lunes, 9 de septiembre de 2013

La Biología del Amor. Humberto Maturana

Humberto Maturana, biólogo chileno, revolucionó el mundo de la ciencia con su teoría biológica del conocimiento, que afirma entre otras cosas, que no se puede hacer referencia a una realidad independiente del hombre. La epistemología de este biólogo chileno de 66 años, lo ha colocado entre los constructivistas radicales como von Foerster, Piaget y von Glaserfeld. Sin embargo Maturana se califica a sí mismo como un determinista ciento por ciento.
Una de sus discípulas, Sima Nisis, comenta que siendo alumna del Dr. Maturana, se sintió invitada a reflexionar sobre su propia existencia, y esto la inspiro a realizar un coloquio con el profesor y desear compartir estas preguntas cotidianas que surgían de ella, a través de las clases, leyendo sus libros, artículos y su aplicación en seminarios, talleres que iban surgiendo, pensó en la dimensión que adquiría su vida cuando la vivía en una realidad ‘sin paréntesis’, y cuando la vivía desde una ‘realidad entre paréntesis’.
EMOCION Y COMUNICACION:
S.N. -Doctor, mi deseo en este coloquio es llevarlo por un camino inusual, movida, tal vez, por mi deseo de ver lo que queda oculto en su ser cotidiano. En esta pregunta quiero responder a una inquietud mía: usted ha dicho que la expresión de la emoción niega la emoción que expresa, que quiere decir?
H.M. -La emoción es una dinámica corporal que se vive como un dominio de acciones, y se está en una emoción o no. La atención a la expresión de una emoción la niega porque establece una dicotomía entre el vivir y el parecer. Solo si no soy de una cierta manera quiero parecerlo ante otro. La emoción se vive y no se expresa. El otro que me mira puede decir: ‘te veo triste’, y hace una apreciación sobre mí emocionar distinguiendo el dominio de acciones en que me encuentro al hacer una distinción en el dominio del hacer. Si el otro me dice: ‘sientes pena’, hace una apreciación sobre cómo me siento en mí emocionar, y hace una distinción en el dominio de la reflexión. Confundimos frecuentemente emoción con sentimiento y en el proceso negamos nuestra emoción buscando la expresión de nuestro sentir.
S.N. -¿Que experiencias de su infancia fueron significativas para usted, y por qué?
H.M. -Hay dos experiencias de mi infancia que quiero relatar por las reflexiones a que ellas me condujeron. En una ocasión, cuando yo tenía once años acompañé a mi madre, quien era Asistente Social, Visitadora Social se decía entonces, en una visita a una familia de obreros del ladrillo, en lo que en esa época, 1940, era Punta de Rieles, al final
De Macul. Allí llegamos a una vivienda que era un hoyo rectangular en la tierra con un techo inclinado, y en cuyo interior se encontraba una mujer tendida en el suelo, enferma, cubierta de harapos. Junto a ella estaba un niño, menor que yo. Al verlo pensé: ‘Yo podría ser ese niño, pero no lo soy, y nada en mi justifica el que yo tenga una casa, pobre pero casa, que yo pueda ir al colegio y comer todos los días, y que este niño no. No es merito mío, es solo un regalo de la existencia; nada de lo que tengo me pertenece y solo me cabe estar agradecido mientras lo tenga’. Esta experiencia cambio mi vida porque desde entonces viví en la conciencia de que la vida que uno vive es solo un regalo del que no cabe otra cosa que estar agradecido, y las cosas buenas que uno viva no significan que uno sea mejor que cualquier otro que no las tenga y las cosas malas que a uno le pasan no significan tampoco que uno sea peor que otros que no las viven.
Ese niño y yo éramos igualmente dignos. La otra experiencia que quiero relatar la viví en el patio de mi casa, junto a un árbol de flores lilas. Allí me encontré pensando: ‘No me gusta obedecer. No quiero obedecer. Qué debo hacer para no obedecer? Si mi madre me pide que haga algo, tendré que hacerlo, no puedo decir que no, pero no quiero obedecer. Ah! ya se, lo que hare será tratar lo que deba hacer como mío, lo transformare en lo que yo quiero hacer, y gozare haciéndolo.
Siempre? No! Cuando se me ordene algo que no quiera hacer mío, no lo hare, y viviré las consecuencias; Desde entonces nunca mas obedecí, ni sufrí haciendo lo que no quería hacer.
S.N. -Como descubre uno en que emoción se encuentra el otro? Parece que comunicarse es un acto de sabiduría.
H.M. -Yo pienso que eso es fácil. Basta mirar sus acciones. Si queremos conocer la emoción del otro, debemos mirar sus acciones; si queremos conocer las acciones del otro, debemos mirar su emoción. Estas miradas solo son posibles en la medida en que no prejuzguemos lo que vamos a ver antes de mirar, y ese es un acto de sabiduría.
S.N. -Usted sostiene que encontrarse en la emoción con el otro es un asunto de ‘mirar’, pero que sucede con un ‘otro’ plural, en una conferencia, por ejemplo? Como aunar las emociones?
H.M. -La respuesta es en principio fácil. Uno puede encontrarse de dos maneras con la gente: desde la postura ‘ustedes no saben y yo sé’, o desde esta otra postura ‘ustedes saben todo lo que yo voy a decir, porque todo lo que les voy a decir tiene que ver con ustedes y conmigo’.
En el primer caso, el ‘ustedes no saben y yo sé’, puedo decirlo explícitamente o simplemente estar en ese pensamiento y, por lo tanto, en una dinámica que crea distancia porque mi pretensión cognoscitiva constituye la negación del otro. Cuando eso pasa el otro entra en una dinámica emocional propia que sigue un curso discordante con el del orador. En el segundo caso, el ‘ustedes saben todo lo que voy a decir.’ abre la posibilidad de un coemocionar armónico porque parte de la aceptación de la legitimidad del otro o los otros.
S.N. -Usted habla de distanciamiento o acercamiento Como entiende el desapego y el apego?
H.M. -Creo que el desapego surge en el momento en que uno se da cuenta de que no es dueño de la verdad. En ese momento uno puede poner sus creencias en la observación, y ver si uno quiere o no quiere sus consecuencias. Para mirar algo hay que soltarlo primero, y el acto de soltar constituye el desapego. En el acto de mirar mis creencias me
desprendo de ellas lo suficiente como para perderlas si el resultado de la reflexión así lo requiere. La verdadera dificultad está en generar esa mirada debido al miedo que uno tiene de perder lo que posee. En la amistad uno se encuentra con el otro sin apego. El otro es legítimo en si, uno no le exige, uno solo está en el placer de su compañía. Todos tenemos práctica en la amistad. Lo que tenemos que hacer, si queremos vivir en el desapego, es ampliar esa práctica, no solamente a estos seres que hemos escogido como nuestros amigos, sino a todo otro.
CONVERSACION Y LENGUAJE:
S.N. -Los seres humanos en el vivir hablamos, conversamos. Cuando estamos en el lenguaje y cuando estamos en la conversación?
H.M. -He hablado ya de esto en el libro Emociones y Lenguaje en Educación y Política, pero brevemente puedo decir que estamos en el lenguaje cuando nos movemos en las coordinaciones de coordinaciones de acciones en cualquier dominio que sea. Pero, el ‘lenguajear’ de hecho ocurre en la vida cotidiana entrelazado con el emocionar, y a lo que pasa en este entrelazamiento llamo conversar. Los seres humanos siempre estamos en la conversación, pero el lenguaje, como fenómeno, se da en el operar en coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales recurrentes. Lo que pasa es que nuestras emociones cambian en el fluir del ‘lenguajear’, y al cambiar nuestras emociones cambia nuestro ‘lenguajear’. Se produce un verdadero trenzado, un entrelazamiento de generación reciproca del ‘lenguajear’ y del emocionar. Eso es el conversar. Ahora mismo estamos en una conversación. Es una conversación por cuanto se da el entrelazamiento de que acabo de hablar. Estamos interesados, aburridos, alegres, enojados durante el fluir de nuestro ‘lenguajear’. A veces nos movemos en una monotonía emocional, lo cual no quiere decir que no estemos en el conversar y que no nos movamos en el fluir emocional.
S.N. -Es posible, según usted, que surja la creatividad en sujetos que comparten un espacio de convivencia a cargo de un guía, por ejemplo, alumnos en un laboratorio?
H.M -Cada vez que creamos un espacio de convivencia y reflexionamos en el a través de mirar las consecuencias de nuestro quehacer en el, puede surgir algo nuevo. Por ejemplo, lo que yo hago en mi laboratorio, con mis estudiantes, lo llamo taller renacentista, pues lo manejo como un espacio en el cual los estudiantes viven en el hacer y en la reflexión sobre su hacer, en el contexto continuo de la conversación sobre el hacer en el hacer. A si, si están estudiando algún problema particular de neurobiología o de conducta, están también en el hacer experimental que ese ámbito particular de estudio tiene, y están en las conversaciones de ese quehacer y en las conversaciones que son reflexiones sobre ese quehacer. En este proceso mis estudiantes adquieren las habilidades manuales y reflexivas de ese espacio. Yo digo que mi laboratorio es un taller renacentista porque es un espacio que se reconoce directamente como un espacio del vivir, como los talleres renacentistas donde existía un artesano o un artista, y los estudiantes se transformaban a su vez en artesanos o artistas, según sus preferencias, en el convivir con el maestro.
S.N. -Un proverbio francés dice: ‘Machacando se aprende el oficio’. De lo que usted dijo anteriormente parece desprenderse que para ser biólogo hay que ‘biologizar’, y así en todo orden de cosas.
H.M. -En el fondo ese pensamiento casi lo dice todo. La biología es un dominio de observación, de explicación y de reflexión sobre el vivir de los seres vivos. Si miro, por ejemplo, un fenómeno químico, ese fenómeno químico es biológico en la medida en que para comprenderlo debe mirársele en el contexto del vivir del ser vivo. El mismo fenómeno mirado en un tubo de ensayo no es fenómeno biológico sino que químico. Lo biológico tiene que ver con el vivir del ser vivo, por esto se aprende biología ‘biologizando’, en el mirar y amar a los seres vivos.
En general, todo quehacer se aprende en la realización de ese quehacer.
Si el quehacer es discursivo, se aprende en el discurso, si es manipulativo, se aprende manipulando. Todo conocimiento es un modo de vivir y, por lo tanto, es multidimensional y su multidimensionalidad debe adquirirse en el vivir. Por ello, por supuesto, es necesario aceptar la multidimensionalidad del dominio del conocimiento que interesa en toda su magnitud. Si usted me pregunta cómo se aprende a amar, la respuesta es: en el vivir las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en la convivencia. Naturalmente lo mismo vale si la pregunta se refiere a cualquier otro quehacer. Yo diría que aquello de lo que hay que hacerse cargo al educar, es de crear un espacio de convivencia con el niño, en el que él sea tan legitimo como el maestro o la maestra. El niño se transformara en su convivencia conmigo según la legitimidad que yo le dé a su convivir conmigo.
