jueves, 5 de septiembre de 2013

¡No a los creyentes!

miércoles, 28 de agosto de 2013

44 años de Woodstock: casi cuatro días de paz, amor y música

 Víctor Rey 


"Dedicado a Los Jaivas. Músicos chilenos, precursores del rock, que de alguna manera  reflejaron el espíritu de Woodstock en Chile y que este mes cumplen 50 años de vida musical” (Víctor Rey)

Con mi hermano y otros amigos, fuimos al antiguo cine Normandie de la calle Alameda en la ciudad de Santiago a ver la película Woodstock. Fue una experiencia mística ver a nuestros grupos musicales de los cuales conocíamos todas sus canciones. Ya habían pasado dos años de ese famoso festival y entre los amigos comentábamos ese evento cuando escuchábamos sus canciones en los antiguos discos longs plays en vinilo.
Se cumplen 44 años del festival que cambió para siempre la historia del rock.  Realizado en Bethel, estado de Nueva York, entre el 17 y el 18 de agosto de 1969. Woodstock reunió a muchos de los principales exponentes del rock anglosajón de su época y fue un acontecimiento artístico que marcó a fuego una generación. Cuatro décadas después sus efectos se siguen sintiendo.
La era de los grandes eventos de rock al aire libre había comenzado dos años antes con el Festival Monterrey Pop, en California, pero el de Woodstock fue el que ha quedado en las retinas. Esto tiene que ver, sin duda, con la difusión mundial que adquirieron los discos y la película del festival, pero también con un año que condensó el espíritu de la época.
Para mi ver y escuchar a Carlos Santana fue lo mejor de ese festival. Santana y su banda comenzaron a tocar a las 17:15 horas del sábado 16 de agosto.  Empezaron con Waiting, luego Evil Ways, Tou Just dont care, Sabor, Jingo, Persuasion, Fried Neckbones y terminaron con la interpretación mítica de Soul Sacrifice.
Concluía la década de los ’60 y la generación de los llamados chicos concebidos en la posguerra estaba adquiriendo un protagonismo cada vez mayor en la vida social y política de los EE. UU. Luchaba por los derechos civiles de las minorías y por tener voz y voto en cuestiones relacionadas con su educación, se oponía a la guerra de Vietnam y buscaba alternativas a la sociedad de sus mayores, a la que consideraba excesivamente conservadora y centrada en el materialismo.
La llamada Generación de Acuario pugnaba, también, por derribar tabúes ancestrales. Practicaba el amor libre y buscaba expandir la mente con drogas psicodélicas. Los más osados renegaron de la familia y de las carreras tradicionales y buscaron un sistema de vida alternativo en comunidades rurales. El rock era el elemento aglutinante porque representaba, en letra y música, la esencia de sus anhelos. No fue sencillo organizar Woodstock. Los granjeros de la región veían con recelo la perspectiva de un aluvión de hippies descendiendo sobre sus propiedades y el sitio elegido para el festival debió cambiarse en el último momento. Gracias a la constancia de los organizadores, Michael Lang, Artie Kornfeld, John Roberts y Joel Rosenman, y a la buena voluntad del granjero Max Yasgur que cedió sus campos de Bethel, Woodstock se puso en marcha a mediados de 1969. Lang y Kornfeld, los más avezados en cuestiones musicales, querían que el festival tuviese un repertorio artístico abarcante, con espacio para el rock ultra popular de Creedence Clearwater Revival, la conciencia cósmica de Grateful Dead y el novedoso jazz-rock de Blood, Sweat & Tears, pero también para las ragas hindúes de Ravi Shankar y el folk místico de Incredible String Band. Muchos de los músicos que participaron, sobre todo los que figuraron en el filme de Michael Wadleigh, recibieron