada más humano que decir “Padre nuestro”, “Padre mío”. De ahí que también suscite dudas la seguridad de los cristianos de que su Dios sea radicalmente distinto de los otros.
Una cosa es aceptar los preceptos y la predicación de Cristo, las bienaventuranzas, el discurso de la montaña, y otra cosa es aceptar el nacimiento no por medio de una normal relación entre hombre y mujer sino por intervención del Espíritu Santo. Esta primer duda puede hacer vacilar de todo de la muerte y la muerte de la vida, lo demás. Por lo que respecta a los preceptos morales, no está dicho que los acepte todos. Por ejemplo, cuando Jesús dice “deja que los muertos entierren a sus muertos”, no me convence esta indiferencia, casi “desprecio”, por una práctica que por el contrario es muy humana, piadosa.
Sé bien que suena a blasfemia todo lo que estoy diciendo. Pero no logro olvidar que, junto al Cristo del sermón de la montaña, también hay el Cristo Pantocrator, Triunfante.
Pero el problema más difícil, más duro, por superar para la fe sigue siendo el del mal. Pensémoslo bien: está el mal que podemos considerar dependiente del hombre, de la maldad humana, y para el cual se pueden buscar todas las explicaciones posibles —excepto la de remontarse al pecado original, ya que a mi parecer es una explicación que a su vez debe ser explicada—, Pero luego tenemos el mal que depende, por usar una expresión de Ceronetti, de la tierra inhóspita en la que vivimos. Aluviones espantosos que barren a miles y miles de personas… temblores… Justo a causa de un temblor, el de Lisboa, fue reformulada por Voltaire la pregunta acerca de por qué el mal (visto que Dios debería ser tanto omnipotente como infinitamente bueno: el problema de la teodicea); pregunta ante la cual los teólogos no saben qué responder. Suelo decir que el Papa puede decir no a la guerra —y Wojtyla lo hizo— pero no puede decir no al temblor. ¿Qué sentido tendría si el Papa dijera en un discurso: “¡nunca más temblores!”? Parecería un brujo.
Ante el problema del sufrimiento es demasiado fácil decir que depende del pecado. No. la gran mayoría de los sufrimientos no dependen de nosotros. El cáncer, ¿qué tiene que ver con la culpa? El religioso tiende a encontrar la explicación en la culpa. Y al final se ve orillado a considerar al mal una “carencia de ser’ Cuando planteamos el problema del mal no hablamos genéricamente del mal que deriva de un acto de crueldad. Hablamos también del sufrimiento. Quien afirma que también el sufrimiento está bien puede decirlo sólo si cree que se llegue al más allá a través del sufrimiento (¡pero el propio, no el de los demás!), a través del modo con el que se supera la prueba del sufrimiento, se dice sí al sufrimiento. Quizás esta consideración mía depende del hecho de que soy vil ante el sufrimiento, pero no logro imaginar una explicación finalista para eso.
No hay un por qué finalista. Luego entonces, ¿todo acontece por casualidad? Pero ¿no podríamos decir igualmente “por necesidad”? En efecto, tenemos dos posibles explicaciones de cualquier evento, la casualidad y la necesidad. Aunque con frecuencia digo que la casualidad prueba demasiado poco y la necesidad prueba demasiado. Un amigo mío muy querido atraviesa la calle, es atropellado y muere sin decir una palabra. ¿Puedes dar una respuesta al porqué de esta muerte? Y una respuesta religiosa, ¿puede resultarte satisfactoria? No. y no tienes más respuestas que la casualidad y la necesidad.
En su libro sobre la Ontología dé la libertad Parevson habla continuamente del sufrimiento, pero nunca habla del sufrimiento gratuito. Parece que el sufrimiento se deba siempre a alguna forma de correspondencia. Pero luego debe llegar a la solución asombrosa, que te deja sin aliento: el mal está en Dios. L’n libro que se hunde en el abismo de la libertad, la libertad de Dios, pero ésta debe también implicar el mal. Por otra parte, de Dios se dijo todo: que es misericordioso y vengativo, venerable y terrible. Lo opuesto. Vengativo es justo quien no perdona.
Un paréntesis sobre el perdón. El Papa sigue pidiendo perdón. Pero el perdón no cancela nada. El mal cometido permanece indeleble. Recuerdo que cuando éramos pequeños e íbamos a confesarnos la explicación era la siguiente: cada pecado que cometes mancha tu alma: si te confiesas, lavas estas manchas y tu alma vuelve a estar limpia. La idea religiosa es que el arrepentimiento lava. Pero hay una diferencia esencial entre perdonar, que es un acto subjetivo, y pedir perdón. Pedir perdón es pedirle al otro que acepte tu solicitud de perdón. ¿Y si no la acepta? No creo que haya ningún hebreo que acepte esta solicitud de la Iglesia de ser perdonada por un antijudaísmo que ha provocado males tan glandes. No basta pedir perdón por todo lo que se ha dicho en contra de los judíos por dos milenios, en lo alto y en lo bajo, porque el antijudaísmo fue un sentimiento popular difuso. Mu y popular. Que se fundaba en esta afirmación pronunciada por la Iglesia como indiscutible: los hebreos son los que mataron a Nuestro Señor.
No hay respuesta al problema del mal y de la mala distribución de la justicia. Stalin muere en su cama. Pinochet morirá en la suya y Ana Frank en un campo de exterminio. Los tiranos que mueren en su cama y una niña inocente en un campo de concentración: no hay justificación alguna; es simplemente terrible. Y no es posible contestar que el juicio de Dios es inescrutable. No es una respuesta, es un acto de fe. A un amigo le contesté: “Me resulta difícil entender cómo lo Inexplicable pueda ser un principio de explicación, lo Inasible un punto firme para dar respuesta, lo Incognoscible pueda ser fuente de nuestro conocimiento, lo Insondable pueda ser una sonda que nos permita llegar al fondo de las cosas’. Acerca de lo Inefable nada se puede decir.
Aquí me detengo. No quiero ir más allá. No por reticencia. Me puse una regla en la que sigo creyendo: no se debe dar escándalo             n
Norberto Bobbio (1909…). Filósofo. De su amplísima obra destacan Política y cultura. Las ideologías y el poder en crisis y Ensayos de teoría del Derecho.
Traducción de Antonella Attili
1 Ver “Carta a unos amigos sobre Fides et ratio”.