Si soy intransigente, el niño aprenderá a ser intransigente; si soy generoso, el niño aprenderá a ser generoso; si soy cuidadoso en lo que hago, el niño aprenderá a ser cuidadoso en su quehacer; si soy chabacano el niño aprenderá a ser chabacano. Y esto lo aprenderá no como algo externo sino como un modo de ser en el vivir. No es el ejemplo como un quehacer ajeno, lo que educa, sino que la participación en el quehacer que se aprende. El niño danza con el educador en el vivir. Si un niño al salir del colegio es un niño agresivo y peleador, quiere decir que ha vivido en un espacio en el cual la agresividad y la pelea son legítimas. Eso no quiere decir que el profesor ha estado diciendo que es legítimo pelear o ser agresivo, basta con que en el espacio de vivir que él o ella configura en todas sus sutilezas sea legítima la pelea o la agresión.
En términos generales podemos decir que uno aprende el mundo que uno vive con el otro.
S.N. -El convivir con el otro puede traducirse en la aceptación o en el rechazo del otro, pero como vivir en la aceptación? y, diría mas, como vivir en las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en la convivencia?.
H.M. Convivir en la aceptación del otro como un legitimo otro es facil? Como? Aceptando la legitimidad del otro. Por ejemplo, si pienso que un niño hace algo que está mal porque el niño es flojo, mi conducta va a revelar lo que pienso, y va a constituir la negación del niño como flojo, si pienso que el niño hace algo que está mal porque aun no tiene la practica adecuada que le permita hacerlo bien, mi relación con el niño va a reflejar mi darme cuenta de que la dificultad del niño en hacer lo que yo espero que haga tiene que ver con su práctica y no con su ser. En el segundo caso voy a corregir la práctica del niño, en el primero voy a corregir su ser.
En el primer caso, al corregir al niño, lo voy a negar; en el segundo caso, al corregir la práctica, lo voy a aceptar. En el proceso de formarse como profesor o en el proceso de ser profesor, uno tiene que darse cuenta precisamente de lo que acabo de decir y aprender y practicar la distinción de estas dos acciones: la de negar al niño y la de corregir su práctica.
Hay algo que uno siempre sabe aunque tal vez uno no se detiene a reflexionar en ello, o porque no quiere reflexionar o porque piensa que la reflexión va a tomar mucho tiempo. Me refiero a dos cosas: la primera, es que si uno se encuentra
con otro, el otro lo puede escuchar a uno solamente en la medida en que uno acepta al otro; la segunda, es que la aceptación del otro se da en la emoción y no en la razón. Esto podemos apreciarlo en los niños pequeños. Cuando uno se acerca a un niño y uno le habla fuera del espacio emocional en que el niño se encuentra, este no se acerca a uno.
Uno le ofrece la mano y el niño no la toma. Pero, en el momento en que uno se encuentra en la aceptación del niño, en su emoción, el niño toma la mano. Ese gesto de tomar la mano es una acción que constituye una declaración de aceptación de la convivencia. Es como si el niño dijera estoy dispuesto a convivir contigo y, por lo tanto, a transformarme en la convivencia contigo.
S.N. -Parece que la emoción invita a desear algo…
H.M. -No, no es que la emoción invite a desear algo. Uno se encuentra en el deseo o en el rechazo. El deseo aparece como algo que le sucede a uno en el vivir. Así, por ejemplo, estamos conversando sobre el conversar y en este fluir en las coordinaciones de las coordinaciones conductuales del “lenguajear” y del emocionar entrelazados, surge el deseo de saber sobre el deseo, como algo que nos pasa desde la nada, aunque después nos parezca justificable.
LA BIOLOGIA DEL AMOR:
S.N. -Usted ha hablado de la negación y de la aceptación del otro. Esto me hace pensar en el amor y en las condiciones que deben darse para que se pueda vivir en la biología del amor.
H.M. -Pienso que las condiciones para vivir en la biología del amor son señalables solo a posteriori, como un comentario intrascendente: el amor le pasa a uno. Así, simplemente. Lo que uno puede hacer es reflexionar sobre la negación cultural del amor, aun cuando se lo destaca o valora. El amor es el dominio de las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en convivencia con uno. Uno se encuentra con otro y, o se encuentra en las acciones que lo constituyen como un legitimo otro en la convivencia, o no. A uno le pasa eso. También le pasa a uno que se encuentra con alguien en las acciones de rechazo, negacion o indiferencia como algo que le sucede a uno porque si, desde la nada. El suceder de la experiencia le pasa a uno en el fluir del vivir. Así como el vivir humano se da en el conversar, el emocionar le sucede a uno en el fluir del conversar, y esto tiene una consecuencia fundamental: si cambia el conversar, cambia el emocionar, y lo hace siguiendo el curso del emocionar aprendido en la cultura que uno vive y ha vivido. Es debido a esto el efecto terapéutico de la reflexión como un operar que lo centra a uno en su cultura y en lo fundamental de lo humano que es el amor.
S.N. -En su libro Lenguaje y Emociones en Educación y Política usted comenta que las emociones han sido desvalorizadas por darle mayor énfasis a la razón. Que sugeriría usted para darle a las emociones el espacio que les corresponde?
H.M. -Ante todo, creo que uno tiene que aceptar su legitimidad; es decir, reconocer que lo humano no se constituye exclusivamente desde lo racional. Es cierto que lo racional es importante en el tipo de vida que vivimos, pero el primer paso para revalorar la emoción seria aceptar que entrelazado a un razonar está siempre presente un “emocionar”. En el momento en que uno ve eso se da cuenta de que es así. Se podría invitar a alguien a una reflexión en cada momento: que te está pasando?, es una de las preguntas que muchas veces se hace en terapia o en talleres de desarrollo personal. Que te está pasando?, es una pregunta dirigida a mirar el propio emocionar y no a mirar el propio razonar.
Desde el momento en que la persona la contesta, se encuentra mirando su “emocionar”. Es decir, si la invitación a esa mirada es aceptada, entonces la presencia continua de la emoción y del fluir emocional se hace aparente. Pienso que en el momento en que uno acepta la presencia de la emoción y amplia su mirada reflexiva se da cuenta de que la emoción es el fundamento de todo quehacer.
El darse cuenta que trae la reflexión sobre las emociones no se puede negar. Las emociones tienen una presencia que abre un camino a la responsabilidad en el vivir. Pienso que al niño hay que invitarlo a respetar su “emocionar”, dándose cuenta de él, no pedirle que lo controle o niegue. Tenemos miedo de las emociones porque las consideramos rupturas de la razón, y queremos controlarlas. Creo que el deseo de controlar las emociones tiene que ver con nuestra cultura
orientada a la dicotomía de lo bueno y lo malo; se enfatiza, como línea central de la vida la lucha entre el bien y el mal, “lo bueno y lo malo”. Lo malo tiene una presencia enorme, no como una falla circunstancial o como un error, sino como algo constitutivo. Ahora, desde el momento en que uno mira a los seres humanos constituidos en lo bueno y lo malo, y se vive en la lucha entre el bien y el mal, se pierde la confianza en lo humano y lo natural. Los seres humanos son malos, se
dice, entonces no son confiables. La educación pasa a ser un modo de controlar la maldad, tal vez también de guiar hacia la bondad, pero sobre todo de controlar la maldad. En un momento histórico como el nuestro, descendiente del periodo histórico de la ilustración, parece que la maldad se controla con la razón y que la razón nos acerca a lo
bueno. El resultado es que vivimos en lucha contra las emociones en el supuesto de que ellas nos alejan de la razón, y nos acercan a lo arbitrario que es lo malo. Esta desconfianza yo no la tengo, porque creo que lo humano no se constituye en la lucha entre el bien y el mal.
La lucha entre el bien y el mal -pienso- pertenece a un momento de nuestra historia cultural, de modo que nosotros, culturalmente, estamos inmersos en esa lucha, pero ella no pertenece a la constitución de lo humano. Yo tengo confianza en la biología, en particular en la biología del amor que es el fundamento de lo social. Las relaciones humanas se ordenan desde la emoción y no desde la razón, aunque la razón de forma al hacer que el emocionar decide. Yo diría que lo que uno tiene que hacer es respetar las emociones de los niños con lo cual uno respeta su dignidad y les permite conocerlas abriendo paso a su ser responsable frente a ellas. En nuestra cultura patriarcal occidental creemos que las
relaciones humanas deben controlarse porque vivimos en la mentira de la apariencia y no en el respeto por nosotros mismos y por el otro que constituye lo social, precisamente porque vivimos en la dicotomía del bien y del mal como condición transcendente y, precisamente porque vivimos así, no vivimos en la responsabilidad de nuestros actos.
S.N. -Usted invita a la reflexión, postula que el amor se da desde la biología, como llego a esto?
H.M -En un sentido estricto, yo llegue a esto sin darme cuenta. Mi reflexión comenzó al mirar a los seres vivos como sistemas autopoieticos, como sistemas en los que todo ocurre en referencia a ellos en el proceso de vivir. Eso me llevo a pensar en la convivencia que dividí en dos tipos: uno que lleva a la destrucción del convivir y otro que lleva a la realización del convivir. Uno que lleva a la separación y, por lo tanto, a la no convivencia, y otro que lleva a la conservación de la convivencia. Y así me di cuenta de que aunque ambos tipos de convivencia se realizan a través del vivir, el que lleva a la realización de la convivencia, a la realización del vivir con otro, solamente se puede dar en la medida en que la convivencia se hace en la aceptación del otro como un legitimo otro. También me di cuenta de que
es solo a tal convivencia a la que nos referimos cotidianamente al hablar de lo social.
Mirando a los seres vivos y su convivencia social me hice en algún momento la pregunta acerca de las emociones. Que tengo yo que mirar para decir que hay una emoción?, o que criterio aplico para decir que hay una emoción?, me pregunte. Al hacerme estas preguntas me di cuenta de que el criterio que uno aplica es el de mirar las acciones. Descubrí
que las emociones corresponden a distinciones que un observador hace del dominio de acciones en que se encuentra el otro o uno. Empecé a preguntarme por el dominio de acción de las distintas emociones y descubrí que el amor es el dominio de las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en la convivencia con uno. Esto, naturalmente, no paso de la noche a la mañana, sino a lo largo de meses de conversar y reflexionar acerca del emocionar como fenómeno de la vida cotidiana. Al hacer esto miraba situaciones simples del vivir cotidiano como lo que pasa cuando uno sube a un bus. Uno toma el bus en un acto de confianza maravillosa, paga su pasaje, con lo cual expresa su confianza al chofer, este acepta la moneda que uno le da en un acto de confianza hacia uno como pasajero.