un fuerte espaldarazo para sus carreras. Fue el caso de Joe Cocker, quien actúo con The Grease Band. El ex plomero de Sheffield, Inglaterra, tenía un gran hit con su emotivo Cover con una ayudita de sus amigos, los Beatles. Woodstock potenció también la trayectoria de otros dos artistas británicos. The Who atravesaba por uno de sus picos artísticos con el estreno de su Opera rock Tommy, y tenía uno de los shows escénicos más excitantes del momento. Ten Years After, surgido de la segunda ola de blues británico, era hasta entonces un grupo de culto, pero su maratonesca versión de I’m Going Home los puso en la liga de las megabandas. También recibió un sólido impulso la banda de Carlos Santana, un virtuoso guitarrista mexicano radicado en San Francisco. Woodstock tuvo su cuota de situaciones límite. Carreteras atestadas pronto aislaron el lugar -muchos músicos tuvieron que llegar en helicóptero- y la situación climática bordeó los extremos: hubo momentos de sol abrasador y también furibundas tormentas que pusieron a prueba la resistencia de público, artistas y personal técnico. Las previsiones en cuanto a sanitarios y comida se vieron superadas: la concurrencia -que los cálculos previos estimaban en 150.000 personas- triplicó esa cantidad, forzando a los organizadores a dar entrada libre para evitar avalanchas y estampidas, y a los grupos de voluntarios, vecinos e incluso la guardia civil a aportar alimentos y ropas secas.
Volviendo a la música, el rock más intenso y eléctrico tuvo su contrapartida en artistas que tomaban al folk como punto de partida para sus propuestas. Tal es el caso de The Band, Richie Havens, Melanie, John Sebastian, Arlo Guthrie y Joan Baez. Esta última recordó el compromiso de los presentes con las luchas sociales con Joe Hill. La corriente más militante de la contracultura continuó con las actuaciones de Jefferson Airplane y de Country Joe McDonald (líder de Country Joe & the Fish), quien brindó en I Feel Like I’m Fixin’ to Die Rag una aguda arenga antibélica cantada a coro por más de 300.000 personas. Asimismo, Woodstock fue testigo del nacimiento de un supergrupo de la fusión folk-rock: Crosby, Stills & Nash que crearon una atmósfera increíble con varios clásicos de su álbum debut y anticiparon su ampliación a cuarteto invitando a Neil Young. Woodstock también tuvo funk de la mano de Sly & the Family Stone, y blues, con Janis Joplin, Canned Heat, Johnny Winter y la Paul Butterfield Blues Band, pero si hubiera que señalar un símbolo del festival, sin duda fue la actuación de Jimi Hendrix. En esos días, el guitarrista de Seattle venía de disolver a la Experience, el power trío que le había dado fama, y estaba por armar Band of Gypsys con otros dos músicos afroamericanos, para profundizar sus raíces de soul y de blues. Woodstock encontró a Hendrix en plan experimental liderando una banda numerosa a la que llamó Gypsy Sons & Rainbows. Tocaron al amanecer del cuarto día, cuando ya quedaban apenas unas 40.000 personas en el predio, pero los estoicos tuvieron su recompensa, porque fue un show dramático, que alcanzó su pico cuando Hendrix hizo su versión del himno de los Estados Unidos imitando con su guitarra el sonido de las bombas cayendo sobre Vietnam.
Hoy, 44 años después, la polémica sigue abierta entre los que sostienen que Woodstock fue el despertar de una nueva conciencia y los que consideran, en cambio, que se trató del final de una era de idealismo e inocencia, tras la cual el rock se transformó en el negocio millonario. En cualquier caso, está claro que el festival de Woodstock marcó un antes y un después en la historia de la música popular del siglo veinte.

