jueves, 8 de enero de 2015

Mentiras sobre el amor

"Cuando alguien te para en la calle para preguntarte la hora, en realidad te está pidiendo que le mires en los ojos, que le ames"

  El País1

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¿Se puede aún escribir algo nuevo sobre el amor, la más manida de las palabras en todas las lenguas del mundo? Difícil. Pero sí se puede hacerlo sobre las mentiras del amor. Sobre la mentira, por ejemplo de que amamos poco a los otros porque nos amamos demasiado a nosotros mismos.
El drama, me decía una psicóloga italiana, es que el ser humano, contra todo lo que se piensa, “ha tenido siempre una dificultad atávica para amarse y aceptarse a sí mismo como es”, con sus virtudes y defectos, con su cuerpo y las marcas dejadas en él por el tiempo. Dificultad de sentirse en paz consigo mismo.
Todo parecería hoy indicar que la psicóloga se equivocaba, ya que en nuestra sociedad lo que parece sobrar es amor propio, autoestima, el sentirse superior a los demás, como el fariseo de la parábola evangélica que se jactaba diciendo: “Yo no soy como ese…”. Se creía mejor y superior.
¿Ese creerse superior no será sin embargo un espejismo, una mentira del amor que nos contamos a nosotros mismos, ya que la realidad es que somos más frágiles de lo que pensamos? El exceso de autoestima es muchas veces un pararrayos contra nuestra inseguridad. Podemos hasta aparecer ante los otros con un ego gigante mientras en el silencio de nosotros mismos sabemos que la verdad es otra.
Nos mecemos en las mentiras del amor para protegernos. ¿El que más grita, el que más amenaza, el que impide a los otros de dialogar, es también el más seguro de sí mismo? La mayoría de las veces, no.
El jefe que humilla al empleado refleja una fuerte inseguridad.
Los Napoleones de la Historia suelen aparecer en sus biografías muy frágiles dentro de ellos mismos, los que menos se aman. ¿Por qué se suicidan tantos famosos, en apariencia realizados y endiosados? Envidiados por los otros, en verdad eran unos solitarios incapaces de amarse a sí mismos.
Estamos iniciando un nuevo año y por convencionales que sean estas fechas hacen parte de nuestra cultura y son días de reflexión.
Se nos dice y repite que el mundo empeora cada vez más – cosa que yo no creo pues la Humanidad fue mucho más cruel antes- y que eso ocurre porque no sabemos amar a los demás.
¿Y si fuera al contrario, que las cosas no mejoran porque no sabemos amarnos a nosotros mismos, con serenidad, sin cargarnos de complejos de culpa judeocristiana?
Las cosas no progresan porque nos creemos o nos hacen creer que somos peores de lo que en realidad somos. El mundo es menos amado porque deberíamos amarlo como a nosotros mismos, pero ¿cómo hacerlo si somos incapaces de autoamarnos, envidiosos de los otros que nos parecen siempre mejores y más premiados por la suerte?
El amor empieza con un acto de egoísmo. Primero necesitamos amarnos, mantener viva la llama de nuestra estima, estar seguros de que somos capaces de querernos y que poseemos un corazón capaz de generosidad.
Sólo después, sin miedo, sin angustias, seremos capaces hasta de llegar a ser más felices dando que recibiendo.
Puede ser cierto que el mundo viva una orfandad de amor, pero lo que más le falta es empezar a amarse a sí mismo, sin despreciarse, sin sentirse infeliz por no ser capaz de poseerlo todo o por no ser alguien que sobresalga en la sociedad. ¿Por qué esa fiebre de selfies con los importantes y famosos? El poder o la gloria nos les hace ser mejores que nosotros. Cada persona es un artista de la creación. Yo admiro al panadero que mientras yo duermo se sacrifica para preparar el pan caliente de nuestros desayunos. Y a los trabajadores que en la oscuridad de la noche recogen nuestra basura del día. Cada músico de la orquestra es tan importante como el mejor de sus directores. ¿Cómo se cubriría él de gloria si los músicos desafinaran?
Se ha dicho que en el amor y en la felicidad menos es más, que la filosofía de lo esencial es el despojarse de lo superfluo.
Amarse a sí mismo supone no anhelar más de lo que necesitamos y somos, ni tampoco menos. Quien menos tiene porque no quiere poseer más de lo que le sirve para su serenidad, sentirá menos el desgarro del desprendimiento.
Una buena receta para este 2015 sería la de empezar a despojarnos de las mentiras forjadas sobre el amor, a amarnos a nosotros mismos sin miedo y sin complejos de culpa. Sentirnos una pieza indispensable en el concierto de la sociedad sin idolatrar al poderoso de turno.
Así, todos acabaríamos ganando: nosotros y los que pasan a nuestro lado, generalmente en busca de amor, aunque a veces ni ellos mismos lo sepan. Decía el Nobel de Literatura francés, Francois Mauriac, que "cuando alguien te para en la calle para preguntarte la hora. en realidad te está pidiendo que le mires a los ojos y lo ames".
Feliz 2015 pues, sin mentirnos sobre el amor y sin miedo a amarnos.