Mi confianza hacia el chofer implica que yo no dudo que el no va a manejar a tontas y a locas produciendo un accidente, la confianza del chofer hacia mi implica aceptar que yo no lo voy a asaltar o golpear por la espalda. Es cierto que él puede mirar para atrás a través del espejo retrovisor, pero ese espejo está destinado esencialmente a otra mirada,
no a la desconfianza. Y si uno mira a su alrededor descubre que todo el mundo social se funda en ese acto de confianza. Voy al banco a depositar mi dinero, encuentro una oficina que se llama “operaciones de confianza” -interesante el nombre- depósito mi dinero en la confianza de que el cajero no me va a robar y va a anotar lo que debe anotar. El cajero
acepta el dinero en la confianza de que no lo voy a engañar, es cierto que cuenta el dinero pero lo hace fundamentalmente por un asunto de orden, no de desconfianza, y aunque a veces pueda haber circunstancialmente desconfianza, todo el proceso se funda en la confianza. Visto de más cerca se ve que la “confianza” es el fundamento
del vivir mismo. Conversando hace poco con algunos amigos brasileños les decía que C.G. Jung habla de las sincronías como fenómenos especiales de coincidencias inesperadas. Pero si uno lo mira bien, ve que la sincronía es lo corriente, lo cotidiano, el fundamento de la coexistencia.
Que sincronía más maravillosa la que tiene lugar con el nacimiento de un bebe! Nace el bebe y se encuentra con la mamá lista para amamantarlo, y que sincronía más maravillosa que la madre se encuentre con un ser al que su leche alimenta y no envenena. Entonces toda esta maravillosa armonía del orden del vivir se funda esencialmente en que todo está en su sitio, es decir, en algo equivalente a la confianza. El bebe, nace, por asi decirlo, en la “confianza” de que va a haber una mamá, aunque no hay premonición ni reflexión acerca de esto. Pero uno se da cuenta de que esta condición de confianza, de disposición adecuada para la convivencia como un fenómeno legitimo que constituye lo social es un fenómeno mucho más amplio, no solamente humano, sino que pertenece a todos los seres vivos. No es acaso sincronía del vivir el que en una colmena, la larvita salga del huevo y se encuentre con una abeja que la alimenta, o el insecto que pone su huevo solitario sobre un árbol o flor lo haga de manera tal que al salir una larvita esta se encuentre con una hoja que será su comida? Esa extraordinaria armonía es lo natural del vivir.
S.N. -Lo que acaba de decir está relacionado con la enseñanza y el aprendizaje. Si en un momento usted dijo que se aprendía biología “biologizando”: cree usted que se pueda aprender a amar, amando? H.M. -Ciertamente, basta mirar lo que le pasa al niño cuando uno lo acepta en su intimidad y legitimidad. Creo que esa es la experiencia más
conmovedora que uno puede tener con un niño o con un animal. En el momento en que el niño acepta la mano que uno le ofrece, acepta la convivencia con uno, pero lo hace cuando está reconocida su dignidad, no como una reflexión, sino como una acción que lo trata como un legítimo otro en la convivencia. Si vamos por la calle y le damos una patada a un perro que tiene miedo y no nos damos cuenta de su emocionar nos muerde.
Pero acercarse a un ser que tiene miedo sin reconocer que tiene miedo y sin respetar su miedo, es negar su legitimidad, y cometer un acto de ceguera. La única forma de encontrarse con un niño o con un perro es aceptando su “emocionar”, no negándoselo. Pero como acercarse a un perro con miedo? le hablamos, el perro está asustado y nos ladra. Le hablamos sin acercarnos demasiado; le hablamos y el perro cambia su emocionar. Lo
mismo ocurre con el niño. Si el niño se siente reconocido en su legitimidad, nos da la mano y en ese momento acepta el espacio de convivencia que le ofrecemos.
S.N. -En muchas oportunidades usted ha manifestado que un alto porcentaje de enfermedades en el adulto tiene como causa la falta de amor.
H.M. -Y no solamente en el adulto! El organismo como sistema existe en una armonía o coherencia interna que se pierde cuando sus relaciones e interacciones dejan de ser congruentes con esta armonía. La negación del amor rompe esta congruencia y da origen a alteraciones fisiológicas que hacen posible procesos como alteraciones en la dinámica motora, endocrina, inmunitaria, neuronal, o tisular en general. Así, gérmenes que coexisten normalmente con nosotros se hacen patógenos porque nuestra relación con ellos se altera, o se alteran procesos de regulación de la dinámica celular que resultan en disfunciones orgánicas, o sea, por alteración de la biología del amor se altera la dinámica endocrina de modo que surgen alteraciones en la dinámica tisular o, por último, se altera la dinámica motora y de atención y surgen u ocurren accidentes por cegueras o esfuerzos desmedidos. Todos los fenómenos del vivir se pueden vivir en la armonía de su legitimidad desde la biología del amor, incluso una perdida. Pero para que esto sea así, el niño debe crecer en la dignidad del respeto por sí mismo y por el otro que trae consigo la biología del amor.
Pienso que la mayor parte del sufrimiento humano, y la mayoría de las enfermedades humanas tienen su origen en la negación del amor. Cuando el animal, humano o no humano, vive en congruencia con su circunstancia, salvo que tenga una alteración anatómica o fisiológica congénita que lo saque de lo normal, vive en armonía con su circunstancia, lo que implica una armonía fisiológica. No hay distorsiones en la tensión muscular, no hay desviaciones en los sistemas endocrino, nervioso e inmunitario, cualquiera sea el momento del vivir. La mayor parte del sufrimiento es por distorsión del cuerpo, y con esto quiero decir distorsión muscular, distorsión tensionar sobre los huesos, sobre los sistemas nervioso y endocrino. Se crea así un desbalance o distorsión del sistema inmunitario que crea a su vez toda clase de procesos internos que alteran la regulación normal de la constitución y estabilización de
procesos de expresión génica. La existencia de un ser vivo en armonía con su circunstancia se da en la armonía interna que le permite, como al esquiador que se desliza según la curvatura del terreno, moverse
adecuadamente en un espacio de existencia legitima, y la única circunstancia que hace que la existencia humana sea legitima, es la armonía con la circunstancia del otro. Somos humanos en tanto somos animales que vivimos unos con otros en el conversar y eso se da sin lucha y sin conflicto solamente en la aceptación del otro como legitimo
otro en la convivencia. Si el niño crece en el amor se respetara a sí mismo, y respetara a los otros.
El crecer con respeto por sí mismo y respeto por el otro, no asegura una conducta especifica ni una vida sin accidente ni dolor, pero asegura una vida en la cual el niño y luego el adulto pueden moverse en congruencia con su circunstancia y vivir los sucesos del vivir en legitimidad social, es decir, como seres responsables de sus actos
porque aceptan sus emociones.
S.N. -Si todo parece tan fácil por que la vida cotidiana no se da de esa manera?
H.M -Porque vivimos una cultura que niega el amor al darle un carácter especial subiéndolo al pedestal de la virtud. Vivimos una cultura que está centrada en la distinción entre el bien y el mal, en la exigencia de la obediencia y, por lo tanto, en la desconfianza, y no vemos que sin confianza no se constituye lo social. Por esto, aunque vivimos de actos de confianza, no lo vemos y solo vemos la desconfianza, el desamor, la competencia, la lucha. Nuestros niños crecen en un espacio pequeñísimo de confianza que es su hogar, escuchando hablar de una continua lucha con los demás, contra la naturaleza, contra los elementos, contra las enfermedades. Luchamos todo el tiempo y esa continua lucha es una continua enajenación en la desconfianza que va creando fracturas en la trama de la convivencia social. Un país es una red de pequeñas comunidades, sociales y no sociales, que configuran comunidades más grandes, no necesariamente sociales, como las comunidades de trabajo, o como las comunidades de cercanía que no tienen una trama social. Se requiere una trama social fundamental, sin embargo, para que el país no se desmorone del todo. Pero eso no es suficiente para evitar la deformación de nuestros niños que crecen continuamente expuestos a la negación de su dignidad en la negación de la dignidad del otro, cosa que los hace progresivamente parte de un
gran mundo en el que se niega lo social hablando de lo social.
S.N. -Si parece tan fácil comprender lo que usted propone, esto es, la biología del amor, porque nos cuesta tanto? o por que volvemos siempre a las conductas que la niegan? o acaso no hay esperanza? Como hacer de la comprensión de la biología del amor una posibilidad en el vivir?
H.M. -Vivimos una cultura que habla del amor pero lo niega en la acción. Esta es la cultura patriarcal europea u occidental a que pertenecemos. Esta cultura surge del encuentro de la cultura patriarcal indoeuropea que invade Europa cerca de 5.000 años antes de Cristo, y las culturas matristicas existentes allí. En este encuentro, la cultura
patriarcal invasora destruye o subyuga a las culturas matristicas, y cuando las subyuga, lo matrístico queda relegado a la relación materno-infantil, mientras que lo patriarcal se desenvuelve en la vida adulta, en el mundo del patriarca. Esta dualidad es aparente en la educación que damos a nuestros niños. En la infancia los guiamos en la colaboración, el respeto mutuo, la aceptación del otro, el respeto por sí mismo, el compartir y la legitimidad de la sensualidad. En el pasaje a la vida adulta los guiamos en la apropiación, la lucha, la negación del otro, la competencia, la dominación y la negación de la sensualidad valorando sobre todo la razón. Es decir, guiamos a nuestros hijos durante la infancia en la biología del amor, y en la juventud los guiamos a la biología de la agresión. Así como el amor es el dominio de las acciones que constituyen a otro como un legitimo otro en convivencia
con uno, la agresión es el dominio de las acciones que niegan a otro en la convivencia con uno. Los seres humanos de la cultura patriarcal europea vivimos permanente o recurrentemente en esta contradicción en nuestra vida adulta; aprendemos a amar en la infancia y debemos vivir en la agresión como adultos.
Por esto el amor para nosotros se ha vuelto literatura o, lo que es lo mismo, una virtud, un deber, un bien inalcanzable o una esperanza. Para vivir en la biología del amor tenemos que recuperar la vida matrística de la infancia y para ello tenemos que atrevernos a ser nosotros mismos, atrevernos a dejar de aparentar, atrevernos a ser responsables de nuestro vivir y no pedirle al o de sentido a nuestro existir. Pero hacer todo eso, en verdad, no es tan difícil si damos el primer paso recuperando nuestra dignidad al aceptar la legitimidad del otro, quienquiera que este sea. Si usted además me pregunta cómo se hace eso, yo diría: si vas por un sendero y se cruza una serpiente venenosa di: Ah, una serpiente venenosa, debo dejarla pasar! Si vas por un prado y ves una mariposa di: Ah, que bella mariposa, que hermoso como vuela de flor en flor! Si vas por la ciudad y ves un ladrón, y hay para ti la posibilidad de impedir su acción, impídela… es así de fácil.
Lo recibí de un Boletín de Mediación Educativa de la Provincia de Chubut, Argentina
Humberto Maturana, biólogo chileno, revolucionó el mundo de la ciencia con su teoría biológica del conocimiento, que afirma entre otras cosas, que no se puede hacer referencia a una realidad independiente del hombre. La epistemología de este biólogo chileno de 66 años, lo ha colocado entre los constructivistas radicales como von Foerster, Piaget y von Glaserfeld. Sin embargo Maturana se califica a sí mismo como un determinista ciento por ciento.