jueves, 22 de agosto de 2013

El legado de Pierre Bourdieu: Alerta con la televisión

Víctor Rey 


Hace 11 años murió uno de los intelectuales más controvertidos e importantes de las ciencias sociales europeas, el sociólogo francés Pierre Bourdieu, ferviente activista político que se involucró con movimientos alternativos de izquierda y criticó ácidamente el neoliberalismo.
Tuve la ocasión de conocer parte de su obra cuando hice mis estudios de Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.  De inmediato atrajeron mi interés sus opiniones sobre la sociedad y los medios de comunicación.
Este pensador nació el 1 de agosto de 1930 en el seno de una familia sencilla, cursó sus estudios en la École Normale Supériure de París.  Entre otros temas se dedicó al análisis de los mecanismos de dominación social; criticó la ideología neoliberal y lanzó dardos contra sus pares, a quienes acusaba de no bajar del “olimpo” intelectual.
Bourdieu fue profesor en el College de France y director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales.  Dirigió la revista “Actes de La Recherche en Sciences Sociales” y fundó la editorial “Liber-Raisons d´ Agir”.
Sus últimos años los dedicó al estudio sobre el papel de los medios de comunicación y del campo periodístico en la construcción de la realidad, publicando sus reflexiones en obras como “Sobre la televisión” (1996).
En este libro el sociólogo enunciaba en el prefacio, en forma directa y certera, su lapidaria tesis sobre el peligro que dicho aparato representaba:
“Pone en muy serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural: arte, literatura, ciencia, filosofía, derecho; creo incluso, al contrario de lo que piensan y lo que dicen, sin duda con la mayor buena fe, los periodistas más conscientes de su responsabilidades, que pone en un peligro no menor la vida política y la democracia”.
Los argumentos que entrega Bourdieu para fundamentar su pensamiento están basados en los mismos mecanismos que constituyen la televisión. El sociólogo analiza la limitación de tiempo que se vive, el escenario, la imposición de temas, la existencia de “agentes” llamados a poner orden, y las variables económicas a las cuales está sujeto el medio.
Este último factor es fundamental para la tesis del sociólogo galo, ya que afirma que lo que más pesa sobre la televisión es la coerción económica. En este sentido cabe mencionar tanto a las empresas que pagan por publicidad, al Estado que otorga subvenciones, como a los grupos económicos que son dueños de canales televisivos.
La variable económica es la que más pesa sobre la transparencia que la televisión debería tener, ya que en muchas ocasiones, a juicio de Bourdieu, no se tratan temas que puedan afectar los intereses de quienes financian los canales, generando una censura provocada por la coerción económica.
Además está el factor de los índices de audiencia, el cual impera en todos los medios de comunicación y opera como sanción del mercado. Como señala Bourdieu “en todas partes se piensa en términos de éxito comercial”.
Para el sociólogo, el análisis de los mecanismos de la televisión no puede estar separado de quienes trabajan en el medio, en este caso los periodistas. En este sentido, reflexiona sobre los noticiarios de la televisión, a los que califica como sucesión de hechos en los cuales se explotan “las pasiones más primarias” y que parecieran no tener la menor importancia.  Sin embargo, señala que “si se emplean unos minutos tan valiosos para decir una cosas tan fútiles, son en realidad muy importantes, en la medida en que ocultan cosas valiosas”.
En este punto, el sociólogo ve un factor de peligro para la democracia, ya que un sector nada despreciable de la población no lee periódicos y sólo tiene como fuente de información la televisión, la que al privilegiar sucesos intrascendentes “deja de lado las noticias pertinentes que debería conocer el ciudadano para ejercer sus derechos democráticos”.  Se produce así una división entre quienes tienen todo el bagaje político e informativo y quienes no tienen acceso a ello.
Un punto aparte merece el papel de “constructor” de la realidad que tiene la televisión.  La crítica de Bourdieu apunta a que en vez de ser un instrumento que refleja la realidad, crea una realidad fragmentada que le otorga tribuna a hechos que no son de real importancia, dejando de lado a un sinnúmero de actores sociales que deberían figurar para beneficio de la democracia. Así, el francés señala que “el hecho de informar de manera periodística implica siempre una elaboración social de la realidad capaz de provocar la movilización (o la desmovilización) social”.
Analizando el ejemplo de los debates televisivos, Bourdieu reflexiona sobre otro elemento que plantea un problema de “máxima importancia desde el punto de vista de la democracia”, y es que en la televisión no existe igualdad, ya que hay verdaderos profesionales que saben cuáles son los mecanismo que allí se manejan, frente a actores “aficionados” que pueden ser pobladores o huelguistas que no saben manejar los códigos televisivos, produciéndose entre ellos una desnivelación evidente.
A esto se suma la función específica de los periodistas. Para Bourdieu, “los periodistas poseen unos “lentes” particulares con los cuales ven unas cosas y no otras, y ven de una forma determinada lo que ven.  Llevan a cabo una selección y luego elaboran lo que han seleccionado”.
Esta selección está marcada por la búsqueda de lo sensacional y espectacular, exagerando la importancia de algunas situaciones. Aquí entra en juego otro elemento en contra, que es la “circulación circular de la información”, ya que además de compartir características comunes, los periodistas se leen entre ellos. Tal como lo señala Bourdieu, “nadie lee tanto los periódicos como los periodistas”, agrega que se ven mutuamente y que se encuentran siempre en las mismas instancias,p rovocando un verdadero círculo vicioso de la información, ya que se informan a través de otros informantes.
Si de algo se quejan los filósofos o sociólogos que van a la televisión es de la urgencia que se vive en ese medio. Es como ver a determinado invitado que en medio de su reflexión es interrumpido porque “el tiempo es oro”.
En este caso, Bourdieu plantea que la urgencia de la televisión es provocada por la competencia para tener la primicia de lo que sea, lo que a su juicio atenta directamente contra la expresión del pensamiento. Aquí aparece el paradigma platónico por excelencia: cuando se está oprimido por la urgencia, no se puede pensar. Esto en televisión se traduce en personas que no pueden pensar por la urgencia de medio, y para salir del paso echan mano de ideas preconcebidas o de “tópicos”.
Alguien señaló recientemente en un reportaje sobre Bourdieu que este sociólogo francés encontraba todo malo. Sin embargo, cabe señalar también que sus apreciaciones están fundadas en años de estudio y en una posición crítica frente a la complacencia imperante en los medios de comunicación, en el sistema de mercado y de muchos pensadores postmodernos.  Lo que aquí señalamos es sólo una pequeña muestra de las reflexiones que ocuparon a Bourdieu, ya que su obra “Sobre la Televisión” tiene hoy más actualidad que nunca.