lunes, 5 de enero de 2015

Manifiesto del Anarquismo Cristiano

Manifiesto del Anarquismo Cristiano
Sobre el camino de la libertad y el amor
Colectivo espiritual Lev Tolstoi
                                   Para libertad fue que Cristo nos hizo libres.
Por tanto, permanezcan firmes,
y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud
Gálatas 5:1
Durante siglos, las religiones judío-cristianas han explotado, destruido, limitado y criminalizado los avances del ser humano. Ha sido participe y ha justificado crímenes de odio, pederastías, violaciones, etc., incluso, éstas religiones, son uno de los culpables del desarrollo y práctica de la esclavitud, la opresión a la mujer y el exterminio de civilizaciones enteras.
Hoy, en pleno siglo XXI, siguen existiendo muchos de los vicios de la Iglesia, donde para ella la religión representa una herramienta de opresión y no de liberación. Pero al igual, existimos mujeres y hombres a lo largo del mundo que creemos que la aceptación de la existencia de Dios siguiendo las enseñanzas de Cristo es una herramienta de liberación para todxs.
Y no hay mayor doctrina que busque la liberación que el anarquismo. ¿Cómo una doctrina política que por años a pregonado el lema Ni Dios, Ni amo puede empatar con la creencia en Dios? Bueno, a esa complicada pregunta intentaremos dar respuesta en las siguientes líneas donde en base a ciertos puntos específicos intentaremos dar una pequeña pero esclarecedora revisión a los postulados básicos del anarquismo cristiano.
1. ¿Dios como autoridad?
Uno de los postulados básicos del anarquismo es rechazar todo tipo de autoridad ya sea en la familia, en la escuela, en el trabajo y en la vida diaria, suplantando a esas autoridades por el acuerdo mutuo, el respeto y la solidaridad; y por otro lado la Iglesia justifica su desesperado deseo por cumplir sus intereses con que Dios nos está vigilando a todo momento y en todo lugar, y es Él nuestra autoridad máxima y quien decide el rumbo de nuestra vida y nuestra muerte.
Lxs anarquistas cristianos rechazamos toda jerarquía y todo dogma de la Iglesia institucionalizada (ya sea católica, protestante, etc.), incluyendo la idea de Dios como autoridad. Dios creó al mundo y Él nos espera al final de nuestras vidas, pero no interviene en ellas. Si Dios fuera nuestra autoridad no existieran religiones que no conciben su existencia, tampoco aceptaría la existencia con manifestaciones contrarias a sus intereses, cosa que pasa con cualquier otra forma de autoridad.
Dios nos dio la libertad, envió a Jesús a mostrarnos el camino del amor y la libertad, y fuera de eso no interviene en la vida de sus creaciones. Orar es una manera de comunicarnos con Él y tiene el poder de intervenir en nuestras vidas cuando en su sabiduría lo considere necesario para guiarnos por el camino del bien, pero para un ser omnisciente, omnipotente y omnipresente no existe para Dios el concepto de autoridad, por lo tanto tampoco debería existir para nosotrxs.
Así es como el anarquismo se puede entender con el cristianismo, así lo entendemos.
2. La religión institucionalizada: La Iglesia y la Biblia
Como ya se ha mencionado antes, el anarcocristianismo rechaza toda estructura jerarquizada de la religión y la sociedad en general. Todas las jerarquías, los prejuicios morales y todos los vicios de la Iglesia –insistimos en que no solamente nos referimos la Iglesia católica, también contamos a todas las religiones basadas en Cristo- deben de ser destruidos por representar intereses contrarios al amor y a la libertad que Cristo nos ha enseñado.
La Biblia es una de las principales herramientas en la que la Iglesia justifica su odio, así como tenemos la libertad de aceptarla tenemos también la libertad de rechazarla. Recordemos que ésta fue escrita por hombres, seleccionada, estudiada y censurada por los hombres, lo que la convierte en un libro de alta sabiduría pero no en un libro sagrada ni en el único libro que nos puede guiar en el camino del bien.
Lxs anarquistas cristianos rechazamos todo dogma impuesto por la Iglesia aunque este halle “justificación” en la Biblia. A su vez practicamos nuestra fe en lo individual y en lo colectivo sin caer en una jerarquización, sin practicar la autoridad del uno sobre el otro, ya que eso no es lo que Jesús nos ha enseñado.
El rompimiento con toda autoridad nos acerca al amor y a la libertad.
3. La sexualidad y los prejuicios