Una de sus discípulas, Sima Nisis, comenta que siendo alumna del Dr. Maturana, se sintió invitada a reflexionar sobre su propia existencia, y esto la inspiro a realizar un coloquio con el profesor y desear compartir estas preguntas cotidianas que surgían de ella, a través de las clases, leyendo sus libros, artículos y su aplicación en seminarios, talleres que iban surgiendo, pensó en la dimensión que adquiría su vida cuando la vivía en una realidad ‘sin paréntesis’, y cuando la vivía desde una ‘realidad entre paréntesis’.
EMOCION Y COMUNICACION:
S.N. -Doctor, mi deseo en este coloquio es llevarlo por un camino inusual, movida, tal vez, por mi deseo de ver lo que queda oculto en su ser cotidiano. En esta pregunta quiero responder a una inquietud mía: usted ha dicho que la expresión de la emoción niega la emoción que expresa, que quiere decir?
H.M. -La emoción es una dinámica corporal que se vive como un dominio de acciones, y se está en una emoción o no. La atención a la expresión de una emoción la niega porque establece una dicotomía entre el vivir y el parecer. Solo si no soy de una cierta manera quiero parecerlo ante otro. La emoción se vive y no se expresa. El otro que me mira puede decir: ‘te veo triste’, y hace una apreciación sobre mí emocionar distinguiendo el dominio de acciones en que me encuentro al hacer una distinción en el dominio del hacer. Si el otro me dice: ‘sientes pena’, hace una apreciación sobre cómo me siento en mí emocionar, y hace una distinción en el dominio de la reflexión. Confundimos frecuentemente emoción con sentimiento y en el proceso negamos nuestra emoción buscando la expresión de nuestro sentir.
S.N. -¿Que experiencias de su infancia fueron significativas para usted, y por qué?
H.M. -Hay dos experiencias de mi infancia que quiero relatar por las reflexiones a que ellas me condujeron. En una ocasión, cuando yo tenía once años acompañé a mi madre, quien era Asistente Social, Visitadora Social se decía entonces, en una visita a una familia de obreros del ladrillo, en lo que en esa época, 1940, era Punta de Rieles, al final
De Macul. Allí llegamos a una vivienda que era un hoyo rectangular en la tierra con un techo inclinado, y en cuyo interior se encontraba una mujer tendida en el suelo, enferma, cubierta de harapos. Junto a ella estaba un niño, menor que yo. Al verlo pensé: ‘Yo podría ser ese niño, pero no lo soy, y nada en mi justifica el que yo tenga una casa, pobre pero casa, que yo pueda ir al colegio y comer todos los días, y que este niño no. No es merito mío, es solo un regalo de la existencia; nada de lo que tengo me pertenece y solo me cabe estar agradecido mientras lo tenga’. Esta experiencia cambio mi vida porque desde entonces viví en la conciencia de que la vida que uno vive es solo un regalo del que no cabe otra cosa que estar agradecido, y las cosas buenas que uno viva no significan que uno sea mejor que cualquier otro que no las tenga y las cosas malas que a uno le pasan no significan tampoco que uno sea peor que otros que no las viven.
Ese niño y yo éramos igualmente dignos. La otra experiencia que quiero relatar la viví en el patio de mi casa, junto a un árbol de flores lilas. Allí me encontré pensando: ‘No me gusta obedecer. No quiero obedecer. Qué debo hacer para no obedecer? Si mi madre me pide que haga algo, tendré que hacerlo, no puedo decir que no, pero no quiero obedecer. Ah! ya se, lo que hare será tratar lo que deba hacer como mío, lo transformare en lo que yo quiero hacer, y gozare haciéndolo.
Siempre? No! Cuando se me ordene algo que no quiera hacer mío, no lo hare, y viviré las consecuencias; Desde entonces nunca mas obedecí, ni sufrí haciendo lo que no quería hacer.
S.N. -Como descubre uno en que emoción se encuentra el otro? Parece que comunicarse es un acto de sabiduría.
H.M. -Yo pienso que eso es fácil. Basta mirar sus acciones. Si queremos conocer la emoción del otro, debemos mirar sus acciones; si queremos conocer las acciones del otro, debemos mirar su emoción. Estas miradas solo son posibles en la medida en que no prejuzguemos lo que vamos a ver antes de mirar, y ese es un acto de sabiduría.
S.N. -Usted sostiene que encontrarse en la emoción con el otro es un asunto de ‘mirar’, pero que sucede con un ‘otro’ plural, en una conferencia, por ejemplo? Como aunar las emociones?
H.M. -La respuesta es en principio fácil. Uno puede encontrarse de dos maneras con la gente: desde la postura ‘ustedes no saben y yo sé’, o desde esta otra postura ‘ustedes saben todo lo que yo voy a decir, porque todo lo que les voy a decir tiene que ver con ustedes y conmigo’.
En el primer caso, el ‘ustedes no saben y yo sé’, puedo decirlo explícitamente o simplemente estar en ese pensamiento y, por lo tanto, en una dinámica que crea distancia porque mi pretensión cognoscitiva constituye la negación del otro. Cuando eso pasa el otro entra en una dinámica emocional propia que sigue un curso discordante con el del orador. En el segundo caso, el ‘ustedes saben todo lo que voy a decir.’ abre la posibilidad de un coemocionar armónico porque parte de la aceptación de la legitimidad del otro o los otros.
S.N. -Usted habla de distanciamiento o acercamiento Como entiende el desapego y el apego?
H.M. -Creo que el desapego surge en el momento en que uno se da cuenta de que no es dueño de la verdad. En ese momento uno puede poner sus creencias en la observación, y ver si uno quiere o no quiere sus consecuencias. Para mirar algo hay que soltarlo primero, y el acto de soltar constituye el desapego. En el acto de mirar mis creencias me
desprendo de ellas lo suficiente como para perderlas si el resultado de la reflexión así lo requiere. La verdadera dificultad está en generar esa mirada debido al miedo que uno tiene de perder lo que posee. En la amistad uno se encuentra con el otro sin apego. El otro es legítimo en si, uno no le exige, uno solo está en el placer de su compañía. Todos tenemos práctica en la amistad. Lo que tenemos que hacer, si queremos vivir en el desapego, es ampliar esa práctica, no solamente a estos seres que hemos escogido como nuestros amigos, sino a todo otro.
CONVERSACION Y LENGUAJE:
S.N. -Los seres humanos en el vivir hablamos, conversamos. Cuando estamos en el lenguaje y cuando estamos en la conversación?
H.M. -He hablado ya de esto en el libro Emociones y Lenguaje en Educación y Política, pero brevemente puedo decir que estamos en el lenguaje cuando nos movemos en las coordinaciones de coordinaciones de acciones en cualquier dominio que sea. Pero, el ‘lenguajear’ de hecho ocurre en la vida cotidiana entrelazado con el emocionar, y a lo que pasa en este entrelazamiento llamo conversar. Los seres humanos siempre estamos en la conversación, pero el lenguaje, como fenómeno, se da en el operar en coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales recurrentes. Lo que pasa es que nuestras emociones cambian en el fluir del ‘lenguajear’, y al cambiar nuestras emociones cambia nuestro ‘lenguajear’. Se produce un verdadero trenzado, un entrelazamiento de generación reciproca del ‘lenguajear’ y del emocionar. Eso es el conversar. Ahora mismo estamos en una conversación. Es una conversación por cuanto se da el entrelazamiento de que acabo de hablar. Estamos interesados, aburridos, alegres, enojados durante el fluir de nuestro ‘lenguajear’. A veces nos movemos en una monotonía emocional, lo cual no quiere decir que no estemos en el conversar y que no nos movamos en el fluir emocional.
S.N. -Es posible, según usted, que surja la creatividad en sujetos que comparten un espacio de convivencia a cargo de un guía, por ejemplo, alumnos en un laboratorio?
H.M -Cada vez que creamos un espacio de convivencia y reflexionamos en el a través de mirar las consecuencias de nuestro quehacer en el, puede surgir algo nuevo. Por ejemplo, lo que yo hago en mi laboratorio, con mis estudiantes, lo llamo taller renacentista, pues lo manejo como un espacio en el cual los estudiantes viven en el hacer y en la reflexión sobre su hacer, en el contexto continuo de la conversación sobre el hacer en el hacer. A si, si están estudiando algún problema particular de neurobiología o de conducta, están también en el hacer experimental que ese ámbito particular de estudio tiene, y están en las conversaciones de ese quehacer y en las conversaciones que son reflexiones sobre ese quehacer. En este proceso mis estudiantes adquieren las habilidades manuales y reflexivas de ese espacio. Yo digo que mi laboratorio es un taller renacentista porque es un espacio que se reconoce directamente como un espacio del vivir, como los talleres renacentistas donde existía un artesano o un artista, y los estudiantes se transformaban a su vez en artesanos o artistas, según sus preferencias, en el convivir con el maestro.
S.N. -Un proverbio francés dice: ‘Machacando se aprende el oficio’. De lo que usted dijo anteriormente parece desprenderse que para ser biólogo hay que ‘biologizar’, y así en todo orden de cosas.
H.M. -En el fondo ese pensamiento casi lo dice todo. La biología es un dominio de observación, de explicación y de reflexión sobre el vivir de los seres vivos. Si miro, por ejemplo, un fenómeno químico, ese fenómeno químico es biológico en la medida en que para comprenderlo debe mirársele en el contexto del vivir del ser vivo. El mismo fenómeno mirado en un tubo de ensayo no es fenómeno biológico sino que químico. Lo biológico tiene que ver con el vivir del ser vivo, por esto se aprende biología ‘biologizando’, en el mirar y amar a los seres vivos.
En general, todo quehacer se aprende en la realización de ese quehacer.
Si el quehacer es discursivo, se aprende en el discurso, si es manipulativo, se aprende manipulando. Todo conocimiento es un modo de vivir y, por lo tanto, es multidimensional y su multidimensionalidad debe adquirirse en el vivir. Por ello, por supuesto, es necesario aceptar la multidimensionalidad del dominio del conocimiento que interesa en toda su magnitud. Si usted me pregunta cómo se aprende a amar, la respuesta es: en el vivir las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en la convivencia. Naturalmente lo mismo vale si la pregunta se refiere a cualquier otro quehacer. Yo diría que aquello de lo que hay que hacerse cargo al educar, es de crear un espacio de convivencia con el niño, en el que él sea tan legitimo como el maestro o la maestra. El niño se transformara en su convivencia conmigo según la legitimidad que yo le dé a su convivir conmigo.