Romper con la autoridad de la Iglesia signifia olvidar los prejuicios morales, dejar de lado la “buena” moral “cristiana” y adquirir una moral acorde al amor y a la libertad. La Iglesia por siglos ha pregonado su moral de odio, esa moral que rechaza la homosexualidad, la plena libertad sexual de todo individuo y la libertad de la mujer de romper con su rol social.
Todas esas imposiciones del hombre deben de ser olvidadas, dejadas de lado para dar paso a la plena liberación sexual en lo individual y en lo colectivo. El amor y la seualidad se basan en una serie de libres acuerdos entre individuos, sin limitantes. Se cae en el pecado y en el mal actuar cuando el acuerdo no es libre entre los individuos, es decir, cuando se obliga a alguien a hacer algo que no es de su agrado (violación) o cuando se rompe un acuerdo de lealtad sin previo aviso (adulterio[1]).
En resumen, el respeto a las manifestaciones sexuales y amorosas de las personas, el pleno conocimiento y aceptación de nuestra sexualidad nos acerca al camino del amor y a una vida con libertad.
4. El Estado y la violencia
Como anarquistas rechazamos completamente la idea de un Estado regulador, los individuos somos capaces de administrar nuestras vidas en armonía colectiva sin la necesidad de instituciones que busquen controlar la vida de las y los trabajadores con el propósito de cuidar los intereses de la clase burguesa, clase enajenada por sus propios males e incapaz –en este momento- de seguir el camino del amor y la libertad.
El Estado usa la violencia para mantener al trabajadxr en “orden”, lxs cristianos rechazamos el uso de la violencia ya que Cristo nos enseño que se debe tratar a las personas como quisiéramos ser tratador, por esto mismo rechazamos el servicio militar, nos negamos a engrosar las filas de sus ejércitos y sus policías.
Pero no vamos a desprestigiar ni a desvirtuar las acciones “violentas” de la gente contra el Estado y sus fuerzas represivas ya que son manifestaciones del hartazgo, es lo que generó el Estado y la burguesía tras siglos de opresión, violencia revolucionaria, la expresión de odio por parte del pueblo es algo que no se puede controlar así como así, por lo que no nos oponemos, pero intentamos no practicarla.
Nuestra revolución es día a día.
5. Sobre la acción revolucionaria
Existen mil formas de luchar contra el Estado, aquí planteamos algunas acciones y maneras de organizar al movimiento de las y los trabajadores cristianos que luchan contra el capital y toda autoridad, es decir, por el camino del amor y la libertad. Este esquema de organización pretende apuntar hacía el esclarecimiento teórico de la revolución, el alimento espiritual y la transmisión de los principios anarquistas a lxs trabajadoras cristianas.
La tarea básica de los colectivos espirituales es la de esclarecer el camino de la revolución, esto a través de la discusión, la reflexión y la difusión de las ideas cristianas antiautoritarias ante los militantes del colectivo y la sociedad en general. Pero los colectivos espirituales no se deben limitar a esta tarea, es preciso y necesario que se busque la posibilidad de crear organizaciones de trabajadoras, trabajadores, estudiantes, desempleados y jubilados cristianos para avanzar en el proceso revolucionario.
Las organizaciones revolucionarias de trabajadorxs cristianos deben de estar fundadas con los conceptos básicos del anarcocristianismo, siempre practicar el asambleísmo, la horizontalidad, la resistencia no violenta, el respeto y la tolerancia. Pero esta organización no necesita proclamarse anarquista, esto para no asustar el contacto con el pueblo y evitar un ataque directo por parte del Estado.
De esta manera el anarcocristianismo podrá incidir en la vida de lxs trabajadores y podrá posicionarse como una verdadera fuerza revolucionaria que guíe a la sociedad or el camino del amor y la libertad.
6. A modo de conclusión
El anarquismo y el cristianismo no son contrarios, pueden entenderse en la presentación más pura de ambos conceptos. El amor, la libertad, el respeto, la tolerancia y la igualdad son principios y fines que ambos pensamientos comparten y que deben llevarse a la práctica.
De esta manera, a través de este manifiesto, expresamos nuestro compromiso con la revolución y con Dios para esparcir su mensaje de amor y libertad. A sí mismo, expresamos nuestra solidaridad para cualquier grupo comprometido con la revolución antiautoritaria, ya que al unir nuestro interés por la destrucción del Estado y construir la libertad sin autoridad, no haremos jamás distinción entre creyentes y no creyentes, todos somos hijxs de Dios y tomamos nuestras propias decisiones.
¡Por la revolución!
¡Por la libertad y el amor!