Si soy intransigente, el niño aprenderá a ser intransigente; si soy generoso, el niño aprenderá a ser generoso; si soy cuidadoso en lo que hago, el niño aprenderá a ser cuidadoso en su quehacer; si soy chabacano el niño aprenderá a ser chabacano. Y esto lo aprenderá no como algo externo sino como un modo de ser en el vivir. No es el ejemplo como un quehacer ajeno, lo que educa, sino que la participación en el quehacer que se aprende. El niño danza con el educador en el vivir. Si un niño al salir del colegio es un niño agresivo y peleador, quiere decir que ha vivido en un espacio en el cual la agresividad y la pelea son legítimas. Eso no quiere decir que el profesor ha estado diciendo que es legítimo pelear o ser agresivo, basta con que en el espacio de vivir que él o ella configura en todas sus sutilezas sea legítima la pelea o la agresión.
En términos generales podemos decir que uno aprende el mundo que uno vive con el otro.
S.N. -El convivir con el otro puede traducirse en la aceptación o en el rechazo del otro, pero como vivir en la aceptación? y, diría mas, como vivir en las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en la convivencia?.
H.M. Convivir en la aceptación del otro como un legitimo otro es facil? Como? Aceptando la legitimidad del otro. Por ejemplo, si pienso que un niño hace algo que está mal porque el niño es flojo, mi conducta va a revelar lo que pienso, y va a constituir la negación del niño como flojo, si pienso que el niño hace algo que está mal porque aun no tiene la practica adecuada que le permita hacerlo bien, mi relación con el niño va a reflejar mi darme cuenta de que la dificultad del niño en hacer lo que yo espero que haga tiene que ver con su práctica y no con su ser. En el segundo caso voy a corregir la práctica del niño, en el primero voy a corregir su ser.
En el primer caso, al corregir al niño, lo voy a negar; en el segundo caso, al corregir la práctica, lo voy a aceptar. En el proceso de formarse como profesor o en el proceso de ser profesor, uno tiene que darse cuenta precisamente de lo que acabo de decir y aprender y practicar la distinción de estas dos acciones: la de negar al niño y la de corregir su práctica.
Hay algo que uno siempre sabe aunque tal vez uno no se detiene a reflexionar en ello, o porque no quiere reflexionar o porque piensa que la reflexión va a tomar mucho tiempo. Me refiero a dos cosas: la primera, es que si uno se encuentra
con otro, el otro lo puede escuchar a uno solamente en la medida en que uno acepta al otro; la segunda, es que la aceptación del otro se da en la emoción y no en la razón. Esto podemos apreciarlo en los niños pequeños. Cuando uno se acerca a un niño y uno le habla fuera del espacio emocional en que el niño se encuentra, este no se acerca a uno.
Uno le ofrece la mano y el niño no la toma. Pero, en el momento en que uno se encuentra en la aceptación del niño, en su emoción, el niño toma la mano. Ese gesto de tomar la mano es una acción que constituye una declaración de aceptación de la convivencia. Es como si el niño dijera estoy dispuesto a convivir contigo y, por lo tanto, a transformarme en la convivencia contigo.
S.N. -Parece que la emoción invita a desear algo…
H.M. -No, no es que la emoción invite a desear algo. Uno se encuentra en el deseo o en el rechazo. El deseo aparece como algo que le sucede a uno en el vivir. Así, por ejemplo, estamos conversando sobre el conversar y en este fluir en las coordinaciones de las coordinaciones conductuales del “lenguajear” y del emocionar entrelazados, surge el deseo de saber sobre el deseo, como algo que nos pasa desde la nada, aunque después nos parezca justificable.
LA BIOLOGIA DEL AMOR:
S.N. -Usted ha hablado de la negación y de la aceptación del otro. Esto me hace pensar en el amor y en las condiciones que deben darse para que se pueda vivir en la biología del amor.
H.M. -Pienso que las condiciones para vivir en la biología del amor son señalables solo a posteriori, como un comentario intrascendente: el amor le pasa a uno. Así, simplemente. Lo que uno puede hacer es reflexionar sobre la negación cultural del amor, aun cuando se lo destaca o valora. El amor es el dominio de las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en convivencia con uno. Uno se encuentra con otro y, o se encuentra en las acciones que lo constituyen como un legitimo otro en la convivencia, o no. A uno le pasa eso. También le pasa a uno que se encuentra con alguien en las acciones de rechazo, negacion o indiferencia como algo que le sucede a uno porque si, desde la nada. El suceder de la experiencia le pasa a uno en el fluir del vivir. Así como el vivir humano se da en el conversar, el emocionar le sucede a uno en el fluir del conversar, y esto tiene una consecuencia fundamental: si cambia el conversar, cambia el emocionar, y lo hace siguiendo el curso del emocionar aprendido en la cultura que uno vive y ha vivido. Es debido a esto el efecto terapéutico de la reflexión como un operar que lo centra a uno en su cultura y en lo fundamental de lo humano que es el amor.
S.N. -En su libro Lenguaje y Emociones en Educación y Política usted comenta que las emociones han sido desvalorizadas por darle mayor énfasis a la razón. Que sugeriría usted para darle a las emociones el espacio que les corresponde?
H.M. -Ante todo, creo que uno tiene que aceptar su legitimidad; es decir, reconocer que lo humano no se constituye exclusivamente desde lo racional. Es cierto que lo racional es importante en el tipo de vida que vivimos, pero el primer paso para revalorar la emoción seria aceptar que entrelazado a un razonar está siempre presente un “emocionar”. En el momento en que uno ve eso se da cuenta de que es así. Se podría invitar a alguien a una reflexión en cada momento: que te está pasando?, es una de las preguntas que muchas veces se hace en terapia o en talleres de desarrollo personal. Que te está pasando?, es una pregunta dirigida a mirar el propio emocionar y no a mirar el propio razonar.
Desde el momento en que la persona la contesta, se encuentra mirando su “emocionar”. Es decir, si la invitación a esa mirada es aceptada, entonces la presencia continua de la emoción y del fluir emocional se hace aparente. Pienso que en el momento en que uno acepta la presencia de la emoción y amplia su mirada reflexiva se da cuenta de que la emoción es el fundamento de todo quehacer.
El darse cuenta que trae la reflexión sobre las emociones no se puede negar. Las emociones tienen una presencia que abre un camino a la responsabilidad en el vivir. Pienso que al niño hay que invitarlo a respetar su “emocionar”, dándose cuenta de él, no pedirle que lo controle o niegue. Tenemos miedo de las emociones porque las consideramos rupturas de la razón, y queremos controlarlas. Creo que el deseo de controlar las emociones tiene que ver con nuestra cultura
orientada a la dicotomía de lo bueno y lo malo; se enfatiza, como línea central de la vida la lucha entre el bien y el mal, “lo bueno y lo malo”. Lo malo tiene una presencia enorme, no como una falla circunstancial o como un error, sino como algo constitutivo. Ahora, desde el momento en que uno mira a los seres humanos constituidos en lo bueno y lo malo, y se vive en la lucha entre el bien y el mal, se pierde la confianza en lo humano y lo natural. Los seres humanos son malos, se
dice, entonces no son confiables. La educación pasa a ser un modo de controlar la maldad, tal vez también de guiar hacia la bondad, pero sobre todo de controlar la maldad. En un momento histórico como el nuestro, descendiente del periodo histórico de la ilustración, parece que la maldad se controla con la razón y que la razón nos acerca a lo
bueno. El resultado es que vivimos en lucha contra las emociones en el supuesto de que ellas nos alejan de la razón, y nos acercan a lo arbitrario que es lo malo. Esta desconfianza yo no la tengo, porque creo que lo humano no se constituye en la lucha entre el bien y el mal.
La lucha entre el bien y el mal -pienso- pertenece a un momento de nuestra historia cultural, de modo que nosotros, culturalmente, estamos inmersos en esa lucha, pero ella no pertenece a la constitución de lo humano. Yo tengo confianza en la biología, en particular en la biología del amor que es el fundamento de lo social. Las relaciones humanas se ordenan desde la emoción y no desde la razón, aunque la razón de forma al hacer que el emocionar decide. Yo diría que lo que uno tiene que hacer es respetar las emociones de los niños con lo cual uno respeta su dignidad y les permite conocerlas abriendo paso a su ser responsable frente a ellas. En nuestra cultura patriarcal occidental creemos que las
relaciones humanas deben controlarse porque vivimos en la mentira de la apariencia y no en el respeto por nosotros mismos y por el otro que constituye lo social, precisamente porque vivimos en la dicotomía del bien y del mal como condición transcendente y, precisamente porque vivimos así, no vivimos en la responsabilidad de nuestros actos.
S.N. -Usted invita a la reflexión, postula que el amor se da desde la biología, como llego a esto?
H.M -En un sentido estricto, yo llegue a esto sin darme cuenta. Mi reflexión comenzó al mirar a los seres vivos como sistemas autopoieticos, como sistemas en los que todo ocurre en referencia a ellos en el proceso de vivir. Eso me llevo a pensar en la convivencia que dividí en dos tipos: uno que lleva a la destrucción del convivir y otro que lleva a la realización del convivir. Uno que lleva a la separación y, por lo tanto, a la no convivencia, y otro que lleva a la conservación de la convivencia. Y así me di cuenta de que aunque ambos tipos de convivencia se realizan a través del vivir, el que lleva a la realización de la convivencia, a la realización del vivir con otro, solamente se puede dar en la medida en que la convivencia se hace en la aceptación del otro como un legitimo otro. También me di cuenta de que
es solo a tal convivencia a la que nos referimos cotidianamente al hablar de lo social.
Mirando a los seres vivos y su convivencia social me hice en algún momento la pregunta acerca de las emociones. Que tengo yo que mirar para decir que hay una emoción?, o que criterio aplico para decir que hay una emoción?, me pregunte. Al hacerme estas preguntas me di cuenta de que el criterio que uno aplica es el de mirar las acciones. Descubrí
que las emociones corresponden a distinciones que un observador hace del dominio de acciones en que se encuentra el otro o uno. Empecé a preguntarme por el dominio de acción de las distintas emociones y descubrí que el amor es el dominio de las acciones que constituyen al otro como un legitimo otro en la convivencia con uno. Esto, naturalmente, no paso de la noche a la mañana, sino a lo largo de meses de conversar y reflexionar acerca del emocionar como fenómeno de la vida cotidiana. Al hacer esto miraba situaciones simples del vivir cotidiano como lo que pasa cuando uno sube a un bus. Uno toma el bus en un acto de confianza maravillosa, paga su pasaje, con lo cual expresa su confianza al chofer, este acepta la moneda que uno le da en un acto de confianza hacia uno como pasajero.