[1] Consideramos adulterio a la acción de relacionarte con otra persona fuera del acuerdo que se haya establecido –si es que éste existe. Si en el acuerdo se establece una relación con individuos externos no es problema para ningún miembro de éste, no se cae en el adulterio. Es importante aclarar que el libre acuerdo de una relación no es necesariamente monógamo, siempre y cuando los individuos así lo prefieran.

viernes, 2 de enero de 2015

¿Somos egoístas o buscamos el bien común?

¿Está en la naturaleza del ser humano la búsqueda del bien común, o en cambio somos seres egoístas? Este debate tan actual ya se producía en la Grecia clásica, hace 2.500 años. Entonces se enfrentaban los partidarios de la democracia contra los seguidores de la aristocracia. Esta lucha iba más allá de la simple pelea por un tipo de gobierno. Estaba en juego la interpretación de la misma esencia de la existencia humana, un conflicto que hoy sigue abierto.  
ekklisia
El profesor de filosofía George H. Sabine reflexionó sobre el comportamiento político del ser humano. Lo hizo en su famoso libro “Historia de la teoría política” (publicado en 1937) y para ello se remontó unos 2.500 años al pasado, a la Grecia del S. V a.C. Era un mundo muy diferente al nuestro, con unas categorías de pensamiento que seguramente no comprenderíamos hoy en día pero en el que ya se abordaban cuestiones básicas sobre el comportamiento político que todavía siguen abiertas al debate en el presente.
Sabine definió la clave del pensamiento político griego como la búsqueda de la “armonía de la vida en común” y que solamente podía realizarse en la ciudad-estado (la polis) y respetando la libertad del individuo. En este punto hay que ser cauteloso desde nuestro punto de vista actual, ya que el concepto de libertad entonces era diferente, como recordó el profesor. Libertad para un griego del S. V. a.C. era, ante todo, “la libertad de comprender, de discutir y de contribuir con arreglo a su innata capacidad y su mérito, no con arreglo a su rango o a su riqueza. El fin de todo ello consiste en producir una vida en común que sea para el individuo la mejor escuela que le permita desarrollar sus facultades naturalesy que aporte a la comunidad la ventaja de una vida civilizada”.     
Es decir, la libertad del ciudadano de una polis se daba si podía desarrollar “sus facultades naturales” dentro de su comunidad y “en una vida en común”. Surge aquí la cuestión, ¿cuáles eran esas facultades naturales?
La naturaleza del ser humano
Sabine recordó que esta cuestión provocó un debate muy amplio entre los griegos del S. V. a.C. En un mundo en el que cada comunidad humana era muy diferente en sus culturas, lenguas y tradiciones, los griegos se preguntaban si ¿existe una naturaleza común a todos los humanos más allá de las leyes específicas de cada comunidad política? O por el contrario, ¿los seres humanos son diferentes en su naturaleza como lo son las leyes de cada ciudad o reino?   
Este debate lo ganaron los defensores de la existencia de una ley natural innata a todo ser humano más allá de las leyes locales. Como escribió Sabine: “Salvo para los escépticos, que acabaron por declarar, por cansancio, que una cosa es tan natural como otra y que el uso y la costumbre son literalmente ‘señores de todo’, los demás autores estaban de acuerdo en que algo es natural. Es decir, existe alguna ley que, de ser comprendida, explicaría por qué obran los hombres como lo hacen y por qué creen que algunos modos de obrar son honorables y buenos y otros bajos y malos”.
Por lo tanto se impuso la idea de que todas las personas comparten una naturaleza común que dicta su comportamiento. Nació así el concepto de Derecho Natural y de la existencia de leyes que son comunes a todos los seres humanos porque representan la naturaleza de las personas. Pero nació así una nueva cuestión: ¿Cómo es la naturaleza del ser humano?
Surgieron aquí otra vez dos corrientes enfrentadas. Según Sabine, por un lado estaban los que concebían la naturaleza como “una ley de justicia y rectitud inherente a los seres humanos y al mundo. Esta opinión se apoyaba necesariamente en el supuesto de que el orden es inteligente y benéfico”. Pero por el otro lado, existía otra corriente que “concebía a la naturaleza como no moral y creía que se manifestaba en los seres humanos como autoafirmación o egoísmo, deseo de placer o de poder”.
La lucha entre democracia y aristocracia