Mi confianza hacia el chofer implica que yo no dudo que el no va a manejar a tontas y a locas produciendo un accidente, la confianza del chofer hacia mi implica aceptar que yo no lo voy a asaltar o golpear por la espalda. Es cierto que él puede mirar para atrás a través del espejo retrovisor, pero ese espejo está destinado esencialmente a otra mirada,
no a la desconfianza. Y si uno mira a su alrededor descubre que todo el mundo social se funda en ese acto de confianza. Voy al banco a depositar mi dinero, encuentro una oficina que se llama “operaciones de confianza” -interesante el nombre- depósito mi dinero en la confianza de que el cajero no me va a robar y va a anotar lo que debe anotar. El cajero
acepta el dinero en la confianza de que no lo voy a engañar, es cierto que cuenta el dinero pero lo hace fundamentalmente por un asunto de orden, no de desconfianza, y aunque a veces pueda haber circunstancialmente desconfianza, todo el proceso se funda en la confianza. Visto de más cerca se ve que la “confianza” es el fundamento
del vivir mismo. Conversando hace poco con algunos amigos brasileños les decía que C.G. Jung habla de las sincronías como fenómenos especiales de coincidencias inesperadas. Pero si uno lo mira bien, ve que la sincronía es lo corriente, lo cotidiano, el fundamento de la coexistencia.
Que sincronía más maravillosa la que tiene lugar con el nacimiento de un bebe! Nace el bebe y se encuentra con la mamá lista para amamantarlo, y que sincronía más maravillosa que la madre se encuentre con un ser al que su leche alimenta y no envenena. Entonces toda esta maravillosa armonía del orden del vivir se funda esencialmente en que todo está en su sitio, es decir, en algo equivalente a la confianza. El bebe, nace, por asi decirlo, en la “confianza” de que va a haber una mamá, aunque no hay premonición ni reflexión acerca de esto. Pero uno se da cuenta de que esta condición de confianza, de disposición adecuada para la convivencia como un fenómeno legitimo que constituye lo social es un fenómeno mucho más amplio, no solamente humano, sino que pertenece a todos los seres vivos. No es acaso sincronía del vivir el que en una colmena, la larvita salga del huevo y se encuentre con una abeja que la alimenta, o el insecto que pone su huevo solitario sobre un árbol o flor lo haga de manera tal que al salir una larvita esta se encuentre con una hoja que será su comida? Esa extraordinaria armonía es lo natural del vivir.
S.N. -Lo que acaba de decir está relacionado con la enseñanza y el aprendizaje. Si en un momento usted dijo que se aprendía biología “biologizando”: cree usted que se pueda aprender a amar, amando? H.M. -Ciertamente, basta mirar lo que le pasa al niño cuando uno lo acepta en su intimidad y legitimidad. Creo que esa es la experiencia más
conmovedora que uno puede tener con un niño o con un animal. En el momento en que el niño acepta la mano que uno le ofrece, acepta la convivencia con uno, pero lo hace cuando está reconocida su dignidad, no como una reflexión, sino como una acción que lo trata como un legítimo otro en la convivencia. Si vamos por la calle y le damos una patada a un perro que tiene miedo y no nos damos cuenta de su emocionar nos muerde.
Pero acercarse a un ser que tiene miedo sin reconocer que tiene miedo y sin respetar su miedo, es negar su legitimidad, y cometer un acto de ceguera. La única forma de encontrarse con un niño o con un perro es aceptando su “emocionar”, no negándoselo. Pero como acercarse a un perro con miedo? le hablamos, el perro está asustado y nos ladra. Le hablamos sin acercarnos demasiado; le hablamos y el perro cambia su emocionar. Lo
mismo ocurre con el niño. Si el niño se siente reconocido en su legitimidad, nos da la mano y en ese momento acepta el espacio de convivencia que le ofrecemos.
S.N. -En muchas oportunidades usted ha manifestado que un alto porcentaje de enfermedades en el adulto tiene como causa la falta de amor.
H.M. -Y no solamente en el adulto! El organismo como sistema existe en una armonía o coherencia interna que se pierde cuando sus relaciones e interacciones dejan de ser congruentes con esta armonía. La negación del amor rompe esta congruencia y da origen a alteraciones fisiológicas que hacen posible procesos como alteraciones en la dinámica motora, endocrina, inmunitaria, neuronal, o tisular en general. Así, gérmenes que coexisten normalmente con nosotros se hacen patógenos porque nuestra relación con ellos se altera, o se alteran procesos de regulación de la dinámica celular que resultan en disfunciones orgánicas, o sea, por alteración de la biología del amor se altera la dinámica endocrina de modo que surgen alteraciones en la dinámica tisular o, por último, se altera la dinámica motora y de atención y surgen u ocurren accidentes por cegueras o esfuerzos desmedidos. Todos los fenómenos del vivir se pueden vivir en la armonía de su legitimidad desde la biología del amor, incluso una perdida. Pero para que esto sea así, el niño debe crecer en la dignidad del respeto por sí mismo y por el otro que trae consigo la biología del amor.
Pienso que la mayor parte del sufrimiento humano, y la mayoría de las enfermedades humanas tienen su origen en la negación del amor. Cuando el animal, humano o no humano, vive en congruencia con su circunstancia, salvo que tenga una alteración anatómica o fisiológica congénita que lo saque de lo normal, vive en armonía con su circunstancia, lo que implica una armonía fisiológica. No hay distorsiones en la tensión muscular, no hay desviaciones en los sistemas endocrino, nervioso e inmunitario, cualquiera sea el momento del vivir. La mayor parte del sufrimiento es por distorsión del cuerpo, y con esto quiero decir distorsión muscular, distorsión tensionar sobre los huesos, sobre los sistemas nervioso y endocrino. Se crea así un desbalance o distorsión del sistema inmunitario que crea a su vez toda clase de procesos internos que alteran la regulación normal de la constitución y estabilización de
procesos de expresión génica. La existencia de un ser vivo en armonía con su circunstancia se da en la armonía interna que le permite, como al esquiador que se desliza según la curvatura del terreno, moverse
adecuadamente en un espacio de existencia legitima, y la única circunstancia que hace que la existencia humana sea legitima, es la armonía con la circunstancia del otro. Somos humanos en tanto somos animales que vivimos unos con otros en el conversar y eso se da sin lucha y sin conflicto solamente en la aceptación del otro como legitimo
otro en la convivencia. Si el niño crece en el amor se respetara a sí mismo, y respetara a los otros.
El crecer con respeto por sí mismo y respeto por el otro, no asegura una conducta especifica ni una vida sin accidente ni dolor, pero asegura una vida en la cual el niño y luego el adulto pueden moverse en congruencia con su circunstancia y vivir los sucesos del vivir en legitimidad social, es decir, como seres responsables de sus actos
porque aceptan sus emociones.
S.N. -Si todo parece tan fácil por que la vida cotidiana no se da de esa manera?
H.M -Porque vivimos una cultura que niega el amor al darle un carácter especial subiéndolo al pedestal de la virtud. Vivimos una cultura que está centrada en la distinción entre el bien y el mal, en la exigencia de la obediencia y, por lo tanto, en la desconfianza, y no vemos que sin confianza no se constituye lo social. Por esto, aunque vivimos de actos de confianza, no lo vemos y solo vemos la desconfianza, el desamor, la competencia, la lucha. Nuestros niños crecen en un espacio pequeñísimo de confianza que es su hogar, escuchando hablar de una continua lucha con los demás, contra la naturaleza, contra los elementos, contra las enfermedades. Luchamos todo el tiempo y esa continua lucha es una continua enajenación en la desconfianza que va creando fracturas en la trama de la convivencia social. Un país es una red de pequeñas comunidades, sociales y no sociales, que configuran comunidades más grandes, no necesariamente sociales, como las comunidades de trabajo, o como las comunidades de cercanía que no tienen una trama social. Se requiere una trama social fundamental, sin embargo, para que el país no se desmorone del todo. Pero eso no es suficiente para evitar la deformación de nuestros niños que crecen continuamente expuestos a la negación de su dignidad en la negación de la dignidad del otro, cosa que los hace progresivamente parte de un
gran mundo en el que se niega lo social hablando de lo social.
S.N. -Si parece tan fácil comprender lo que usted propone, esto es, la biología del amor, porque nos cuesta tanto? o por que volvemos siempre a las conductas que la niegan? o acaso no hay esperanza? Como hacer de la comprensión de la biología del amor una posibilidad en el vivir?
H.M. -Vivimos una cultura que habla del amor pero lo niega en la acción. Esta es la cultura patriarcal europea u occidental a que pertenecemos. Esta cultura surge del encuentro de la cultura patriarcal indoeuropea que invade Europa cerca de 5.000 años antes de Cristo, y las culturas matristicas existentes allí. En este encuentro, la cultura
patriarcal invasora destruye o subyuga a las culturas matristicas, y cuando las subyuga, lo matrístico queda relegado a la relación materno-infantil, mientras que lo patriarcal se desenvuelve en la vida adulta, en el mundo del patriarca. Esta dualidad es aparente en la educación que damos a nuestros niños. En la infancia los guiamos en la colaboración, el respeto mutuo, la aceptación del otro, el respeto por sí mismo, el compartir y la legitimidad de la sensualidad. En el pasaje a la vida adulta los guiamos en la apropiación, la lucha, la negación del otro, la competencia, la dominación y la negación de la sensualidad valorando sobre todo la razón. Es decir, guiamos a nuestros hijos durante la infancia en la biología del amor, y en la juventud los guiamos a la biología de la agresión. Así como el amor es el dominio de las acciones que constituyen a otro como un legitimo otro en convivencia
con uno, la agresión es el dominio de las acciones que niegan a otro en la convivencia con uno. Los seres humanos de la cultura patriarcal europea vivimos permanente o recurrentemente en esta contradicción en nuestra vida adulta; aprendemos a amar en la infancia y debemos vivir en la agresión como adultos.
Por esto el amor para nosotros se ha vuelto literatura o, lo que es lo mismo, una virtud, un deber, un bien inalcanzable o una esperanza. Para vivir en la biología del amor tenemos que recuperar la vida matrística de la infancia y para ello tenemos que atrevernos a ser nosotros mismos, atrevernos a dejar de aparentar, atrevernos a ser responsables de nuestro vivir y no pedirle al o de sentido a nuestro existir. Pero hacer todo eso, en verdad, no es tan difícil si damos el primer paso recuperando nuestra dignidad al aceptar la legitimidad del otro, quienquiera que este sea. Si usted además me pregunta cómo se hace eso, yo diría: si vas por un sendero y se cruza una serpiente venenosa di: Ah, una serpiente venenosa, debo dejarla pasar! Si vas por un prado y ves una mariposa di: Ah, que bella mariposa, que hermoso como vuela de flor en flor! Si vas por la ciudad y ves un ladrón, y hay para ti la posibilidad de impedir su acción, impídela… es así de fácil.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Las convicciones de Erich Fromm

¿EXISTE UNA NATURALEZA HUMANA?

La naturaleza del hombre

En la concepción de Erich Fromm es de fundamental importancia indagar si existe una naturaleza propia de los seres humanos porque ella determinaría su forma de comportarse y los fines que establecería en su vida, la siguiente definición lleva a pensar en la necesidad de poner un especial énfasis que nos permita llegar a alguna conclusión sobre esta idea: “El bienestar es estar de acuerdo a la naturaleza del hombre”.(1)
Para introducirnos en este tema podríamos comenzar con la siguiente orientación: “La finalidad de la vida que corresponde a la naturaleza del hombre en su situación existencial es la de ser capaz de amar, ser capaz de emplear la razón y ser capaz de tener la objetividad y la humildad de estar en contacto con una realidad exterior e interior sin desfigurarla”.(2)
Cuando tratamos el tema de la agresividad vimos las dos posiciones, una que dice que la agresión forma parte de la naturaleza humana y la otra que defendía la idea que son las condiciones sociales las que determinan el comportamiento. Fromm al rechazar de manera categórica la primera de las tendencias ponía en evidencia el alto componente autoritario que implicaba esa posición, pues si el hombre sólo es capaz de generar maldad debían adoptarse estrictos controles para evitar el surgimiento de sus actitudes destructivas.
La otra tendencia en cambio tendía a creer en la bondad del hombre y que sólo las circunstancias sociales lo impulsan a la maldad, Fromm cuestionaba ambas posiciones, mientras a los primeros les mostró que hubo épocas en que existieron sociedades alejadas de esos preceptos de destrucción, a los segundos les señaló las reiteradas oportunidades en la historia en que emergió lo peor de los seres humanos con su secuela de masacres e ilimitada destrucción. 
En distintos períodos de la historia se alcanzaron niveles de crueldad mucho mayores a los que puede verse en cualquier otra especie: “…la historia humana es un documento de la inimaginable crueldad y la extraordinaria destructividad del hombre”. (3)
La idea que defendía Fromm era que la agresividad de los seres humanos se encontraba en sus cerebros pero que la misma no se manifiesta hasta tanto sea activada por circunstancias vinculadas a la conservación de la propia vida.
Si la guerra fuera producto de la agresividad intrínseca de los hombres los gobernantes no tendrían necesidad de realizar propaganda tendiente a mostrar la agresión de un pueblo vecino y hacernos creer que se encuentra en peligro nuestras vidas, nuestra libertad, propiedades, etc. Esta exaltación del belicismo dura un tiempo, luego se pasa a la amenaza directa con aquellos que se resisten a combatir, como muy bien señala Fromm, todo esto no sería necesario si la gente estuviera predispuesta a guerrear, al contrario, los gobernantes deberían apelar de manera constante a campañas pacifistas para detener el espíritu guerrero de sus pueblos. Las guerras comenzaron a generalizarse con el surgimiento de los estados-ciudades, con sus ejércitos, reyes, y la posibilidad de obtener por medio de la guerra un valioso botín.(4)
Es lógico que las personas al igual que los animales reaccionen cuando se sienten amenazados, la diferencia consiste en que a los seres humanos mediante la propaganda se los pueden convencer que su vida o su libertad corren serio riesgo, mediante estos recursos se puede despertar la agresividad que de otra forma permanecería dormida. Instalar el miedo en una sociedad siempre resulta ser un recurso muy eficiente para hacer surgir lo peor en cada uno, particularmente para que emerja de manera imparable una violencia que aplaque transitoriamente el temor que nos invade.
Con la aparición de Freud surgió una teoría sustentada en el psicoanálisis que implica un profundo cambio y un avance científico al tratar de entender racionalmente las pasiones humanas, en particular aquellas que tienen su raíz en lo irracional. Había en Freud un fin que consistía en que cada individuo puede lograr su autonomía conduciéndose a sí mismo luego de desentrañar su subconsciente, es decir mediante el uso de la razón el hombre puede liberarse de las falsas ilusiones que le impiden ser libre.(5)
Los hombres tienen dos tipos de pasiones, unas son de tipo biológico y son comunes a todos, son aquellas indispensables para la supervivencia, tales como el hambre, la sed, o la necesidad sexual. Las otras pasiones no tienen una raíz biológica y no son iguales  para todos, varían de acuerdo a la cultura de cada sociedad, entre ellas se puede nombrar al amor, la alegría, el odio, los celos, la solidaridad, la competitividad, etc. Estas pasiones forman parte del carácter de una persona.(6)
Lo irracional en el hombre no son sus instintos sino sus pasiones irracionales. Los animales no tienen envidia, voluntad de explotar y dominar, al menos los mamíferos. En el hombre se desarrollan no por encontrarse arraigados en los instintos sino por ciertas condiciones patológicas que producen esos rasgos. El pleno desarrollo del hombre requiere ciertas condiciones favorables, si no se cumplen quedará trunco en su crecimiento, si en vez de libertad recibe coacción, si en vez de respeto recibe sadismo, producirán condiciones negativas las cuales conforman las pasiones irracionales.  (7)
Contrariamente a lo que se cree, el hombre ha sido dotado del más profundo sentimiento de justicia e igualdad, lo cual se manifiesta en la natural reacción de la mayoría cuando se encuentra frente a un acto injusto.
Fromm consideraba que un componente inescindible de la naturaleza humana era la búsqueda constante de la libertad, así lo decía con todas las letras: “La existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio”.
Cuando el ser humano empezó a pensar se modificó su relación con la naturaleza, dejó de tener una actitud pasiva para pasar a desarrollar una actividad creativa que se inició con la confección de herramientas que lo llevaron paulatinamente a dominar la naturaleza y a separarse de ella.
Fromm encontró una interesante y simbólica manera de explicar la libertad de los hombres, según su particular manera de ver las cosas, la libertad humana comenzó desde el momento en que el hombre desobedeció a Dios, es ese el instante en que deja el estado de inconsciencia, donde no se diferenciaba de la naturaleza, para comenzar su existencia como ser humano, actuó contra la autoridad de Dios cometiendo un pecado pero a la vez realizó su primer acto de libertad y coincidentemente también utilizó por primera vez la facultad de razonar.(8)
La defensa de la libertad en todas sus formas fue una de la obsesiones de Fromm: “En verdad, la libertad es la condición necesaria tanto para la felicidad como para la virtud; la libertad, no en el sentido de aptitud para hacer elecciones arbitrarias ni tampoco para estar libre  de necesidades; sino la libertad para darse cuenta de lo que uno es potencialmente, para dar pleno cumplimiento a la verdadera naturaleza del hombre de acuerdo con las leyes de su existencia”.(9)
El hombre no sólo tiene que satisfacer imperiosamente los requerimientos fisiológicos, también hay necesidades espirituales que deben ser atendidas y que de no serlo pueden tener graves consecuencias sobre el individuo. Una de esas necesidades es la de crecer y poder liberar todas la potencialidades propias del ser humano, estas tendencias pueden ser reprimidas, pero tarde o temprano emergerán, la orientación al crecimiento genera deseos de libertad, justicia y verdad, las cuales también corresponden a impulsos propios de la naturaleza humana.(10)
Fromm discrepaba con la concepción de Freud en el sentido que consideraba al ser humano como un ser autosuficiente que sólo necesita mantener relaciones con los demás para satisfacer sus necesidades instintivas, para Fromm el hombre era esencialmente un ser social, por eso mismo, consideraba que la psicología debía ser fundamentalmente social, las necesidades del individuo que lo vinculan con su entorno, tal como el amor y el odio, son fenómenos psicológicos fundamentales pero que en la teoría de Freud representan consecuencias secundarias de las necesidades instintivas.(11)
Los cambios y revoluciones que ocurren en la historia se producen no sólo porque nuevas condiciones económicas y sociales entran en conflicto con las viejas fuerzas productivas, sino también porque ocurre un choque entre las condiciones inhumanas que deben soportar las masas y las inalterables necesidades de los individuos, las cuales están condicionadas por la naturaleza humana.(12)
Si no existiera una naturaleza humana y el hombre fuera infinitamente maleable no hubieran sucedido revoluciones y no habría cambios permanentes, la sociedad podría someter a los individuos según su voluntad sin que se produjera algún tipo de resistencia. La protesta no surge exclusivamente por cuestiones materiales, las cuales son indudablemente indispensables, también existen otras necesidades humanas que constituyen una motivación poderosa para impulsar los cambios y revoluciones.(13)
Fromm  adoptó de Marx la idea de la existencia de una naturaleza humana en general y una expresión específica de la misma en cada cultura. Marx distinguía dos tipos de impulsos y apetitos humanos: los constantes y fijos como el hambre y el deseo sexual, los cuales son parte integrante de la naturaleza humana y que sólo puede modificarse en su forma y en la dirección que adoptan en cada cultura. También están los apetitos relativos que no son parte de la naturaleza humana y que “deben su origen a ciertas estructuras sociales y a ciertas condiciones de producción y comunicación”.(14)
La naturaleza humana está arraigada en el interés del hombre de expresar sus facultades ante el mundo, antes que en su tendencia a utilizar al mundo como medio para satisfacer sus necesidades fisiológicas. Marx decía que como tengo ojos necesito ver, como tengo oídos necesito oír, como tengo cerebro necesito pensar y como tengo corazón necesito sentir. Los impulsos del hombre responden a la necesidad humana de relacionarse con otras personas y con la naturaleza. (15)
Aquí tal vez podamos entender un poco mejor por qué es importante en el pensamiento frommiano la determinación de la existencia de una naturaleza propia de los seres humanos, de ella misma se desprende el principio por el cual el poder para actuar crea la necesidad de usar ese poder y que su no utilización genera trastornos e infelicidad. El hombre tiene el poder de pensar y hablar, si se bloquean tales capacidades la persona sufrirá daños, el hombre tiene el poder de amar si no hace uso de esa capacidad sufrirá, aún cuando pretenda ignorar su sufrimiento con toda clase de racionalizaciones o usando vías de escape para evitar el dolor del fracaso.(16)
Fromm quería dejar clara la posición de Marx en cuanto a que su entusiasmo por las posibilidades de los hombres a crearse un futuro no debía confundirse con una posición voluntarista: “Aunque Marx subrayó el hecho de que el hombre se modificaba en gran medida a sí mismo y a la naturaleza durante el proceso histórico, siempre destacó que tales cambios tenían relación con las condiciones naturales existentes. Precisamente eso es lo que distingue su punto de vista de ciertas posiciones idealistas que asignan un poder ilimitado a la voluntad humana”.(17)
El hombre es dependiente, está sometido a la muerte, a la vejez, la enfermedad, incluso aún cuando llegara a controlar la naturaleza y ponerla a su servicio, nunca dejaría de ser un punto en el Universo, pero una cosa es reconocer la dependencia y la limitación, y otra muy diferente¸ es entregarse a esas fuerzas y venerarlas, comprender lo limitado de nuestro poder es una parte esencial de nuestra sabiduría y madurez.(18)
No obstante, tampoco debía caerse en planteos que excluyen la posibilidad que los hombres modifiquen la realidad, aunque el ser humano sea el objeto de las fuerzas naturales y sociales que lo gobiernan de ninguna manera es un pasivo objeto manejado por las circunstancias: “Tiene voluntad, capacidad y libertad para transformar y cambiar el mundo, dentro de ciertos límites” El hombre no puede tolerar la pasividad absoluta: “Se siente impulsado a dejar su huella en el mundo, a transformar y cambiar, y no sólo a ser transformado y cambiado”. (19)
En cada situación que la vida le presenta el hombre se encuentra ante una serie de posibilidades reales que están determinadas porque son el resultado de las circunstancias concretas que lo rodean. Podrá optar entre las alternativas en la medida que tenga conciencia de ellas y de las consecuencias de su decisión. La libertad es actuar con el conocimiento que se tenga de las verdaderas posibilidades y consecuencias, en contraste con las opciones ficticias o irreales que juegan un papel adormecedor y por lo tanto impiden el uso pleno de la libertad de elección.(20)
Ni Freud ni Marx fueron deterministas, ambos creyeron que era posible modificar un rumbo ya trazado, ambos reconocieron la capacidad del hombre para conocer las fuerzas que provocan los acontecimientos individuales y sociales, permitiéndole recuperar su libertad.