En la Grecia del S.V. a.C. este debate creó un conflicto dentro de la comunidad de cada polis y también entre ellas mismas. Un combate que los propios griegos denominaron Stasis (entre otras muchas acepciones): la lucha entre los que defendían un modelo político democrático y los que defendían uno aristocrático.
No era solamente la lucha entre dos modelos de gobierno, sino entre dos visiones enfrentadas sobre la manera de alcanzar el objetivo vital de cada ciudadano griego, es decir, “la armonía de la vida en común” que decía Sabine, ya que esa armonía solamente se podía alcanzar respetando la libertad (dentro de la comunidad, no nuestro concepto de libertad individual actual). Y esa libertad dentro de la comunidad, a su vez, solamente se alcanzaba si se respetaban las “facultades de la naturaleza humana”.
Así pues, la lucha por el modelo político era también la lucha por crear el marco en el que cada griego podía realizarse como persona.
Los que creían que la naturaleza humana era, ante todo, la búsqueda del bien común, eran partidarios de la democracia. Generalmente eran las clases menos pudientes, que defendían que sólo el poder de la comunidad completa de ciudadanos de una polis representaba el marco necesario en el que se podría desarrollar la naturaleza humana y por lo tanto era el único sistema en el que se podría alcanzar la armonía de la vida en común.
En cambio, para los partidarios de la idea de que la naturaleza humana es egoísta, generalmente las clases más pudientes, la mejor forma de gobierno era la aristocracia, el gobierno de los mejores. Solamente de esa manera, gobernando los que habían demostrado ser los más aptos, se podría desarrollar la naturaleza del ser humano y por lo tanto alcanzar la armonía en la comunidad.
Este conflicto no tenía posibilidad de llegar a un consenso ya que no se podía negociar la naturaleza humana: o es egoísta o busca el bien común. Ambas visiones tan incompatibles acabaron desembocando en lo inevitable. La Grecia del S. V a.C. fue escenario de una terrible guerra, la Guerra del Peloponeso, que en esencia (aunque también fue una guerra por el poder geopolítico) significó la lucha entre las ciudades partidarias de la democracia, lideradas por Atenas, contra las que defendían el gobierno aristocrático lideradas por Esparta. Esta lucha también se produjo entre las propias polis. Se debilitaron tanto en esta lucha fracticida que, tras años de guerras fueron engullidas por sus vecinos macedonios y más tarde por los romanos, lo que puso fin al concepto de polis y, con ello, a la búsqueda de la armonía de la vida en común.
Progresistas y conservadores en el mundo contemporáneo
Sin embargo, el debate sobre la naturaleza de ser humano sigue abierto, aunque es cierto que tras siglos de evolución y de adaptación al pensamiento político contemporáneo basado en el concepto de libertad individual, y no en el de libertad como parte de una comunidad como el que poseían los griegos (una diferencia sustancial que tan magistralmente señaló Benjamin Constant en su clásico “La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”).
¿Somos seres que buscan el bien común? Esto es lo que en su esencia defiende el pensamiento político progresista actual. Según esta visión, las leyes del Estado deben adaptarse a la naturaleza humana ayudando a los más débiles de la sociedad a alcanzar sus metas a través de políticas de redistribución de la riqueza. Hoy en día se expresa en que hace falta una sanidad y una educación de acceso universal, un sistema de seguro de desempleo y de pensiones público, etc. sufragado mediante un sistema de impuestos indirecto, en el que cada miembro de la comunidad paga en concordancia a su nivel de ingreso. Es decir, la igualdad sería el medio para adaptar la sociedad a la naturaleza humana y de hacer avanzar a la sociedad.
En cambio, los conservadores defienden el bienestar individual como la esencia de la naturaleza humana. Consideran que las leyes del Estado deben, ante todo, preservar el bienestar individual y defender la propiedad privada, así como crear un espacio en el que cada uno puede desarrollar sus intereses egoístas sin ser molestado, pero respetando la convivencia. Por ello hacen hincapié en la necesidad de que el Estado tenga poca presencia en la sociedad excepto para proteger al individuo y a sus propiedades. Creen en el libre mercado y en la libre competencia como la base de la economía y del crecimiento de la sociedad. En definitiva, la desigualdad sería el motor que haría avanzar a la sociedad y que mejor se adaptaría a la naturaleza del ser humano.
¿Buscamos el bien común o el individual? 2.500 años después el debate sigue abierto.