El hombre se encuentra condicionado por leyes de causa y efecto pero con conocimiento y adoptando la acción correcta puede crear y ampliar su esfera de libertad. Para Freud el conocimiento del inconsciente y para Marx el de las condiciones socio-económicas y los intereses de clase, eran las condiciones para su liberación, para lo cual eran imprescindibles la voluntad y la lucha activa.(21)
La posibilidad de libertad está en saber cuáles son las opciones reales entre las que podemos elegir y reconocer aquellas alternativas irreales que son meras ilusiones, muchas veces ante una elección desechamos las posibilidades reales porque implican esfuerzos o riesgos y vivimos bajo una falsa ilusión de que una alternativa irreal alguna vez se concrete, ni bien se avizora el fracaso concluimos buscando un culpable fuera de nosotros.(22)
La concepción de Freud sobre la naturaleza humana es definida como esencialmente competitiva, en este aspecto no se diferencia con aquellos autores que creen que las características del hombre en el capitalismo corresponde a sus inclinaciones naturales.
Darwin definió la lucha por la supervivencia, David Ricardo lo trasladó a la economía y Freud a los deseos sexuales, la conclusión a la que llegaba Fromm era que: “Tanto el hombre económico como el sexual son creaciones útiles cuya supuesta naturaleza -aislada, asocial, insaciable y competidora- hace que el capitalismo parezca el régimen que corresponde perfectamente a la naturaleza humana y lo pone fuera del alcance de la crítica”.(23)
En la sociedad capitalista moderna se supone que existen ciertas conductas que están enraizadas en la naturaleza humana y por eso son inmutables, al menos eso intentan hacernos creer, por ejemplo el deseo de consumir. En la misma línea de pensamiento algunos sostienen que el hombre es perezoso y pasivo por naturaleza, que no desea trabajar, ni hacer ningún esfuerzo si no es por la ganancia material, el hambre o el temor al castigo.
Fromm de ninguna manera coincidía con que hubiese una tendencia a la pereza, nos decía que había investigaciones que mostraban que si los estudiantes parecían perezosos era porque el material de aprendizaje era de difícil lectura o porque no lograba despertar el interés, si se eliminan la presión y el aburrimiento, y el material se presenta de manera interesante, el estudiante se mostrará atraído y con iniciativa. De igual manera un trabajo aburrido se volverá interesante si los trabajadores advierten que están participando y son tomados en cuenta.(24)
En 1974 escribió un artículo donde realizaba la pregunta si el hombre era perezoso por naturaleza, muchas veces se adopta esto como un axioma, de igual manera que se dice que es malo por naturaleza, ambos razonamientos concluyen por lo general remarcando que para eso necesitan de la iglesia o de algún poder político para extirpar el mal. Si el hombre es de lo peor entonces necesita de jefes que lo encarrilen. Fromm astutamente daba vuelta el concepto, si al hombre se le quieren imponer jefes e instituciones que lo dominen el arma ideológica más eficaz que utilizarán esos poderes  será tratar de convencerlo que no puede confiar en su propia voluntad y conocimiento pues quedará a merced del demonio que lleva adentro. Nietszche comprendió perfectamente esto cuando señaló que si se logra llenar al hombre de pecado y culpa se volverá incapaz de ser libre. (25)
No coincidía con la idea que las personas  no están dispuestas a hacer sacrificios, y citaba a Churchill cuando le solicitó al pueblo británico “sangre, sudor y lágrimas”. La reacción de ingleses, rusos y alemanes a los bombardeos indiscriminados durante la Segunda Guerra Mundial demostró que su espíritu no fue quebrantado, contrariamente fortaleció su resistencia.
Lamentablemente parece ser la guerra y no la paz la que puede estimular la voluntad humana a realizar sacrificios, la paz parece alentar el egoísmo. Pero hay situaciones en la paz en que emerge el espíritu solidario, las huelgas son un ejemplo en que los trabajadores se arriesgan para defender su dignidad y la de sus compañeros.(26)
La intensidad del deseo de compartir, de dar, de sacrificarse no es tan sorprendente si se considera la existencia de la especie, lo realmente extraño es que esa necesidad se haya reprimido hasta tal punto que el egoísmo se ha vuelto regla en la sociedad y la solidaridad la excepción. (27)
Fromm tampoco coincidía en lo relativo a hacer hincapié que en la naturaleza humana  las características egoístas e individualistas eran las predominantes como sostenían Freud y otros pensadores: “… una de las características de la naturaleza humana es que el hombre encuentra su felicidad y la realización plena de sus facultades únicamente en relación y solidaridad con sus semejantes. No obstante, amar al prójimo no es un fenómeno que trasciende el hombre, sino que es algo inherente y que irradia de él”.(28)
Es la sociedad la que modela al hombre, pero éste de ninguna manera es una hoja en blanco donde se pueda escribir cualquier texto, si se le intenta imponer condiciones que van contra su naturaleza de alguna manera habrá una reacción. Fromm sostiene que el hombre tiene un objetivo y que es esa naturaleza la que le indica cuales son las normas apropiadas para encarar su vida.
Si en la sociedad existen condiciones ambientales adecuadas podrá desarrollar plenamente sus potencialidades y lograr su objetivo, de lo contrario se encontrará sin rumbo.
Fromm hablaba de estímulos activantes se refería a la presencia de libertad, la ausencia de explotación y la existencia de modos de producción centrados en el hombre, todo esto indicaba que las condiciones eran favorables al desarrollo, su ausencia implicaba serias dificultades para que las personas puedan canalizar sus inquietudes. No se trata de que estén presentes dos o tres condiciones, sino de todo un sistema de factores. Las circunstancias apropiadas para el desarrollo total sólo son posibles en un sistema social en que se combinen distintas condiciones favorables.(29)
La teoría de Marx según la cuál las ideas están determinadas por la estructura social y económica no implica que las ideas carezcan de importancia, ni que sean meros “reflejos” de las necesidades económicas. El ideal de libertad está profundamente arraigado en la naturaleza humana, por eso es que constituyó un ideal para los hebreos en Egipto, los esclavos en Roma, los trabajadores en Alemania Oriental, etc. Pero debe tenerse en cuenta que el principio de orden y autoridad también se encuentra arraigada en la existencia del hombre.(30)
Obviamente una consideración imprescindible sobre la naturaleza humana corresponde al principio de igualdad por el cual todos los seres humanos son iguales, ese es el precepto fundamental del humanismo que con tanta vehemencia defendió Fromm a lo largo de toda su vida con una coherencia inobjetable. A la manera de una oración laica, en su credo humanista Fromm decía: “Creo que la igualdad se siente cuando, al descubrirse uno mismo por completo, se reconoce igual a otros y se identifica con ellos. Todo individuo lleva la humanidad en su interior. La ‘condición humana’ es única e igual en todos los hombres, a pesar de las inevitables diferencias de inteligencia, talento, estatura, color, etc.”.(31)
Concluyamos este capítulo con una nueva cita que sintetiza muchas de las cuestiones que venimos analizando hasta aquí: “Creo que sólo excepcionalmente un hombre nace santo o criminal. Casi todos nosotros tenemos inclinaciones hacia el bien y hacia el mal, aunque el peso de cada una de esas tendencias varía de acuerdo con los individuos. De ahí que nuestro sino esté en gran medida determinado por aquellas influencias que moldean y configuran unas tendencias específicas. La familia es la influencia más importante. Pero la familia en sí es ante todo un agente social, es la correa de transmisión a través de la cual discurren los valores y normas que la sociedad desea inculcar a sus miembros. En consecuencia, los factores más importantes para la evolución del individuo son la estructura y los valores de la sociedad en que ha nacido”.(32)
Libertad e igualdad surgen como necesidades de las personas más que como ideologías, también existen poderosos intereses tendientes a evitar que podamos vivir de acuerdo a esos preceptos que requieren que no haya tutelajes de ninguna especie. Pensar que las cuestiones espirituales tienen importancia casi tanto como las necesidades que surgen de la lucha por la supervivencia, han llevado a algunos críticos de Fromm a calificarlo de “idealista”, su lucha en parte ha consistido en mostrarnos que conceptos como igualdad y libertad son tan importantes y reales como satisfacer cualquier necesidad fisiológica.
(1) Budismo zen y psicoanálisis, pag. 95
(2) La patología de la normalidad, pag. 35
(3) El amor a la vida, pags. 75 y 76
(4) Ob. Cit., pags. 86 y 87
(5) Ob. Cit., pags. 123 y 124
(6) Ob. Cit., pags. 224 y 225
(7) El arte de escuchar, pags. 75 y 76
(8) El miedo a la libertad, pags. 54, 55 y 56
(9) Etica y psicoanálisis, pag. 266   
(10) El miedo a la libertad, pags. 314 y 315
(11) Ob. Cit., pags. 316 y 317
(12) Sobre la desobediencia y otros ensayos, pag. 29
(13) La revolución de la esperanza, pag. 69
(14) Marx y su concepto del hombre, pag. 37
(15) La crisis del psicoanálisis, pags. 80 y 81
(16) Etica y psicoanálisis, pags. 236 y 237
(17) La crisis del psicoanálisis, pags. 188 y 189
(18) Psicoanálisis y religión, pag. 76
(19) El corazón del hombre, pag. 48
(20) Sobre la desobediencia y otros ensayos, pags. 42 y 43
(21) El corazón del hombre, pags. 148 y 149
(22) Ob. Cit., pags. 169
(23) Psicoanálisis en la sociedad contemporánea, pags. 69 y 70
(24) ¿Tener o ser?, pags. 102 y 103
(25) Patología de la normalidad, pag. 131
(26) ¿Tener o ser?, pags. 103 y 104
(27) Ob. Cit., pags. 107 y 108
(28) Etica y psicoanálisis, pag. 26
(29) Anatomía de la destructividad  humana, pags. 263 y 264
(30) Las cadenas de la ilusión, pags. 130 y 131
(31) El humanismo como utopía real, pag. 134
(32) Las cadenas de la ilusión, pag. 257

jueves, 5 de septiembre de 2013

¡No a los creyentes!